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DISCURSO DE SU SANTIDAD JUAN XXIII
A LOS PEREGRINOS DE BÉRGAMO
*

Sala Clementina
Domingo 30 de abril de 1961

 

Señor Cardenal,
venerable señor Obispo de Bérgamo,
queridos hijos del clero y del laicado,
hermanos todos e hijos en Cristo:

Al acogeros hoy con gran alegría y al veros unidos, uno junto a otro, en esta fastuosa Sala Clementina, recordamos todavía la más solemne circunstancia de las primeras semanas de nuestro servicio a la Santa Iglesia, cuando con asombro y emoción nuestra y vuestra en la Basílica Vaticana manifestábamos nuestros sentimientos por todo lo que acababa de pasar con nuestra humilde persona.

Era el 8 de diciembre de 1958. Desde lo alto, la luz maternal de María Inmaculada infundía valor.

Desde entonces han transcurrido casi tres años y henos aquí, como en familia, en un nuevo encuentro alegre y venturoso.

Esto nos permite algún desahogo confidencial más fácil de comprender que en las audiencias generales en San Pedro o en la Sala de las Bendiciones, cuando al pasar en la silla gestatoria surge aquí y allá, como invitándonos a prestar especial atención, la evocación de la tierra natal: ¡Bérgamo! Entonces teníamos que contentarnos con sonreír ligeramente y levantar las manos y una y otra vez en ademán de saludo y comprensión, dejándonos llevar adelante con los labios silenciosos, aunque el corazón no calle.

Pero hoy os es concedida una mayor alegría a vosotros, y a Nos prolongar un tanto la conversación.

Permitidnos que en esta conversación os invitemos a uniros a nuestro espíritu para dar gracias al Señor por tantas misericordias con que le plugo consolar los comienzos del nuevo Pontificado. Luego os diremos que vosotros y vuestro Papa debemos seguir por el buen camino señalado a todos, es decir, por el camino de la paz y en el nombre de Cristo. Finalmente, queremos indicar el puesto que deben ocupar los bergamascos en la preparación del Concilio Ecuménico.

I. Ante todo, dar gracias al Señor en unión con el Papa

Os vamos a decir cuál es nuestro habitual estado ánimo.

En el trabajo que nos ha impuesto la obediencia, todos los días son alegres y serenos, aunque nunca falte alguna pena. El Señor ayuda la pequeñez de nuestras fuerzas y Nos nos abandonamos a Él.

No creáis que las palabras que resuenan en torno nuestra persona en diversos idiomas, pero con acentos bien acordes, pueden fascinarnos.

No, no nos atribuimos ningún mérito de todo lo acontecido y está aconteciendo en la difusión, búsqueda y práctica de una paz que se mantiene entre el respeto de la tradición antigua y la confianza puesta en las jóvenes generaciones que despiertan a la gracia de la vida y a las elevaciones del apostolado cristiano.

Reconociendo que todo viene de Dios, una vez llamados a un oficio tan alto, nos hemos entregado a una cooperación modesta pero generosa y sincera a los impulsos de su divina voluntad. Y conmueve nuestro corazón poder repetir el sentimiento de nuestra pequeñez en acto de gratitud, conforme a las palabras del Salmo 17: Diligo te, Domine, fortitudo mea; Salmo admirable en cuya vasta trama nos permitimos invitar a los fervorosos sacerdotes bergamascos a distinguir los rasgos principales de la benigna asistencia del Señor a su confiado y fiel sacerdote.

El recuerdo del punto de partida de nuestra vida, de nuestro Bérgamo, nos ha seguido, siempre en el transcurso de los cuarenta años por Oriente y Occidente, hasta Venecia, hasta aquí arriba, en la Colina Vaticana, sin que perdiésemos del todo la impronta de nuestra característica fisonomía nativa.

De hecho, ningún buen hijo se aparta tanto de su madre que no lleve en el rostro, en los rasgos, en las palabras, mucho o poco, de la tierra de origen, que le plasmó dándole una nota distintiva que le atrae, con la ayuda de Dios, hacia la órbita de luz y caridad, que es —como suele decirse— patrimonio común de una familia y de un pueblo.

Todo esto llena nuestro corazón de paz interior y alegría serena y estimulante para bien de innumerables almas que acuden a Roma de todos los puntos del mundo o que hacen llegar hasta aquí de forma impresionante y conmovedora sus sentimientos.

Estas palabras expresan con diferentes acentos, decerca o de lejos, la doble preocupación entre las cosas de la tierra y del cielo que le atrae, le impresionar y conmueve de diversos modos.

De esta preocupación universal es de donde toma realce la misión apostólica del Sucesor de San-Pedro en la historia y en la vida del mundo.

Recordar al hombre, al cristiano que corresponda cada cual a su destino sobrenatural es función característica del Papa; sus palabras, sus gestos, sus propósitos, mejor dicho, la razón de ser de lo que piensa y hace cada día, todo se dirige preferentemente a esta finalidad: la salvación eterna de las almas.

No podemos olvidar las palabras con que, al tomar posesión el 25 de noviembre de 1958 de nuestra archibasílica catedral lateranense, después de haber expuesto la grandeza del rito pontifical, nos dirigimos al Colegio Cardenalicio, a los Prelados, al clero y fieles de Roma:

«En el momento a que hemos sido conducidos por la sagrada Liturgia, vemos ya todo reunido en el altar santo y bendito, en el que la mirada contempla dos objetos particularmente preciosos y venerables: un libro y un cáliz».

¡Queridos hijos de Bérgamo! Vosotros que leéis en el corazón, sabéis comprender nuestras ansias pastorales: el deber de enseñar el mensaje evangélico y de transmitir la vida de la gracia, conforme al mandato del Señor, más vibrante y afectuoso en las palabras de Jesús, que resuena en la palabra apostólica y secular de su Iglesia y, además, de conducir las almas a la misma fuente de la gracia, con la que se compenetra el cristiano, cuerpo y alma, en el sacramento del amor. Esto importa sobre todo y apremia la conciencia del humilde Pastor de la Iglesia universal.

Sentirnos del todo ocupados en lo que es la esencia viva del sacerdocio y ni siquiera, sencillamente, por placer interior del espíritu, aunque es cosa buena y santa, sino ocupados, repetimos, en el ejercicio de apostolado difusor de una esperanza que se hace certeza, de un amor que será eterno, es de suma importancia en el ministerio de la Cabeza de la Iglesia.

Vosotros comprendéis que todo esto da perfil de determinada fisionomía a nuestro ministerio y a nuestra vida.

Esta quiere resplandecer con la luz del Divino Pastor: ojos, corazón, voz, rasgos, pues, éste es el Papa, pater et pastor universalis, por designación de Cristo Señor, por la entrega que le hizo Él de toda la grey, de las ovejas y de los corderos. De este modo se convierte en punto de convergencia del ministerio de los Obispos y sacerdotes de todo el mundo, según aquella amable comparación del Pastor que embellece, dulcifica y da serenidad a las páginas evangélicas.

Como veis, nuestro oficio es distinto de aquel que el orden civil exige a los hombres de estado y a todos los que se ocupan preferentemente de las cosas de aquí abajo. Pero incluso a éstos el Papa, depositario e intérprete del patrimonio sagrado de la revelación y, por lo mismo, del derecho natural, habla con humilde seguridad y firmeza y abre su corazón para invitarles a favorecer por todos los medios la ordenada y pacífica convivencia terrena, de manera que ayude al hombre a reconocer su dignidad, su grandeza de hijo de Dios y depositario de las promesas de las recompensas eternas.

II. Seguir por el buen camino

¡Queridos hijos! Vosotros conocéis las normas de la vida cristiana y las practicáis. Palabras que se dicen sencillamente pero que tienen un eco de afecto inenarrable en nuestro corazón. Y con el pensamiento nos dirigimos a un memorable acontecimiento de hace cuarenta años, cuando en el segundo día del Congreso Eucarístico Nacional de 1920 aludíamos a las razones por las que nuestro Bérgamo logró mantenerse fidelísimo a la antigua tradición cristiana. Ante una selecta asamblea entre la que brillaban nombres ilustres de prelados y seglares distinguidísimos y beneméritos de la causa católica, al tratar el tema "La Eucaristía y la Virgen", se nos ocurrió decir con humilde orgullo:

«Mi pensamiento me trae el recuerdo de aquellos seglares nuestros insignes a cuyo admirable apostolado se debe el triunfo de la acción católica en Bérgamo, pero vosotros tenéis también que permitirme que el más pequeño representante del clero bergamasco —decíamos entonces— envíe desde aquí el más ferviente saludo a sus hermanos, a estos humildes párrocos y sacerdotes de nuestros valles y de nuestro verde y ancho llano que, fieles a una tradición ininterrumpida de Obispos y sacerdotes santos, al mismo tiempo que abiertos a las necesidades y formas nuevas del ministerio pastoral, son los verdaderos y principales factores del florecimiento de vida religiosa de esta bendita diócesis. Con un celo que los devora, ellos se ocupan sobre todo de enseñar la doctrina cristiana y de mantener viva entre sus fieles la antigua llama del amor a la Eucaristía y a la Virgen. Tan ardientes son en insistir en estos tres puntos fundamentales: la doctrina cristiana, la Eucaristía, la Virgen, que hasta parecen a cualquier espíritu superficial un tanto exagerados. ¡Santa exageración la suya, que produce los más consoladores frutos! Puesto que no se concibe verdadera acción social de la que no se derive y no logre aquella vitalidad en el desarrollo con el que sólo se alcanzará el bien del pueblo en la progresiva elevación de los humildes, en la armonía de las clases llamadas a celebrar en Cristo y María el nuevo triunfo de la fraternidad y de la civilización" (L'Osservatore Romano del 20 de septiembre de 1959, número 218, pág. 3. Del discurso del sacerdote profesor don Angelo Roncalli, "La Eucaristía y la Virgen" en el Congreso Eucarístico Nacional de Bérgamo en 1920).

Muy pocos de los presentes en esta reunión de hoy fueron actores y testigos del Congreso Eucarístico de 1920. Pero todos vosotros sois los herederos de aquella tradición y habéis decidido ofrecer personalmente el testimonio de una fidelidad inquebrantable.

La enseñanza del catecismo es semilla diaria en cada parroquia, familia y escuela que permite a los inocentes robustecerse en el espíritu y gracia de Cristo y honra el patrimonio, que es, verdadera y pura esencia de cristianismo perfecto, que quiere elevar al hombre a la cumbre de la virtud, sin quitarle nada de lo que se puede desear legítimamente y gozar aquí abajo, pero fomentando en él al mismo tiempo el fervor de la búsqueda y la conquista de las cosas celestiales.

Por eso, lo mejor que se le puede desear es la fidelidad a esta tradición, que es tanto como decir cultura cristiana que se sirve de las formas modernas para hacerla asequible; esplendor de culto mantenido en la línea severa y purísima; vigor jurídico y moral de instituciones cívicas y, por último, amor de la belleza artística que infunde poesía y da incluso a los más humildes pueblos estímulo a la gracia y dignidad de la vida.

¡Oh, qué hermosas son nuestras iglesias acogedoras y devotas, las sonoras campanas, la vivacidad a la vez que la compostura de las manifestaciones religiosas populares, la amplia, perenne y espaciosa visión de las sonrientes laderas y de los valles laborioses y encantadores!

Permitidnos, queridos hermanos e hijos, que al lado de las preocupaciones pastorales por la fe religiosa, herencia de nuestros abuelos, rindamos homenaje a vuestras solicitudes —que seguimos con vivo interés— por el seminario que, como el arca santa, guarda el secreto religioso y apostólico del futuro.

Es necesario que el clero joven se multiplique, refuerce y brille —e incluso sobresalga— por la práctica de aquellas virtudes que hicieran venerables a nuestros mayores.

Sabemos que los ojos de los buenos bergamascos miran con la poesía en el corazón a aquella encantadora colina de San Juan in Arena, uno de los puntos más nobles y sonrientes de Lombardía, santuario augusto de los recuerdos patrios, religiosos y civiles más queridos y venerables. Allí es donde se formó y creció próspera y honrosa la tradición del clero bergamasco tan celoso y práctico, como floreció sencilla y contenta la primavera de vuestro Papa Juan, allí durante veinticinco años discens et docens, nunca olvidado, al contrario, incluso en tiempo oportuno inspirándose allí en su nombre y auspicio pontifical: ab utroque Ioanne nomen et omen.

Nos seguimos bendiciendo con fervor la santa empresa de la moderna reconstrucción de aquella que fue la Firma fides, señal histórica y sagrada de la diócesis de Bérgamo, de aquella cumbre esplendorosa, de aquel baluarte invicto y glorioso.

¡Hijos de Bérgamo! sed valerosos y distinguíos en este empeño de generosidad y constancia que asegura al futuro de la Iglesia en nuestra tierra de alegría, prosperidad y bendición.

Brille como ejemplo y mutuo impulso unánime vuestra cooperación en la actividad diligente y fervorosa de nuestro venerable hermano, pastor y amadísimo Obispo que os ha acompañado hasta aquí en el acto de homenaje a San Pedro en la persona de su actual y más modesto Sucesor, como manifestación de devoción y de preciosas energías, cuya constante y copiosa profusión es continua edificación para todos los hijos de Bérgamo, igualmente queridos para nuestro corazón y el suyo.

III. Ante el próximo Concilio Ecuménico

¡Queridos hijos! Reflexionando sobre los dos últimos Concilios de la historia de la Iglesia, el Tridentino y el Vaticano I, quedamos sorprendidos.

El Tridentino señaló la renovación del fervor apostólico y la reconstrucción animosa e impresionante allí donde había pasado el huracán.

Los padres estudiaron, discutieron, elaboraron las constituciones con infinita paciencia y constancia. Obstáculos de toda índole, intromisiones seculares, retrasos a veces inexplicables, todo se superó con la seguridad que inflamó a la Iglesia de Cristo de que no debía ceder de ninguna manera ante quien quería reducir el sagrado patrimonio de la Revelación.

La intrepidez de los más calificados doctores de la época y la mansedumbre de los santos coronaron el opus maximum del siglo XVI.

Tal vez vosotros ignoráis algunos pormenores que merecen destacarse.

El insigne Prelado que tuvo el honor de concluir el Concilio de Trento con un admirable discurso —que no cesamos de saborear— fue Jerónimo Ragazzoni, de la familia oriunda de Valtorta, del Alto Valle de Brembana. Después del Concilio Obispo de Bérgamo, insigne y servidor distinguido como pocos y benemérito de la Sede Apostólica, amigo de San Carlos Borromeo y durante cuatro años Nuncio Apostólico en Francia.

En el Concilio Vaticano I —que acontecimientos políticos obligaron a suspender en sus comienzos verdaderamente gloriosos— estuvieron presentes los Obispos monseñor Pedro Luis Speranza y su coadjutor, monseñor Alejandro Valsecchi, ambos dignos de respeto por su celo pastoral y fidelidad a la Santa Sede, de los cuales especialmente monseñor Speranza dio ejemplo a la faz del mundo y en circunstancias calamitosas sobre las que no queremos detenernos esta mañana.

En la próxima celebración del Concilio Vaticano II ocupará un puesto el venerable pastor de la Iglesia bergamasca, que ya se entrega al trabajo entre los miembros de la Comisión preparatoria del gobierno de la diócesis.            `

Las palabras, comunicaciones que proceden de todas las partes del mundo y dando gracias a Dios, digámoslo, en unión serena de almas y naciones, como jamás se conoció en la historia de la Iglesia, ponen de manifiesto, sin duda, que el Papa Ioannes episcopus Ecclesiae Dei se ha dispuesto para la preparación del gran acontecimiento.

El Concilio Ecuménico quiere ser una señal de la gran misericordia del Señor sobre toda la Iglesia. Por ello afecta en lo más hondo a la conciencia y al corazón del Sucesor de San Pedro por humilde que sea su origen y su persona.

El Concilio es obra del Papa y del Episcopado estrechamente unido a él, sirviéndose de la cooperación de competencia en todo terreno de doctrina y disciplina elevadísimas y experimentadas.

La cooperación directa y preponderante en un Concilio Ecuménico es misión inmediata y exclusiva del Episcopado Católico en unión con el Obispo de Roma, el Sumo Pontífice, Cabeza de la Iglesia universal.

Pero también el pueblo cristiano está llamado a una participación espiritual cuyos impresionantes comienzos admiramos cada día: participación en la oración, sobre todo, luego cooperación de juicio recto, de espera reverente, aunque afanosa, en torno al apostolado jerárquico hasta el punto de pensar en las excelentes disposiciones del pueblo de Éfeso de los remotos tiempos. Cuando reunidos en oración, mientras los Padres elaboraban en el templo la terminología adecuada de la doctrina, los efesinos esperaban su salida con lámparas y antorchas, vitoreando y aclamando a Cristo, Dios y Hombre, y a su querida y bendita Madre, mater Dei et mater nostra.

Si es verdad que el hijo de una nación y localidad particular, llamado al Supremo Sacerdocio, debe ser como Melquisedec y más que él sine patre, sine matre et sine genealogia, esto no impide, más aún, estimula a que los motivos de la carne y de la sangre expresen también en derredor suyo sus voces suplicantes para que la unión de la gracia con la naturaleza por medio de su ministerio pontificio y apostólico sea perfecta, sin perder nada de su armonía, más aún, elevándose en sublimes recompensas celestiales.

¡Oh, qué palabras han pronunciado en la misa los sacerdotes de todo el mundo: "Oh Dios que unes las mentes de tus fieles en un solo ideal, concede a tu pueblo la gracia de amar lo que mandas y de desear lo que prometes, para que, en las vicisitudes de los acontecimientos humanos, nuestros corazones estén fijos allí donde están los verdaderos gozos. Por Jesucristo Nuestro Señor" !

La amable presencia de autoridades civiles de todo orden y grado en esta peregrinación romana es, sin duda, motivo de alegría y de estímulo para el pueblo cristiano, que se siente guiado y protegido así en la posesión de los bienes celestiales como en la ordenada búsqueda y disfrute pacífico de los bienes terrenos.

Y es motivo de consuelo para el Papa, podéis imaginarlo, oír decir y ser él mismo testigo de que la concordia, la fraternidad, la paz inspiran la vida y la actividad de los bergamascos de hoy, como certeza de verdadera. prosperidad, de gran dignidad.

¡Queridos hijos! De estas confidencias del corazón y de los labios es epílogo la Bendición Apostólica que, una vez más, impartimos a vosotros, aquí presentes, y a todo el pueblo de nuestro Bérgamo siempre fuerte y fiel.

 


* Discorsi, messaggi, colloqui, vol. III, págs. 246-256.

 

 



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