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PABLO VI

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 21 de agosto de 1963

 

¡Queridísimos hijos e hijas! ¡Carísimos hermanos y hermanas en Cristo!

El saludo que os expresamos en esta audiencia general despierta en nuestro ánimo una impresión que ya hemos experimentado en otras audiencias parecidas, y que experimentamos también, asistiendo a las audiencias de nuestros predecesores, cuando saludaban a las multitudes de fieles y de peregrinos, llegados a su presencia.

Tenemos la impresión que no damos nuestro saludo a forasteros, a extraños, sino a personas con las cuales ya existe un vínculo, muy estrecho y muy vivo, de parentesco espiritual. Os he llamado hijos e hijas, hermanos y hermanas, con sentimiento sincero, con afecto profundo, como si ya os conociésemos, como si os estuviésemos esperando aquí.

¡Así es! Vuestra venida a la casa del Vicario de Cristo evidencia no solamente nuestra paternidad universal, sino también vuestra pertenencia a la grande y misteriosa familia de Cristo. Este encuentro nos hace gustar espiritualmente y casi sensiblemente la unidad y la catolicidad de la Iglesia, y nos hace repetir; “¡Qué hermoso y agradable el convivir todos los hermanos en común!” (Sal 132, 1).

Os deseamos que llevéis de la audiencia esta misma feliz impresión: la alegría de la caridad universal, cuya fuente posee la Iglesia, la satisfacción de sentirse hermanos en Cristo e hijos del mismo Padre celestial.

Quisiéramos que al volver a vuestras casas fuerais testigos de esta feliz experiencia y que siempre fuerais promotores de la unidad de la Iglesia, trabajando y orando para que sus hijos le sean siempre fieles, para que los hermanos separados puedan un día gozar de nuestra felicidad, y para que los hombres alejados de Cristo puedan conocerlo, también ellos, y encaminarse hacia el único rebaño de la fraternidad humana y de la común salvación.

Con este fin os daremos ahora nuestra bendición apostólica.

 


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