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SALUDO DE SU SANTIDAD JUAN XXIII
A LA REINA ISABEL II DE INGLATERRA
*

Viernes 5 de mayo de 1961

 

Con el mayor placer Nos recibimos hoy a Vuestra Majestad en el Vaticano. Vuestra presencia aquí, con Su Alteza Real el Duque de Edimburgo, viene a coronar, en efecto, en la forma más feliz, la serie de manifestaciones de amistad que caracterizaron desde los comienzos de este siglo a las relaciones del Reino Unido con la Santa Sede.

Nos éramos joven seminarista cuando se desarrolló la memorable visita que el Rey Eduardo VII, después de su subida al trono, hizo en 1903 a Nuestro glorioso Predecesor León XIII. Al cabo de tantos años aún tenemos presente en Nuestro espíritu la gran impresión que por entonces suscitó este gesto de cortés deferencia; era la primera vez, al cabo de tres siglos y medio, que un Soberano de la Gran Bretaña venía a conversar con el Papa.

Veinte años más tarde, en 1923, el abuelo de Vuestra Majestad, el Rey Jorge V, fue recibido solemnemente aquí por el gran Pontífice Pío XI. EncontrándoNos en Roma al servicio de la Santa Sede, Nos fuimos por entonces testigo de los ecos favorables que este acontecimiento tuvo en la opinión pública.

Y entre estas dos visitas reales había venido a insertarse, en 1914, la feliz decisión tomada por vuestro abuelo de establecer con la Santa Sede relaciones diplomáticas, cuya cordialidad no ha sido nunca desmentida hasta hoy.

Vuestra misma Majestad, en vísperas de recibir la corona, fue a su vez recibida por Nuestro inmediato Predecesor Pío XII, y aún Nos conservamos fresco el recuerdo de la tan amable visita que Nos hicieron, después de Nuestra elección, la Reina Madre y la Princesa Margarita.

Nos es muy grato recordar ante Vos todo este pasado, porque se Nos presenta lleno de consoladoras promesas para el desarrollo de la buena comprensión y de la amistad recíproca, entre la Gran Bretaña y la Santa Sede : buena comprensión facilitada – Nos complace reconocerlo – por las elevadas cualidades de los diplomáticos que el Reino Unido acredita ante la Sede Apostólica y de los cuales no Nos podemos por menos de elogiar su distinción y su capacidad; facilitada, más aún, por la buena voluntad recíproca y – Nos quisiéramos decir – por cierta comunidad en los esfuerzos realizados tanto por una parte como por otra para la defensa de los valores fundamentales en los que descansa la vida de la sociedad.

La Santa Sede, como sabéis, no deja de auspiciar y de promover con todos sus medios, la realización del gran ideal cristiano de paz, de caridad y de fraternidad entre las hombres y las naciones.

En un mundo agitado por tantas incertidumbres y peligros, pero que aspira, en lo último, tan ardientemente, a ver traducido en hechos ese ideal, la grande y noble nación británica, tan rica en valor, en espíritu de iniciativa y en tenacidad, ocupa un lugar que Nos complace subrayar ante Vuestra Majestad. Notamos siempre con íntima satisfacción, en el desarrollo de los acontecimientos internacionales, la preciosa aportación que los hombres de Estado de Vuestro País saben dar al mantenimiento de la paz y al desarrollo de relaciones amistosas entre los pueblos.

Al mismo tiempo que Nuestro pensamiento se dirige hacia la Gran Bretaña y hacia el vasto conjunto del Commonwealth – visitado en parte por Vuestra Majestad durante un reciente viaje que seguimos con vivo interés a través de la prensa –, dirigimos de modo particular la mente hacia los numerosos hijos de la Iglesia Católica que viven en esos vastos territorios y que contribuyen, por su parte, a promover el progreso y los intereses de sus países. Nos creemos poder asegurar a Vuestra Majestad que su ambición es la de no ser segundos a nadie en la práctica de la más sincera lealtad para con la Corona y las Autoridades constituidas.

SéaNos permitido, en fin, asegurar Nuestra profunda estima personal hacia Vuestra Majestad que, con tanta sencillez y dignidad, lleva el peso de responsabilidades tan vastas. Con todo el corazón elevamos Nuestras oraciones a Dios para invocar sobre vuestra Persona y sobre la de vuestro Esposo, sobre la Familia Real y sobre todos los pueblos de la Gran Bretaña y del Commonwealth, la abundancia de los favores celestiales.


* AAS 53 (1961) 321-323;  Discorsi, messaggi, colloqui, vol. III, págs. 267-269.

 



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