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ALOCUCIÓN DEL PAPA JUAN XXIII
AL COLEGIO CARDENALICIO EN LA VÍSPERA
DEL TERCER ANIVERSARIO DE SU CORONACIÓN
Y DE LAS CELEBRACIONES POR SU OCTOGÉSIMO CUMPLEAÑOS
*

Sala del Consistorio
Viernes 3 de noviembre de 1961

 

Venerables hermanos y queridos hijos:

En este vigilia de plegaria y recogimiento, nos es grato acoger tan amables manifestaciones del dignísimo Cardenal Decano e inundar vuestros corazones de afectos y sentimientos.

Hemos subido hace poco de la basílica de San Pedro, después de haber celebrado la Santa Misa sobre el altar de la confesión, como llevados sobre las alas de la plegaria de juventud católica, más bien de toda el laicado católico, que quiere cooperar con la Sagrada jerarquía a la instauración del reino de Nuestro Señor

Verdaderamente, las organizaciones juveniles constituyen la más antigua sociedad de apostolado de los tiempos modernos, contando además noventa años de ferviente y constructiva vitalidad. Esta mañana, cuando nos reuníamos para orar, la juventud ha como convocado en torno al cáliz de nuestra Misa a todos los Papas de nuestra humilde vida: desde León XIII a Pío XII, sin olvidar a Pío IX, que en la misma basílica vaticana acogió en 1867 al primer ramillete de flores, cuyo fruto hoy nos alegra.

¡Ah, el gran Pío IX, amable y fuerte, centinela inflexible de la verdad y apóstol previsor de los tiempos modernos! ¡Cuán gran ejemplo continúa dándonos de verdadera grandeza, de tenaz constancia, de luminosa prudencia, confortando y animando nuestra humilde pero generosa empresa!

Venerables hermanos y queridos hijos nuestros: El eco de la plegaria común, que hace poco resonaba, nos recuerda los diversos testimonios de devoción y piedad filial que desde las cuatro partes del mundo vienen a confortarnos y alegrarnos, con ocasión del tercer aniversario de la coronación, y del octogésimo de nuestra vida. No podemos olvidar la repercusión en el mundo de la Encíclica Mater et Magistra y del radiomensaje del 10 de septiembre para implorar el don de la paz.

Pues bien, estos sentimientos en torno a nuestra persona hacen ensanchar el espíritu, y son causa de serenas constataciones.

Pero, ante todo, y para que bendigamos al Señor, el prestigio de la Santa Iglesia está siempre alto ante las naciones, perpetuando la imagen profética del "signum elevatum in nationibus procul" (Is. 5,26). Además, el celo luminoso e intachable de los pastores de almas, del clero y del laicado, todos unidos, en voluntariosa colaboración, irradia luz de edificación y buen ejemplo. No obstante las dificultades y preocupaciones que a veces dan motivo de tristeza, la ardiente espera del Concilio Ecuménico sigue dando entonación al buen trabajo y a la preparación interior de las almas: esta espera, llena particularmente de plegaria siempre fervorosa, es eficaz reclamo de los valores principales del espíritu y de la vida sobrenatural de la gracia.

Revelar estas consolables realidades indica que, por encima de todos los rumores y variaciones del espíritu mundano, los intereses de Dios y de la Iglesia continúan operando en el interior de los corazones, y anima a proseguir confiadamente con aquella visión de las cosas, que, aun no olvidando sombras y tristezas, que no faltan nunca, quiere subrayar todo lo que es digno de atención y de respeto.

Es bien natural que esta sensación de sereno optimismo, con ocasión de la fiesta que comenzamos, el Papa la transmita en confidencia a los que son de su misma familia, y que con él comparten con vigilante y delicada participación las preocupaciones por el gobierno de la Iglesia universal. Esta es la razón que nos hace grata esta intimidad con tan dignas, honorables y amables personas.

Las manifestaciones de respeto y de devoción que se rinden en estos días a nuestra humilde persona tienen un significado que va más allá del gozo del momento. Así la Iglesia da al mundo testimonio de maravillosa unidad: el Papa con sus Cardenales, los Obispos, el clero y los fieles, fundidos al unísono en íntima correspondencia de pensamientos y de afectos, verdaderamente "consummati in unum" (Io. 17,23), según los deseos más ardientes del Divino Redentor. Además, la Iglesia ofrece como flor perfumada el fervor de sus virtudes teológicas: "fides, spes, charitas", fragantes de divina dulzura y a la vez de poderosa energía difundida a todo el mundo para gloria de Dios y al servicio de los hermanos, en las diversas formas de las necesidades sociales.

Esta es en verdad una visión amplia de la vida de la Iglesia, de las perspectivas que ante ella se abren en la espera del Concilio Ecuménico y del general florecimiento de virtud y apostolado que seguirá el gran acontecimiento. Todo ello servirá de ánimo y estímulo a las generaciones que recojan nuestra consigna: Videte regiones, qui albae sunt iam ad messem. Et qui metit mercedem, accipit et congregat fructum in vitam aeternam, ut et qui seminat simul gaudeat et qui metit (Io. 4, 35-36) ). (Ved los campos que ya blanquean por la mies. El que siega recibe la recompensa y recoge el fruto para la vida eterna, para que el sembrador se goce juntamente con el segador.)

Venerables hermanos y queridos hijos nuestros: En esta visión de gran amplitud son necesarias las oraciones de todos, y, en primer lugar, deseamos sentirnos unidos a las vuestras, que, estamos seguros, constituyen el coro inicial de la inmensa súplica que diariamente se eleva de la tierra al cielo.

Confortados por esta seguridad, deseamos manifestaros más viva y ardiente que nunca nuestra benevolencia, por lo que nos alegra tanto el impartiros el don de la Bendición Apostólica.

 


* AAS LIII (1961) 755-757;  Discorsi, messaggi, colloqui, vol. IV, págs. 9-11.

 

 



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