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DISCURSO DEL PAPA JUAN XXIII
AL CUERPO DIPLOMÁTICO ACREDITADO
ANTE LA SANTA SEDE
*

Domingo 23 de diciembre de 1962

 

Excelentísimos y queridos señores:

Los votos que acabáis de formular por boca de vuestro muy digno intérprete nos conmueven profundamente. En vuestras personas es una buena parte de los pueblos de la tierra la que vemos representada delante de Nosotros. ¡Y quiera Dios que un día según el deseo formulado por Nos ya en otras ocasiones toda la gran familia humana pueda, también reunirse en torno al Papa en una pacífica y amable entrevista! El espectáculo que aquí estáis dando ¿no es una invitación muda, pero bien elocuente, a la fraternidad y al entendimiento entre los hombres y los pueblos?

Esta misma invitación ha resonado de una manera más elocuente todavía bajo las bóvedas de San Pedro en el curso del año que termina. Nos referíamos ayer, en nuestro Mensaje al mundo, a la impresión profunda dejada en Nuestra alma por la primera sesión del Concilio ecuménico. ¿Quién podrá nunca olvidar esta visión grandiosa, evocada no hace más que unos momentos por vuestro Decano en términos emocionados y llenos de nobleza: la Iglesia entera, presente en la persona de sus Obispos, trabajando por el rejuvenecimiento de sus instituciones y de sus métodos, por el acercamiento de todas las almas de buena voluntad? Y esto, bajo la mirada de observadores de diferentes confesiones religiosas; aún se podría decir, sin exagerar, bajo la mirada del mundo entero; porque, gracias a los medios modernos de difusión, cuyo papel es tan importante en la actualidad, todos y cada uno han podido darse cuenta de la libertad, de la sinceridad y de la caridad que han presidido estos primeros debates conciliares.

La opinión pública, en general, ha comprendido bien que la Iglesia trabaja en favor del género humano; ella quiere, en efecto, ayudarle a cumplir su primer deber, que es el de reconocer la soberanía de Dios; porque sabe que de ahí brotarán para él los bienes a los que aspira tan ardientemente: la paz y la verdadera felicidad, en este mundo y en el otro.

La Iglesia, como Nos lo hemos recordado repetidas veces, no persigue fines puramente terrenos, no aspira a ninguna clase de dominio temporal. La regla de oro que le dejó su divino Fundador es el Pater, la sublime oración que establece la verdadera jerarquía de los valores: en primer lugar el nombre, el reino, la voluntad de Dios; después el pan y las necesidades de cada día.

Es cosa admirable y que, en el decurso de los siglos, ha llamado la atención de muchos pensadores e historiadores: cuanto más la Iglesia se esfuerza, a través de las vicisitudes humanas, por ser fiel a este programa, más eficazmente también trabaja por la felicidad de la humanidad y, sobre todo, por la gran causa de la paz.

¡La causa de la paz! Es ésta la vuestra, queridos Señores. ¿No sois vosotros, por profesión, los artífices de la negociación, los enemigos de las soluciones precipitadas y violentas en las divergencias entre los Estados? Pero es, para hablar más exactamente, la causa del género humano entero, sobre todo en el día de hoy. ¿Hay alguien en el mundo que no desee la paz, que no tiemble de perderla? ¡Qué emoción inmediata, hasta los confines de la tierra habitada, desde el momento en que ella parece amenazada!

El año que se acaba, lo recordáis, nos ha reservado sobre el particular algunos motivos de temor: timor et tremor. ¿Pero no es una buena señal, bien confortante para el año que viene, que el peligro haya sido rápidamente eliminado, que la sabiduría y la prudencia hayan triunfado tan felizmente devolviendo confianza y ánimos a la humanidad angustiada?

Una cosa es evidentemente fundamental para el mantenimiento y confirmación de esta paz: que sea respetado siempre y por todos el derecho internacional, fundado sobre el derecho natural. Quienquiera que trabaje por la afirmación del derecho en las querellas entre Estados, trabaja por el bien verdadero de los hombres y realiza una acción bendecida por Dios.

Es característica del mundo de hoy poseer, en la escala mundial, instituciones que se ocupan en hacer respetar el derecho, en impedir el desencadenamiento de la violencia. Es deber de todos. Nos no dudamos en afirmarlo, sostener y apoyar estas instituciones, de hacerlo todo para asegurar el éxito de los quehaceres con que se enfrentan. Los que aún trabajan y continuarán trabajando intensamente y con una confianza inalterable al servicio de la paz, serán bendecidos por las futuras generaciones. La historia conservará sus nombres con caracteres imborrables.

Gracias a estos hombres que alimentan pensamientos de paz cogitationes pacis et non aflictionis puede el género humano consagrarse en una noble emulación, no solamente a los grandes quehaceres económicos y sociales que se imponen, sino también al empeño de la exploración del cosmos y a las realizaciones más audaces de la técnica moderna. Ya se trate de las investigaciones del sabio, de las aplicaciones del técnico, de la audacia del ejecutor, la Iglesia aplaude este enseñoramiento siempre creciente por parte del hombre de las fuerzas de la naturaleza. La Iglesia se alegra de todo progreso, presente y por venir, que permite al hombre conocer mejor la grandeza infinita del Creador y de rendirle, con una admiración y una humildad acrecidas, el homenaje de adoración y de acción de gracias que le es debido.

¡Que pueda el año entrante registrar también muchas de estas pacíficas conquistas debidas al genio del hombre! Y quiera Dios inspirar a los organizadores de estas grandes empresas espaciales la idea de asociar a sus esfuerzos y a sus experiencias hombres capaces y denodados de toda nación y de toda raza. Así habrán trabajado eficazmente por la fraternidad y por la paz, que son el objeto de las felicitaciones y de las oraciones de todos en estas santas fiestas de Navidad.

Por nuestra parte invocamos las mejores gracias del Cielo sobre los hombres de buena voluntad y pedimos a Dios que haga descender en particular sobre vosotros, excelentísimos y queridos señores, sobre vuestras familias y sobre los países que aquí tan dignamente representáis, la abundancia de sus bendiciones.

 


*  AAS 55 (1963) 46; Discorsi-Messaggi-Colloqui del Santo Padre Giovanni XXIII, vol. V, pp. 59-62.

 

 



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