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 DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN XXIII
DURANTE LA IMPOSICIÓN DE BIRRETAS
*

 Miércoles 30 de marzo de 1960

 

¡Venerables hermanos y queridos hijos!

La característica ceremonia de la imposición de las birretas a los nuevos Cardenales llena nuestro corazón de dulce consuelo en esta tarde de incipiente primavera.

Es la tercera vez que nos cabe cumplirla. Inspirada en una solemnidad más modesta que el anuncio solemne, es decir, la creación cardenalicia de anteayer y la de mañana por la mañana, más imponente, de conferir la púrpura y la entrega del Capelo de anchas alas y de triste simbolismo, esta reunión en la intimidad Nos proporciona la satisfacción de poder entregarnos a un diálogo familiar, mezclado de alegría y de esperanzas, y es motivo de edificación y de estímulo.

El lunes hablábamos en el Consistorio dirigiéndonos directamente a todo el mundo, para quien nuestra voz quiere ser el eco fiel de la eterna e incomparable del Divino Maestro. Rodeado de la noble corona de los Señores Cardenales sentíamos en nuestro corazón el placer que nos proporcionan sus consejos y afecto.

Con la mano en el pecho, a duras penas logramos vencer la emoción que nos causó también la piadosa memoria del difunto Cardenal Luis Stepinac, cuya protección —como dijimos al final del solemne funeral en San Pedro— «creemos y esperamos piadosamente extenderá con la gracia y luz del Señor... sobre todo el Sacro Colegio, del que fue preclaro honor». (L'Osservatore Romano, 18 de febrero de 1960.).

Hoy el discurso es más íntimo; queremos confiaros que el lunes, al hacer a los Señores Cardenales la pregunta de costumbre: ¿Quid vobis videtur? (¿qué os parece), tuvimos la clara impresión de que los ojos de cada uno, fijos amablemente en los nuestros, expresaban aquel tono misterioso de consentimiento, de entusiasmo y de nuevas esperanzas, que es señal característica de la perenne juventud de la Iglesia.

Verdaderamente, ¡qué magnífica prueba de su indefectible vitalidad, que brota como fuente viva, es este nuevo acrecentamiento de energías en la solemne reunión del Sacro Colegio! He aquí a los nuevos Cardenales, cada uno de los cuales lleva consigo un rico tesoro de experiencias y de méritos con el matiz peculiar sus países de origen.

Los Cardenales que brillan en este Consistorio son siete, así como las birretas distribuidas hace un momento. Pero mañana se unirá a vuestro selecto grupo uno de los Purpurados del Consistorio de Navidad, Cardenal Pablo Marella, que ocupará su puesto en la ordinaria distribución de los Capelos así como en la ceremonia de la toma de posesión de la iglesia particular de cada uno. Deseamos saludarle con especiales muestras de alegría, pues vuelve a su Roma de un largo y feliz viaje en servicio de la Santa Iglesia, es decir, de América, del Japón y, en estos últimos años, de París, como sucesor nuestro en aquella Nunciatura tan querida para Nos y para él, en la que ambos tuvimos el honor de recibir la birreta cardenalicia de manos del Presidente de la República en su noble mansión.

Y puesto que evocamos recuerdos siempre tan gratos de Francia, queremos deciros que deseamos fijar nuestra mirada en la antiquísima Sede Episcopal de Bourges, rica en santos recuerdos y espléndidos monumentos, la cual hoy se siente especialmente honrada en la persona de su dignísimo Arzobispo. Con ella se presenta la noble Utrecht, la ciudad de San Vilibrordo y de santos y benditos Obispos que nos trajeron el perfume de la fe y de las gloriosas tradiciones históricas y religiosas de Holanda. Vienen después los dignos representantes de la juventud del Catolicismo en el mundo, que se propaga con el mismo dinamismo que en los tiempos apostólicos, llegando a todos los continentes. He aquí las principales ciudades: Manila, fundada al principio de la Edad Moderna; Tokio, establecida a fines del pasado siglo; la reciente Rutabo, que Nos hace oír su voz llena de grandes promesas en la Suprema Jerarquía de la Iglesia honrada allí.

Esta corona de nuevos Cardenales la abrís vos, señor Cardenal Traglia, experimentado desde hace tantos años en una colaboración eficaz, celosa y tan estimada en la solicitud pastoral por Roma, y la cerráis vos, señor Cardenal Bacci, también valioso y fiel servidor de la Sede Apostólica, tan distinguido por vuestra gran piedad sacerdotal y exquisita y selecta cultura, empleada en poner noblemente en latín los documentos pontificios más importantes de estos últimos años.

A los nuevos Cardenales se unirán, como anunciamos, otros tres reservados in pectore, conforme a la hermosa tradición que hemos querido restaurar. A propósito de estos últimos, decíamos, y lo confirmamos con alegría: «¡Ya os lo podéis imaginar, también a estos los llevamos verdaderamente en el corazón!».

La novedad que aumenta nuestro consuelo y que mitiga en parte nuestro temor ante la situación actual de ciertos países, así como ante el futuro religioso y social de las jóvenes generaciones, novedad especialmente sensible, repetimos, es el ingreso en el Colegio Cardenalicio de los Hijos del Japón, de las islas Filipinas, de Tanganica y saber que han sido acogidos con respeto y amor por sus Colegas. Desde que se anunció por primera vez este acontecimiento no hemos dejado de recibir felicitaciones y aplausos de todo el mundo, ya directamente, ya a través de la prensa y la radio, no sólo de nuestros hijos católicos, sino de hom­bres de la más diversa procedencia y color, que tuvie­ron la amabilidad de enviarnos expresiones que tanto nos han conmovido.

Nuestro espíritu exulta en la alegría común de los corazones, pues ve cumplidas constantemente las palabras de Cristo: «Vendrán de Oriente y de Occidente, del septentrión y del mediodía, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios» (Lc 13, 29).

Precisamente por esta novedad era justo que en la presente ceremonia de la imposición de la "Bi­rreta", que es la señal distintiva de todo Cardenal, deseásemos estuviera presente aquella gloriosa y Sagrada Congregación que dirige directamente esta tarea y la coordina, y los queridos alumnos del Pontificio Colegio Urbano de Propaganda Fide y el Colegio de San Pedro Apóstol, aprovechando esta feliz coyuntura para repetir cuán queridos nos son estos dos Institutos. Pues representan una mística colaboración que da variedad al jardín de la Iglesia, no por cierto en el sentido de algo que satisfaga la curiosidad y el sentimiento popular, sino como deber de honor y de amor, de verdadera fraternidad y sincero intercambio de aquellas riquezas espirituales que son privativas de todos los pueblos de la tierra.

Esta alegre reunión de hoy, de gentes de todo el mundo en la Casa del Padre, especialmente de jóvenes seminaristas en cuyos ojos brilla ya la dulce esperanza del día en que volverán a su patria como ministros del Señor, este encuentro solemne de los más altos dignatarios eclesiásticos con los primeros grados de la Jerarquía y con las esperanzas del mañana, en torno a Vicario de Cristo, adquiere un conmovedor significado misional.

¡Queridos y venerables hermanos de Tokio, Manila y Rutabo! Decid a vuestros fervientes y vigorosos pueblos que el Papa los ama y que en esta ocasión siente en su corazón la emoción del anciano Simeón al estrechar en sus brazos al Salvador del mundo recién nacido.

No hemos bautizado a vuestras comunidades, pero podemos exultar humildemente en el espíritu del Señor por haberos entregado, por vez primera, el signo de la dignidad Cardenalicia Romana, con la certeza de que, así como es símbolo de unidad con la Sede de Pedro, será también semilla fecunda de nuevos triunfos de nuestra santa religión en los siglos venideros.

La insignia purpúrea del Cardenalato es un honor que hacemos a los misioneros y al clero, nativo, que, a través de períodos difíciles y heroicos, con frecuencia de lágrimas y de martirio, han preparado el amanecer de estos días felices.

Ella quiere ser un don que ofrecemos a cada una de vuestras familias y a todas las familias que se formarán y educarán bajo el signo y la luz de Cristo, guardando y trasmitiendo intacto el patrimonio de la verdad y caridad cristiana y de la fidelidad a la Cátedra de Roma.

Con singular efusión de respeto y de amor abrazamos hoy a todos los laboriosos pueblos que se asoman a los océanos, desde las islas benditas de Dios hasta los pueblos que están en el corazón de África.

Los contactos que tenemos diariamente con tantos Obispos y Prelados, con estadistas y sabios así como con humildes peregrinos han ampliado cada vez más nuestro conocimiento de los aspectos singulares de historia, de civilización y de inmensas riquezas espirituales de que está orgullosa, con razón, cada nación. Hoy vemos complacidos su desarrollo y gustamos anticipadamente los frutos que en breve podrán compartir con el conjunto de todos los pueblos, mediante una cooperación alegre y activa de excelente labor, de paz y de nobilísima civilización.

Por cierto, nunca como en esta ocasión es tan extraordinariamente real la hermosa visión profética de Isaías, repetida y ampliada por el Apóstol Pablo: Quam speciosi pedes evangelizantium pacem, evangelizantium bona! (¡Cuán hermosos los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian el bien!) (Rm 10. 15; Is. 52, 7). Sed indulgentes con las palabras que vienen del corazón a nuestros labios. ¡Oh, qué irresistible fascinación tienen los pies del misionero, que marchan sin descanso por los caminos del mundo anunciando la verdadera paz, el bien, la buena nueva de la Redención!

Sin embargo, ¡la actividad de estos Heraldos del Evangelio se ha señalado a través de los siglos por tantas privaciones y sacrificios! ¡Ay!, lo decimos con profundo dolor, todavía hoy se renuevan estos sacrificios; las últimas noticias nos causan espanto: en algunos lugares dignos Obispos y sacerdotes misioneros son encarcelados, condenados o alejados de su campo de apostolado; otros son objeto de sospechas malintencionadas a causa de la acción educativa y caritativa a que se dedican; ni siquiera nos permiten comunicarnos con ellos; su apostolado de dispensadores de los misterios de Dios está en peligro o queda limitado e incluso totalmente ahogado.

A pesar de ello, a sus gloriosos sufrimientos y fatigas, responde una copiosa y consoladora cosecha de frutos. Las nuevas comunidades de fieles, fuertes y prometedoras, han seguido desarrollándose y aumentando y, como ya destacamos en nuestra Encíclica Princeps Pastorum, basta una ojeada a las estadísticas de los territorios confiados a la Sagrada Congregación de Propaganda Fide, sin incluir a los que sufren actualmente persecución, para demostraros que... hasta 1959 había 68 Obispos de raza asiática y 25 de raza africana. El Clero nativo pasó de 919 miembros en 1918 a 5.553 en 1957 en Asia, y de 90 miembros a 1.811 en el mismo espacio de tiempo en África (AAS LI [1959], pág. 838). Del mismo modo aumentan las falanges de catecúmenos y de fieles al cuidado de una pléyade de religiosos y religiosas de todas las Congregaciones e Institutos, de médicos y enfermeros, catequistas seglares fervorosos y buenos.

¡Venerables hermanos y queridos hijos!

Al volver a vuestras Sedes de origen y a vuestra labor cotidiana, llevad la seguridad de que el Papa ruega por vosotros, os secunda en vuestras necesidades pastorales y os sostiene, con toda la ayuda que le es posible, en la difusión del Evangelio.

En prenda de la asistencia divina, y como nueva confirmación de nuestro más vivo afecto, Nos complacemos en impartir a vuestras dignísimas personas nuestra propiciatoria Bendición Apostólica, que de corazón queremos hacer extensiva, además, a las almas que os han sido confiadas, a las obras y actividades que sostenéis y a todos los que se alegran hoy del gran honor a que habéis sido llamados.

Y con vosotros bendecimos a los queridos hijos que nos escuchan, deseándoles toda clase de consuelos celestiales.

 


* Discorsi, Messaggi, Colloqui, vol. II, págs. 269-275.

 

 



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