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DISCURSO DE SU SANTIDAD JUAN XXIII
A LOS CUARESMEROS DE ROMA
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Lunes 13 de febrero de 1961

 

Queridos hijos:

El encuentro de esta mañana renueva el grato y alegre recuerdo de los dos precedentes, que se caracterizaron por una alegría espiritual y grave seriedad.

Hoy saludamos con afecto especial a los párrocos, que son los colaboradores directos del Obispo de Roma en el gobierno pastoral de las almas, entregados a un cotidiano y duro trabajo, en contacto con las dificultades de apostolado cada vez más crecientes en la gran metrópoli, y a los predicadores de Cuaresma, a los cuales para preparar la Pascua, les es dada la oportunidad de exponer de modo orgánico persuasivo la verdad del catecismo.

Por estos motivos os sentimos muy cercanos y queridos de nuestro corazón, amados hijos. La amable espontaneidad de veros cada año nos dispensa de todo preámbulo para entrar en el fondo de la materia que queremos tratar. Nos dirigimos a todos los aquí reunidos, que os dedicáis al ministerio de la palabra, ministerio verbi instantes (Ac. 6, 4): Cuaresmeros y párrocos; aunque para los párrocos todo el año es, en cierto modo, Cuaresma.

Es verdad que la palabra de Dios afecta al hombre de toda edad y condición por la eficacia intrínseca que encierra en sí misma. Sin embargo, existe, además, un arte de interesar y de cautivar; arte que se adapta a las exigencias históricas y culturales de cada época. Esto significa que el que está llamado ponerla en práctica, debe ser, verdaderamente, un fiel transmisor de la gracia,

De hecho, repetir la palabra revelada y atreverse a comentarla, hacer de ella las aplicaciones doctrinales y dar una recta interpretación, es tal deber de conciencia que presupone en el sacerdote una preparación que le haga instrumento dócil e inteligente para cumplir su altísima misión en nombre de toda la Iglesia muy por encima de su modesta persona. Non enim nosmetipsos praedicamus —advierte San Pablo— sed Iesum Christum Dominum nostrum, nos autem servos vestros per Iesum. Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo, nuestro Señor; y nosotros vuestros siervos por Jesús (2 Cor. 4,5). ¡Qué bien comenta la delicada misión del sacerdote, que enseña con su lenguaje familiar, el gran San Gregorio!: Ei ergo... iter facimus, cum nos eius gloriam vestris mentibus praedicamus, ut eas et ipse post veniens per amoris sui praesentiam illustret. Para Él caminamos, cuando predicamos su gloria a vuestras almas, para que luego, al venir a ellas, las ilumine con su amorosa presencia. (Hom. 17 in Evang.).

Por esto, queremos confiaros algunos breves pensamientos, utilísimos a los predicadores de cuaresma, pero también para todos los que, como párrocos o coadjutores, se entregan diariamente a la enseñanza del pueblo cristiano en cada parroquia. Versan sobre tres puntos: las fuentes de la predicación, la misma predicación y el tema que se os propone este año.

I. Fuentes de la predicación

En el Motu Proprio Rubricarum instructum del 25 de julio de 1960, relativo a las nuevas rúbricas del Breviario, se exhortó de nuevo al clero a que se familiarizase con la lectura y afición a los Padres de la Iglesia. Fue una sugerencia que confirma y sella cuanto hemos venido repitiendo en las diferentes ocasiones de coloquios paternales sacerdotales. Como podéis comprender, de ella se colige la preocupación por los buenos y sólidos estudios, llevados a cabo con dedicación perseverante, y especialmente se expresa el deseo de que el amor al Libro Sagrado y a la Tradición sea el signo característico de la predicación y también de las conversaciones familiares del sacerdote.

De esta preocupación y de este deseo son como un eco los cánones del primer Sínodo Romano, en los que se dice expresamente: Suam doctrinam sacer orator continuo alat et temporibus adaequet assiduo Sacrae Scripturae, Sanctorum Patrum, theologicorum tractatuum, sacrae Liturgiae, Pontificiorum actorum studio. Que el orador sagrado inspire constantemente su doctrina y la adapte a los tiempos en el asiduo estudio de la Sagrada Escritura, de los Santos Padres, de los tratados de teología, de la Sagrada Liturgia y documentos pontificios (Art. 256, párrafos 1 y 2).

El estudio del Libro Sagrado, con las concordancias del Antiguo y Nuevo Testamento, al mismo tiempo que con el conocimiento de los Santos Padres, de la Liturgia y del magisterio pontificio, vale también para los fieles, que tienen la obligación de instruirse en la fe; vale para todos los sacerdotes, en todo tiempo; ya en la juventud y madurez, cuando su palabra tiene especial fuerza de penetración, ya en el atardecer sereno de la vida, en el que la apacible sabiduría de los años adquiere un valor de testimonio convincente para las almas.

Pero para ceñirnos propiamente al tema de la predicación de Cuaresma, se debe decir que el buen eclesiástico, al disponer sus temas y sermones, debe someterse en este caso a un serio examen de conciencia y a una aplicación particularmente profunda de las verdades que quiere tratar. La feliz posibilidad de exponer de un modo uniforme, durante un período de tiempo tan apropiado y característico, la totalidad de las verdades de fe, coloca a cada uno de vosotros frente a la responsabilidad de ordenar sabiamente las propias nociones de doctrina y erudición sagrada y de profundizar en el estudio los temas escogidos. Así es como la predicación cuaresmal podrá dar esos frutos de renovación espiritual, que hay que esperar, naturalmente, de ella.

II. Y hablemos ahora más claramente de esta predicación en el momento actual

En este punto el lamento es casi general: la predicación y el catecismo no se frecuentan en la medida en que se desearía y sería necesario. Las condiciones tan diferentes de los horarios de trabajo en una gran ciudad, el impulso febril de actividades y de exigencias más o menos necesarias, así como la búsqueda de distracciones que ha traspasado las paredes de los hogares y ocupa con diversiones fáciles los tiempos libres de la familia, dificultan cada vez más el que la palabra del Señor llegue a extensos sectores de la población, así como son escasos los momentos de tranquilo recogimiento para escuchar las enseñanzas divinas y sacar provecho de ellas.

Pero también es preciso decir que la forma de la predicación a veces no es apropiada para estimular y saciar la sed de las verdades eternas.

Todo tiene su importancia: el lenguaje, el modo de exponer, el trato moderado y humilde. Los oropeles de "una vaga erudición", quae ad rem non pertinet —inoportuna— han perdido el atractivo que tuvieron en otro tiempo. Por lo cual, todo debe decirse con claridad, con calma y respeto, nunca con expresiones amargas y ásperas de polémica ineficaz.

Es lo es lo que ha querido expresar también el Sínodo Romano. «Evitando la singularidad y los artificios oratorios, procure el orador sagrado persuadir por su claridad y sencillez, por su firmeza y caridad evangélica. Sin embargo, en atención a la reverencia debida a la divina palabra y a la presencia de los oyentes, procure que no sólo se traten los temas con competencia, sino también cuide de la manera de predicar, el tono de la voz y el ademán sobrio y decoroso». (Art. 257, 1).

Jamás se podrá recomendar bastante la sobriedad y moderación. ¡Cuántas cosas se pueden decir en quince y veinte minutos, sin cansar, porque no se divaga!

Puede ocurrir a veces que un alma esté en la iglesia por pura casualidad o, como suele suceder en Roma, sencillamente con ocasión de visitar las obras de arte. No es pura imaginación pensar que Dios haya escogido aquella palabra o aquel determinado momento para tocar el corazón y convertirle. ¡Qué honor y qué merito para el predicador hecho instrumento de gracia y de salvación!

Ni que decir tiene que esta ars artium de conquista de las almas debe sacar fuerzas de la oración y de la santidad de la vida sacerdotal, vida de recogimiento y contemplación. Oíd, oíd una vez más el Sínodo. ¡Qué estímulo y alimento espiritual para los párrocos y predicadores de esta diócesis de nuestra Roma!: «Busque el orador sagrado mediante el estudio y la oración frecuente los métodos idóneos para impetrar de Dios las gracias necesarias para la conversión a la fe de Cristo de los hombres y para que vivan piadosamente» (Art. 256, 3). Y de nuevo: «Si el orador sagrado une a una vida ejemplar una sólida piedad, su palabra moverá con mayor eficacia las almas de sus oyentes, con el auxilio de la gracia, y le preservará del apetito de la gloria, de los aplausos y del lucro» (Art. 258).

Meditemos el Evangelio, queridos hijos, para nuestra más perfecta preparación. En medio de la confusión de tantas palabras humanas, el Evangelio es la única voz que ilumina, atrae, consuela, apaga la sed, y vuestra experiencia os enseña con qué atención escuchan las almas al sacerdote que habla del Evangelio, le explica e inspira constantemente en él sus palabras y su vida.

En cuanto a los temas que tratar, es evidente que la predicación no debe reducirse a una secuela de fervorines ni abordar solamente el terreno de la moral o sólo algunos aspectos de ésta. Deba abarcarlo todo: fe. moral, culto para dar a los fieles el alimento sólido, para que de la convicción de la inteligencia pasen a la práctica coherente de la vida y se enfervoricen al contacto con la vida sacramental de la Iglesia. Como quisimos decir en nuestro primer encuentro con vosotros, el 10 de febrero de 1959,  «el pueblo os pide el pan sustancial de verdad; no le demos pequeños dichos o historias más o menos edificantes que no ejercen influencia profunda en el alma. Algunos de estos temas son especialmente importantes y graves... y todo esto no con alardes de vaga erudición, sino con manifestaciones vivas e interesantes de celeste doctrina. El ideal está en saber adaptar convenientemente la doctrina, en la debida proporción, y dirigirlo todo para aumento de sólida formación intelectual» (Discursos, Radiomensajes Coloquios, I, pág. 140).

III. El tema de esta Cuaresma

Cuanto hemos dicho hasta ahora nos permite subrayar la serie de temas que se proponen este año a vuestra predicación. Están orientados al anuncio la salvación, ofrecida a todos los hombres, o lo que es lo mismo, la Redención, que realizó Jesús Salvador con el precio de su preciosísima Sangre, aplicada en sus frutos mediante el sacrificio eucarístico y extendida a todos los hombres por la acción santificante y misionera de la Iglesia.

El tema es ya familiar a los socios de la Acción Católica, a la cual va dirigido con especial insistencia en su campaña anual y, por lo tanto, dará ocasión de eficaces revisiones a las distintas categorías del laicado católico, más comprometido en su obra de colaboración con el apostolado jerárquico. Mas saliendo fuera de las organizaciones para llegar a los amplios sectores de público, el tema puede invitar a saludables reflexiones y propósitos sobre uno de los puntos más importantes de la doctrina católica sobre la esencia misma del Cristianismo. La salvación se obró en Jesucristo por todos los hombres, heridos por el pecado. Este es el gran punto seguro de referencia en medio de las tinieblas de errores doctrinales y de aberraciones morales: el hombre, por el Verbo de Dios que se hizo carne, injertado en la misma vida de la Beatísima Trinidad y heredero del cielo; la serenidad y la paz aparecen en la vida humana y suavizan sus amarguras y pruebas. Vita vestra abscondita est cum Christo in Deo. Vuestra vida está escondida con Cristo en Dios (Col. 3. 3).

Estas son las palabras de paz, que las almas de los que sufren y los oprimidos esperan. Jesús bendito os ha llamado a ser sus anunciadores y sus evangelistas, que la voz del pueblo cristiano bendice y agradece: quam speciosi pedes evangelizantium pacem, evangelizantium bona! ¡Dichosos los pies que anuncian la paz, que anuncian el bien! (Rom. 10, 15). Esforcémonos por ser mensajeros fieles del Divino Salvador, su misma voz, para que la gracia de la Redención siga obrando en el mundo con su abundante plenitud.

Os secundamos con vivo estímulo en la sagrada misión que vais a comenzar, y pedimos al Señor os consuele con su luz y gracia, para que podáis sembrar en buena tierra para una cosecha muy alegre aliud centesimum et aliud sexagesimum (Ant. ad Sext. in Dom. Sexag.).

¡Que el Dios de la paz sea con todos vosotros! Amén (Rom. 15, 33).


* AAS 53 (1961) 154-158; Discorsi, messaggi, colloqui, vol. III, págs. 150-156.

 

 



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