Index   Back Top Print


 DISCURSO DE SU SANTIDAD JUAN XXIII
A LOS PARTICIPANTES EN LA X CONFERENCIA INTERNACIONAL
DE LA FAO
*

 Martes 3 de mayo de 1960

 

Señores:

Habéis venido a impetrar la bendición del Papa para una grandiosa empresa que constituye actualmente el objeto de vuestros esfuerzos y preocupaciones: la organización en escala mundial de la «Campaña contra el hambre», lanzada recientemente por iniciativa del Director General de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura. Sed bienvenidos, pues vuestros desvelos en este terreno coinciden con los de la Iglesia, y la tarea a la que consagráis vuestros cuidados nos parece digna entre todas de nuestra aprobación y estímulo. Pues ¿qué hace la Iglesia en este mundo? Ella continúa la obra de Cristo, del que se ha escrito que «pasó haciendo el bien y sanando... qui pertransiit benefaciendo et sanando» (Hch 10, 38). Por eso, recomienda vivamente a sus hijos la práctica de las obras de misericordia espirituales y corporales, y entre estas últimas, la que va a la cabeza, se enuncia precisamente: «dar de comer al hambriento».

Por cierto, «no sólo de pan vive el hombre» (Dt 8, 3), la Sagrada Escritura nos lo enseña y la experiencia nos lo confirma. Pero gracias a la multiplicación de este indispensable alimento material Cristo ha querido, dos veces en su vida mortal, manifestar su poder a las muchedumbres que le seguían. Y si se sirvió del milagro para luego encaminar los espíritus hacia las realidades espirituales, no por eso ha dejado de saciar primero los cuerpos hambrientos. El Evangelio, que nos cuenta en detalle estos episodios, precisa incluso los sentimientos profundamente conmovedores que animaban entonces al divino Taumaturgo: «Misereor super turbam, decía. Tengo compasión de esta muchedumbre, porque ya hace tres días que me siguen, y no tiene qué comer. Si los despido en ayunas para sus casas, desfallecerán en el camino» (Mc 8, 2).

Vuestra actividad, señores, ¿acaso no se inspira en análogos sentimientos? Estáis animados, por cierto, del amor a la justicia, de la voluntad de asegurar una distribución más equitativa de los bienes de este mundo entre todos los hombres, pero también, a ejemplo de Cristo, sentís una profunda compasión al pensar en esta muchedumbre innumerable de los subalimentados —¡más de la mitad del género humano!— que esperan de sus hermanos más favorecidos un gesto de misericordia. Para sacarlos de su miserable estado y hacerlos accesibles a una vida intelectual y moral más dignas del hombre, más conformes a la voluntad de Dios, es indispensable un inmenso esfuerzo colectivo. Vosotros lo habéis comprendido y os habéis dispuesto a colaborar con la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura con vistas a asegurar el éxito de esta extensa Campaña.

No vamos a repetir aquí todo el bien que pensamos de esta Organización. Hemos recibido, no hace tanto tiempo, a los delegados que participaron en su última Conferencia bianual. «La Iglesia —les dijimos— se interesa vivamente por la F. A. O.». Y añadíamos: «¡Qué grande y hermoso espectáculo ofrecéis, efectivamente, a su mirada maternal con vuestros técnicos trabajando en todo el mundo para organizar "la lucha contra el hambre", esforzándose por mejorar los terrenos, plantaciones, especies animales, técnicas de pesca, de economía lechera, explotación de bosques... y todo ello con el fin de prestar ayuda a los más desgraciados de nuestros hermanos, a los menos favorecidos, a los que sufren, a los que tienen hambre!... Grande y maravilloso espectáculo, en verdad, que inspira admiración, edificación, confianza en el futuro» (Discurso a los Delegados de la FAO, 10 de noviembre de 1959, AAS, 51, pág. 865).

Eso es lo que decíamos a los Delegados de la FAO el pasado noviembre. Pero de nada serviría complacerse en lo que ya se ha hecho, si no es para hallar en ello un estímulo para lo que queda por hacer.

Lo que queda por hacer —en realidad una inmensa tarea— es, ante todo, llamar la atención del mundo entero, si es posible, sobre el doloroso problema del hambre y de la subalimentación. Este es el principal objetivo de la campaña a la cual vuestras organizaciones van a prestar su inteligente y activa contribución.

Millones de seres humanos en el mundo padecen hambre; otros, sin ser propiamente hambrientos, no pueden consumir en cantidad suficiente los alimentos que necesitarían. Estos son los hechos. Hay que darlos a conocer, predicarlos sobre los tejados, conforme a la frase evangélica (Mt 10, 27). Hay que despertar las conciencias en el sentido de la responsabilidad que pesa sobre todos y cada uno, especialmente sobre los más favorecidos. Nadie puede hoy en el mundo, en el que las distancias ya no cuentan, alegar el pretexto de que no conoce las necesidades de su hermano lejano, que la ayuda que ha de procurarle no le concierne. Todos somos responsables solidariamente de las poblaciones subalimentadas. Vuestras organizaciones contribuirán a difundir esta convicción en la opinión pública, la cual, una vez enterada, exigirá medidas apropiadas y prestará su apoyo Para su realización.

El segundo objetivo de la Campaña contra el hambre es la ejecución de esas mismas medidas, dicho de otro modo, la acción directa para elevar los niveles de producción y de consumo en las zonas subalimentadas. El mundo no produce actualmente suficientes artículos de consumo para responder a las necesidades de todos los hombres, sobre todo si se tiene en cuenta el crecimiento previsible de la población en los años venideros; y, por otra parte, los alimentos disponibles no están repartidos equitativamente. Es necesario, pues, poner en cultivo nuevas tierras y aumentar la producción alimenticia de las zonas en explotación. También en esto nuestras organizaciones —respetando los fines y caracteres propios de cada una— tendrán que sugerir planes de acción y de investigación, cooperar en su realización, recoger entre sus adeptos las contribuciones que permitirán conseguir, en breve plazo, resultados concretos.

Esto indica suficientemente la importancia de la colaboración que se os pide.

Sentimos una intensa alegría al pensar en las inmensas posibilidades de esta Campaña que conseguirá el apoyo —estamos seguros de ello— de todos los hombres valientes y de todas las instituciones privadas y públicas, preocupadas verdaderamente del bien de la humanidad. Por eso confiamos en que, al prodigaros nuestros más vivos estímulos, el eco de nuestra voz llegue más allá de los que nos escuchan en este momento, a todos nuestros hijos diseminados por el mundo, y a todos los hombres, de buena voluntad, como una apremiante invitación a prestar su colaboración a este gran impulso de generosidad, a esta «inmensa obra de misericordia» que va a ser «la Campaña contra el hambre». Y desde ahora invocamos de todo razón sobre todos los que participarán en ella, ya individual ya colectivamente, y muy especialmente sobre vosotros y vuestras organizaciones, las mejores bendiciones del Dios todopoderoso y misericordioso.


* ASS 52 (1960) 463-465. 

Discorsi, messaggi, colloqui, Vol. II, pags. 328-331.

 

 



© Copyright - Libreria Editrice Vaticana