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CARTA ENCÍCLICA
SATISCOGNITUM
DEL SUMO PONTÍFICE
LEÓNXIII
SOBRE LA NATURALEZA DE LA IGLESIA

 

Introducción

1. Bien sabéis que una parte considerable de nuestros pensamientos y de nuestras preocupaciones tiene por objeto esforzarnos en volver a los extraviados al redil que gobierna el soberano Pastor de las almas, Jesucristo. Aplicando nuestra alma a ese objeto, Nos hemos pensado que sería utilísimo a tamaño designio y a tan grande empresa de salvación trazar la imagen de la Iglesia, dibujando, por decirlo así, sus contornos principales, y poner en relieve, como su distintivo más característico y más digno de especial atención, la unidad, carácter insigne de la verdad y del invencible poder que el Autor divino de la Iglesia ha impreso en su obra. Considerada en su forma y en su hermosura nativa, la Iglesia debe tener una acción muy poderosa sobre las almas, y no es apartarse de la verdad decir que ese espectáculo puede disipar la ignorancia y desvanecer las ideas falsas y las preocupaciones, sobre todo aquellas que no son hijas de la malicia. Pueden también excitar en los hombres el amor a la Iglesia, un amor semejante a la caridad, bajo cuyo impulso Jesucristo ha escogido a la Iglesia por su Esposa, rescatándola con su sangre divina; pues Jesucristo amó a la Iglesia y se entregó El mismo por ella(1).

Si para volver a esta madre amantísima deben aquellos que no la conocen, o los que cometieron el error de abandonarla, comprar ese retorno, desde luego, no al precio de su sangre (aunque a ese precio la pagó Jesucristo), pero sí al de algunos esfuerzos y trabajos, bien leves por otra parte, verán claramente al menos que esas condiciones no han sido impuestas a los hombres por una voluntad humana, sino por orden y voluntad de Dios, y, por lo tanto, con la ayuda de la gracia celestial, experimentarán por sí mismos la verdad de esta divina palabra: «Mi yugo es dulce y mi carga ligera»(2).

Por esto, poniendo nuestra principal esperanza en el «Padre de la luz, de quien desciende toda gracia y todo don perfecto»(3), en aquel que sólo «da el acrecentamiento»(4). Nos le pedimos, con vivas instancias, se digne poner en Nos el don de persuadir.

2. Dios, sin duda, puede operar por sí mismo y por su sola virtud todo lo querealizan los seres creados; pero, por un consejo misericordioso de suProvidencia, ha preferido, para ayudar a los hombres, servirse de los hombres.Por mediación y ministerio de los hombres da ordinariamente a cada uno, en elorden puramente natural, la perfección que le es debida, y se vale de ellos,aun en el orden sobrenatural, para conferirles la santidad y la salud.

Pero es evidente que ninguna comunicación entre los hombres puede realizarsesino por el medio de las cosas exteriores y sensibles. Por esto el Hijo de Diostomó la naturaleza humana, El, que teniendo la forma de Dios..., se anonadó,tomando la forma de esclavo y haciéndose semejante a los hombres(5): y así,mientras vivió en la tierra, reveló a los hombres, conversando con ellos, sudoctrina y sus leyes.

Pero como su misión divina debía ser perdurable y perpetua, se rodeó dediscípulos, a los que dio parte de su poder, y haciendo descender sobre ellosdesde lo alto de los cielos «el Espíritu de verdad», les mandó recorrer todala tierra y predicar fielmente a todas las naciones lo que El mismo habíaenseñado y prescrito, a fin de que, profesando su doctrina y obedeciendo susleyes, el género humano pudiese adquirir la santidad en la tierra y en el cielola bienaventuranza eterna.

Naturaleza sacramentalde la Iglesia

3. Tal es el plan a que obedece la constitución de la Iglesia, tales son losprincipios que han presidido su nacimiento. Si miramos en ella el fin últimoque se propone y las causas inmediatas por las que produce la santidad en lasalmas, seguramente la Iglesia esespiritual; pero si consideramos los miembros de que se compone y losmedios por los que los dones espirituales llegan hasta nosotros, la Iglesia es exteriory necesariamente visible. Por signos que penetran en los ojos y por los oídosfue como los apóstoles recibieron la misión de enseñar; y esta misión no lacumplieron de otro modo que por palabras y actos igualmente sensibles. Así suvoz, entrando por el oído exterior, engendraba la fe en las almas: «la feviene por la audición, y la audición por la palabra de Cristo»(6).

Y la fe misma, esto es, el asentimiento a la primera y soberana verdad, por sunaturaleza, está encerrada en el espíritu, pero debe salir al exterior por laevidente profesión que de ella se hace: «pues se cree de corazón para lajusticia; pero se confiesa por la boca para la salvación»(7). Así, nada esmás íntimo en el hombre que la gracia celestial, que produce en él lasalvación, pero exteriores son los instrumentos ordinarios y principales porlos que la gracia se nos comunica: queremos hablar de los sacramentos, que sonadministrados con ritos especiales por hombres evidentemente escogidos para eseministerio. Jesucristo ordenó a los apóstoles y a los sucesores de losapóstoles que instruyeran y gobernaran a los pueblos: ordenó a los pueblos querecibiesen su doctrina y se sometieran dócilmente a su autoridad. Pero esasrelaciones mutuas de derechos y de deberes en la sociedad cristiana no solamenteno habrían podido ser duraderas, pero ni aun habrían podido establecerse sinla mediación de los sentidos, intérpretes y mensajeros de las cosas.

4. Por todas estas razones, la Iglesia es con frecuencia llamada en las sagradasletras un cuerpo, y también el cuerpo de Cristo. «Sois el cuerpode Cristo»(8). Porque la Iglesia es un cuerpo visible a los ojos; porque es elcuerpo de Cristo, es un cuerpo vivo, activo, lleno de savia, sostenido y animadocomo está por Jesucristo, que lo penetra con su virtud, como, aproximadamente,el tronco de la viña alimenta y hace fértiles a las ramas que le estánunidas. En los seres animados, el principio vital esinvisible y oculto en lo más profundo del ser, pero se denuncia y manifiestapor el movimiento y la acción de los miembros; así, el principio de vidasobrenatural que anima a la Iglesia se manifiesta a todos los ojos por los actosque produce.

De aquí se sigue que están en un pernicioso error los que, haciéndose unaIglesia a medida de sus deseos, se la imaginan como oculta y en manera algunavisible, y aquellos otros que la miran como una institución humana, provista deuna organización, de una disciplina y ritos exteriores, pero sin ningunacomunicación permanente de los dones de la gracia divina, sin nada quedemuestre por una manifestación diaria y evidente la vida sobrenatural querecibe de Dios.

Lo mismo una que otra concepción son igualmente incompatibles con la Iglesia deJesucristo, como el cuerpo o el alma son por sí solos incapaces de constituirel hombre. El conjunto y la unión de estos dos elementos es indispensable a laverdadera Iglesia, como la íntima unión del alma y del cuerpo es indispensablea la naturaleza. La Iglesia no es una especie de cadáver; es el cuerpo deCristo, animado con su vida sobrenatural. Cristo mismo, jefe y modelo de laIglesia, no está entero si se considera en El exclusivamente la naturalezahumana y visible, como hacen los discípulos de Fotino o Nestorio, o únicamentela naturaleza divina e invisible, como hacen los monofisitas; pero Cristo es unopor la unión de las dos naturalezas, visible e invisible, y es uno en las dos:del mismo modo, su Cuerpo místico no es la verdadera Iglesia sino a condiciónde que sus partes visibles tomen su fuerza y su vida de los dones sobrenaturalesy otros elementos invisibles; y de esta unión es de la que resulta lanaturaleza de sus mismas partes exteriores.

Mas como la Iglesia es así por voluntad y orden de Dios, asídebe permanecer sin ninguna interrupción hasta el fin de los siglos, pues de noser así no habría sido fundada para siempre, y el fin mismo a que tiendequedaría limitado en el tiempo y en el espacio;doble conclusión contraria a la verdad. Es cierto, por consiguiente, que estareunión de elementos visibles e invisibles, estando por la voluntad de Dios enla naturaleza y la constitución íntima de la Iglesia, debe durar,necesariamente, tanto como la misma Iglesia dure.

5. No es otra la razón en que se funda San Juan Crisóstomo cuando nos dice:«No te separes de la Iglesia. Nada es más fuerte que la Iglesia. Tu esperanzaes la Iglesia; tu salud es la Iglesia; tu refugio es la Iglesia. Es más altaque el cielo y más ancha que la tierra. No envejece jamás, su vigor es eterno.Por eso la Escritura, para demostrarnos su solidez inquebrantable, le da elnombre de montaña»(9). San Agustín añade: «Los infieles creen que lareligión cristiana debe durar cierto tiempo en el mundo para luego desaparecer.Durará tanto como el sol; y mientras el sol siga saliendo y poniéndose, es decir,mientras dure el curso de los tiempos, la Iglesia de Dios, esto es, el Cuerpo deCristo, no desaparecerá del mundo»(10). Y el mismo Padre dice en otro lugar:«La Iglesia vacílará si su fundamento vacila; pero ¿cómo podrá vacilarCristo? Mientras Cristo no vacile, la Iglesia no flaqueará jamás hasta el finde los tiempos. ¿Dónde están los que dicen: La Iglesia ha desaparecido delmundo, cuando ni siquiera puede flaquear?»(11).

Estos son los fundamentos sobre los que debe apoyarse quien busca la verdad. LaIglesia ha sido fundada y constituida por Jesucristo nuestro Señor; por tanto,cuando inquirimos la naturaleza de la Iglesia, lo esencial es saber lo queJesucristo ha querido hacer y lo que ha hecho en realidad. Hay que seguir estaregla cuando sea preciso tratar, sobre todo, de la unidad de la Iglesia, asuntodel que nos ha parecido bien, en interés de todo el mundo, hablar algo en laspresentes letras.

Unicidad de la Iglesia

6. Sí, ciertamente, la verdadera Iglesia de Jesucristo es una; los testimoniosevidentes y multiplicados de las Sagradas Letras han fijado tan bien este punto,que ningún cristiano puede llevar su osadía a contradecirlo. Pero cuando setrata de determinar y establecer la naturaleza de esta unidad, muchos se dejanextraviar por varios errores. No solamente el origen de la Iglesia, sino todoslos caracteres de su constitución pertenecen al orden de las cosas que procedende una voluntad libre; toda la cuestión consiste, pues, en saber lo que enrealidad ha sucedido, y por eso es preciso averiguar no de qué modo la Iglesiapodría ser una, sino qué unidad ha querido darle su Fundador.

Si examinamos los hechos, comprobaremos que Jesucristo no concibió niinstituyó una Iglesia formada de muchas comunidades que se asemejan por ciertoscaracteres generales, pero distintas unas de otras y no unidas entre sí poraquellos vínculos que únicamente pueden dar a la Iglesia la individualidad yla unidad de que hacemos profesión en el símbolo de la fe: «Creo en laIglesia una»...

«La Iglesia está constituida en la unidad por su misma naturaleza; es una, aunque las herejías traten de desgarrarla en muchas sectas. Decimos, pues, que la antigua y católica Iglesia es una, porque tiene la unidad; de la naturaleza, de sentimiento, de principio, de excelencia... Además, la cima de perfección de la Iglesia, como el fundamento de su construcción, consiste en la unidad; por eso sobrepuja a todo el mundo, pues nada hay igual ni semejante a ella»(12). Por eso, cuando Jesucristo habla de este edificio místico, no menciona más que una Iglesia, que llama suya: «Yo edificaré mi Iglesia». Cualquiera otra que se quiera imaginar fuera de ella no puede ser la verdadera Iglesia de Jesucristo.

7. Esto resulta más evidente aún si se considera el designio del divino Autorde la Iglesia. ¿Qué ha buscado, qué ha querido Jesucristo nuestro Señor enel establecimiento y conservación de la Iglesia? Una sola cosa: transmitir a laIglesia la continuaciónde la misma misión del mismo mandato que El recibió de su Padre.

Esto es lo que había decretado hacer y esto es lo que realmente hizo: «Como miPadre me envió, os envío a vosotros»(13). «Como tú me enviaste al mundo,los he enviado también al mundo»(14). En la misión de Cristo entraba rescatarde la muerte y salvar «lo que había perecido»; esto es, no solamente algunasnaciones o algunas ciudades, sino la universalidad del género humano, sinninguna excepción en el espacio ni en el tiempo. «El Hijo del hombre havenido... para que el mundo sea salvado por El»(15). «Pues ningún otro nombreha sido dado a los hombres por el que podamos ser salvados»(16). La misión,pues, de la Iglesia es repartir entre los hombres y extender a todas las edadesla salvación operada por Jesucristo y todos los beneficios que de ella sesiguen. Por esto, según la voluntad de su Fundador, es necesario que sea únicaen toda la extensión del mundo y en toda la duración de los tiempos. Para quepudiera existir una unidad más grande sería preciso salir de los límites dela tierra e imaginar un género humano nuevo y desconocido.

8. Esta Iglesia única, que debía abrazar a todos los hombres, en todos lostiempos y en todos los lugares, Isaías la vislumbró y señaló por anticipadocuando, penetrando con su mirada en lo porvenir, tuvo la visión de una montañacuya cima, elevada sobre todas las demás, era visible a todos los ojos y querepresentaba la Casa de Dios, es decir, la Iglesia: «En los últimos tiempos,la montaña, que es la Casa del Señor, estará preparada en la cima de lasmontañas»(17).

Pero esta montaña colocada sobre la cima de las montañas es única; única esesta Casa del Señor, hacia la cual todas las naciones deben afluir un día enconjunto para hallar en ella la regla de su vida. «Y todas las nacionesafluirán hacia ella y dirán: Venid, ascendamos a la montaña del Señor, vamosa la Casa del Dios de Jacob y nos enseñará sus caminos y marcharemos por sussenderos»(18). Optato de Mileve dice a propósito de este pasaje: «Estáescrito en la profecía de Isaías: La ley saldrá de Sión, y la palabra deDios, de Jerusalén».

No es, pues, en la montaña de Sión donde Isaías ve el valle, sino en lamontaña santa, que es la Iglesia, y que llenando todo el mundo romano eleva sucima hasta el cielo... La verdadera Sión espiritual es, pues, la Iglesia, en lacual Jesucristo ha sido constituido Rey por Dios Padre, y que está en todo elmundo, lo cual es exclusivo de la Iglesia católica(19). Y he aquí lo que diceSan Agustín: «¿Qué hay más visible que una montaña?» Y, sin embargo, haymontañas desconocidas que están situadas en un rincón apartado del globo...Pero no sucede así con esa montaña, pues ella llena toda la superficie de latierra y está escrito de ella que está establecida sobre las cimas de lasmontañas(20).

9. Es preciso añadir que el Hijo de Dios decretó que la Iglesia fuese su propio Cuerpo místico, al que se uniría para ser su Cabeza, del mismo modo que en el cuerpo humano, que tomó por la Encarnación, la cabeza mantiene a los miembros en una necesaria y natural unión. Y así como tomó un cuerpo mortal único que entregó a los tormentos y a la muerte para pagar el rescate de los hombres, así también tiene un Cuerpo místico único en el que y por medio del cual hizo participar a los hombres de la santidad y de la salvación eterna. «Dios le hizo (a Cristo) jefe de toda la Iglesia, que es su cuerpo»(21).

Los miembros separados y dispersos no pueden unirse a una sola y misma cabezapara formar un solo cuerpo. Pues San Pablo dice: «Todos los miembros delcuerpo, aunque numerosos, no son sino un solo cuerpo: así es Cristo»(22). Y espor esto por lo que nos dice también que este cuerpo está unido y ligado.«Cristo es el jefe, en virtud del que todo el cuerpo, unido y ligado por todassus coyunturas que se prestan mutuo auxilio por medio de operaciones proporcionadas a cada miembro, recibe su acrecentamiento para ser edificado en la caridad»(23). Así, pues, si algunos miembros están separados y alejados de los otros miembros, no podrán pertenecer a la misma cabeza como el resto del cuerpo. «Hay dice San Cipriano un solo Dios, un solo Cristo, una sola Iglesia de Cristo, una sola fe, un solo pueblo que, por el vínculo de la concordia, está fundado en la unidad sólida de un mismo cuerpo. La unidad no puede ser amputada; un cuerpo, para permanecer único, no puede dividirse por el fraccionamiento de su organismo»(24). Para mejor declarar la unidad de su Iglesia, Dios nos la presenta bajo la imagen de un cuerpo animado, cuyos miembros no pueden vivir sino a condición de estar unidos con la cabeza y de tomar sin cesar de ésta su fuerza vital; separados, han de morir necesariamente. «No puede (la Iglesia) ser dividida en pedazos por el desgarramiento de sus miembros y de sus entrañas. Todo lo que se separe del centro de la vida no podrá vivir por sí solo ni respirar»(25). Ahora bien: ¿en qué se parece un cadáver a un ser vivo? «Nadie jamás ha odiado a su carne, sino que la alimenta y la cuida como Cristo a la Iglesia, porque somos los miembros de su cuerpo formados de su carne y de sus huesos»(26).

Que se busque, pues, otra cabeza parecida a Cristo, que se busque otro Cristo sise quiere imaginar otra Iglesia fuera de la que es su cuerpo. «Mirad de lo quedebéis guardaros, ved por lo que debéis velar, ved lo que debéis tener. Aveces se corta un miembro en el cuerpo humano, o más bien se le separa delcuerpo una mano, un dedo, un pie. ¿Sigue el alma al miembro cortado? Cuando elmiembro está en el cuerpo, vive; cuando se le corta, pierde la vida. Así elhombre, en tanto que vive en el cuerpo de la Iglesia, es cristiano católico;separado se hará herético. El alma no sigue al miembro amputado»(27).

La Iglesia de Cristo es, pues, única y, además, perpetua: quien se separade ella se aparta de la voluntad y de la orden de Jesucristo nuestro Señor,deja el camino de salvación y corre a su pérdida. «(Quien se separa de laIglesia para unirse a una esposa adúltera, renuncia a las promesas hechas a laIglesia. Quien abandona a la Iglesia de Cristo no logrará las recompensas deCristo... Quien no guarda esta unidad, no guarda la ley de Dios, ni guarda la fedel Padre y del Hijo, ni guarda la vida ni la salud»(28).

Unidad de la Iglesia

10. Pero aquel que ha instituido la Iglesia única, la ha instituido una; esdecir, de tal naturaleza, que todos los que debían ser sus miembros habían deestar unidos por los vínculos de una sociedad estrechísima, hasta el punto deformar un solo pueblo, un solo reino, un solo cuerpo. «Sed un solo cuerpo y unsolo espíritu, como habéis sido llamados a una sola esperanza en vuestravocación»(29).

En vísperas de su muerte, Jesucristo sancionó y consagró del modo másaugusto su voluntad acerca de este punto en la oración que dirigió a su Padre:«No ruego por ellos solamente, sino por aquellos que por su palabra creerán enmí... a fin de que ellos también sean una sola cosa en nosotros... a fin deque sean consumados en la unidad»(30). Y quiso también que el vínculo de launidad entre sus discípulos fuese tan íntimo y tan perfecto que imitase enalgún modo a su propia unión con su Padre: «os pido... que sean todos unamisma cosa, como vos mi Padre estáis en mí y yo en vos»(31).

Unidad de fe y comnnión

11. Una tan grande y absoluta concordia entre los hombres debe tener porfundamento necesario la armonía y la unión de las inteligencias, de la que seseguirá naturalmente la armonía de las voluntades y el concierto en lasacciones. Por esto, según su plandivino, Jesús quiso que la unidad de la fe existiese en su Iglesia; pues la fees el primero de todos los vínculos que unen al hombre con Dios, y a ella es ala que debemos el nombre de fieles.

«Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo»(32), es decir, del mismo modoque no tienen más que un solo Señor y un solo bautismo, así todos loscristianos del mundo no deben tener sino una sola fe. Por esto el apóstol SanPablo no pide solamente a los cristianos que tengan los mismos sentimientos yhuyan de las diferencias de opinión, sino que les conjura a ello por losmotivos más sagrados: «Os conjuro, hermanos míos, por el nombre de nuestroSeñor Jesucristo, que no tengáis más que un mismo lenguaje ni sufráis cismaentre vosotros, sino que estéis todos perfectamente unidos en el mismoespíritu y en los mismos sentimientos»(33). Estas palabras no necesitanexplicación, son por sí mismas bastante elocuentes.

La Sagrada Escritura

12. Además, aquellos que hacen profesión de cristianismo reconocen deordinario que la fe debe ser una. El punto más importante y absolutamenteindispensable, aquel en que yerran muchos, consiste en discernir de quénaturaleza es, de qué especie es esta unidad. Pues aquí, como Nos lo hemosdicho más arriba, en semejante asunto no hay que juzgar por opinión oconjetura, sino según la ciencia de los hechos hay que buscar y comprobar cuáles la unidad de la fe que Jesucristo ha impuesto a su Iglesia.

La doctrina celestial de Jesucristo, aunque en gran parte esté consignada enlibros inspirados por Dios, si hubiese sido entregada a los pensamíentos de loshombres no podría por sí misma unir los espíritus. Con la mayor facilidadllegaría a ser objeto de interpretaciones diversas, y esto no sólo a causa dela profundidad y de los misterios de esta doctrina, sino por la diversidad delos entendimientos de los hombres y de la turbación que nacería del choque yde la lucha de contrarias pasiones. De las diferencias de interpretaciónnacería necesariamente la diversidad de los sentimientos, y de ahí lascontroversias, disensiones y querellas, como las que estallaron en la Iglesia enla época más próxima a su origen: He aquí por qué escribía San Ireneo,hablando de los herejes: «Confiesan las Escrituras, pero pervierten suinterpretación»(34). Y San Agustín: «El origen de las herejías y de losdogmas perversos, que tienden lazos a las almas y las precipitan en el abismo,está únicamente en que las Escrituras, que son buenas, se entienden de unamanera que no es buena»(35).

El Magisterio de los apóstoles y sus sucesores

13. Para unir los espíritus, para crear y conservar la concordia de lossentimientos, era necesario, además de la existencia de las SagradasEscrituras, otro principio. La sabiduría divina lo exige, pues Dios noha podido querer la unidad de la fe sin proveer de un modo conveniente a laconservación de esta unidad, y las mismas Sagradas Escrituras indicanclaramente que lo ha hecho, como lo diremos más adelante. Ciertamente, el poderinfinito de Dios no está ligado ni constreñido a ningún medio determinado, ytoda criatura le obedece como un dócíl instrumento. Es, pues, preciso buscar,entre todos los medios de que disponía Jesucristo, cuál es el principio deunidad en la fe que quiso establecer.

Para esto hay que remontarse con el pensamiento a los primeros orígenes delcristianismo. Los hechos que vamos a recordar están confirmados por lasSagradas Letras y son conocidos de todos.

Jesucristo prueba, por la virtud de sus milagros, su divinidad y su misióndivina; habla al pueblo para instruirle en las cosas del cielo y exigeabsolutamente que se preste entera fe a sus enseñanzas; lo exige bajo lasanción de recompensas o de penas eternas. «Si no hago las obras de mi Padre,no me creáis»(36).

«Si no hubiese hecho entre ellos obras que ningún otro ha hecho no habrían pecado»(37). «Pero si yo hago esas obras y no queréis creer en mí, creed en mis obras»(38). Todo lo que ordena, lo ordena con la misma autoridad; en el asentimiento de espíritu que exige, no exceptúa nada, nada distingue. Aquellos, pues, que escuchaban a Jesús, si querían salvarse, tenían el deber no sólo de aceptar en general toda su doctrina, sino de asentir plenamente a cada una de las cosas que enseñaba. Negarse a creer, aunque sólo fuera en un punto, a Dios cuando habla es contrario a la razón.

14. A1 punto de volverse al cielo, envía a sus apóstoles revistiéndolos delmismo poder con el que el Padre le enviara, les ordenó que esparcieran ysembraran por todo el mundo su doctrina. «Todo poder me ha sido dado en elcielo y sobre la tierra. Id y enseñad a todas las naciones... enseñadles aobservar todo lo que os he mandado»(39). Todos los que obedezcan a losapóstoles serán salvos, y los que no obedezcan perecerán.

«Quien crea y sea bautizado será salvo; quien no crea será condenado(40). Y como conviene soberaranamente a la Providencia divina no encargar a alguno de una misión, sobre todo si es importante y de gran valor, sin darle al mismo tiempo los medios de cumplirla, Jesucristo promete enviar a sus discípulos el Espíritu de verdad, que permanecerá con ellos eternamente. «Si me voy, os lo enviaré (al Paráclito)... y cuando este Espírítu de verdad venga sobre vosotros, os enseñará toda la verdad»(41). «Y yo rogaré a mi Padre, y El os enviará otro Paráclito para que viva siempre con vosotros; éste será el Espíritu de verdad»(42). «El os dará testimonio de mí, y vosotros también daréis testimonio»(43).

Además, ordenó aceptar religiosamente y observar santamente la doctrina de losapóstoles como la suya propia. «Quien os escucha me escucha, y quien osdesprecia me desprecia»(44).

Los apóstoles, pues, fueron enviadospor Jesucristo de la misma manera que El fue enviado por su Padre: «Como miPadre me ha enviado, así os envío yo a vosotros»(45). Por consiguiente, asícomo los apóstoles y los discípulos estaban obligados a someterse a la palabrade Cristo, la misma fe debía ser otorgada a la palabra de los apóstoles portodos aquellos a quienes instruían los apóstoles en virtud del mandato divino.No era, pues, permitido repudiar un solo precepto de la doctrina de losapóstoles sin rechazar en aquel punto la doctrina del mismo Jesucristo.

Seguramente la palabra de los apóstoles después de haber descendido a ellos elEspíritu Santo, resonó hasta los lugares más apartados.

Donde ponían el pie se presentaban como los enviados de Jesús. «Es por El(Jesucristo) por quien hemos recibido la gracia y el apostolado para hacer queobedezcan a la fe, para gloria de su nombre en todas las naciones»(46). Y entodas partes Dios hacía resplandecer bajo sus pasos la divinidad de su misiónpor prodigios. «Y habiendo partido, predicaron por todas partes, y el Señorcooperaba con ellos y confirmaba su palabra por los milagros que laacompañaban»(47).

¿De qué palabra se trata? De aquella, evidentemente, que abraza todo lo quehabían aprendido de su Maestro, pues ellos daban testimonio públicamente y ala luz del sol de que les era imposible callar nada de lo que habían visto yoído.

15. Pero, ya lo hemos dicho, la misión de los apóstoles no era de talnaturaleza que pudiese perecer con las personas de los apóstoles o paradesaparecer con el tiempo, pues era una misión pública e instituida para lasalvación del género humano. Jesucristo, en efecto, ordenó a los apóstolesque predicasen «el Evangelio a todas las gentes», y que «llevasen su nombredelante de los pueblos y de los reyes», y que le sirviesen de testigos hasta enlas extremidades de la tierra.

Y en cumplimiento de esta gran misión les prometió estar con ellos, y estono por algunos años, o algunos periodos de años, sino por todos los tiempos,«hasta la consumación de los siglos». Acerca de esto escribe San Jerónimo:«Quien promete estar con sus discípulos hasta la consumación de los siglos,muestra con esto que sus discípulos vivirán siempre, y que El mismo no cesaráde estar con los creyentes»(48).

¿Y cómo había de suceder esto únicamente con los apóstoles, cuya condiciónde hombres les sujetaba a la ley suprema de la muerte? La Providencia divinahabía, pues, determinado que el magisterio instituido por Jesucristo noquedaría restringido a los límites de la vida de los apóstoles, sino queduraría siempre. Y, en realidad, vemos que se ha transmitido y ha pasado comode mano en mano en la sucesión de los tiempos.

16. Los apóstoles, en efecto, consagraron a los obispos y designaronnominalmente a los que debían ser sus sucesores inmediatos en el «ministeriode la palabra». Pero no fue esto solo: ordenaron a sus sucesores que escogieranhombres propios para esta función y que les revistieran de la misma autoridad yles confiasen a su vez el cargo de enseñar.

«Tú, pues, hijo mío, fortifícate en la gracia que está en Jesucristo, y loque has escuchado de mí delante de gran número de testigos, confíalo a loshombres fieles que sean capaces de instruir en ello a los otros»(49). Es, pues,verdad que, así como Jesucristo fue enviado por Dios y los apóstoles porJesucristo, del mismo modo los obispos y todos los que sucedieron a losapóstoles fueron enviados por los apóstoles.

«Los apóstoles nos han predicado el Evangelio enviados por nuestro SeñorJesucristo, y Jesucristo fue enviado por Dios. La misión de Cristo es la deDios, la de los apóstoles es la de Cristo, y ambas han sido instituidas segúnel orden y por la voluntad de Dios... Los apóstoles predicaban el Evangelio pornaciones y ciudades; y después de haber examinado, según el espíritu de Dios,a los que eran las primicias de aquellas cristiandades, establecieron losobispos y los diáconos para gobernar a los que habían de creer en losucesivo... Instituyeron a los que acabamos de citar, y más tarde tomaron susdisposiciones para que, cuando aquéllos murieran, otros hombres probados lessucedieran en su ministerio»(50).

Es, pues, necesario que de una manera permanente subsista, de una parte, lamisión constante e inmutable de enseñar todo lo que Jesucristo ha enseñado, yde otra, la obligación constante e inmutable de aceptar y de profesar toda ladoctrina así enseñada. San Cipriano lo expresa de un modo excelente en estostérminos:«Cuando nuestro Señor Jesucristo, en el Evangelio, declara que aquellos que noestán con El son sus enemigos, no designa una herejía en particular, sinodenuncia como a sus adversarios a todos aquellos que no están enteramente conEl, y que no recogiendo con El ponen en dispersión su rebaño: El que no estáconmigo dijoestácontra mí, y el que no recoge conmigo esparce»(51).

17. Penetrada plenamente de estos principios, y cuidadosa de su deber, laIglesia nada ha deseado con tanto ardor ni procurado con tanto esfuerzo cómoconservar del modo más perfecto la integridad de la fe. Por esto ha mirado comoa rebeldes declarados y ha lanzado de su seno a todos los que no piensan comoella sobre cualquier punto de su doctrina.

Los arrianos, los montanistas, los novacianos, los cuartodecimanos, loseutiquianos no abandonaron, seguramente, toda la doctrina católica, sinosolamente tal o cual parte, y, sin embargo, ¿quién ignora que fuerondeclarados herejes y arrojados del seno de la Iglesia? Un juicio semejante hacondenado a todos los fautores de doctrinas erróneas que fueron apareciendo enlas diferentes épocas de la historia. «Nada es más peligroso que esosheterodoxos que, conservando en lo demás la integridad de la doctrina, con unasola palabra, como gota de veneno, corrompen la pureza y sencillez de la fe quehemos recibido de la tradición dominical, después apostólica»(52).

Tal ha sido constantemente la costumbre de la Iglesia, apoyada por el juiciounánime de los Santos Padres, que siempre han mirado como excluido de lacomunión católica y fuera de la Iglesia a cualquiera que se separe en lo másmínimo de la doctrina enseñada por el magisterio auténtico. San Epifanio, SanAgustín, Teodoreto, han mencionado un gran número de herejías de su tiempo.San Agustín hace notar que otras clases de herejías pueden desarrollarse, yque, si alguno se adhiere a una sola de ellas, por ese mismo hecho se separa dela unidad católica.

«De que alguno diga que no cree en esos errores (esto es, las herejías queacaba de enumerar), no se sigue que deba creerse y decirse cristiano católico.Pues puede haber y pueden surgir otras herejías que no están mencionadas enesta obra, y cualquiera que abrazase una sola de ellas cesaría de ser cristianocatólico»(53).

18. Este medio, instituido por Dios para conservar la unidad de la fe, de queNos hablamos, está expuesto con insistencia por San Pablo en su epístola a losde Efeso, al exhortarles, en primer término, a conservar la armonía de loscorazones. «Aplicaos a conservar la unidad del espíritu por el vínculo de lapaz»(54); y como los corazones no pueden estar plenamente unidos por la caridadsi los espíritus no están conformes en la fe, quiere que no haya entre todosellos más que una misma fe. «Un solo Señor y una sola fe».

Y quiere una unidad tan perfecta que excluya todo peligro de error, «a fin deque no seamos como niños vacilantes llevados de un lado a otro a todo viento dedoctrina por la malignidad de los hombres, por la astucia que arrastra a loslazos del error». Y enseña que esta regla debe ser observada no durante un periodode tiempo determinado, sino «hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe, enla medida de los tiempos de la plenitud de Cristo». Pero ¿dónde ha puesto Jesucristo el principio que debe establecer esta unidad y el auxilio que debe conservarla? Helo aquí: «Ha hecho a unos apóstoles, a otros pastores y doctores para la perfección de los santos, para la obra del ministerio, para la edificación del Cuerpo de Cristo».

19. Esta es también la regla que desde la antigüedad más remota han seguidosiempre y unánimemente han defendido los Padres y los doctores. Escuchad aOrígenes: «Cuantas veces nos muestran los herejes las Escrituras canónicas, alas que todo cristiano da su asentimiento y su fe, parecen decir: En nosotrosestá la palabra de la verdad. Pero no debemos creerlos ni apartarnos de laprimitiva tradición eclesiástica, ni creer otra cosa que lo que las Iglesiasde Dios nos han enseñado por la tradición sucesiva»(55).

Escuchad a San Ireneo: «La verdadera sabiduría es la doctrina de los apóstoles... que ha llegado hasta nosotros por la sucesión de los obispos... al transmitirnos el conocimiento muy completo de las Escrituras, conservado sin alteración»(56).

He aquí lo que dice Tertuliano: «Es evidente que toda doctrina, conforme con lasde las Iglesias apostólicas, madres y fuentes primitivas de la fe, debe serdeclarada verdadera; pues que ella guarda sin duda lo que las Iglesias hanrecibido de los apóstoles; los apóstoles, de Cristo; Cristo, de Dios...Nosotros estamos siempre en comunión con las Iglesias apostólicas; ningunatiene diferente doctrina; éste es el mayor testimonio de la verdad»(57).

Y San Hilario: «Cristo, sentado en la barca para enseñar, nos hace entenderque los que están fuera de la Iglesia no pueden tener ninguna inteligencia conla palabra divina. Pues la barca representa a la Iglesia, en la que sólo elVerbo de verdad reside y se hace escuchar, y los que están fuera de ella yfuera permanecen, estériles e inútiles como la arena de la ribera, no puedencomprenderle»(58).

Rufino alaba a San Gregorio Nacianceno y a San Basilio porque «se entregaban únicamente al estudio de los libros de la Escritura Santa, sin tener la presunción de pedir su interpretación a sus propios pensamientos, sino que la buscaban en los escritos y en la autoridad de los antiguos, que, a su vez, según era evidente, recibieron de la sucesión apostólica la regla de su interpretación»(59).

Integridad del depósito de la fe

20. Es, pues, incontestable, después de lo que acabamos de decir, queJesucristo instituyó en la Iglesia un magisterio vivo, auténtico y ademásperpetuo, investido de su propia autoridad, revestido del espíritu de verdad,confirmado por milagros, y quiso, y muy severamente lo ordenó, que lasenseñanzas doctrinales de ese magisterio fuesen recibidas como las suyaspropias. Cuantas veces, por lo tanto, declare la palabra de ese magisterio quetal o cual verdad forma parte del conjunto de la doctrina divinamente revelada,cada cual debe creer con certidumbre que eso es verdad; pues si en cierto modopudiera ser falso, se seguiría de ello, lo cual es evidentemente absurdo, queDios mismo sería el autor del error de los hombres. «Señor, si estamos en elerror, vos mismo nos habéis engañado» (60). Alejado, pues, todo motivo deduda, ¿puede ser permitido a nadie rechazar alguna de esas verdades sinprecipitarse abiertamente en la herejía, sin separarse de la Iglesia y sinrepudiar en conjunto toda la doctrina cristiana?

Pues tal es la naturaleza de la fe, que nada es más imposible que creer esto ydejar de creer aquello. La Iglesia profesa efectivamente que la fe es «unavirtud sobrenatural por la que, bajo la inspiración y con el auxilio de lagracia de Dios, creemos que lo que nos ha sido revelado por El es verdadero; ylo creemos no a causa de la verdad intrínseca de las cosas, vista con la luznatural de nuestra razón,sino a causa de la autoridad de Dios mismo, que nos revela esas verdades y queno puede engañarse ni engañarnos»(61).

«Si hay, pues, un punto que haya sido revelado evidentemente por Dios y nosnegamos a creerlo, no creemos en nada de la fe divina». Pues el juicio queemite Santiago respecto de las faltas en el orden moral hay que aplicarlo a loserrores de entendimiento en el orden de la fe. «Quien se hace culpado en unsolo punto, se hace transgresor de todos»(62). Esto es aún más verdadero enlos errores del entendimiento. No es, en efecto, en el sentido más propio comopueda llamarse transgresor de toda la ley a quien haya cometido una sola faltamoral, pues si puede aparecer despreciando a la majestad de Dios, autor de todala ley, ese desprecio no aparece sino por una suerte de interpretación de lavoluntad del pecador. Al contrario, quien en un solo punto rehúsa suasentimiento a las verdades divinamente reveladas, realmente abdica de toda lafe, pues rehúsa someterse a Dios en cuanto a que es la soberana verdad y elmotivo propio de la fe. «En muchos puntos están conmigo, en otros solamente noestán conmigo; pero a causa de esos puntos en los que no están conmigo, denada les sirve estar conmigo en todo lo demás»(63).

Nada es más justo; porque aquellos que no toman de la doctrina cristiana sino lo que quieren, se apoyan en su propio juicio y no en la fe, y al rehusar «reducir a servidumbre toda inteligencia bajo la obediencia de Cristo(64) obedecen en realidad a sí mismos antes que a Dios. «Vosotros, que en el Evangelio creéis lo que os agrada y os negáis a creer lo que os desagrada, creéis en vosotros mismos mucho más que en el Evangelio»(65).

21. Los Padres del concilio Vaticano I nada dictaron de nuevo, pues sólo seconformaron con la institución divina y con la antigua y constante doctrina dela Iglesia y con la naturaleza misma de la fe cuando formularon este decreto:«Se deben creer como de fedivina y católica todas las verdades que están contenidas en la palabra deDios escrita o transmitida por la tradición, y que la Iglesia, bien por unjuicio solemne o por su magisterio ordinario y universal, propone comodivinamente revelada»(66).

Siendo evidente que Dios quiere de una manera absoluta en su Iglesia la unidadde la fe, y estando demostrado de qué naturaleza ha querido que fuese esaunidad, y por qué principio ha decretado asegurar su conservación, séanospermitido dirigirnos a todos aquellos que no han resuelto cerrar los oídos a laverdad y decirles con San Agustín: «Pues que vemos en ellos un gran socorro deDios y tanto provecho y utilidad, ¿dudaremos en acogernos en el seno de estaIglesia que, según la confesión del género humano, tiene en la SedeApostólica y ha guardado por la sucesión de sus obispos la autoridad suprema,a despecho de los clamores de los herejes que la asedian y han sido condenados,ya por el juicio del pueblo, ya por las solemnes decisiones de los concilios, opor la majestad de los milagros?No querer darle el primer lugar es seguramente producto de una soberana impiedado de una arrogancia desesperada. Y si toda ciencia, aun la más humilde yfácil, exige, para ser adquirida, el auxilio de un doctor o de un maestro,¿puédese imaginar un orgullo más temerario, tratándose de libros de losdivinos misterios, negarse a recibirlo de boca de sus intérpretes y sinconocerlos querer condenarlos?»(67).

Fe y vida cristiana

22. Es, pues, sin duda deber de la Iglesia conservar y propagar la doctrinacristiana en toda su integridad y pureza. Pero su papel no se limita a eso, y elfin mismo para el que la Iglesia fue instituida no se agotó con esta primeraobligación. En efecto, por la salud del género humano se sacrificóJesucristo, y a este fin refirió todas sus enseñanzas y todos sus preceptos, ylo que ordenó a la Iglesia que buscase enla verdad de la doctrina fue la santificación y la salvación de los hombres.Pero este designio tan grande y tan excelente, no puede realizarse por la fesola; es preciso añadir a ella el culto dado a Dios en espíritu de justicia yde piedad, y que comprende, sobre todo, el sacrificio divino y la participaciónde los sacramentos, y por añadidura la santidad de las leyes morales y de ladisciplina.

Todo esto debe encontrarse en la Iglesia, pues está encargada de continuarhasta el fin de los siglos las funciones del Salvador; la religión que, por lavoluntad de Dios, en cierto modo toma cuerpo en ella es la Iglesia solaquien la ofrece en toda su plenitud y perfección; e igualmente todos los mediosde salvacíón que, en el plan ordinario de la Providencia, son necesarios a loshombres, sólo ella es quien los procura.

Unidad de régimen

23. Pero así como la doctrina celestial no ha estado nunca abandonada alcapricho o al juicio individual de los hombres, sino que ha sido primeramenteenseñada por Jesús, después confiada exclusivamente al magisterio de quehemos hablado, tampoco al primero que llega entre el pueblo cristiano, sino aciertos hombres escogidos ha sido dada por Dios la facultad de cumplir yadministrar los divinos misterios y el poder de mandar y de gobernar.

Sólo a los apóstoles y a sus legítimos sucesores se refieren estas palabras de Jesucristo: «Id por todo el mundo y predicad el Evangelio... bautizad a los hombres... haced esto en memoria mía... A quien remitierais los pecados le serán remitidos». Del mismo modo, sólo a los apóstoles y a sus legítimos sucesores se les ordenó apacentar el rebaño, esto es, gobernar con autoridad al pueblo cristiano, que por este mandato quedó obligado a prestarles obediencia y sumisión. El conjunto de todas estas funciones del ministerio apostólico está comprendido en estas palabras de San Pablo: «Que los hombres nos miren como a ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios»(68).

De este modo, Jesucristo llamó a todos los hombres sin excepción, a los queexistían en su tiempo y a los que debían de existir en adelante, para que lesiguiesen como a Jefe y Salvador, y no aislada e individualmente, sino todos enconjunto, unidos en una asociación de personas, de corazones, para que de estamultitud resultase un solo pueblo, legítimamente constituido en sociedad; unpueblo verdaderamente uno por la comunidad de fe, de fin y de medios apropiadosa éste; un pueblo sometido a un solo y mismo poder.

De hecho, todos los principios naturales que entre los hombres creanespontáneamente la sociedad destinada a proporcionarles la perfección de quesu naturaleza es capaz, fueron establecidos por Jesucristo en la Iglesia, demodo que, en su seno, todos los que quieran ser hijos adoptivos de Dios puedenllegar a la perfección conveniente a su dignidad y conservarla, y así lograrsu salvación. La Iglesia, pues, como ya hemos indicado, debe servir a loshombres de guía en el camino del cielo, y Dios le ha dado la misión de juzgary de decidir por sí misma de todo lo que atañe a la religión, y deadministrar, según su voluntad, libremente y sin cortapisas de ningún género,los intereses cristianos.

24. Es, por lo tanto, no conocerla bien o calumniarla injustamente el acusarlade querer invadir el dominio propio de la sociedad civil o de poner trabas a losderechos de los soberanos. Todo lo contrario; Dios ha hecho de la Iglesia lamás excelente de todas las sociedades, pues el fin a que se dirige sobrepuja ennobleza al fin de las demás sociedades, tanto como la gracia divina sobrepuja ala naturaleza y los bienes inmortales son superiores a las cosas perecederas.

Por su origen es, pues, la Iglesia una sociedad divina; por su fin y porlos medios inmediatos que la conducen es sobrenatural; por los miembrosde quese compone, y que son hombres, es una sociedad humana. Por esto la vemosdesignada en las Sagradas Escrituras con los nombres que convienen a unasociedad perfecta. Llámasela no solamente Casa de Dios, la Ciudad colocadasobre la montaña y donde todas las naciones deben reunirse, sino tambiénRebaño que debe gobernar un solo pastor y en el que deben refugiarse todas lasovejas de Cristo; también es llamada Reino suscitadopor Dios y que duraráeternamente; en fin, Cuerpo de Cristo, Cuerpo místico, sin duda, pero vivosiempre, perfectamente formado y compuesto de gran número de miembros, cuyafunción es diferente, pero ligados entre sí y unidos bajo el imperio de laCabeza, que todo lo dirige.

Y pues es imposible imaginar una sociedad humana verdadera y perfecta que no esté gobernada por un poder soberano cualquiera, Jesucristo debe haber puesto a la cabeza de la Iglesia un jefe supremo, a quien toda la multitud de los cristianos fuese sometida y obediente. Por esto también, del mismo modo que la Iglesia, para ser una en su calidad de reunión de los fieles, requiere necesariamente la unidad de la fe, también para ser una en cuanto a su condición de sociedad divinamente constituida ha de tener de derecho divino la unidad de gobierno, que produce y comprende la unidad de comunión. «La unidad de la Iglesia debe ser considerada bajo dos aspectos: primero, el de la conexión mutua de los miembros de la Iglesia o la comunicación que entre ellos existe, y en segundo lugar, el del orden, que liga a todos los miembros de la Iglesia a un solo jefe(69).

Por aquí se puede comprender que los hombres no se separan menos de la unidadde la Iglesia por el cisma que por la herejía. «Se señala comodiferencia entre la herejía y el cisma que la herejía profesa un dogmacorrompido, y el cisma, consecuencia de una disensión entre el episcopado, sesepara de la Iglesia»(70).

Estas palabras concuerdan con las de San Juan Crisóstomo sobre el mismo asunto:«Digo y protesto que dividir a la Iglesia no es menor mal que caer en laherejía»(71). Por esto, si ninguna herejía puede ser legítima, tampoco haycisma que pueda mirarse como promovido por un buen derecho. «Nada es más graveque el sacrilegio del cisma: no hay necesidad legítima de romper la unidad»(72).

El Primado de Pedro

25. ¿Y cuál es el poder soberano a que todos los cristianos deben obedecer ycuál es su naturaleza? Sólo puede determinarse comprobando y conociendo bienla voluntad de Cristo acerca de este punto. Seguramente Cristo es el Rey eterno,y eternamente, desde lo alto del cielo, continúa dirigiendo y protegiendoinvisiblemente su reino; pero como ha querido que este reino fuera visible, hadebido designar a alguien que ocupe su lugar en la tierra después que él mismosubió a los cielos.

«Si alguno dice que el único jefe y el único pastor es Jesucristo, que es elúnico esposo de la Iglesia única, esta respuesta no es suficiente. Es cierto,en efecto, que el mismo Jesucristo obra los sacramentos en la Iglesia. El esquien bautiza, quien remite los pecados; es el verdadero Sacerdote que se ofrecesobre el altar de la cruz y por su virtud se consagra todos los días su cuerposobre el altar, y, no obstante, como no debía permanecer con todos los fielespor su presencia corpórea, escogió ministros por cuyo medio pudierandispensarse a los fieles los sacramentos de que acabamos de hablar, como lohemos dicho más arriba (c.74). Del mismo modo, porque debía sustraer a laIglesia su presencia corporal, fue preciso que designara a alguien para que, ensu lugar, cuidase de la Iglesia universal. Por eso dijo a Pedro antes de suascensión: "Apacienta mis ovejas"»(73).

26. Jesucristo, pues, dio a Pedro a la Iglesia por jefe soberano, y establecióque este poder, ínstituido hasta elfin de los siglos para la salvación de todos, pasase por herencia a lossucesores de Pedro, en los que el mismo Pedro se sobreviviría perpetuamente porsu autoridad. Seguramente al bienaventurado Pedro, y fuera de él a ningúnotro, se hizo esta insigne promesa: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedraedificaré mi Iglesia»(74). «Es a Pedro a quien el Señor habló; a uno solo,a fin de fundar 1a unidad por uno solo»(75).

«En efecto, sin ningún otro preámbulo, designa por su nombre al padre delapóstol y al apóstol mismo (Tú eres bienaventurado, Simón, hijo de Jonás),y no permitiendo ya que se le llame Simón, reivindica para él en adelante comosuyo en virtud de su poder, y quiere por una imagen muy apropiada que así sellame al nombre de Pedro, porque es la piedra sobre la que debía fundar suIglesia»(76).

Según este oráculo, es evidente que, por voluntad y orden de Dios, la Iglesiaestá establecida sobre el bienaventurado Pedro, como el edificio sobre loscimientos. Y pues la naturaleza y la virtud propia de los cimientos es darcohesión al edificio por la conexión íntima de sus diferentes partes y servirde vínculo necesario para la seguridad y solidez de toda la obra, si elcimiento desaparece, todo el edificio se derrumba. El papel de Pedro es, pues,el de soportar a la Iglesia y mantener en ella la conexión y la solidez de unacohesión indisoluble. Pero ¿cómo podría desempeñar ese papel si no tuvierael poder de mandar, defender y juzgar; en una palabra: un poder de jurisdicciónpropio y verdadero? Es evidente que los Estados y las sociedades no puedensubsistir sin un poder de jurisdicción. Una primacía de honor, o el poder tanmodesto de aconsejar y advertir que se llama poder de dirección, son incapacesde prestar a ninguna sociedad humana un elemento eficaz de unidad y de solidez.

27. Por el contrario, el verdadero poder de que hablamos está declarado yafirmado con estas palabras: «Y laspuertas del infierno no prevalecerán contra ella».

«¿Qué es decir contra ella? ¿Es contra la piedra sobre la que Jesucristoedificó su Iglesia? ¿Es contra la Iglesia? La frase resulta ambigua. ¿Serápara significar que la piedra y la Iglesia no son sino una misma cosa? Sí; esoes, a lo que creo, la verdad; pues las puertas del infierno no prevalecerán nicontra la piedra sobre la que Jesucristo fundó la Iglesia, ni contra la Iglesiamisma»(77). He aquí el alcance de esta divina palabra: La Iglesia apoyada enPedro, cualquiera que sea la habilidad que desplieguen sus enemigos, no podrásucumbir jamás ni desfallecer en lo más mínimo.

«Siendo la Iglesia el edificio de Cristo, quien sabiamente ha edificado su casasobre piedra, no puede estar sometida a las puertas del infierno; éstas puedenprevalecer contra quien se encuentre fuera de la piedra, fuera de la Iglesia,pero son impotentes contra ésta»(78). Si Dios ha confiado su Iglesia a Pedro,ha sido con el fin de que ese sostén invisible la conserve siempre en toda suintegridad. La ha investido de la autoridad, porque para sostener real yeficazmente una sociedad humana, el derecho de mandar es indispensable a quienla sostiene.

28. Jesús añade aún: «Y te daré las llaves del reino de los cielos», y esclaro que continúa hablando de la Iglesia, de esta Iglesia que acaba de llamarsuya y que ha declarado querer edificar sobre Pedro como sobre su fundamento. LaIglesia ofrece, en efecto, la imagen no sólo de un edificio, sino de un reino;y además nadie ignora que las llaves son la insignia ordinaria de la autoridad.Así, cuando Jesús promete dar a Pedro las llaves del reino de los cielos,promete darle el poder y la autoridad de la Iglesia. «El Hijo le ha dado (aPedro) la misión de esparcir en el mundo entero el conocimiento del Padre y delHijo y ha dado a un hombre mortal todo el poder de los cielos al confiar lasllaves a Pedro, que ha extendido la Iglesia hasta las extremidades del mundo y que la ha mostrado más inquebrantable que el cielo»(79).

29. Lo que sigue tiene también el mismo sentido:«Todo lo que atares en la tierra será también atado en el cielo, y lo quedesatares en la tierra será desatado en el cielo». Esta expresión figurada:atar y desatar, designa el poder de establecer leyes y el de juzgar y castigar.Y Jesucristo afirma que ese poder tendrá tanta extensión y tal eficacia, quetodos los decretos dados por Pedro serán ratificados por Dios. Este poder es,pues, soberano y de todo punto independiente, porque no hay sobre la tierra otropoder superior al suyo que abrace a toda la Iglesia y a todo lo que estáconfiado a la Iglesia.

30. La promesa hecha a Pedro fue cumplida cuando Jesucristo nuestro Señor,después de su resurrección, habiendo preguntado por tres veces a Pedro si leamaba más que los otros, le dijo en tono imperativo: «Apacienta miscorderos... apacienta mis ovejas»(80).

Es decir, que a todos los que deben estar un día en su aprisco les envía a Pedro como a su verdadero pastor. «Si el Señor pregunta lo que no le ofrece duda, no quiere, indudablemente, instruirse, sino instruir a quien, a punto de subir al cielo, nos dejaba por Vicario de su amor... Y porque sólo entre todos Pedro profesaba este amor, es puesto a la cabeza de los más perfectos para gobernarlos, por ser él mismo más perfecto»(81). El deber y el oficio del pastor es guiar al rebaño, velar por su salud, procurándole pastos saludables, librándole de los peligros, descubriendo los lazos y rechazando los ataques violentos; en una palabra: ejerciendo la autoridad del gobierno. Y pues Pedro ha sido propuesto como pastor al rebaño de fieles, ha recibido el poder de gobernar a todos los hombres, por cuya salvación Jesucristo dio su sangre «¿Y por qué vertió su sangre? Para rescatar a esas ovejas que ha confiado a Pedro y a sus sucesores»(82).

31. Y porque es necesario que todos los cristianos estén unidos entre sí porla comunidad de una fe inmutable, nuestro Señor Jesucristo, por la virtud desus oraciones, obtuvo para Pedro que en el ejercicio de su poder no desfallecierajamás su fe. «He orado por ti a fin de que tu fe no desfallezca»(83).

Y le ordenó además que, cuantas veces lo pidieran las circunstancias,comunicase a sus hermanos la luz y la energía de su alma: «Confirma a tushermanos»(84). Aquel, pues, a quien, designado como fundamento de la Iglesia,quiere que sea columna de la fe. Pues que de su propia autoridad le dio elreino, no podía afirmar su fe de otro modo que llamándole Piedra ydesignándole como el fundamento que debía afirmar su Iglesia(83).

Soberanía de Cristo

32. De aquí que ciertos nombres que designan muy grandes cosas y que«pertenecen en propiedad a Jesucristo en virtud de su poder, Jesús mismo haquerido hacerlas comunes a El y a Pedro por participación(86), a fin de que lacomunidad de títulos manifestase la comunidad del poder. Así, El, que es la piedraprincipal del ángulo sobre la que todo el edificio construido se eleva como untemplo sagrado en el Señor»(87), ha establecido a Pedro como la piedrasobre la que debía estar apoyada su Iglesia. «Cuando dice: Tú eres la piedra,esta palabra le confiere un hermoso título de nobleza. Y, sin embargo, es lapiedra, no como Cristo es la piedra, sino como Pedro puede ser la piedra. Cristoes esencialmente la piedra inquebrantable, y por ésta es por quien Pedro es lapiedra. Porque Cristo comunica sus dignidades sin empobrecerse... Es sacerdote yhace sacerdotes... Es piedra y hace de su apóstol la piedra»(88).

Es, además, el Rey de la Iglesia, «que posee la llave de David; cierra, y nadiepuede abrir; abre, y nadie puedecerrar»(89), y por eso, al dar las llaves a Pedro, le declara jefe de lasociedad cristiana. Es también el Pastor supremo, que a sí mismo se llama elBuen Pastor(90), y por eso también ha nombrado a Pedro pastor de sus corderos yovejas. Por esto dice San Crisóstomo:

«Era el principal entre los apóstoles, era como la boca de los otrosdiscípulos y la cabeza del cuerpo apostólico... Jesús, al decirle que debetener en adelante confianza, porque la mancha de su negación está ya borrada,le confía el gobierno de sus hermanos. Si tú me amas, sé jefe de tushermanos»(91). Finalmente, aquel que confirma «en toda buena obra y en todabuena palabra»(92) es quien manda a Pedro que confirme a sus hermanos.

San León el Grande dice con razón: «Del seno del mundo entero, Pedro sólo hasido elegido para ser puesto a la cabeza de todas las naciones llamadas, detodos los apóstoles, de todos los Padres de la Iglesia; de tal suerte que,aunque haya en el pueblo de Dios muchos pastores, Pedro, sin embargo, rigepropiamente a todos los que son principalmente regidos por Cristo»(93). Sobreel mismo asunto escribe San Gregorio el Grande al emperador Mauricio Augusto:«Para todos los que conocen el Evangelio, es evidente que, por la palabra delSeñor, el cuidado de toda la Iglesia ha sido confiado al santo apóstol Pedro,jefe de todos los apóstoles... Ha recibido las llaves del reino de los cielos,el poder de atar y desatar le ha sido concedido, y el cuidado y el gobierno detoda la Iglesia le ha sido confiado»(94).

Los sucesores de Pedro

33. Y pues esta autoridad, al formar parte de la constitución y de laorganización de la Iglesia como su elemento principal, es el principio de launidad, el fundamento de la seguridad y de la duración perpetua, se sigue quede ninguna manera puede desaparecer con el bienaventurado Pedro, sino quedebía necesariamente pasar a sus sucesores y ser transmitida de uno a otro.«La disposición de la verdad permanece, pues el bienaventurado Pedro,perseverando en la firmeza de la piedra, cuya virtud ha recibido, no puede dejarel timón de la Iglesia, puesto en su mano»(95).

Por esto los Pontífices, que suceden a Pedro en el episcopado romano, poseen de derecho divino el poder supremo de la Iglesia. «Nos definimos que la Santa Sede Apostólica y el Pontífice Romano poseen la primacía sobre el mundo entero, y que el Pontífice Romano es el sucesor del bienaventurado Pedro, Príncipe de los Apóstoles, y que es el verdadero Vicario de Jesucristo, el Jefe de toda la Iglesia, el Padre y el Doctor de todos los cristianos, y que a él, en la persona del bienaventurado Pedro, ha sido dado por nuestro Señor Jesucristo el pleno poder de apacentar, regir y gobernar la Iglesia universal; así como está contenido tanto en las actas de los concilios ecuménicos como en los sagrados cánones»(96). El cuarto concilio de Letrán dice también: «La Iglesia romana..., por la disposición del Señor, posee el principado del poder ordinario sobre las demás Iglesias, en su cualidad de madre y maestra de todos los fieles de Cristo».

34. Tal había sido antes el sentimiento unánime de la antigüedad, que sin la menor duda ha mirado y venerado a los Obispos de Roma como a los sucesores legítimos del bienaventurado Pedro. ¿Quién podrá ignorar cuán numerosos y cuán claros son acerca de este punto los testimonios de los Santos Padres? Bien elocuente es el de San Ireneo, que habla así de la Iglesia romana: «A esta Iglesia, por su preeminencia superior, debe necesariamente reunirse toda la Iglesia»(97).

San Cipriano afirma también de la Iglesia romana que es «la raíz y madre dela Iglesia católica(98), la Cátedra de Pedro y la Iglesia principal, aquellade donde ha nacido la unidad sacerdotal»(99). La llama «Catédra de Pedro»,porque está ocupada por el sucesor de Pedro; «Iglesia principal», a causa delprincipado conferido a Pedro y a sus legítimos sucesores; «aquella de donde hanacido la unidad», porque, en la sociedad cristiana, la causa eficiente de launidad es la Iglesia romana.

Por esto San Jerónimo escribe lo que sigue a Dámaso: «Hablo al sucesor delPescador y al discípulo de la Cruz... Estoy ligado por la comunión a VuestraBeatitud, es decir, a la Cátedra de Pedro. Sé que sobre esa piedra se haedificado la Iglesia»(100).

El método habitual de San Jerónimo para reconocer si un hombre es católico es saber si está unido a la Cátedra romana de Pedro. «Si alguno está unido a la Cátedra romana de Pedro, ése es mi hombre»(101). Por un método análogo, San Agustín declara abiertamente que en la Iglesia romana está siempre contenido lo principal de la Cátedra apostólica(102), y afirma que quien se separa de la fe romana no es católico. «No puede creerse que guardáis la fe católica los que no enseñáis que se debe guardar la fe romana»(103).

Y lo mismo San Cipriano: «Estar an comunión con Cornelio es estan en comunióncon la Iglesia católica»(104).

El abad Máximo enseña igualmente que el sello de la verdadera fe y de laverdadera comunión consiste en estar sometido al Pontífice Romano. «Quien noquiera ser hereje ni sentar plaza de tal no trate de satisfacer a éste ni alotro... Apresúrese a satisfacer en todo a la Sede de Roma. Satisfecha la Sedede Roma, en todas partes y a una sola voz le proclamarán pío y ortodoxo. Y elque de ello quiera estar persuadido, será en vano que se contente con hablar sino satisface y si no implora .al bienaventurado Papa de la santísima Iglesia delos Romanos, esto es, la Sede apostólica». Y he aquí, según él, la causa yla explicación de este hecho... La Iglesia romana ha recibido del Verbo de Diosencarnado, y según los santos concilios, según los santos cánones y lasdefiniciones posee, sobre la universalidad de las santas Iglesias de Dios que existen sobre la superficie de la tierra, el imperio y la autoridad, en todo y por todo, y el poder de atar y desatar. Pues cuando ella ata y desata, el Verbo, que manda a las virtudes celestiales, ata y desata también en el cielo(105).

35. Era esto, pues, un artículo de la fe cristiana; era un punto reconocido y observado constantemente, no por una nación o por un siglo, sino por todos los siglos, y por Oriente no menos que por Occidente, conforme recordaba el sínodo de Efeso, sin levantar la menor contradicción el sacerdote Felipe, legado del Pontífice Romano: «No es dudoso para nadie y es cosa conocida en todos los tiempos que el Santo y bienaventurado Pedro, Príncipe y Jefe de los apóstoles, columna de la fe y fundamento de la Iglesia católica, recibió de nuestro Señor Jesucristo, Salvador y Redentor del género humano, las Ilaves del reino, y que el poder de atar y desatar los pecados fue dado a ese mismo apóstol, quien hasta el presente momento y siempre vive en sus sucesores y ejerce por medio de ellos su autoridad»(106). Todo el mundo conoce la sentencia del concilio de Calcedonia sobre el mismo asunto: «Pedro ha hablado... por boca de León», sentencia a la que la voz del tercer concilio de Constantinopla respondió como un eco: «El soberano Príncipe de los apóstoles combatía al lado nuestro, pues tenemos en nuestro favor su imitador y su sucesor en su Sede... No se veía al exterior (mientras se leía la carta del Pontífice Romano) más que el papel y la tinta, y era Pedro quien hablaba por boca de Agatón»(107). En la fórmula de profesión de fe católica, propuesta en términos precisos por Hormisdas en los comienzos del siglo VI y suscrita por el emperador Justiniano y los patriarcas Epifanio, Juan y Mennas, se expresó el mismo pensamiento con gran vigor: «Como la sentencia de nuestro Señor Jesucristo, que dice: "Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia", no puede ser desatendida, lo que ha dicho está confirmado por la realidad de los hechos, pues en la Sede Apostólica la religión católica se ha conservado sin ninguna mancha»(108).

No queremos enumerar todos los testimonios; pero, no obstante, nos placerecordar la fórmula con que Miguel Paleólogo hizo su profesión de fe en elsegundo concilio de Lyón: «La Santa Iglesia romana posee también el soberanoy pleno primado y principal sobre la Iglesia católica universal, y reconoce converdad y humildad haber recibido este primado y principado con la plenitud delpoder del Señor mismo, en la persona del bienaventurado Pedro, príncipe o jefede los apóstoles, y de quien el Pontífice romano es el sucesor. Y por lo mismoque está encargado de defender, antes que las demás, la verdad de la fe,también cuando se levantan dificultades en puntos de fe, es a su juicio al quelas demás deben atenerse»(109).

El Colegio episcopal

36. De que el poder de Pedro y de sus sucesores es pleno y soberano no se ha de deducir, sin embargo, que no existen otros en la Iglesia. Quien ha establecido a Pedro como fundamento de la Iglesia, también «ha escogido doce de sus discípulos, a los que dio el nombre de apóstoles»(110). Así, del mismo modo que la autoridad de Pedro es necesariamente permanente y perpetua en el Pontificado romano, también los obispos, en su calidad de sucesores de los apóstoles, son los herederos del poder ordinario de los apóstoles, de tal suerte que el orden episcopal forma necesariamente parte de la constitución íntima de la Iglesia. Y aunque la autoridad de los obispos no sea ni plena, ni universal, ni soberana, no debe mirárselos como a simples Vicarios de los Pontífices romanos, pues poseen una autoridad que les es propia, y llevan en toda verdad el nombre de Prelados ordinarios de los pueblos que gobiernan.

37. Pero como el sucesor de Pedro es único, mientras que los de los apóstoles son muy numerosos, conviene estudiar qué vínculos, según la constitución divina, unen a estos últimos al Pontífice Romano. Y desde luego la unión de los obispos con el sucesor de Pedro es de una necesidad evidente y que no puede ofrecer la menor duda; pues si este vínculo se desata, el pueblo cristiano mismo no es más que una multitud que se disuelve y se disgrega, y no puede ya en modo alguno formar un solo cuerpo y un solo rebaño. «La salud de la Iglesia depende de la dignidad del soberano sacerdote: si no se atribuye a éste un poder aparte y sobre todos los demás poderes, habrá en la Iglesia tantos cismas como sacerdotes»(111).

Por esto hay necesidad de hacer aquí una advertencia importante. Nada ha sidoconferido a los apóstoles independientemente de Pedro; muchas cosas han sidoconferidas a Pedro aislada e independientemente de los apóstoles. San JuanCrisóstomo, explicando las palabras de Jesucristo (Jn 21,15), sepregunta: «¿Por qué dejando a un lado a los otros se dirige Cristo aPedro?», y responde formalmente: «Porque era el principal entre losapóstoles, como la boca de los demás discípulos y el jefe del cuerpoapostólico»(112). Sólo él, en efecto, fue designado por Cristo parafundamento de la Iglesia. A él le fue dado todo el poder de atar y de desatar;a él sólo confió el poder de apacentar el rebaño. Al contrario, todo lo quelos apóstoles han recibido en lo que se refiere al ejercicio de funciones yautoridad lo han recibido conjuntamente con Pedro. «Si la divina Bondad haquerido que los otros príncipes de la Iglesia tengan alguna cosa en común conPedro, lo que no ha rehusado a los demás no se les ha dado jamás sino conél». «El solo ha recibido muchas cosas, pero nada se ha concedido a ningunosin su participación»(113).

Por donde se ve claramente que los obispos perderían el derecho y el poder de gobernar si se separasen de Pedro o de sus sucesores. Por esta separación se arrancan ellos mismos del fundamento sobre que debe sustentarse todo el edificio y se colocan fuera del mismo edificio; por la misma razón quedan excluidos del rebaño que gobierna el Pastor supremo y desterrados del reino cuyas llaves ha dado Dios a Pedro solamente.

La necesaria unión con Pedro

38. Estas consideraciones hacen que se comprenda el plan y el designio de Dios en la constitución de la sociedad cristiana. Este plan es el siguiente: el Autor divino de la Iglesia, al decretar dar a ésta la unidad de la fe, de gobierno y de comunión, ha escogido a Pedro y a sus sucesores para establecer en ellos el principio y como el centro de la unidad. Por esto escribe San Cipriano: hay, para Ilegar a la fe, una demostración fácil que resume la verdad. El Señor se dirige a Pedro en estos términos: «Te digo que eres Pedro»... Es, pues, sobre uno sobre quien edifica la Iglesia. Y aunque después de su resurrección confiere a todos los apóstoles un poder igual, y les dice: «Como mi Padre me envió...», no obstante, para poner la unidad en plena luz, coloca en uno solo, por su autoridad, el origen y el punto de partida de esta misma unidad(114).

Y San Optato de Mileve: «Tú sabes muy bien escribe,tú no puedes negarlo, que es a Pedro el primero a quien ha sido conferida laCátedra episcopal en la ciudad de Roma; es en la que está sentado el jefe delos apóstoles, Pedro, que por esto ha sido llamado Cefas. En esta Cátedraúnica es en la que todos debían guardar la unidad, a fin de que los demásapóstoles no pudiesen atribuírsela cada uno en su Sede, y que fuera enadelante cismático y prevaricador quien elevara otra Cátedra contra estaCátedra única»(115).

De aquí también esta sentencia del mismo San Cipriano, según la que laherejía y el cisma se producen y nacen del hecho de negar al poder supremo laobediencia que le es debida: «La única fuente de donde han surgido lasherejías y de donde han nacido los cismas es que no se obedece al Pontífice deDios ni se quiere reconocer en la Iglesia un solo Pontífice y un solo juez, queocupa el lugar de Cristo»(116).

39. Nadie, pues, puede tener parte en la autoridad si no está unido a Pedro,pues sería absurdo pretender que un hombre excluido de la Iglesia tuvieseautoridad en la Iglesia. Fundándose en esto, Optato de Mileve, reprendía asía los donatistas: «Contra las puertas del infierno, como lo leemos en elEvangelio, ha recibido las llaves de salud Pedro, es decir, nuestro jefe, aquien Jesucristo ha dicho: "Te daré las llaves del reino de los cielos, ylas puertas del infierno no triunfarán jamás de ellas". ¿Cómo, pues,tratáis de atribuiros las llaves del reino de los cielos, vosotros quecombatís la cátedra de Pedro?»(117)

Pero el orden de los obispos no puede ser mirado como verdaderamente unido aPedro, de la manera que Cristo lo ha querido, sino en cuanto está sometido yobedece a Pedro; sin esto, se dispersa necesariamente en una multitud en la quereinan la confusión y el desorden. Para conservar la unidad de fe y comunión,no bastan ni una primacía de honor ni un poder de dirección; es necesaria unaautoridad verdadera y al mismo tiempo soberana, a la que obedezca toda lacomunidad. ¿Qué ha querido, en efecto, el Hijo de Dios cuando ha prometido lasllaves del reino de los cielos sólo a Pedro? Que las llaves signifiquenaquí el poder supremo; el uso bíblico y el consentimiento unánime delos Padres no permiten dudarlo. Y no se pueden interpretar de otro modo lospoderes que han sido conferidos, sea a Pedro separadamente, o ya a los demásapóstoles conjuntamente con Pedro. Si la facultad de atar y desatar, deapacentar el rebaño, da a los obispos, sucesores de los apóstoles, el derecho de gobernar con autoridad propia al pueblo confiado a cada uno de ellos, seguramente esta misma facultad debe producir idéntico efecto en aquel a quien ha sido designado por Dios mismo el papel de apacentar los corderos y las ovejas. «Pedro no ha sido sólo instituido Pastor por Cristo, sino Pastor de los pastores. Pedro, pues, apacienta a los corderos y apacienta a las ovejas; apacienta a los pequeñuelos y a sus madres, gobierna a los súbditos y también a los prelados, pues en la Iglesia, fuera de los corderos y de las ovejas, no hay nada»(118).

40. De aquí nacen entre los antiguos Padres estas expresiones que designanaparte al bienaventurado Pedro, y que le muestran evidentemente colocado en ungrado supremo de la dignidad y del poder. Le llaman con frecuencia «jefe de laAsamblea de los discípulos; príncipe de los santos apóstoles; corifeo delcoro apostólico; boca de todos los apóstoles; jefe de esta familia; aquel quemanda al mundo entero; el primero entre los apóstoles; columna de la Iglesia».

La conclusión de todo lo que precede parece hallarse en estas palabras de SanBernardo al papa Eugenio: «¿Quién sois vos? Sois el gran Sacerdote, elPontífice soberano.

Sois el príncipe de los obispos, el heredero de los apóstoles... Sois aquel aquien las Ilaves han sido dadas, a quien las ovejas han sido confiadas. Otrosademás que vos son también porteros del cielo y pastores de rebaños; pero esedoble título es en vos tanto más glorioso cuanto que lo habéis recibido comoherencia en un sentido más particular que todos los demás. Estos tienen susrebaños, que les han sido asignados a cada uno el suyo; pero a vos han sidoconfiados todos los rebaños; vos únicamente tenéis un solo rebaño, formadono solamente por las ovejas, sino también por los pastores; sois el únicopastor de todos. Me preguntáis cómo lo pruebo. Por la palabra del Señor. ¿Aquién, en efecto, no digo entre los obispos, sino entre losapóstoles, han sido confiadas absoluta e indistintamente todas las ovejas? Sitú me amas, Pedro, apacienta mis ovejas. ¿Cuáles? ¿Los pueblos de tal o cualciudad, de tal o cual comarca, de tal reino? Mis ovejas, dice. ¿Quién no veque no se designa a una o algunas, sino que todas se confian a Pedro? Ningunadistinción, ninguna excepción»(119).

Todos los obisposy cada uno en particular

41. Sería apartarse de la verdad y contradecir abiertamente a la constitucióndivina de la Iglesia pretender que cada uno de los obispos, consideradosaisladamente, debe estar sometido a la jurisdicción de los Pontífices romanos;pero que todos los obispos, considerados en conjunto, no deben estarlo. ¿Cuáles, en efecto, toda la razón de ser y la naturaleza del fundamento? Es la deponer a salvo la unidad y la solidez más bien de todo el edificio que la decada una de sus partes.

Y esto es mucho más verdadero en el punto de que tratamos, pues Jesucristonuestro Señor ha querido para la solidez del fundamento de su Iglesia obtenereste resultado: que las puertas del infierno no puedan prevalecer contra ella.Todo el mundo conviene en que esta promesa divina se refiere a la Iglesiauniversal y no a sus partes tomadas aisladamente, pues éstas pueden, enrealidad, ser vencidas por el esfuerzo de los infiernos, y ha ocurrido a muchasde ellas separadamente ser, en efecto, vencidas.

Además, el que ha sido puesto a la cabeza de todo el rebaño, debe tenernecesariamente la autoridad, no solamente sobre las ovejas dispersas, sino sobretodo el conjunto de las ovejas reunidas. ¿Es acaso que el conjunto de lasovejas gobierna y conduce al pastor? Los sucesores de los apóstoles, reunidos,¿serán el fundamento sobre el que el sucesor de Pedro debería apoyarse paraencontrar la solidez?

Quien posee las llaves del reino tiene, evidentemente, derecho y autoridad no sólo sobre las provincias aisladas, sino sobre todas a la vez; y del mismo modo que los obispos, cada uno en su territorio, mandan con autoridad verdadera, así a los Pontífices romanos, cuya jurisdicción abraza a toda la sociedad cristiana, tiene todas las porciones de esta sociedad, aun reunidas en conjunto, sometidas y obedientes a su poder. Jesucristo nuestro Señor, según hemos dicho repetidas veces, ha dado a Pedro y a sus sucesores el cargo de ser sus Vicarios, para ejercer perpetuamente en la Iglesia el mismo poder que El ejerció durante su vida mortal. Después de esto, ¿se dirá que el colegio de los apóstoles excedía en autoridad a su Maestro?

42. Este poder de que hablamos sobre el colegio mismo de los obispos, poder quelas Sagradas Letras denuncian tan abiertamente, no ha cesado la Iglesia dereconocerlo y atestiguarlo. He aquí lo que acerca de este punto declaran losconcilios: «Leemos que el Pontifice romano ha juzgado a los prelados de todaslas Iglesias; pero no leemos que él haya sido juzgado por ninguno de ellos»(120).Y la razón de este hecho está indicada con sólo decir que «no hay autoridadsuperior a la autoridad de la Sede Apostólica»(121).

Por esto Gelasio habla así de los decretos de los concilios: «Del mismo modoque lo que 1a Sede primera no ha aprobado no puede estar en vigor, así, por elcontrario, lo que ha confirmado por su juicio, ha sido recibido por toda laIglesia»(122). En efecto, ratificar o invalidar la sentencia y los decretos delos concilios ha sido siempre propio de los Pontífices romanos. León el Grandeanuló los actos del conciliábulo de Efeso; Dámaso rechazó el de Rímini;Adriano I el de Constantinopla; y el vigésirno octavo canon del concilio deCalcedonia, desprovisto de la aprobación y de la autoridad de la SedeApostólica, ha quedado, como todos saben, sin vigor ni efecto.

Con razón, pues, en el quinto concilio de Letrán expidió León X estedecreto: «Consta de un modo manifiesto no solamente por los testimonios de laSagrada Escritura, por las palabras de los Padres y de otros Pontífices romanosy por los decretos de los sagrados cánones, sino por la confesión formal delos mismos concilios, que sólo el Pontífice romano, durante el ejercicio de sucargo, tiene pleno derecho y poder, como tiene autoridad sobre los concilios,para convocar, transferir y disolver los concilios.

Las Sagradas Escrituras dan testimonio de que las llaves del reino de los cielosfueron confiadas a Pedro solamente, y también que el poder de atar y desatarfue conferido a los apóstoles conjuntamente con Pedro; pero ¿dónde consta quelos apóstoles hayan recibido el soberano poder sin Pedro y contra Pedro?Ningún testimonio lo dice. Seguramente no es de Cristo de quien lo hanrecibido.

Por esto, el decreto del concilio Vaticano I que definió la naturaleza y elalcance de la primacía del Pontífice romano no introdujo ninguna opiniónnueva, pues sólo afirmó la antigua y constante fe de todos los siglos».

43. Y no hay que creer que la sumisión de los mismos súbditos a dosautoridades implique confusión en la administración.

Tal sospecha nos está prohibida, en primer término, por la sabiduría de Dios,que ha concebido y establecido por sí mismo la organización de ese gobierno.Además, es preciso notar que lo que turbaría el orden y las relaciones mutuassería la coexistencia, en una sociedad, de dos autoridades del mismo grado yque no se sometiera la una a la otra. Pero la autoridad del Pontífice essoberana, universal y del todo independiente; la de los obispos está limitadade una manera precisa y no es plenamente independiente. «Lo inconvenientesería que dos pastores estuviesen colocados en un grado igual de autoridadsobre el mismo rebaño. Pero que dos superiores, uno de ellos sometido al otro,estén colocados sobrelos mismos súbditos no es un inconveniente, y así un mismo pueblo estágobernado de un modo inmediato por su párroco, y por el obispo, y por el papa»(123).

Los Pontífices romanos, que saben cuál es su deber, quieren más que nadie laconservación de todo lo que está divinamente instituido en la Iglesia, y poresto, del mismo modo que defienden los derechos de su propio poder con el celo yvigilancia necesarios, así también han puesto y pondrán constantemente todosu cuidado en mantener a salvo la autoridad de los obispos.

Y más aún, todo lo que se tributa a los obispos en orden al honor y a la obediencia, lo miran como si a ellos mismos les fuere tributado. «Mi honor es el honor de la Iglesia universal. Mi honor es el pleno vigor de la autoridad de mis hermanos. No me siento verdaderamente honrado sino cuando se tributa a cada uno de ellos el honor que le es debido»(124).

Eshortaciones finales

44. En todo lo que precede, Nos hemos trazado fielmente la imagen y figura de la Iglesia según su divina constitución. Nos hemos insistido acerca de su unidad, y hemos declarado cuál es su naturaleza y por qué principio su divino Autor ha querido asegurar su conservación.

Todos los que por un insigne beneficio de Dios tienen la dicha de haber nacidoen el seno de la Iglesia católica y de vivir en ella, escucharán nuestra vozapostólica, Nos no tenemos ninguna razón para dudar de ello. «Mis ovejas oyenmi voz»(125). Todos ellos habrán hallado en esta carta medios para instruirsemás plenamente y para adherirse con un amor más ardiente cada uno a suspropios Pastores, y por éstos al Pastor supremo, a fin de poder continuar conmás seguridad en el aprisco único y recoger una mayor abundancia de frutossaludables.

Pero «fijando nuestras miradas en el autor y consumador de la fe, Jesús»(126),cuyo lugar ocupamos y por quien Nosejercemos el poder, aunque sean débiles nuestras fuerzas para el peso de estadignidad y de este cargo, Nos sentimos que su caridad inflama nuestra alma yemplearemos, no sin razón, estas palabras que Jesucristo decía de sí mismo:«Tengo otras ovejas que no están en este aprisco; es preciso también que yolas conduzca, y escucharán mi voz»(127). No rehúsen, pues, escucharnos ymostrarse dóciles a nuestro amor paternal todos aquellos que detestan laimpiedad, hoy tan extendida, que reconocen a Jesucristo, que le confiesan Hijode Dios y Salvador del género humano, pero que, sin embargo, viven errantes yapartados de su Esposa. Los que toman el nombre de Cristo es necesario que lotomen todo entero. «Cristo todo entero es una cabeza y un cuerpo, la cabeza esel Hijo único de Dios; el cuerpo es su Iglesia: es el esposo y la esposa, dosen una sola carne. Todos los que tienen respecto de la cabeza un sentimientodiferente del de las Escrituras, en vano se encuentran en todos los lugaresdonde se halla establecida la Iglesia, porque no están en la Iglesia.

E, igualmente, todos los que piensan como la Sagrada Escritura respecto de lacabeza, pero que no viven en comunión con la autoridad de la Iglesia, no estánen la Iglesia»(128).

45. Nuestro corazón se dirige también con sin igual ardor tras aquellos aquienes el soplo contagioso de la impiedad no ha envenenado del todo, y que, alo menos, experimentan el deseo de tener por padre al Dios verdadero, creador dela tierra y del cielo. Que reflexionen y comprendan bien que no pueden en maneraalguna contarse en el número de los hijos de Dios si no vienen a reconocer porhermano a Jesucristo y por madre a la Iglesia.

A todos, pues, Nos dirigimos con grande amor estas palabras que tomamos a SanAgustín: «Amemos al Señor nuestro Dios, amemos a su Iglesia: a El como a unpadre, a ella como una madre. Que nadie diga: Sí, voy aún a los ídolos,consulto a los poseídos y a los hechiceros, pero, no obstante, no dejo a laIglesia de Dios, soy católico. Permanecéis adherido a la madre, pero ofendéisal padre. Otro dice poco más o menos: Dios no lo permita; no consulto a loshechiceros, no interrogo a los poseídos, no practico adivinaciones sacrílegas,no voy a adorar a los demonios, no sirvo a los dioses de piedra, pero soy delpartido de Donato: ¿De qué os sirve no ofender al padre, que vengará a lamadre a quien ofendéis? ¿De qué os sirve confesar al Señor, honrar a Dios,alabarle, reconocer a su Hijo, proclamar que está sentado a la diestra delPadre, si blasfemáis de su Iglesia? Si tuvieseis un protector, a quientributaseis todos los días el debido obsequio, y ultrajaseis a su esposa conuna acusación grave, ¿os atreveríais ni aun a entrar en la casa de esehombre? Tened, pues, mis muy amados, unánimemente a Dios por vuestro padre, ypor vuestra madre a la Iglesia»(129).

Confiando grandemente en la misericordia de Dios, que pueda tocar con sumaeficacia los corazones de los hombres y formar las voluntades más rebeldes avenir a El, Nos recomendamos con vivas instancias a su bondad a todos aquellos aquienes se refiere nuestra palabra. Y como prenda de los dones celestiales, y entestimonio de nuestra benevolencia, os concedemos, con grande amor en el Señor,a vosotros, venerables hermanos, a vuestro clero y a vuestro pueblo labendición apostólica.

Dado en Roma, en San Pedro, a veintinueve de junio del año 1896,decimonoveno de nuestro pontificado.


Notas

1. Ef 5,25.

2. Mt 11,30.

3. Sant 1,17.

4. 1Cor 3,6.

5. Flp 2,6-7.

6. Rom 10,17.

7. Ibíd., 10.

8. 1Cor 12,27.

9. Hom. De capto Eutropio n. 6.

10. In Psalm. 71 n.8.

11. Enarrat. in Psalm. 103 serm.2 n.2.

12. Clemente Alej., Stromata VII c.17.

13. Jn 20,21.

14. Jn 17,18.

15. Jn 3,17.

16. Hech 4,12.

17. Is 2,2.

18. Is 2,3.

19. De schism.donatist. III n.2.

20. In epist. Ioann. tract. 1 n.13.

21. Ef 1,22-23.

22. 1Cor 12,12.

23. Ef 4,15-16.

24. San Cipriano, De cathol.Eccl.unitate n.23.

25. Ibíd.

26. Ef 5,29-30.

27. San Agustín, Serm. 267 n.4.

28. San Cipriano, De cathol. Eccl. unitate n.6.

29. Ef 4,4.

30. Jn 17,20-23.

31. Jn 27,21.

32. Ef 4,5.

33. 1Cor 1,10.

34. San Ireneo, Adver.haeres. III c.12 n.12.

35. San Agustín, In Ioann. evang. tract. 18 c.5 n.1.

36. Jn 10,37.

37. Jn 15,24.

38. Jn 10,38.

39. Mt 28,18-20.

40. Mc 16,16.

41. Jn 16,7-13.

42. Jn 14,16-17.

43. Jn 15,26-27.

44. Lc 10,16.

45. Jn 20,21.

46. Rom 1,5.

47. Mc 16,20.

48. San Jerónimo, In Matth. IV c.28 v.20.

49. 2 Tim 2,1-2.

50. San Clemente Rom., Epist. I ad Cor. c.42,44.

51. San Cipriano, Epist. 50 ad Magnum n. 1.

52. Autor del  Tract. de fide orthod. contra Arianos.

53. San Agustín, De haeresibus n.88.

54. Ef 4,3ss.

55 Orígenes, Vetus interpretatio commentariorum in Matth. n.46.

56. San Ireneo, Adver. haeres. IV c.33 n.8.

57. Tertuliano, De praescript. c.21.

58. San Hilario, Commentar. in Matth. 31 n.1.

59. Rufino, Hist. Eccl. II c.9.

60. Ricardo de S. Víctor, De Trinit. I c.2.

61. Concilio Vaticano I, ses.3 c.3.

62. Sant 2,10.

63. San Agustín, Enarrat. in Psalm. 54 n.19.

64. 2 Cor 10,5.

65. San Agustín, Contra Faustum manich. XVII c.3.

66. Concilio Vaticano I, ses.3 c.3.

67. San Agustín, De utilit. credenci c.17n.35.

68. 1 Cor 4, 1.

69 Santo Tomás de Aquino, Summa theol.II-II C.39 a.1.

70. San Jerónimo, Commentar. in epist. adTitum c.3 v.10-11.

71. San Juan Crisóstomo, Hom. 11 in epist. adEphes. n.5.

72. San Agustín, Contra epist. ParmenianiII c.l l n.25.

73. Santo Tomás de Aquino, Contra GentesIV c.76.

74. Mt 16,13.

75. San Paciano, Epist. 3 ad Semproniumn.11.

76. San Cirilo Alej., In evang. Ioann. IIc.l v.42.

77. Orígenes, Comment. in Matth. XIIn.11.

78. Ibíd.

79. San Juan Crisóstomo, Hom. 54 int Matth.n.2.

80. Jn 21,16-17.

81. San Ambrosio, Exposit. in evang. sec. Luc.X n.175-176.

82. San Juan Crisóstomo, De sacerdotioII.

83. Lc 22,32.

84. Ibíd.

85. San Ambrosio, De fide IV n.56.

86. San León Magno, Serm. 4c.2.

87. Ef 2,21.

88. San Basilio, Hom. de poenitentia n.4.

89 Ap 3,7.

90. Jn 10,11.

91. San Juan Crisóstomo, Hom. 88 in Ioann.n.1.

92. 2 Tes 2,16.

93. San León Magno, Serm. 4 c.11.

94. San Gregorio Magno, Epistolarum Vepist.20.

95. San León Magno, Serm.3 c.3.

96. Concilio Florentino.

97. San Ireneo, Adr. haeres. III c.3 n.2.

98. San Cipriano, Epist.48 ad Corneliumn.3.

99. San Cipriano, Epist.59 ad Corneliumn.14.

100. San Jerónimo, Epist.15 ad Damasumn.2.

101. San Jerónimo, Epist.16 ad Damasumn.2.

102. San Agustín, Epist.43 n.7.

103. San Agustín, Serm.120 n.13.

104. San Cipriano, Epist.55 n.l.

105 Máximo Abad, Defloratio ex epistola adPetrum illustrem.

 106. Concilio de Efeso, actio 3.

107. Concilio de Constantinopla III, actio 18.

108. Fórmula de profesión de fe católica, postepist.26 ad omnes episc. Hispan. n.4.

109. Concilio II de Lyón, actio 4: Fórmula deprofesión de fe de Miguel Paleólogo.

110. Lc 6,13.

111. San Jerónimo, Diálogo Contraluciferianos n.9.

112. San Juan Crisóstomo, Hom.88 in Ioann.n.1.

113. San León Mano, Serm.4 c.2.

114. San Cipriano, De unitate Ecclesiaen.4.

115 San Optato De Mileve, De schismatedonatistarum II.

116. San Cipriano, Epist.l2 ad Cornelium n.5.

117. San Optato De Mileve, De schismate donatistarumII n.4-5.

118. Bruno Obispo, Commentarium in Ioann.p.III c.21 n.55.

119. San Bernardo, De consideratione II c.8.

120. Adriano II, In allocutione III ad SynodumRomanam (a.869). Act. VII Concilii Constant.IV.

121. Nicolás, In epist.86 Ad Michael imp.:Patet profecto Sedis Apostolicae cuius auctoritate maior non est, iudicium a neminefore retractandum, neque cuiquam de eius liceat iudicare iudicio.

122. Gelasio, Epist.26 ad episcopos Dardaniaen.5.

123 Santo Tomás de Aquino, In IV Sent.dist.17 a.4 ad c.4 ad 13.

124.San Gregorio Magno, Epistolarum VIII epist.30ad Eulogium.

125. Jn 10,27.

126. Heb 12,2.

127. Jn 10,16.

128. San Agustín, Contra donatistas epist. sivede unitate ecclesiae c.4 n.7.

129. San Agustín, Enarratio in Psalm. 88serm.2 n.14.

 



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