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ALOCUCIÓN DEL PAPA JUAN XXIII
A LOS PRESIDENTES DIOCESANOS DE ACCIÓN CATÓLICA
*

Viernes 5 de enero de 1962

 

En el resplandor de la Epifanía

Queridos hijos:

El encontrarnos con la Acción Católica es siempre motivo de gozo profundo. Esta mañana, en la aurora del nuevo año, nos traéis el saludo de dos Ramas singularmente distintas del apostolado seglar, a las que pertenecéis: la unión de hombres de Acción Católica y el movimiento de los Graduados. Los nombres bastan para indicar la presencia consciente y activa lo mismo en el campo de la cultura y de la profesión, que en todo el ambiente social. En las manos de los hombres, de los padres de familia, está encerrado el secreto del florecimiento cristiano y de la salud moral de los pueblos y de las naciones.

Son testimonio de esta conciencia los temas de vuestros congresos de estos días. Pues expresan el propósito de todos nosotros de hacer conocer cada vez mejor las preocupaciones de la Iglesia, su realidad., sus fines; de valorar y profundizar en las orientaciones, en la necesidad, en las exigencias del mundo contemporáneo de conformidad con la doctrina, disciplina y espíritu de la Santa Iglesia.

Permítasenos a este propósito apelar, confidencialmente, a Nuestra experiencia que se enriquece cada día. Mirad. Es verdaderamente consoladora la juiciosa atención con que, católicos y no católicos, han escuchado Nuestro radiomensaje de Navidad, Nuestras alocuciones a la Prelatura romana y al Cuerpo Diplomático, Nuestra plática de la misa de medianoche y el saludo del mismo día de Navidad. No es menos conmovedora la resonancia suscitada por la Constitución Apostólica "Humanae salutis", con que hemos señalado la fecha del Concilio Ecuménico Vaticano II. En ella está puesto nuestro pensamiento, como bien sabéis, queridos hijos, en ella hemos querido trazar una semblanza de los problemas y de la situación actual del mundo, con sus luces y sus sombras: no nos han obstaculizado las palabras persuasivas de la sabiduría humana —1Co 2,4—, ni la "Acceptio Personarum" —Rm. 2,11—, si no únicamente nos ha movido el amor a la verdad, a la justicia, a la verdadera paz; la convicción, fundada en la armonía en el Antiguo y en el Nuevo Testamento, de que el Señor tiene en sus manos poderosas los hilos de la historia humana, y la dirige a sus fines de bondad y gracia, mientras el hombre, sea fiel a las divinas inspiraciones y a la Ley eterna, con ardor de propósitos y buenas intenciones.

Las palabras que os queremos dirigir esta mañana están inspiradas en la fiesta de la Epifanía del Señor, que es la manifestación deslumbrante de su gloria al mundo entero. Las primicias de las naciones viene a traerle sus dones al Redentor niño, en al persona de los tres Sabios, llegados de Oriente siguiendo la estrella. La visión se dilata más allá de los horizontes de Palestina, en los que brillaron los primeros resplandores de la Santa Noche: el Salvador se manifestó no solamente a los representantes del pueblo de Israel, sino a todas las gentes, que vinieron a Él de los cuatro puntos de la tierra. La Iglesia se goza al contemplar el interminable cortejo, que se dirige a los largo de los siglos hacia Dios hecho hombre: "Levanta, resplandece, Jerusalén, porque ya llegó tu luz, y la gloria del Señor ha aparecido sobre ti... Y las gentes caminarán hacia tu luz y los reyes al resplandor de tu manto. Levanta los ojos en torno, y mira, todos estos se han reunido y vienen a ti, tus hijos vendrán de lejos, y tus hijos surgirán de todas partes" (Is 60, I. 3-4.

En esta amplia visión misionera está comprendido el significado de las relaciones entre la Iglesia y el mundo en que vive. Los hombres, queridos hijos, están todos en camino hacia Cristo; algunos, muchísimos, inconscientemente; y la estrella ilumina sus pasos.

Recuerdo de las enseñanzas de San León I

Queridos hijos. Vuestro estudio quiere siempre profundizar en el conocimiento de la sociedad, para valorar las aspiraciones, las conquistas, las orientaciones, y ganarla para Cristo. No podemos menos de animaros en este esfuerzo, que puede y debe traer frutos fecundos. Pero para que vuestra acción pueda tener plena eficacia, deseamos dirigiros algunas ideas, que en estos días ofrecen puntos sustanciosos de meditación, Son trazos de las páginas de San León Magno, del sermón VIII pronunciado en la solemnidad de la Epifanía (Sermón de San León XXXVIII, en la solemnidad de la Epifanía VIII; Migne, PL 51, 260-263), y contienen indicaciones preciosas sobre el espíritu que debe animar a los cristianos en la acción apostólica: corazón libre; pureza de intención; caridad generosa. Hagamos una breve consideración sobre cada uno de los tres puntos.

Supremacía de los valores sobrenaturales

1. Corazón libre: Oíd con qué intensidad de acento: "No se nos pegue el corazón a la vanidad pasajera del momento; sino que ambicionemos constantemente lo que no tendrá fin". Y antes había dicho: "El corazón libre, descarnado de lo sensible, debe seguir la luz de la inteligencia como a una estrella que guía". H aquí, pues, la primera exigencia del apostolado: Un corazón desprendido de las fugaces consolaciones terrenas, libre de comodidades e intereses mundanos, y ajeno a la vanidad incongruente. Es conveniente, sí, conocer y valorar la realidad en que se vive, pero el corazón debe permanecer libre, anclado con tranquila seguridad en las promesas divinas de Cristo, y en una visión sobrenatural de la vida y del mundo. La prisa por llegar al fin podría esconder la pretensión de aparecer, conciliando el mal con la acción de la Providencia que siembra la calma, la confianza y la mesura.

Como veis, se trata ahora y siempre de la supremacía de los valores sobrenaturales, que no cesamos de inculcar al clero y al laicado católico.

"La vida sobrenatural, alimentada con los grandes medios de santificación —decíamos el 10 de diciembre pasado a los dirigentes nacionales de la Acción Católica— da a cada uno de vosotros fuerza en las ideas, calor en las convicciones, generosidad en la empresa, por no hablar de lo que se deduce de esto: Garbo y delicadeza, madurez de juicio, obediencia pronta, y ardorosa caridad. Aquí está el secreto de una verdadera y durable eficacia en el apostolado, aquí se funda toda digna empresa y por esto es bendecida por Dios".

Desinterés, rectitud, sinceridad

2. Pureza de intención. Este es el sello y la condición insustituible de una verdadera libertad interior. Prosigue San León Magno en su VI Sermón: "Aquel que desea ardientemente saber si Dios habita en él—el Dios del que se ha dicho que es admirable en sus Santos (Sal 67, 36), examine en el santuario de su corazón con un sincero examen, y encontrará con qué humildad resiste a la soberbia, con qué benevolencia lucha contra la envidia, si ei indiferente a las lisonjas de los aduladores, si se alegra del bien ajeno".

Queridos hijos, éste es el espíritu con que se debe ir a los hermanos, aún a los más lejanos y menos dispuestos a comprender. No se puede hacer resonar las palabras con verdad y convicción si hay envidia o soberbia en el corazón, si hay una vana complacencia de sí mismo, egoísmo, celo interesado o desmedido. El testimonio que se exige a los cristianos es ante todo de desinterés, rectitud y sinceridad. Y esta deficiencia, tal vez no bien advertida, perjudica los resultados, e impide el progreso, que se ha preparado con tanta preocupación.

El mensaje divino del amor

3. El corazón libre y la pureza de intención conducen a la caridad generosa, que es el alma de toda virtud y sostén de todo sacrificio. "Para que el solícito examen de sí mismo no se afane demasiado en cosas inútiles —continúa San León—buscad en el secreto de la conciencia a la madre de todas las virtudes, a la caridad; y si la encontráis dedicada a amar a Dios y al prójimo con todo el corazón..., estad ciertos de que Dios os guía, y habita en vosotros... Seguid a la caridad, para que los ánimos de lodos los fieles se fundan en un solo afecto de casto amor."

Todas las empresas a la luz de Dios

Esta es la luz que hemos querido recoger este año de la contemplación del misterio de Belén, tomándolo como tema de nuestro mensaje navideño: Enseñanza de bondad y caridad, para superar las barreras que dividen a la humanidad, en las diversas formas de la vida individual y social. Después de la ayuda omnipotente de Dios y de su gracia, el medio más eficaz para superar los peligros de la mutua desconfianza, de la indiferencia religiosa y del materialismo teórico y práctico, es la renovada estima de lo sobrenatural unida a la práctica de la caridad. Amor a Dios y al prójimo de todo corazón, según las palabras de San León, a Dios para que sea santificado su nombre, se extienda cada vez más su reino y su voluntad domine en la tierra como en el cielo; a los hombres, para estar presentes en todas las necesidades del momento, en la verdad para no engañar, pero en la caridad a toda prueba de verdadero sacrificio para edificar. Este es el mensaje que tocará los corazones y sabrá atraer a una más consciente fidelidad a la Iglesia a cuantos creen encontrar sin ella o fuera de ella la respuesta a sus exigencias de justicia y de paz.

Queridos hijos, nuestras palabras que indican las características que debe tener vuestro trabajo, son nuestro paternal auspicio. Las tareas de la nueva época que se abrirá con el Concilio Ecuménico, aguardan a un laicado católico que esté bien preparado, consciente de su responsabilidad, y pronto a cumplir su deber con generoso ardor; un laicado que con la ayuda de la gracia celestial todo lo vea a la luz de Dios; y que por ningún motivo ponga su confianza en la sabiduría humana.

El corazón se ensancha por la gran esperanza que nos dais al contemplar vuestras formaciones tan numerosas y distinguidas que hoy aquí representáis.

La cultura y la enseñanza, la profesión y el trabajo, en todas las diversas formas de la vida esperan y reciben de vosotros el ejemplo de una vida íntegramente vivida.

Queridos hijos, estas palabras son nuestro regalo de la Epifanía. Acogedlo, y juntamente con nosotros, presentadlo al Divino Infante; no es oro ni inciensos, ni mirra, pero es todo lo que aquellos dones significan; y para que vuestra alegría sea completa, iluminada por la gracia del Señor, os impartimos nuestra Bendición Apostólica, que va dirigida también d vuestras queridas familias y a cada uno de los miembros de vuestros movimientos.


* Discorsi, Messaggi, Colloqui del Santo Padre Giovanni XXIII, vol. IV, pp.133-139

 



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