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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN XXIII
AL PERSONAL DE «L'OSSERVATORE ROMANO» Y DE LA UNIÓN CATÓLICA DE LA PRENSA ITALIANA

Sala del Consistorio
Domingo 27 de enero de 1963

 

Queridos hijos:

El año del Concilio quiere encender todas las energías del clero y del laicado católico, avivando el interés por la difusión del Reino de Dios; es como una llama que pasa misteriosamente sobre todas las casas y sobre todos los hombres de buena voluntad. No es la llegada de una fiesta tradicional, ni la expresión de un tipismo folklórico, sino un gran momento histórico, querido por la Providencia y llegado en el momento oportuno.

Ya sabéis que el Papa vive intensamente este momento con un esfuerzo de fiel correspondencia a la voz del Señor; y en este movimiento espiritual y apostólico siente asociados a él a sus más próximos y más dignos colaboradores: al episcopado de todo el mundo; a los sacerdotes, a los religiosos y a los fieles.

Queridos hijos. En el clima del Concilio hoy le toca a la prensa católica internacional, representada por la querida familia de L'Osservatore Romano a la que recibimos llenos de gozo, porque hasta aquí nos trae sus antorchas flameantes. Nos agrada recordar que firmamos la Constitución Apostólica Humanae Salutis, e1 25 de diciembre de 1961, con la pluma que vosotros nos regalasteis. Este es el cuarto encuentro; el primero, íntimo, fue a los comienzos de nuestro Pontificado, el 31 de enero de 1959; el segundo dos meses después, que para Nos fue como el acto de devolveros la visita, cuando nos dirigirnos a la sede del periódico, deteniéndonos en los lugares de vuestro trabajo diario; el tercero en el centenario, el 10 de julio de 1961. Y hoy con la ocasión que nos brinda la celebración anticipada de vuestro patrono San Francisco de Sales.

Pero el Papa —vosotros lo sabéis y tenéis pruebas de ella— se encuentra todos los días con L'Osservatore Romano en un coloquio atento, afectuoso, lleno de íntima participación, y muy frecuentemente, por los deberes inherentes a su servicio pontifical, él es, también, su primer colaborador.

Delicada y comprometedora tarea la del periodista católico

Queridos hijos. La audiencia de hoy nos ofrece la oportunidad de hablaros sobre la delicada y excelsa misión confiada a la prensa, y de una manera especial a la prensa católica. Hablando a vosotros, aquí presentes, nuestro pensamiento desea extenderse también a todos los periodistas y publicistas, que en este campo gastan sus mejores energías de entendimiento, sensibilidad y corazón.

¡Qué gran medio de comunicación es la prensa! Por lo menos desde hace un siglo, en que se vive un empeño creciente y a veces también un drama, desde el punto de vista católico, dedicado a la genuina difusión de la doctrina, de orientación, de información segura, prudente y justa; dedicada también a ser dique de ciertas mentalidades deformadoras, a las que se debe oponer, cuando es necesario, una enérgica contrapartida.

La experiencia creciente, sobre el tema del Concilio, trae a primer plano la función de la prensa.

El hecho del Concilio ha despertado en el mundo un vasto eco. Seguro que os habéis preguntado qué quiere decir este interés tan vivo, tan difundido y que aún ahora perdura, Ante todo, podemos excluir tranquilamente que el interés de la prensa haya sido guiado por el esplendor de las ceremonias, de los ornamentos, de los ritos desconocidos: cosas que también han sorprendido y emocionado, Se trata, gracias Dios, de otra cosa bien. distinta. Nos parece que se puede decir que se ha comprendido en sí mismo el hecho del Concilio: su realidad grandiosa, como brillante representación del mensaje cristiano en su integridad, para adaptarlo de la forma más eficaz a las exigencias de nuestro tiempo.

Aparece cada vez más evidente que estamos, en realidad, ante el esfuerzo sincero y generoso de conciliar las justas necesidades del tiempo presente, sin perder de vista las supremas. aspiraciones del alma humana. He ahí el magisterio sagrado de la Iglesia, Madre y Maestra, dedicado a hacer fluir de los dos Testamentos la viva interpretación de la Sabiduría cristiana.

La prensa católica siente su misión de hacer honor a su ministerio característico, que es un gran servicio a la verdad, dándola a conocer a través de esta insólita y gran manifestación del Concilio, dándola a conocer con acento persuasivo y penetrante.

Es evidente que, para cumplir con su misión, ha de tener un sello y una expresión que la diferencien de los métodos impuestos por los intereses contingentes y puntos de mira puramente humanos; desistiendo de sugerencias que fomentan la polémica, que no ayuda a nadie, no edifican en la caridad y no sirven a la totalidad de la comunidad. católica.

Precisas responsabilidades ante Dios y las almas

Ahora, aprovechamos la ocasión para decir una palabra sobre la prensa, que no tiene inspiración directa en la sagrada doctrina, y que, sin embargo, está ampliamente difundida en los países católicos, está en las manos de los católicos, cumpliendo una función de información, de instrucción, con cierta  incertidumbre, que en algún punto marginal y secundario, puede armonizarse, pero no en su mayor parte, con la Ley del Señor.

La responsabilidad de esta prensa es grande, porque de cara al gran mundo, es al fin y al cabo representativa de mentalidades y costumbres, de ambientes católicos; y en los países en que los cristianos son minoría puede creerse que cualquier periódico de los países católicos refleja la doctrina católica y es expresión de la Iglesia.

Con excesiva frecuencia —es triste el reconocerlo— no es así, y poco adelantaríamos con extendernos en lamentarlo.

Pero debemos decir, y vosotros debéis decirlo con los hechos y con una presencia, cada vez más eficaz, que la prensa coopera a la misión de la Iglesia no en la medida en que propaga y difunde noticias, aunque sean jubilosas y alentadoras, de la vida religiosa, sino, en cuanto es fiel a la doctrina sagrada, inspirándose en ella para formar mejor la mentalidad de los lectores, ofreciéndoles seguridad en las orientaciones, seriedad en los juicios, claridad en las indicaciones. Y esto sobre temas de la mayor importancia que citamos a continuación: libertad de la Iglesia; santidad del Matrimonio como sacramento, defendiéndole contra todas las ligerezas y fatuidades corruptoras; derechos de la escuela, que instruye y educa cristianamente; acción católica, dedicada a ampliar la acción apostólica del clero; riqueza de la doctrina social, íntegra y pura, no sólo anunciándola, sino aceptándola íntimamente y aplicándola en toda su extensión.

Una de las preocupaciones más actuales de la opinión pública católica —y que ofrece materia para ser tratada ampliamente en la prensa— es también el doble problema del tiempo libre, y de su utilización.

Sobre el tiempo libre hemos expresado nuestro parecer en otra ocasión, y, además, hemos animado a profundizar en este tema a la Semana Social de los católicos italianos de 1959. Es evidente que hay normas morales, que anteriormente a cualquier precepto positivo, obligan a que se emplee el tiempo libre de la manera más digna, y de acuerdo con la dignidad de la persona humana.

Pero no es éste el aspecto que queremos tratar ahora. Hablando a periodistas y advirtiendo el gran número de columnas que se dedica hoy a acontecimientos de tipo recreativo, nos parece oportuno señalar algunos puntos, que puedan ser una indicación y una invitación.

Defender siempre la dignidad de la persona humana

1) Medida y sentido de las proporciones

Diversas razones hacen preguntarnos si al tratar estos temas, al presentarlos y darles colorido no se ha introducido, por, lo menos, cierta desproporción, con relación a los ternas de carácter espiritual, reservados, como se decía hace tiempo, a la tercera página. No se quiere decir con esto que el periódico ha de tener tonalidades severas, propias de una revista especializada de cultura; pero es un hecho del momento presente, que —permitidnos decirlo— en la exagerada estimación de los valores secundarios, cuando no fútiles y peligrosos, con menoscabo de realidades más elevadas como la familia, el estudio, la seriedad de vida, tiene gran responsabilidad la prensa, que favorece esta inversión de los intereses, ofreciendo una emisión demasiado fácil con inconsciente superficialidad.

2) Valoración de las ideas y de los hechos

Aquí la preocupación es aún más viva, pues parece que asistimos a un progresivo empeoramiento, en especial en lo que se refiere a las formas de diversión pública. Sin embargo, el problema no es de hoy. Permitid a quien hoy os habla —modesto autor de algunas normas de carácter pastoral de hace cincuenta años— una referencia a un artículo que con la fecha de mayo de 1913 lleva este título: "Por la moralidad pública-Cinematógrafo". Palabras que representaban la preocupación del obispo y de sus colaboradores por ciertos aspectos inquietantes del espectáculo. En aquel artículo se subrayaban algunos conceptos, que no han perdido nada de su eficacia. Ante todo, la legitimidad de la protesta de la conciencia católica, en especial de las organizaciones católicas, y consiguientemente la legitimidad de la intervención del poder civil; y, por tanto, el deber de los católicos de protestar, todos a una, actuando de forma que los poderes públicos fueran alentados a tomar las medidas dentro del espíritu de la ley —que es, ante todo, de derecho natural— para defender las buenas costumbres, respetar la conciencia popular, especialmente la de las jóvenes generaciones. "...La mejor sería —decíamos también— que todos los ciudadanos, que todos los cristianos de rectas costumbres contribuyeran, cada uno por su parte, no asistiendo a estos espectáculos indecentes, y protestando enérgicamente en cada caso, cuando llegara la ocasión. Este sería el remedio más seguro y convincente contra tan lamentables peligros" (La vida diocesana, Tomo V, fasc. V. Bérgamo, mayo de 1913, p.181).

Indicaciones y consejos a los poderes públicos

Esto es obvio y sencillo, pero es precisamente aquí donde hay que insistir para unir las fuerzas sanas y hacerlas conscientes de su acción, en conjunto, para que los poderes públicos de todos los países se sientan ayudados al tomar posiciones. Y lo harán. Porque no se trata de mortificar la personalidad humana, sino de defenderla, de salvar su honor, de su ordenado y armonioso desarrollo.

En esta tarea puede prestar servicios utilísimos la prensa católica, y no solamente los grandes diarios, sino también la gran cantidad de diarios diocesanos y parroquiales de diversa tirada y difusión, que están en las manos de los católicos y son instrumentos valiosísimos en pro de la buena causa, Concedednos también repetir hoy una pequeña nota nuestra, también de hace cincuenta años: "No ocultamos una viva simpatía por la forma sencilla y modesta, pero eficaz, de propaganda de las buenas ideas en el pueblo cristiano, y sería de desear que donde existen estos boletines se perfeccionaran cada vez más, y los desaparecidos se publicaran de nuevo. No hay que temer el peligro de la concurrencia, pues el ansia de leer es hoy tan intensa que nunca se hace lo suficiente difundiendo la buena prensa." (Ib. diciembre 1913, pág. 457).

Grandes y admirables lecciones de San Francisco el de Sales

Nos referíamos entonces a los periódicos católicos de Lombardía especialmente a dos, todavía gloriosamente existentes, L'Eco di Bergamo y L'Italia: y a los periódicos de los valles Bergamascos que se multiplicaban debido al encomiable celo de sacerdotes y seglares distinguidos.

Queridos hijos. Comprended nuestras expresiones, dictadas por el ansia profunda del ministerio apostólico, que amplía a un plano universal las preocupaciones y las esperanzas de la primavera de nuestro sacerdocio. Pero todavía hay primavera, cuando siguiendo los surcos abiertos por nuestros mayores, encontramos el mismo afán, el mismo fervor, el calor de los mismos ideales, siendo un gran honor el gastar todas las energías y darse con generosidad en pro de ellos.

Ya que estamos hablando de recuerdos —y nadie mejor que vosotros, profesionales del periodismo o empresarios de la prensa, puede permitirnos este volver a las páginas antiguas— terminamos con un pensamiento para San Francisco de Sales, tan querido por vosotros y por Nos, el amable patrono de los verdaderos amigos, y servidores de la pluma. Hemos releído el modesto elogio que de él escribíamos en 1911, y nos alegramos de poderlo proponer como conclusión de este encuentro: "La figura de San Francisco de Sales no es de las que se pueden encerrar dentro de limitados horizontes, se eleva ante la mente, alta y serena, más alta que los montes de su Saboya, más serena que el cielo risueño que se refleja en las aguas azules del pequeño lago de Annecy... En verdad, San Francisco de Sales fue el más amable de los santos y Dios lo envió al mundo en hora triste... Fue la encarnación de la piedad sonriente y fuerte, en la que se funden la poesía ingenua de San Francisco de Asís y el amor impetuoso de San Agustín" (ib., agosto de 1911, p. 287).

¡Qué detalle para un periodista este encuentro, de delicadezas y amabilidad, de fuerza y claridad, de comprensión y de indulgencia! ¡Es algo así como una luz que desciende a la mente y al corazón para iluminar, fortificar, alentar en la continuación de la ardua misión al servicio de la verdad!

Oración diaria del Pastor Supremo

Queridos hijos. Aceptad la invitación que os dirigimos amablemente a mirar sobre vosotros mismos. Hacedlo con humildad y temblor, y preguntaros todas las tardes de vuestra vida si habéis puesto la mente, la imaginación, la lengua, la pluma y el corazón —sobre todo, el corazón— al servicio de la verdad. Tenedle reverencia sagrada; temed ofenderla, entenebrecerla o traicionarla. Imponeos la disciplina del silencio, de la moderación y de la paciencia. La verdad ansía sólo ser anunciada en toda su integridad. Pero ¡ay!, con cuánta frecuencia la lucha por intereses opuestos y la ambición de ponerse encima del adversario hacen confiar en otros medios, con menoscabo de la verdad.

Que no se diga jamás esto de vosotros. Para que en el ocaso de vuestra estancia en la tierra, que os deseamos sea larga y benéfica, podáis mirar con ojos serenos a las jóvenes generaciones, y transmitirles la herencia de vuestra fe y de un apostolado verdaderamente cristiano, no cedáis jamás a la tentación de emplear los métodos y el lenguaje que ofende a la verdad.

Por ello acompañamos con nuestra oración a todos los periodistas, y a todos los que de alguna manera colaboran en su trabajo: a todos vosotros, aquí presentes, y a todos vuestros colegas de todo el mundo. El Papa está con ellos, y todos los días, en el quinto misterio gozoso del Rosario pide, que, también ellos puedan escuchar y hacer escuchar, al Divino Maestro, "audientes et interrogantes".

Como testimonio de nuestro paternal afecto descienda sobre vosotros y vuestras familias, y sobre todos los periodistas el don confortador de nuestra bendición apostólica.

Gozo y paz. ¡Así sea, así sea!

 



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