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DISCURSO DEL PAPA JUAN XXIII
A LOS PARTICIPANTES EN EL II CONGRESO DE ESTUDIO
DE LA ASOCIACIÓN DE LOS NIÑOS DE ACCIÓN CATÓLICA
*

Viernes 14 de julio de 1961

 

¡Queridos hijos e hijas!

El segundo Congreso de estudio preparado por la Asociación de los Niños de Acción Católica bien merecía nuestra particular atención. Ya se la dimos desde su primer anuncio y ahora queremos repetiros que el programa de vuestras jornadas nos ha procurado vivo consuelo.

El lema de las relaciones y de las fecundas discusiones, en efecto, no podía ser más acertadamente escogido y ya de por sí manifiesta cuál es la importancia de vuestro Congreso, del mismo modo que las primeras notas de una sinfonía anuncian su nobilísimo y amplio desarrollo. Y precisamente una hermosa página musical nos hace pensar en el tema que habéis escogido: "El niño y el mañana", música llena de encanto y emoción. Pues ¡qué conmoción provoca el misterio de un alma que adquiere conciencia de sí misma, de su porvenir; que se abre confiadamente al mañana, llena de esperanzas y de promesas! ¡Cómo se estremece una vida juvenil antes de iniciar el camino preñado de incógnitas pero sostenida dulcemente por la mano del Padre celestial! ¡Qué angustia también al pensar que el camino emprendido echa los fundamentos decisivos para el triunfo y la felicidad terrena de un ser humano y a menudo también su triunfo y felicidad eterna!

Haber considerado con atención en sus múltiples aspectos el problema fundamental es indicio de sentimiento delicado, de voluntad seria y concreta.

La Asociación de Niños Católicos que, interpretando el anhelo apostólico de la Iglesia y siguiendo con laudable docilidad sus directrices, escoge de las familias muchos jovencitos y los forma asiduamente en la vida de gracia y en las primeras exigencias del apostolado, sabe tener presente como necesidad primordial de su acción este deber de orientación. Pues aquí se encierra el secreto de la fecundidad de tantas vidas que se enfrentan, todavía inconscientemente, con las responsabilidades de mañana, y de aquí depende, además, el recto funcionamiento y el orden de toda la sociedad.

Como observó muy bien nuestro predecesor Pío XII, de venerable memoria, "el niño es el futuro: futuro amenazador o lleno de promesas. Cuando camina sin reflexión por la vida, llevando en sí mismo, sin saberlo, el germen de todas las virtudes y de todos los vicios, muchos de los transeúntes se preguntan: Quis, putas, puer iste erit? (Luc 1, 66) ¿qué será este niño? También vosotros os habéis hecho la misma pregunta angustiosa: ¿cuál será su porvenir para sí mismo, para la sociedad, para la Iglesia? (A los maestros católicos italianos, 4 de noviembre de 1945; Discursos y radiomensajes, VIII, p. 268).

Es necesario, pues, que el problema de la vocación, es decir, de la correspondencia personal, de cada uno, a los designios de Dios, para dar todo el rendimiento posible en la vida de la Iglesia y de la sociedad, se tenga siempre presente en la educación de los niños, empezando por la familia. Asimismo es de desear que la escuela logre con mayor eficacia orientar a los jovencitos y jovencitas en la elección del propio estado mediante el estudio y penetración amorosa de las cualidades y aptitudes de cada uno, que el ojo experto de un buen maestro, de una buena maestra, de un profesor concienzudo de enseñanza media puede llevar a cabo fácilmente mediante el contacto diario de la experiencia escolar. Se ha hecho mucho, se está haciendo mucho en este sentido y agradecemos la valiosa cooperación que muchas almas selectas están prestando a la familia y a la Iglesia.

¡Queridos hijos e hijas! Proseguid, pues, sin descanso vuestra misión, especialmente procurando infundir en los jóvenes, desde los primeros años —y éste es, un campo particularmente abierto a vuestro apostolado— la convicción seria que la vida no es aventura, no, es divagación caprichosa, no es búsqueda de éxito efímero y mucho menos de fáciles ganancias, sino deber diario, servicio del prójimo, espíritu de sacrificio con el esfuerzo de una constante conquista. Este es el camino recto; no como a veces trata de hacerlo creer una mentalidad que deforma las conciencias, sugestionándolas con una visión deformada de la realidad. Por consiguiente, es necesario enseñar. que uno está en la serenidad y alegría sólo cuando se responde generosamente a los propios deberes, mostrando en toda su riqueza los talentos que Dios ha escondido en la mente y corazón de cada uno; dar a entender que sólo en la vida entendida como vocación, vivida conscientemente, se halla la única gran satisfacción, el secreto de la paz interior y de la edificación del prójimo.

En semejante campo siempre habrá mucho que hacer, porque toda alma tiene su problema. Por tanto, ¡ánimo, queridos hijos e hijas, adelante en el nombre del Señor!

Cuando se habla de vocación es muy natural que el pensamiento se dirija a aquella alta, nobilísima misión a la que el Señor llama con impulso particular de la gracia: a la que es la vocación por antonomasia, incluso en el habla corriente del pueblo cristiano, es decir, la llamada al estado sacerdotal religioso y misionero. De ésta San Pablo diría: grandis sermo et ininterpretabilis ad dicendum (Hebr. 5, 11). ¡Quisiéramos decir tantas cosas y manifestaros nuestro pensamiento que se estremece de emoción ante los dulces recuerdos del primer tímido indicio de la divina llamada, en su desenvolvimiento y florecimiento, junto a personas de la familia, de la parroquia, del seminario que alimentaron la llama y que nos llevaron de la mano hasta el altar, más todavía, hasta aquí, a este oficio de paternidad universal!

A semejante problema habéis dedicado algunas horas en vuestro Congreso: a subrayar su importancia y urgencia. Nos no hemos dejado en diversas ocasiones de explicar a los fieles en las audiencias generales o a grupos más calificados la grandeza de la vocación sacerdotal y la necesidad de cultivarla y alimentarla interpretando las esperanzas de la Iglesia que son eco de la dolorosa invitación del Divino Salvador: "La mies es mucha pero los obreros son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que envíe obreros a su campo" (Mat. 9, 37-38). Y a los participantes en el primer Congreso por las Vocaciones Eclesiásticas dijimos: "Un sacerdote no se improvisa, una vocación no se hace por sí misma. Es necesario, pues, trabajar. Todos concordes y con buena voluntad... El trabajo de recoger espigas no es complicado. En su sencillez sólo exige corazón abierto y pronto, intuición y discreción, celo sincero y amor de Dios. Basta con seguir el surco, que es tanto como decir la huella de la Providencia: descubrir un indicio, respetar un secreto, alentar una idea, escogiendo el momento justo para orientar, aconsejar, dirigir con mano suave y firme en los momentos de crisis y de tentación" (21 de abril de 1961 AAS., LIII [1961], p. 312).

¡Queridos hijos e hijas! Vuestra atención, vuestro propósito de descubrir, procurar y seguir las vocaciones eclesiásticas entre las filas de tantos queridos muchachos católicos, nos dice que aquellas palabras nuestras han hallado corazones ardientes y dispuestos. El Señor de todo consuelo os recompense, como Él puede y sabe hacerlo, y os sostenga en vuestro trabajo, alegrándolo con fecundos frutos y especialmente con preciosos méritos para la vida eterna.

Como prenda de los celestiales favores invocados y como confirmación especialísima de nuestra paternal benevolencia, os seguimos con nuestra oración y con la confortadora Bendición Apostólica, que extendemos a toda la Unión de Mujeres de Acción Católica Italiana y a las falanges de los Niños Católicos a quienes se dirige nuestra solicitud, nuestro y vuestro afecto

 


* Discorsi, messaggi, colloqui, vol. III, págs. 359-363.

 

 



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