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DISCURSO DEL PAPA JUAN XXIII
A LA CORAL DE SANTA EDVIGE DE BERLÍN
*

Martes 25 de abril de 1961

 

 

La tradición popular de Venecia —diócesis de la que partimos para asumir el servicio de universal paternidad sobre todas las gentes— gusta de ofrecer a las personas queridas, en la fiesta del Evangelista San Marcos, un capullo de rosa.

Queridos hijos e hijas, al padre que tanto os ama habéis traído hoy tres capullos: vuestra amable presencia, la conocida característica de la juventud serena y confiada, el canto armonioso y suave.

Vuestra venida nos recuerda un paso nuestro por Berlín, en el 1929, para hacer una visita al Nuncio Apostólico de entonces, Monseñor Eugenio Pacelli, que fue después nuestro predecesor Pío XII de santa memoria. No hemos jamás olvidado vuestra ciudad, ni la cortesía que nos ofrecieron sus habitantes, ni el espectáculo de orden, de calma, de laboriosidad que tanto nos impresionó.

Podéis imaginar que fue gran motivo de agudo dolor para Nos la destrucción de Berlín, en los años de guerra, que poco a poco ha ido atenuándose a medida que la reconstrucción, tan prodigiosa, ha ido apareciendo frente a la faz del mundo.

Sed vosotros la piedra viva de vuestra ciudad, queridos jóvenes e hijos; sed el buen testimonio de los dones que Dios ha concedido a vuestro noble pueblo; sedlo con la cultura religiosa y la preparación profesional, pero, sobre todo, con la rectitud del carácter, de los propósitos, de las acciones.

En cuanto al canto —motetes sagrados y canciones populares— con los que habéis elevado nuestro espíritu a visiones de esperanza, cultivadlo siempre y serviros de él para la difusión de aquel mensaje de fraternidad, que pone de relieve las peculiares riquezas y dotes de cada pueblo.

Nos habéis saludado con el Tu est Petrus de Palestrina. Son palabras que, mientras enternecen y fortifican al mismo tiempo nuestro humilde espíritu, traen a la mente la sucesión de los Papas de todos los siglos, mediante los cuales la Iglesia —una, santa, católica apostólica— permanece firme y avanza segura en el tiempo hacia el puerto de la eternidad.

Habéis concluido con un canto popular delicado y nostálgico: «Lieb heimatland, ade: querida patria hasta la vista. Dios sabe que mi pensamiento vuelve siempre a ti».

Repitiendo vuestras mismas palabras, formulamos el deseo de que todo cambio en vuestro terreno caminar sea motivo para vosotros de honor, de mérito, de alegría. Recoged en nuestro saludo, que extendemos a vuestro Obispo, el queridísimo Cardenal Julio Döpfner, a vuestras familias y conciudadanos, el sentimiento de nuestro corazón, que cambia el simbólico homenaje floral por un gran auspicio para todos vosotros de prosperidad en la tierra y de celestes consuelos:  Gratia, laetitia, benedictio et pax (gracia, alegría, bendición y paz).

 


* Discorsi, messaggi, colloqui, vol. III, págs. 239-240.

 

 



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