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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN XIII
A LOS PEREGRINOS VENECIANOS
*

Martes 8 de mayo de 1962

 

Señor cardenal,
queridos hijos:

Entre las muchas formas solemnes de estilo pomposo que las muchas audiencias de estos días podían. sugerirnos, hemos deseado reservar a ésta la efusión de una conversación familiar, según los amables contactos del Patriarca, todavía no olvidado, con sus hijos de Venecia.

Qué gracia y qué suavidad de sentimientos en esta vuestra reunión personal con él que había pensado poder prolongar aún un poco en medio de vosotros la propia vida —que ya llega al ocaso— en el ejercicio delicioso del ministerio pastoral.

¡Ah Venecia, Venecia! Al saludarla en su veneradísimo cardenal patriarca y en las representaciones llegadas en torno a nuestra persona, pensamos en la aguda frase del libro tercero de la Imitación de Cristo: "¡O Jesu, esplendor aeternae gloriae, solamen peregrinantis animae, apud te est os meum sine voce; et silentium meum loquitur tibi!" (¡Oh Jesús, esplendor de la gloria eterna, consuelo del alma peregrina, ante Ti se encuentra mi boca sin voz y mis labios sin habla!) (Cap. 21, 4).

Estas palabras indican en seguida, con una relación de fácil analogía, por qué deseamos recordar los años de tranquila estancia —que hoy nos parece muy rápida— y el esplendor de las grandezas históricas y artísticas de Venecia, y sus auténticas glorias religiosas.

Entre los vivos recuerdos del tiempo transcurrido en la Ciudad de la Laguna resaltan con frecuencia los dos campaniles de San Marcos y de San Jorge. Subimos a pie a lo más alto del primero para bendecir el restaurado ángel de oro, ya lo hemos recordado en el reciente radiomensaje con motivo del 50 aniversario de la reconstrucción. Al campanario del segundo, en una subida más rápida en ascensor, Nos dirigimos para bendecir, con gesto paternal las prometedoras obras en el complejo de la fundación "G. Cini", cuyo décimo aniversario ha motivado la agradable reunión de hoy.

Venecia está comprendida de este recuerdo permanente, íntimo y también muy vivo. Desde que fuimos llamados a la Cátedra de Pedro muchas son las delegaciones de fieles que se han sucedido aquí, en el Vaticano ante Nos, y con su presencia o con filiales manifestaciones, hablan de las maravillas de sus respectivos países. Sucede entonces que nuestro pensamiento se dirige a Venecia por una tendencia espontánea y natural; y la querida ciudad —sin querer ofender a ninguna otra— conserva siempre en nuestro corazón un puesto de especial relieve.

Pensad, por tanto, queridos hijos, lo grata que es para Nosotros vuestra visita. No seríamos agradecidos si no estuviera lleno nuestro corazón de alegría por la majestad de los recuerdos antiguos y de las obras recientes que vosotros dignamente representáis aquí.

Y ahora a cada una de las delegaciones Nuestro saludo más cordial.

Al señor cardenal, la expresión de nuestro afecto; y luego una especial mención a los canónigos aquí presentes. Así es como conviene y se hace. Y también es conveniente dirigirnos a las demás representaciones, comenzando por la Procura de San Marcos, tan rica en empresas y digna de respeto. Trabajo delicado el de los procuradores de San Marcos: saben tener en cuenta las muchas exigencias que impone la custodia del templo insigne y superar no leves dificultades; y hoy más que nunca pueden tenerse como los válidos continuadores de un pasado de preciosas cooperaciones y méritos.

Nuestro saludo al fundador y al Consejo General de la Fundación "G. Cini" va mezclado con el sentimiento de respeto y felicitación.

Queridos hijos, son instituciones de la Iglesia o que están en torno a ella o promovidas por ella, pues aunque dedicadas a actividades de orden civil, pueden considerarse justamente, por las ideas que las animan y la meta de bondad y verdad a que tienden, como flores de aquella tierra y de aquella tradición que tan justamente contribuyen a la gloria de la excelsa figura del discípulo predilecto del Príncipe de los Apóstoles. Pues San Marcos es llamado por San Pedro con ternura exquisita: "Filius meus" (1P 5, 13)).

Estamos, pues, en una atmósfera espiritual de inmenso valor. Por ella podemos remontarnos muy bien a otras épocas en las que los antepasados surcaron el mar hasta las playas extremas del Mediterráneo, para traer a Venecia el gran tesoro de las reliquias veneradas del Santo Patrono. Hay que añadir que la veneración por San Marcos no está limitada a las regiones que conservan las costumbres de la soberanía de Venecia, sino que encuentra en todo el mundo: hoy mismo hemos tenido noticia de que a una nueva iniciativa se le ha puesto el nombre de San Marcos en el norte de Europa.

De querer seguir la costumbre, de la que con frecuencia se abusa, ahora vendría bien responder a cada cumplimiento con otras tantas alabanzas. Pero es bien sabido que por naturaleza y por gracia especial del Señor Nos sentimos del todo ajenos a todo cuanto pueda suscitar la vanidad. Preferimos expresarnos con gran sencillez, "ex abundantia cordis", como se hace en el hogar doméstico con los propios hijos.

Por todo, es preciso bendecir al Señor, porque en todas las circunstancias podemos encontrar no sólo esplendor, sino también llamas restauradoras de caridad para lo que es lo más alto, para lo cristiano y divino, para aquel cuyo himno de grandeza comienza en el Antiguo y se abrillanta en el Nuevo Testamento, formando la gloria más auténtica de nuestra raza, de nuestras ciudades, de las naciones católicas.

Pensad, entre otras cosas, en la luz de aquel Doge de Venecia, San Pedro Orseolo. Después de pocos años de gobierno se retiró a la vida cenobítica. En 1954, volviendo a casa tras visitar la gruta de Masabielle con una peregrinación veneciana, en el centenario de la proclamación dogmática de la Inmaculada Concepción de María, visitamos el antiguo monasterio de San Miguel de Cuxá, en el Rosellón, no lejos de los Pirineos y de la región donde se levanta un poco más hacia el oeste, el prodigioso santuario de Lourdes. En aquel monasterio está sepultado San Pedro Orseolo; y desde hace algunos años una celosa comunidad de religiosos, allí reunida después de tantas luchas en los siglos pasados, se ha puesto a seguir una vida de la mejor tradición ascética, de estudio y de cultura.

Podríamos seguir hablando, queridos hijos, sobre las nuevas actividades cristianas que se han promovido durante estos últimos años en el surco luminoso de antiguas instituciones; pero una reunión tan familiar nos da ocasión para tener, con nuestros hijos tan queridos, algunas confidencias, y también para tratar lo que vale una sencilla y libre disposición de ánimo ante Dios, para escuchar siempre sus aspiraciones y cumplir su santa voluntad.

Tomamos, por ejemplo, la idea del Concilio Ecuménico. ¿Cómo surgió? ¿Cómo se ha desarrollado? De una manera que, al contarlo, parece inverosímil, pues tan improvisado fue el pensamiento sobre su posibilidad y, sin más, se puso en marcha su realización.

En una conversación con el secretario de Estado, cardenal Tardini, comentábamos que el mundo estaba inmerso en graves angustias y problemas. Notamos, entre otras cosas, cómo se habla a voz en grito del deseo de paz y de unión, pero, por desgracia, todo acaba afinando las insidias y aumentando las amenazas. ¿Qué cosa puede hacer la Iglesia? .¿Debe la mística navecilla de Cristo permanecer quieta a las embestidas de las olas y ser llevada a la deriva; y no es precisamente de Ella de donde se espera no solamente un buen consejo, sino también la luz de un gran ejemplo? ¿Cuál podría ser esta luz?

El interlocutor escuchaba en actitud de reverente respeto y de espera. En un momento nos iluminó el alma una gran idea, advertida precisamente en aquel instante y acogida con indecible confianza en el divino Maestro; y nos salió a los labios una palabra, solemne y compleja. Nuestra voz la expresó por primera vez: Un Concilio.

A decir verdad, en seguida tuvimos el temor de haber suscitado perplejidad, si no zozobra. Sin duda debíamos entonces escuchar una primera enumeración de graves dificultades, y aún más, pues el improvisado anuncio hacía pensar en la natural y larga preparación que tal propósito debería llevar consigo.

A su vez la respuesta no se hizo esperar. Una pálida emoción apareció en el rostro del cardenal, y su asentimiento inmediato, exultante.

Una primera señal cierta de la voluntad de Dios. Pues, ¿quién no conoce la necesaria y atenta ponderación con que la Curia romana suele examinar los problemas grandes y pequeños que se le presentan:;

Sin embargo, el "Ecce adsum" del Papa tuvo inmediata respuesta en sus más próximos colaboradores. En aquella misma hora, puede decirse, se concretaron también las iniciativas relativas al Sínodo Romano y a la actualización del Código de Derecho Canónico; pudimos dar la triple noticia al Sacro Colegio la mañana del 25 de enero de 1959 en el monasterio de San Pablo Extramuros.

He aquí una nueva señal de la divina complacencia. Humanamente se podía pensar que los cardenales, después de haber escuchado la alocución, se estrecharan junto a Nos para manifestar su aprobación y sus augurios. Hubo, por su parte, un impresionante devoto silencio. Tuvo explicación únicamente los días siguientes, cuando los purpurados, llegados a Nos en audiencia, Nos dijeron, especialmente: Fue tan intensa la emoción y tan profundo el gozo por su don tanto más precioso cuanto inesperado, proporcionado por el Señor a la Iglesia por obra del nuevo Papa, que no encontramos palabras aptas para manifestar el júbilo y la obediencia ilimitada. Estamos prontos al trabajo.

Y también, inmediatamente, de todas las partes del mundo las primeras noticias de asentimiento. Ni una nota discordante o una indicación de obstáculos invencibles. Un verdadero coro de aplausos emocionados, al que también se unieron pronto los votos augurales de los hermanos que aún no participan de la unidad deseada y establecida por el Señor.

Lo que sigue es bien conocido. El Sínodo Romano se desarrolló felizmente. Este no pareció arduo al humilde Obispo de Roma que, siendo joven sacerdote, asistió como secretario del propio pastor al Sínodo celebrado en Bérgamo, en 1910, después de ciento sesenta y nueve años desde el último. A continuación, en Venecia, encontramos los felices resultados de los Sínodos realizados por el patriarca Sarto, y por el patriarca Lafontaine; y celebramos el XXXI de la serie veneciana en 1957.

La puesta al día del Código de Derecho Canónico es empresa que se realizará a su tiempo, pues se tratará de aplicar la legislación eclesiástica a las nuevas formas de apostolado religioso y de relaciones sociales. Sobre el Concilio ya todos conocen la fervorosa preparación que lleva un rápido desarrollo, y la vigilia de preces fervientes en que vive la Iglesia de Dios.

¿Por qué razón decimos todo esto? ¿A qué vienen estas nuevas confidencias? Es porque deseamos dar una confirmación de Nuestro afecto hacia los fieles de la querida Venecia, sabiendo bien que las manifestaciones del Padre encuentran plena respuesta en todos vosotros. Todo contribuirá, seguramente, a reforzar cada vez más, la gran familia, los lazos de unión, oración y actividades, para hacer honor, cada uno, ante Dios y procurar el mayor bien a la Iglesia.

Estamos contentos de cerrar la conversación con expresiones delicadas y fervientes para vosotros, participantes en la audiencia, y para todos cuantos representáis con tanta dignidad. Estos votos se extienden a la interioridad del corazón de cada uno lleno de gozo o de tristeza.

Lo importante es saber elevarse hacia Dios, permaneciendo constantemente unidos a El durante la peregrinación sobre la tierra, haciendo brillar en la vida las huellas de la gracia celestial, que es verdaderamente un gusto anticipado de la gloria imperecedera, de la eternidad bienaventurada.

Nuestra Bendición Apostólica sella el saludo, la complacencia, el agradecimiento, el augurio de prosperidad y de paz para nuestra queridísima Venecia.

 


*  Discorsi Messaggi Colloqui del Santo Padre Giovanni XXIII, vol. IV, pp. 254-260.

 

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