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PABLO VI

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 18 de septiembre de 1963

 

¡Queridos hijos e hijas! ¡Queridos fieles y peregrinos!

Venís a esta audiencia para ver al Papa, para escuchar su voz, para recibir su bendición, y también para que él os vea y os escuche, para ofrecerle el mensaje externo de vuestra presencia y el interno de vuestros corazones.

Este encuentro trata de establecer una doble corriente espiritual, una que os llega del Papa para manifestaros algunas impresiones, un cierto influjo de ese Cristo, de quien él es vicario visible, y otra que de vosotros sube, a través del ministerio del Papa, al mismo Cristo Señor, y lleva al Señor vuestras ansias, vuestras oraciones y nuestras esperanzas.

Pues, bien; si queremos que esta circulación de sentimientos y de valores espirituales se funda en única expresión, nuestra y vuestra, os invitamos a recordar la recomendación, que en estos días hemos dirigido a la Iglesia; la recomendación de preparar la reanudación del Concilio Ecuménico con la oración y con la mortificación. Para ello ofrece una buena ocasión la celebración de las sagradas “Témporas”, es decir, la consagración de la nueva estación, el otoño, que la liturgia y la disciplina de la Iglesia nos invitan a santificar con especiales oraciones y con algún acto de penitencia.

Queridos fieles, os exhortamos también a vosotros, que con esta visita nos demostráis vuestra filial devoción, a asociaros, espiritual y prácticamente, a la preparación del Concilio. Debemos recordar siempre dos cosas: que tal acontecimiento interesa a toda la Iglesia, no sólo a los obispos que se reúnen en el Concilio, sino también a todos los fieles, y que el éxito del Concilio dependerá principalmente del Espíritu Santo, al que debemos suplicar con nuestras oraciones y con nuestras buenas acciones.

Estad, por tanto, unidos a Nos, carísimos hijos e hijas, especialmente en este momento, para pedir al Señor una feliz y fecunda celebración del Concilio, y estad seguros de que el Señor escuchará no sólo este deseo, sino también otros buenos deseos que tenéis en el corazón, como Nos auguramos con nuestra bendición apostólica.

 



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