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DISCURSO DE SU SANTIDAD JUAN XXIII
A LOS GANADORES DEL CONCURSO DE CULTURA RELIGIOSA «VERITAS»
*

Domingo 25 de septiembre de 1960

 

Tenemos todavía una deuda que cumplir. Está aquí, numeroso y vibrante, el selecto grupo de los jóvenes ganadores del Concurso de Cultura Religiosa "Veritas" para el año 1960, los cuales, antes de comenzar el nuevo año escolar, han venido a Roma de muchas diócesis italianas a recibir el premio por la aplicación, verdaderamente laudable, demostrada en el estudio del programa de Religión en los colegios de Enseñanza Media.

¡Queridos hijos! A vosotros se dirige con predilección especial nuestro pensamiento y afecto; también tenemos una palabra paternal para vosotros, que, con vuestra presencia, demostráis noblemente la importancia del estudio del catecismo y reveláis la seriedad con que lo habéis afrontado.

Nos alegramos, pues, de acogeros, porque poner en primer plano, con el fervor de vuestra edad juvenil, el valor de la cultura religiosa responde plenamente a nuestras más vivas y solícitas aspiraciones.

Al terminar el primer año de Pontificado se quiso reunir en tres volúmenes todo lo que habíamos escrito y dicho en Venecia para el buen desarrollo del ministerio pastoral. La idea no nos desagradó y ahora solemos hojear de cuando en cuando aquellas páginas y descubrir en ellas como el desarrollo de una actividad sacerdotal y episcopal ordenada y tranquila.

Pues Nos mismo damos gracias al Señor por habernos conducido, después de treinta años en el servicio de la Santa Sede, al gobierno de la querida diócesis de Venecia. Así pudimos experimentar y aplicar personalmente lo que hizo las delicias de los primeros diez años de sacerdocio junto a un noble Prelado, que fue padre y educador de nuestra vida de ministerio: el propósito y esfuerzo diario por repetir y cómo exaltar la parábola del Buen Pastor, que conoce a sus ovejas, las lleva a los pastos y, si es necesario, da hasta la vida por ellas (Io. 10, 11, 11 y sigs.).

Pues bien, en esos volúmenes a que nos hemos referido ha ocurrido que nuestra mirada se ha detenido en todo lo que escribimos precisamente en los primeros meses de nuestro gobierno patriarcal en Venecia: «Entre tantas ideologías como surgen y desaparecen —escribíamos el 24 de abril de 1953—, ninguna de las cuales ha logrado jamás dar paz a los espíritus, la fe de Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María, su incomparable doctrina es siempre luz grande e indefectible para la inteligencia y consuelo para los corazones. La atmósfera envenenada del espíritu mundano perjudica mucho la tranquilidad de las almas sedientas de verdad y de paz, y deben estimular las conciencias de todos para no dejarse ofuscar por las diversas utopías que son engaño e ilusión.

»A este propósito siento más que nunca viva mi responsabilidad dse Obispo frente al mensaje cristiano de la fe. Debo asegurarme si he logrado, y en qué medida, llevarlo en primer lugar a las almas de los niños, y luego a las de todos los que pertenecen a las diferentes edades y clases sociales. Para esto me servirá una primera indagación sobre las escuelas de la doctrina cristiana y su desarrollo. Cualquier otro sistema para interesar a las almas en la religión se expone a fracasar; puede ofrecer alguna ilusión, pero no mejorará en sentido cristiano a la presente generación» (A. G. Card. Roncalli, Escritos y Discursos, I, 1953-1954, pág. 24).

La principal y más grave responsabilidad de la Sagrada Jerarquía es, pues, la de asegurar la continuidad y presencia de la palabra de Dios en el mundo mediante la predicación y enseñanza de las verdades reveladas; en esto perdura la solemne afirmación del Príncipe de los Apóstoles: "Nosotros nos ocuparemos completamente de la oración y del ministerio de la palabra: ministerio verbi instantes erimus" (Act. 6, 4).

Podéis, pues, imaginar, queridos hijos, qué consuelo proporciona a nuestro corazón vuestra participación en esta Audiencia; vosotros habéis comprendido la importancia del Catecismo, habéis profundizado en él según el grado de instrucción de cada uno, descubriendo en él las únicas verdades que iluminan el entendimiento y calientan el corazón.

Más que el premio material debe ser para vosotros motivo de satisfacción la certeza de haber cumplido un deber, y haber dedicado vuestro estudio a esas enseñanzas que harán de vosotros hombres completos y cristianos bien formados. Queridos hijos, sabed vivir en esta luz, sabed encauzar vuestra vida por el surco derecho que os señalan y permaneceréis inmunes de todo contagio de la mentalidad mundana que seca y ahoga las conciencias porque ignora la hermosura de la verdad de Dios.

Grande es nuestra complacencia que se extiende también a vuestros condiscípulos a quienes hoy representáis, y se dirige a vuestros profesores de Religión y a los Directores de Institutos que apoyan con su eficaz ayuda el éxito anual de este "concurso".

Y mientras pedimos al Señor que secunde con sus abundantes dones vuestro desarrollo físico, cultural y espiritual, nos complacemos en impartiros nuestra copiosa y propiciatoria Bendición Apostólica, que que-remos hacer extensiva a vuestros padres, amigos, superiores y profesores.


* Discorsi, messaggi, colloqui, vol. II, págs. 492-494.

 

 


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