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ALOCUCIÓN DE SU SANTIDAD JUAN XXIII
AL SACRO COLEGIO CARDENALICIO Y PRELATURA ROMANA
*

Domingo 23 de diciembre de 1962

Señor cardenal:

Le agradecemos la viva expresión de augurio con que usted ha interpretado el sentir de los miembros del Sacro Colegio y de la prelatura romana en este encuentro natalicio del Papa con sus más próximos colaboradores, partícipes en las inquietudes del ministerio apostólico.

Sus palabras, señor cardenal, han recordado cuánta nuestra humilde persona pudo realizar en este año del Concilio Ecuménico Vaticano II, para preparar a todos hacia más intensas vibraciones en la espera del gran acontecimiento; también ha dado usted testimonio de la cooperación inteligente, cordial y activa de los venerables miembros del Sacro Colegio, primero, en la preparación y, después, en el desarrollo del Concilio durante sus dos primeros meses.

Es hermoso y nos alegra que precisamente el cardenal decano haya querido recoger y expresar el laborioso y noble esfuerzo de todo el Colegio Cardenalicio en el curso de los últimos tres años.

Venerables hermanos y queridos hijos nuestros:

El vuestro es un noble ejemplo que da aliento a todos y que Nos habrá de sostener en los meses de trabajo, desde el próximo enero a los primeros días de septiembre del año entrante. Es grato destacar un primer y singular atractivo que se anuncia, al cumplirse en 1963 el IV Centenario de la conclusión del Concilio Tridentino, que tanto bien produjo a la santa Iglesia incluso a lo largo de los siglos.

La experiencia de los primeros dos meses del Vaticano II, nos ha puesto a todos en condiciones de conferir, con la ayuda de Dios, claridad y agilidad en los procedimientos de la gran asamblea.

Ahora se abre un no pequeño trabajo, en esta fase de prosecución ferviente y silenciosa de nuestra actividad sobre la línea que el Señor nos inspiró al convocar el Concilio; es decir, una general y más ardiente renovación de la vida de la Iglesia, una nueva y vigorosa irradiación del Evangelio en todo el mundo, con la san Iglesia que lo difunde, que lo hace conocer y explica sus enseñanzas.

Este renovado esfuerzo pastoral es el ansia constante de nuestro corazón, éste es el objetivo del Concilio Ecuménico, a fin de que nuestros contemporáneos se percaten cada día más de la acción maternal de la Iglesia en pro de la  elevación espiritual e incluso materia de la Humanidad entera.

Séanos permitido renovar aquí para dirección común y aliento en nuestros estudios ante el trabajo que a todos nos espera, cuanto quisimos expresar, en nuestro discurso inaugural del 11 de octubre pasado, en el día tan solemne de la esplendorosa apertura del Concilio. Dijimos  entonces a la inmensa corona de los venerables hermanos en el episcopado,  reunidos por primera vez en número tan importante junto al sepulcro de Pedro, que esto es el Concilio y esto es lo que ante todo le corresponde: la fidelidad a las bases doctrinales permanentes e intangibles del depósito sagrado de la fe y del respeto a las tradiciones más puras de la enseñanza de la Iglesia.

Pero añadimos en seguida que nuestro deber no es sólo custodiar este tesoro precioso, como si nos preocupásemos tan sólo de la antigüedad; sino dedicarnos con pronta voluntad y sin temor a aquella obra de derivar de la antigua y perenne doctrina y aplicarla a las condiciones de nuestro tiempo; lo que significa proseguir el camino de la Iglesia, maestra de almas y gentes en la sucesión de los siglos.

El punctum saliens —decíamos en aquel discurso de apertura solemne del Concilio— no es, por tanto, la discusión de este o aquel tema de la doctrina fundamental de la Iglesia, como repetición difusa de la enseñanza de los padres y de los teólogos antiguos y modernos, que se supone está bien presente y es familiar al espíritu. Para esto no era, en realidad, necesario un Concilio. De la renovada, serena y tranquila adhesión a todas las enseñanzas de la Iglesia en su integridad y precisión, tal como aún brilla en las actas conciliares desde Trento al Vaticano I, el espíritu cristiano, católico y apostólico del mundo entero espera un paso adelante hacia una penetración doctrinal y una formación más viva de las conciencias, en perfecta fidelidad a la auténtica doctrina; pero ésta estudiada y expuesta a través de las formas de la investigación y de la formulación literaria del pensamiento moderno..., midiéndolo todo dentro de las formas y proporciones de un magisterio con carácter prevalentemente pastoral.

Venerables hermanos y queridos hijos nuestros:

El largo camino de estos meses que nos conducirá hasta el 8 de septiembre del próximo año se abre ante nosotros rico de invitadoras promesas; el Papa, como hizo durante el tiempo de preparación del Concilio y durante todo el transcurso de su vida, quiere entregarse a la hermosa providencia del Padre Celestial, que todo lo dispone para nuestro bien.

Nos permitimos referirnos a cuanto, en las pasadas semanas, fue ocasión de cierta inquietud por nuestra salud física. Nos es grato expresar una vez más personalmente nuestro agradecimiento por los augurios que se nos hicieron llegar en compenetración de afecto y de plegarias con toda la familia católica. Nuestra humilde vida, como la vida de cada uno de nosotros, está en las manos de Dios y, por ello, nos gusta mucho repetir la frase de San Gregorio Nacianceno: Voluntas Dei, pax nostra.

Mientras tanto, reemprendamos confiadamente el trabajo común. Que el Señor nos ayude a todos juntamente a realizarlo con santa alegría y optimismo de espíritu. Es gran satisfacción y consuelo diario sentirnos auxiliados por mentes y energías tan generosas, como el Sacro Colegio no ha cesado de demostrarnos, en amable y pronta correspondencia a nuestros deseos.

Y ahora, venerables hermanos, queridos hijos nuestros, he aquí que nuestro augurio se hace plegaria, invocando aquí toda clase de consuelos, de gracias celestiales del Divino Infante de Belén. El espíritu se dilata en la espera gozosa de la Navidad, y como en nuestro radiomensaje navideño de ayer tarde hemos expresado nuestro pensamiento a toda la familia humana, así hoy os renovamos los votos paternos de cristiana alegría y paz.

La benignidad y la gracia del Divino Redentor nos acompañe durante todo el nuevo año con efusión de celestes complacencias de las que quiere ser prenda y reflejo nuestra bendición apostólica.

 


*  AAS 55 (1963) 43; Discorsi-Messaggi-Colloqui del Santo Padre Giovanni XXIII, vol. V, pp. 54-57.

 

 



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