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 DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN XXIII
A LOS PARTICIPANTES EN EL CONGRESO INTERNACIONAL
PARA LA PROTECCIÓN DE LA INFANCIA Y DE LA ADOLESCENCIA
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Y A VARIOS GRUPOS DE PEREGRINOS
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 Domingo in Albis, 24  de abril de 1960

 

Con mucho gusto, queridos congresistas, hemos accedido a vuestro deseo de que os recibiésemos en el curso de la primera Conferencia internacional de la Unión mundial de organismos para la protección de la infancia y de la adolescencia.

¿Cómo no alegrarnos de veros reunidos en Roma, procedentes de numerosos países y trabajando en tan diversas especialidades, pero unidos por vuestra preocupación común de proteger a la infancia y la adolescencia? La participación en vuestros trabajos de un digno representante de la Santa Sede ya os aseguró la simpatía activa con que seguíamos vuestros esfuerzos. Pero Nos es particularmente grato repetíroslo personalmente en esta mañana.

El 27 de febrero fue cuando vuestra Asociación fijó sus Estatutos como Unión mundial. Ella persigue un triple objetivo: establecer un nexo de unión entre los diversos grupos que se preocupan de los problemas de la protección de la infancia y de la adolescencia; representar a esos grupos en los organismos internacionales y, por último, procurar una actividad informativa y propagandística a los individuos y colectividades responsables.

Este es un noble programa, señores, muy digno, por cierto, de promover la activa cooperación de los especialistas, neuropsiquiatras, psicotécnicos, pedagogos y sociólogos, para sólo citar algunos con los técnicos de las administraciones públicas y privadas al servicio de los niños y adolescentes inadaptados, en íntima unión con sus familias, en colaboración con el "asesor espiritual", al que tan oportunamente asignáis un lugar en vuestro "equipo".

Y este primer encuentro internacional en Roma, sin duda alguna, os ha permitido comprobar el camino recorrido desde la fundación de vuestra Unión mundial y al mismo tiempo ser más conscientes del trabajo que habéis de realizar.

Habéis querido insistir, para ello, en la imperiosa necesidad del trabajo común, escogiendo afortunadamente por tema de esta Conferencia, que Nos proporciona el placer de conversar con vosotros por unos momentos, «el espíritu y la acción de equipo para resolver los problemas técnicos y administrativos planteados por la defensa de la infancia y de la adolescencia». Para este fin, os habéis preocupado por confrontar, para vuestro mutuo enriquecimiento, las experiencias de cada una de vuestras especialidades en vuestros diferentes países con los puntos de vista complementarios de las administraciones y de las familias responsables. No hay duda de que este amplio cambio de impresiones sobre estos problemas importantes y delicados favorecerá la creación de una psico­pedagogía médico-social aprovechando el intercambio de vuestras experiencias y competencias. Esta síntesis de vuestros diferentes conocimientos permitirá en todo caso "la acción en equipo", tan necesaria con los niños y los adolescentes, que se ha acostumbrado a designar, a falta de una expresión más adecuada, la infancia y la adolescencia inadaptadas. Para que esta "acción en equipo" resulte eficaz, supone evidentemente un acuerdo fundamental sobre la naturaleza y el fin del hombre, su personalidad, derechos y deberes; concepción que no puede prescindir de la primacía de los valores espirituales, a la que vuestra presencia aquí es por sí misma un homenaje elocuente.

Estos niños y adolescentes enfermos, retrasados escolares, deficientes y delincuentes son legítimamente el objeto de todos vuestros cuidados, queridos congresistas. Psicólogos, psiquiatras, profesores, instructores técnicos, asistentas sociales, médicos, jueces de la infancia, directores de organizaciones asistenciales..., todos tenemos deberes para con esta parcela menos favorecida y más vulnerable de la comunidad humana, como decíamos recientemente, repitiendo las palabras de Cristo en el Evangelio: «En verdad os digo que cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40) (Mensaje a los niños de las escuelas católicas de los Estados Unidos, febrero de 1959).

Además, Nos complacemos en señalar a este propósito la satisfacción que experimentamos al ver que se ha adoptado recientemente por unanimidad, durante la decimocuarta sesión de la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas, una Declaración de los Derechos del niño que subraya expresamente la «protección especial» de que debe gozar para su desarrollo «físico. intelectual, moral, espiritual y social, en las condiciones de libertad y dignidad», especialmente cuando está «disminuido física, mental o socialmente» (Principios 2 y 5 de la Declaración de los Derechos del Niño, del 20 de noviembre de 1959).

¿Cómo no va a ver con satisfacción el Padre común multiplicarse los esfuerzos en este campo, a los cuales vuestro encuentro internacional de Roma contribuye con su importante aportación? En todo caso, al continuar vuestros esfuerzos para mover a las más altas autoridades nacionales e internacionales al cumplimiento de esta inmensa y urgente tarea, no dejaréis «de fortalecer en todo el mundo la voluntad y los medios de luchar contra la inadaptación juvenil» (Programa del Congreso, página 6). Vuestras sesiones de estudio os han permitido daros cuenta de las necesidades y limites de la especialización y la  indispensable colaboración de todas las ciencias humanas para remediar la gran miseria de la infancia en el mundo. Pero, al desarrollar así relaciones humanas y culturales cada vez más extensas entre educadores y técnicos especializados, tendréis también la preocupación de dar el lugar que les corresponde a los representantes de los valores familiares y religiosos, igualmente indispensables para asegurar la eficacia del trabajo de readaptación de los niños y adolescentes, para obtener un feliz resultado de una educación preocupada por desarrollar plenamente al niño y al adolescente que se benefician de ella (Discurso de Pío XII al V Congreso Internacional de Psicoterapia clínica, el 13 de abril de 1953; Radiomensaje para la Jornada de la Madre y del Niño, 6 de enero de 1957).

De este modo prolongaréis los beneficiosos efectos de esta primera Conferencia internacional, que deseamos dé abundantes frutos, en prenda de los cuales Nos invocamos de todo corazón sobre todos vosotros, queridos congresistas, sobre vuestras familias, vuestros trabajos y sobre los niños y adolescentes que queréis servir, las más abundantes bendiciones.


A VARIOS GRUPOS DE PEREGRINOS

Queridos hijos e hijas, que, procedentes de todas partes de Italia y del mundo, os agolpáis esta mañana en esta Basílica, deseosos de escuchar nuestra palabra.

Hemos querido atender, como convenía, en primer lugar, a «La Unión Mundial de Organismos para la protección de la Infancia y de la Adolescencia», reunidos en Roma para celebrar su primer Congreso Internacional. Pues ¿qué cosa más grande hay en el orden del apostolado que favorecer todo aquello que asegura el perfecto desarrollo de la edad más delicada de la vida? Niños y adolescentes reflejan de modo muy especial el afecto y la preocupación del Divino Maestro, y en el corazón de su Vicario en la tierra hallan el eco de la más delicada solicitud.

Ahora nos alegramos de incluir en un único saludo a todos los grupos, verdaderamente tan distinguidos, que han venido a expresar su ferviente homenaje a la Persona del humilde Sucesor de San Pedro.

 A los peregrinos genoveses

Queremos nombrar de modo especial a los grupos más numerosos.

1. En primer lugar a los participantes en la peregrinación de las Cofradías genovesas en el séptimo centenario de su fundación.

Vuestra presencia nos proporciona ocasión de una profunda y paternal complacencia. Muy bien, queridos hijos, por el buen ejemplo que dais con vuestra fidelidad a viejas instituciones de oración y de edificación mutua, levantando en alto sobre las cabezas y mostrando abiertamente en la vía pública —aunque siempre con intención humilde y muy discreta modestia— el signo de la Redención y las insignias de vuestras antiguas Cofradías, repetís a la faz del mundo, a veces descuidado y extraviado, la gran nueva de la resurrección y de la vida. ¡Qué significado adquiere para vosotros el vibrante comienzo de la epístola de la misa de hoy: «Todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo; y ésta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe» (1Jn 5,4). Seguid por el camino que os han señalado vuestras constituciones, siendo fieles a su espíritu, deseando ser en medio de la sociedad como levadura en la masa (Mt 13,33); sobre todo, conservad siempre en vuestro corazón la alegría de haber nacido de Dios, de llamaros y de ser sus hijos (1Jn 3,1), para que vuestra serenidad y vuestro ejemplo logren conquistar nuevas fuerzas para las beneméritas Asociaciones a que pertenecéis.

A los peregrinos de Venecia

2. Especialmente queridos de nuestro corazón son los representantes de la Compañía Adriática de Navegación de Venecia. ¡Las motonaves de vuestra Compañía nos llevaron tantas veces a la siempre querida Delegación Apostólica de Estambul! Mirad, queridos hijos, la estima y afecto que conservamos hacia vosotros es muy anterior a nuestra llegada a Venecia como Patriarca, cuando el servicio de la Sede Apostólica nos mantenía alegremente ocupados en los países, tan ricos por su encanto e historia, del Oriente cristiano. Vosotros lleváis por los mares el símbolo del León Alado y pregonáis debajo de todos los cielos las palabras de la oriflama de San Marcos: Pax et Evangelium! Así nos acogieron con júbilo los queridos hijos de Venecia, hace siete años, bajo las bóvedas de la Basílica de oro, y así Nos aplicamos a corresponder a su filial esperanza. Con tales palabras vosotros nos traéis ahora el deseo de la querida Venecia, precisamente en la vigilia de la fiesta del Evangelista. Por eso queremos referirnos a esas palabras para devolveros vuestro homenaje: Pax et Evangelium! En el Evangelio vivido está el secreto de la verdadera paz, la serenidad de la conciencia que se afana en obrar bien, la alegría de ser útiles en este mundo y de prepararse para el Cielo. Que estas palabras sean siempre y por todas partes un claro programa de vida para vuestras almas, para vuestras familias, para las relaciones tan extensas de que consta vuestro trabajo. Os confiamos esta consigna con corazón reconocido y agradecido.

A diversos grupos de trabajadores

Un gran consuelo nos procuran la Peregrinación numerosa de los Tranviarios de Turín, el grupo de Dirigentes y Obreros de las fábricas de calzado de Vigevano y de Crocetta del Montello, los dependientes de industrias, oficinas públicas y Pías Uniones de trabajadores. Todos vosotros traéis al Papa el saludo del mundo del trabajo, es decir, de aquel mundo que en diversas formas de actividad, todas igualmente nobles y hermosas delante de Dios, tiende a un activo servicio de la convivencia social. Este es el significado del trabajo cristiano, cuya fiesta nos disponemos a celebrar, no oposición inhumana de categorías sociales en lucha, sino colaboración de hermanos que se aman y se ayudan unos a otros, sirviendo de este modo a Cristo.

A los peregrinos de Fiésole y Pistoya

Saludamos con particular complacencia a las peregrinaciones diocesanas de las dos antiguas y glo­riosas Sedes episcopales de Fiésole y de Pistoya.

Una diócesis apretada en torno a su Obispo, en perfecta conformidad de pensamientos, de afectos, de obras, ofrece una imagen bella y completa del Reino de Dios en esta tierra. Quizá aquí y allá crezca algo de cizaña, porque el "inimicus homo" jamás duerme —¡ay, cuántas continuas espinas para el corazón del Pastor y de sus sacerdotes!— pero en todo caso la diócesis presenta un cuadro maravilloso de vitalidad espiritual, que se refleja incluso en la prosperidad material. La institución familiar florece allí con todas las virtudes, la juventud crece sana y fuerte, la vida civil, profesional y social lleva en sí la marca luminosa de la doctrina de Cristo, de la que brota seguridad profunda, verdadero progreso, paz duradera. Mientras esta visión ideal se presenta ante nuestros ojos, formulamos el alegre deseo de que corresponda siempre a una dichosa realidad en vuestras diócesis, queridos hijos de Fiésole y de Pistoya.

A la juventud de Acción Católica

He aquí también hoy representada a la Acción Católica, en su rama vigorosa y siempre alegre de la Juventud, tan querida de Nos. Vosotros nos traéis el saludo de vuestros Aspirantes, de los juniores y seniores, que son en la Iglesia como el perfume de la primavera. Al volver a vuestras Asociaciones decid a vuestros hermanos que el Papa lleva en el corazón a los jóvenes, los problemas y las esperanzas de cada uno; decidles que se espera mucho de ellos, de su generosidad y entusiasmo. Os decimos con Pío XI, de inmortal memoria: «Dilatad vuestro corazón en la comprensión cada vez mayor de la misión que la Iglesia y el Papa os han confiado; dilatadlo en el sentimiento cada vez más sublime de los fines nobilísimos de vuestra obra...; dilatadlo en la caridad cada vez más grande y generosa hacia todos y todo; y principalmente hacia aquellos que os miran, os dirigen, os asisten, ayudan y trabajan junto con vosotros en un campo tan bendito de Dios, tan querido al corazón del Vicario de Cristo» (A la Asamblea Nacional de la Juventud Católica, 26 de noviembre de 1926; L'Osservatore Romano, 8-9 de noviembre de 1926).

A diversos grupos

Por último, un saludo a todos, a todos los otros grupos, entre los cuales se halla el grupo tan numeroso y bizarro de los "Bersaglieri", licenciados de la Sección Provincial de Brescia. Como comprenderéis, Nos es imposible continuar la enumeración de los grupos y nombrar a cada uno, como sería nuestro deseo. A todos, pero especialmente a los queridos hijos procedentes de los más lejanos países de Europa y de las Américas repetimos las dulces palabras del Redentor, que resonaron esta mañana en Evangelio: Pax vobis! La paz sea con vosotros (Jn 20,20-21). Que esta paz venga a llenar vuestros corazones, a consolar a vuestras familias, a sosteneros en las fatigas del trabajo cotidiano: Pax vobis! Que sonría en los ojos inocentes de vuestros pequeños, proteja a la juventud en los peligros y en las luchas, sostenga la edad madura, brille en la confianza del que se halla en el ocaso de la vida después de haber cumplido su deber; conforte a los enfermos, a los que sufren, a los oprimidos por angustias ocultas: Pax vobis!

En prenda de esta paz, don de Dios a los hombres de buena voluntad, os seguimos con nuestra oración y con la confortadora Bendición Apostólica, que de corazón extendemos a cuantos os están unidos y amáis por los lazos de la familia, de la amistad y trabajo.


* AAS 52 (1960) 394.

** Discorsi, messaggi, colloqui, Vol. II, pags. 308-315

 



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