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DISCURSO DEL PAPA JUAN XXIII
EN LA FESTIVIDAD DE LA SAGRADA FAMILIA*

Domingo 10 de enero de 1960

 

Hoy que la Iglesia pone a la consideración de los fieles el ejemplo de virtud de la Sagrada Familia, nos complacemos en invocar la protección de Jesús, María y José sobre las queridas familias de todos nuestros hijos.

Nos las imaginamos a todas aquí presentes, unidas con Nos en un mismo afecto, y comprendemos los deseos, angustias y temores de cada uno. Nuestro corazón sabe alegrarse con el que se alegra y sufrir con el que sufre (Rom 12,15). Conocemos también las dificultades que hay en las familias, especialmente en las numerosas, cuyos sacrificios suelen ignorarse e incluso, a veces, ni se aprecian.

Sabemos que el espíritu mundano, empleando cada vez mayores incentivos, trata de insinuarse en esta santa institución familiar, que Dios ha querido como custodia y salvaguardia de la dignidad del hombre, del primer despertar de la vida a la juventud impetuosa y de la edad madura a la vejez.

Por tanto, dirigimos, mejor, repetimos a todos la invitación de la liturgia a que miren con segura confianza el ejemplo de la Sagrada Familia que Jesús santificó con inefables virtudes.

El secreto de la verdadera paz, de la mutua y permanente concordia, de la docilidad de los hijos, del florecimiento de las buenas costumbres está en la constante y generosa imitación de la amabilidad, modestia y mansedumbre de la familia de Nazaret, en la que Jesús, Sabiduría eterna del Padre, se nos ofrece junto con María, su madre purísima, y San José, que representa al Padre celestial.

En esta luz todo se transforma en las grandes realidades de la familia cristiana como poco ha hemos puesto de manifiesto en la alocución de la misa de Nochebuena: «Esponsales iluminados por la luz de lo alto; matrimonio sagrado e inviolable dentro de respeto a sus cuatro notas características: fidelidad castidad, amor mutuo y santo temor del Señor; espíritu de prudencia y de sacrificio en la educación cuidadosa de los hijos; y siempre, siempre y en toda circunstancia, en disposición de ayudar, de perdonar, de compartir, de otorgar a otros la confianza que nosotros quisiéramos se nos otorgara. Es así como se edifica la casa que jamás se derrumba».

De nuestro corazón brota el deseo de esta segura esperanza que es garantía de paz inalterable y se une a cada uno de vosotros para acompañaron en el año nuevo, y que reforzamos con una oración especial que elevamos al cielo fervorosamente con las familias de todos los que nos escuchan, especialmente de aquellas que por falta de medios, de trabajo y de salud sufren dolorosas privaciones.

Nuestro pensamiento se dirige sobre todo a la juventud esperanza y consuelo de la Iglesia y futuro sostén de la sociedad y más que nada —ya lo repetimos el pasado año— a cuantos jóvenes van a formar un hogar y no pueden por dificultades económicas. A todos deseamos una vida llena de la divina gracia, que se afiance en la defensa de los valores espirituales, y llena de la prosperidad y suavidad de los bienes de este mundo.


* Discorsi, messaggi, colloqui, vol. II, págs. 118-119

 



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