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ALOCUCIÓN DEL SANTO PADRE JUAN XXIII
AL CONGRESO DE MÚSICA DE LA UNESCO
*

Sábado 29 de septiembre de 1962

 

Distinguidos señores:

Nos es grato comunicaros el gozo que el Papa experimenta al recibir a hombres procedentes de todos los países, reunidos a una bajo el signo de la cultura que salta todas las fronteras, pero más cuando Dios os ha dotado con el lenguaje universal de la música. Ella ha sido la que os ha llamado a Roma para un Congreso internacional de estudios bajo los auspicios de la UNESCO.

La Biblia y la Historia de la Iglesia están llenas de cantos y son una evocación continua de las armonías de la tierra, y son acordes con las del cielo. Estas ideas sobrado indican, señores, el espíritu con que habéis sido acogidos aquí, y la estima que sentimos por vuestro Congreso.

De entre los medios humanos que la Providencia ofrece al hombre para purificarse y elevarse, para salir de su egoísmo y volver la cara hacia horizontes universales, ciertamente la música es de los más altos y principales. Además, la religión misma la ha consagrado acudiendo a ella. Sus ritos van acompañados de modulaciones que interpretan los sentimientos más fervientes del alma: adoración, arrepentimiento, consolación, gratitud.

El programa de estudio de vuestras jornadas integra puntos dignos de atención: se van a escuchar obras de autores admirados en todo el mundo. Y nos place subrayar que la historia del mundo, tal cual es narrada en las páginas de los libros sagrados a lo largo de los siglos, el sacrificio de Cristo, las epopeyas de los héroes de la fe y los grandes temas de la vida y de la muerte, han servido de inspiración a cánticos inmortales.

Los sacerdotes están familiarizados con la recitación y el canto de los salmos, donde encuentran la fuente de su piedad, a la que su palabra da, al punto, una aplicación universal. ¡Qué ternura —que no excluye ni el sagrado temor ni el abandono confiado— suscita el canto coral en una abadía, en una trapa, en un monasterio! Escuchad uno de estos cánticos:

“Mi corazón está dispuesto, Dios mío; mi corazón está dispuesto.

¡Voy a cantar, voy a gozarme por ti!

Despierta mi gloria. Despierta salterio y cítara y despertaré a la aurora.

Te alabaré entre los pueblos, Señor; te cantaré salmos entre las naciones.

Porque sobrepasa a los cielos tu misericordia y a las nubes tu verdad.

Alzate, ¡oh Dios!, allá, en lo alto de los cielos, ¡haz esplender en toda la tierra tu gloria!” (Salmo 57, 8-12).

No es preciso decir más para expresar el interés que tomamos por vuestra reunión. Permitid, sin embargo, que, para terminar, formulemos un triple voto:

— Que os esforcéis en hacer amar a los jóvenes la música, recogiendo de esta forma los frutos de vuestra labor con un real enriquecimiento y elevación del espíritu humano.

— Que la música haga a los hombres más humildes y generosos, que los una entre sí, no solamente de forma pasajera por un sentimiento efímero, sino inculcándoles las grandes ideas de la fraternidad.

— Que la producción musical de los tiempos modernos alcance las metas elevadas que se propone y que continúe inspirándose en los grandes temas por los que el hombre se reconoce tal cual es, según su aspiración de vivir como hijo de Dios.

Estos son los pensamientos, queridos hijos, que nos inspira este agradable encuentro. Añadid, finalmente, la invitación que os hacemos a leer el capítulo 44 del Libro del Eclesiástico, donde se habla de los hombres célebres y, entre otros, de los “que cultivan la música y escriben poemas” (Ecl 44, 5).

Felices de haber pasado este rato entre vosotros de todo corazón pedimos para vosotros mismos, vuestras familias y para los trabajos de vuestro Congreso internacional, la abundancia de las gracias divinas, en prenda de las cuales os concedemos una especial bendición apostólica.

Así sea.

 


*  AAS 54 (1962) 721; Discorsi-Messaggi-Colloqui del Santo Padre Giovanni XXIII, vol. IV, pp. 552-554.

 

 



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