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DISCURSO DE SU SANTIDAD JUAN XXIII
EN LA CLAUSURA DE LA VII SESIÓN DE LA COMISIÓN CENTRAL
*

Miércoles 20 de junio de 1962

 

Señores cardenales,
venerables hermanos y queridos hijos:

Con esta séptima reunión de los componentes de la Comisión Central finaliza con gran alegría y común satisfacción el período preparatorio de nuestro Concilio Ecuménico Vaticano II.

Es motivo de ternura para el humilde Siervo de los siervos del Señor el recuerdo del primer y espontáneo resplandor de la pequeña llama que debería animar el Concilio Ecuménico, cuando tuvo la presente ante sus ojos y ante su corazón; rápidamente la comunicó a los señores cardenales, allí en la Basílica de San Pablo, fuera de las murallas, junto a la tumba del Apóstol de las gentes, en la fiesta conmemorativa de su conversión, el 25 de enero de 1959.

Han seguido tres años de trabajo excelente y fiel cooperación, tres años decimos —desde la constitución de la Comisión Antepreparatoria (17 de mayo de 1959) y constitución de las diez Comisiones y tres Secretariados (5 de junio de 1959)— de perseverante y silencioso, pero provechoso trabajo durante el año 1960; hasta llegar, a su tiempo, a la Comisión Central Preparatoria, bajo la presidencia del Papa, desde el 12 de junio de 1961 a la fecha de hoy.

Verdaderamente —deseamos repetirlo— han sido tres años de magnífica, edificante, devotísima y ardiente actividad. Faltan pocas horas; mañana, solemnidad del Corpus Domini, volveremos a ver la pequeña llama que humildemente apareció junto a la tumba de San Pablo, desplegarse ahora como una gran hoguera en el esplendoroso marco de la plaza de San Pedro, donde un gentío inmenso la levantará en torno a Cristo, en la gloria de su Divino Sacramento, aclamado en el centro del mundo: “misterio de fe —misterio de unidad—misterio de paz”.

El recorrido va, después de tres años, desde el templo de San Pablo, primer heraldo del Evangelio, hasta la Basílica de San Pedro, Príncipe de los Apóstoles y Cabeza de la Iglesia Universal. No podría ser ni más feliz ni más grandioso.

La principal, la más importante tarea para el éxito de un Concilio Ecuménico es su aquilatada y perfecta preparación.

Siempre, siempre, “bendigamos y demos gracias al Señor” ¿Podríamos esperar algo mejor, en la medida de las posibilidades humanas, a las que se suma la gracia del Señor, algo más abundante y precioso?

A este punto final de la preparación oficial seguirán tres meses de recogimiento, llenos de trabajo para la Secretaría General y para la Comisión Técnico-organizativa. Más íntima y viva será la cooperación por parte de todos los Padres esparcidos por el mundo. Ellos, además, podrán disponer su espíritu leyendo, meditando y anotando los esquemas que se les enviarán a su debido tiempo, a cada uno.

No podría ofrecerse un servicio más útil ni más agradable para el éxito pleno del Concilio en el 11 de octubre próximo. Será conveniente que, solícitamente, sea transmitido —a la nueva Secretaría General o también al Secretariado de Estado de Su Santidad— en secreto, cuanto a cualquiera de los Padres, vistas las circunstancias, le pareciera oportuno observar.

Todo contribuye con mesurada advertencia y espíritu de claridad y las mejores disposiciones a superar las dificultades, tratándolo todo con plena paz.

En estas últimas sesiones se han examinado los esquemas elaborados por las Comisiones preparatorias sobre importantes problemas de Teología: las relaciones entre la Iglesia y el Estado, necesidad de la Iglesia, Ecumenismo, disciplina eclesiástica, relaciones entre los obispos y los religiosos, formación de los clérigos, escuelas católicas, asociaciones católicas, apostolado.

Las Subcomisiones de Correcciones y Materias Mixtas están trabajando para poner a punto los esquemas discutidos en esta última sesión de la Comisión Central. También la Subcomisión Organizadora está ahora en su fase final.

Siguiendo el complejo trabajo de estos tres años, cómo se goza y llena de tranquilidad Nuestro espíritu, al admirar diariamente el esfuerzo inteligente, fervoroso y alegre de cuantos, señores cardenales, obispos, moderadores generales de las Ordenes y Congregaciones religiosas, rectores de Universidades y Ateneos eclesiásticos, y también en algún modo personalidades del laicado, han contribuido a la construcción de esta “mistica turris” a la que bien conviene el anuncio de paz y abundancia del salmo 121.

Esta Santa Iglesia que Cristo ha fundado, civitas Domini, se yergue pacífica entre las diversas torres de los hombres, que en gran parle tienden a lo que no es la gloria del Señor —y lo decimos prescindiendo de las intenciones personales tal vez buenas—siendo angustia y peligro permanente para la paz del mundo. Nosotros pretendemos conseguir con nuestro trabajo, con la mayor sencillez, el ver dispuestos y ordenados con decisión y gozo los elementos aptos para asegurar el éxito definitivo.

Según una antigua sentencia, “el que comienza bien tiene ya realizado la mitad de su trabajo”. Nosotros nos encontramos, en verdad, al comienzo, pero las excelentes demostraciones multiplicadas a través del trabajo y de las discusiones de estos tres años, por parte primero de las Comisiones particulares y de la Comisión Central después, han ofrecido al mundo entero el espectáculo edificante' de una viva devoción a la Santa Iglesia por parte de todos, haciendo confiar que se puede tener asegurada la respuesta complaciente del cielo a las voces de fraterna concordia y sincera voluntad de todas las extensas energías de que dispone la heredad de Cristo, visibles e invisibles, de orden natural y sobrenatural, temporal y eterno.

A punto de veros partir, venerables hermanos y queridos hijos, cada uno para su propia diócesis, o a las diversas formas del propio ministerio episcopal y sacerdotal y también un poco para descansar de tan prolongadas fatigas y para preparar el nuevo trabajo que os espera, transmitid a las almas con que os encontréis, no solamente las óptimas impresiones de todo cuanto vuestros ojos han contemplado y la contribución que cada uno haya podido prestar a la preparación del Concilio aquí en Roma, sino, más aún, la clara luz, no la de un tranquilo atardecer, sino la de una alegre mañana, que se anuncia para el próximo octubre bajo los auspicios de la Madre de Cristo y Madre nuestra. Invitad a todos a orar cada vez con más encendido celo, en unión con el Papa, en las diversas formas que la solicitud pastoral mejor os aconseje.

Esta contribución de oración en privado y en común para el Concilio, es esencial para los sacerdotes y los fieles. Sea del agrado de todos, si a las frecuentes exhortaciones ya pronunciadas por Nos, añadimos una nueva invitación: La Santa Misa, el Breviario, el Rosario, ¡qué grandes recursos para alimentar el fervor, la animación y la santa exaltación del pueblo cristiano!

Venerables hermanos y queridos hijos, permitirnos, para terminar, una sugerencia paternal. El ya inminente Concilio Ecuménico continúa enriqueciendo una literatura que deseamos llamar suya propia, agradable al espíritu y digna de respeto. La seguimos atentamente y con viva complacencia.

Pero desearíamos veros poner, juntamente con Nos, una espléndida corona sobre estas lecturas y a título de exigencia diaria, para ejercitar la preparación particular para el gran y providencial acontecimiento del Concilio. Se trata de las páginas del Evangelio de San Juan. Leed y meditad. En el capítulo primero: Los cielos abiertos y la contemplación del Misterio del Verbo de Dios; la tierra herida por el clamor del Precursor, Juan el Bautista, cuyo testimonio de austeridad personal, de palabra y de sangre, acompaña y aviva toda la narración del Evangelista.

Luego también el capitulo décimo con la parábola del Buen Pastor en donde inspiramos los auspicios de Nuestro Pontificado, el 4 de noviembre de 1958, día de Nuestra solemne coronación en la Basílica Vaticana

Finalmente los últimos discursos del Señor, contenidos en los capítulos XIV, XV, XVI y XVII, especialmente la postrer oración de Cristo el divino deseo de que “sean una misma cosa”.

Permitidnos un ligero recuerdo que tiene relación emotiva con nuestra humilde Persona. En el comienzo de Nuestro Sumo Pontificado, decidimos llamarnos Juan, nombre que desde hacía más de seis siglos había permanecido casi del todo ignorado.

Decidimos aquel nombre tan querido para Nos y para la Iglesia porque lo llevaron dos personajes que estuvieron y están los mas próximos a Cristo, Divino Redentor del género humano y Fundador de la Iglesia

Juan el Precursor del Señor —sí, lo repelimos—ofrece el testimonio de la verdadera luz, aún proporciona y hace resonar profundamente la invitación a la justicia y a la verdad, al clero, al pueblo y a todo el mundo.

Que este santísimo profeta nos asista también en el desarrollo del Concilio Vaticano y contribuya válidamente para que se prepare para Dios un pueblo perfecto, para que surja el recto sentir y los caminos ásperos se transformen en vías llanas, por donde llegar a Cristo Rey, de modo que todo el género humano pueda ver la salvación de Dios,

A San Juan, el discípulo predilecto, le tocó inmortalizar las grandes confidencias de Cristo a sus Apóstoles. Todo el mensaje evangélico palpita en aquellas páginas sublimes. Es Cristo quien a la hora de la despedida quiere prolongar sus enseñanzas con sus íntimos. Sí, al final de su vida terrena, antes de pronunciar el “Surgid y marchemos” que abre el camino del Calvario, el Maestro recapitula las líneas fundamentales de su enseñanza divina, por la cual se deben ayudar los hombres a reconocerse en su dignidad de hijos de Dios, y a dirigirse con voluntad decidida hacia la perfección en el vivir y en el obrar.

En este punto que es el más alto de la narración evangélica entre la institución de la Santísima Eucaristía y el Sacrificio del Gólgota, la Iglesia; humilde y sublime, encuentra como reflejadas por el rostro de su Divino Fundador, las características de su personalidad y pone el acento sobre el mandato de iluminar a las gentes, de salvar a los hombres, de santificar a la sociedad.

Por esta sencilla anotación podéis advertir la buena inspiración, todas estas páginas resplandecen verdad y caridad. Son los elementos indispensables para una vida sacerdotal santa y santificadora, lo mismo que para todo buen cristiano. Pues ella proporciona luz, aliento, exaltación a quien confía en Cristo, con la seguridad de la victoria de su Iglesia, una, santa, católica y apostólica, aquí sobre la tierra y por toda la eternidad de los siglos.

A todos vosotros, “Salus, benedictio et pax”. Amén.


* AAS 54 (1962) 461; Discorsi-Messaggi-Colloqui del Santo Padre Giovanni XXIII, vol. IV, pp. 384-390.

 

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