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PABLO VI

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 26 de agosto de 1964

 

Amados hijos:

Vuestra presencia, tan numerosa, tan variada, tan cordial y filial, nos abre hoy el corazón a la confidencia no ya del acostumbrado coloquio familiar y espiritual de nuestras audiencias generales de cada semana, sino a algunos graves pensamientos que mantienen nuestro ánimo en profunda meditación y que nacen de dos estimulantes motivos: es el primero la celebración del cincuenta aniversario de la primera guerra mundial y del veinticinco de la segunda, ambas iniciadas en este período del año, la una al principio de agosto y la otra al principio de septiembre, y el segundo motivo está constituido por las agudas divergencias entre varios países que hoy están ya teñidos de sangre y sobresaltados por amenazadores presagios.

Al aproximarse el veinticinco aniversario del principio de la segunda guerra mundial resurge en nuestro ánimo el conmovedor recuerdo de la tarde del 24 de agosto de 1939, cuando, por razón de nuestro servicio al Papa Pío XII, de venerada memoria, Nos tuvimos la suerte de asistir al acto de la difusión por radio de aquel mensaje suyo, vibrante de fuerza y angustia, en el que su voz fue grave y solemne, como la de profeta de Dios y de padre del mundo. Resuenan todavía dentro de Nos las incisivas palabras: «Hoy, que la tensión de los espíritus parece llegada a tal límite que hace creer inminente el desencadenarse del tremendo torbellino de la guerra, dirigimos con ánimo paterno un nuevo y más caluroso llamamiento a los gobiernos y a los pueblos... Es con la fuerza de la razón, no con la de las armas, como la justicia se abre paso. Y los imperios no fundados sobre la justicia no son bendecidos por Dios. La política emancipada de la moral traiciona a los mismos que de ese modo la quieren. Inminente es el peligro, pero todavía hay tiempo. Nada se ha perdido con la paz. Todo puede perderse con la guerra, Vuelvan los hombres a comprenderse. Vuelvan a tratar...» (AAS 1939, página 334).

Estas palabras no fueron escuchadas por quien soñaba con una guerra rápida y decisiva, portadora de potencia y de gloria. Y la guerra, una semana más tarde, estalló. Era la segunda guerra mundial.

¿Ha conseguido el hombre aprender algo de la primera guerra mundial, con sus millones de muertos, mutilados, heridos, huérfanos y terribles ruinas?

Después de la primera guerra mundial se realizaron nobles y poderosos esfuerzos para organizar las naciones en una sociedad de paz, pero fueron hechos sin la suficiente evolución del pensamiento de los hombres y de actos internacionales encaminados a creer en la verdad y en el amor, que pudiese convertir a todos los hombres en hermanos y estimularles a construir un mundo de mutuo respeto y bienestar común.

También el drama de furor y de sangre de la primera guerra mundial tuvo de boca de nuestros predecesores advertencias sabias y serias, gritos de deploración y dolor. Es equivocado, es absolutamente antihistórico acusar a un Papa suave y humano como San Pío X —y, sin embargo, así se ha escrito— de corresponsabilidad en el estallido de la guerra de 1914. Y resuena todavía en el corazón de cuantos han sufrido aquella guerra, como terriblemente verdadera, la célebre palabra de Benedicto XV de «inútil desastre», referida a la misma guerra. También entonces la voz del Vicario de Cristo, si bien tuvo ecos profundos en los corazones de los pueblos y tardíos conocimientos en las mentes de los pensadores y de los historiadores, no tuvo sino escasa e ineficaz acogida por parte de los gobernadores de las naciones y de los dirigentes de la opinión, pública.

La indiferencia con que fueron escuchadas las intervenciones del Magisterio Pontificio nos desanima a efectos de renovar nuestro paternal llamamiento en favor de la paz, en cualquier momento de la Historia en que sea necesario y especialmente cuando las obligaciones de nuestro ministerio apostólico lo requieran.

La solemne y sugestiva palabra que nuestro inmediato predecesor, Juan XXIII, de feliz memoria, dirigió al mundo con su encíclica Pacem in terris no ha resonado en vano; el mundo sintió que ella tenía el doble atractivo de la sabiduría y de la bondad. Parécenos que este aniversario, quincuagésimo el uno y vigésimo quinto el otro, de las dos guerras mundiales que han ensangrentado la primera mitad de nuestro siglo ofrece ocasión propicia para hacer eco de aquellos mensajes de paz y para mantenerse vivo y operante su recuerdo y enseñanza tonificadores.

Es la paz un bien supremo para la Humanidad que vive en el tiempo; mas es un bien frágil, resultante de factores móviles y complejos, en los que el libre y responsable querer del hambre entra en juego continuamente. Por esto la paz no es nunca del todo estable y segura; debe ser a cada momento pensada y construida de nuevo. Pronto se debilita y decae si no es incesantemente reconducida a aquellos únicos principios verdaderos que pueden engendrarla y conservarla.

Actualmente somos testigos de este estremecedor fenómeno: el desmoronamiento de varios de aquellos principios básicos sobre los que la paz debe fundarse y cuya firme posesión se creía había sido conseguida después de la trágica experiencia de dos guerra mundiales. Al mismo tiempo observamos la reaparición de varios criterios peligrosos que están sirviendo una vez más para un mantenimiento del equilibrio a corto plazo en vez de una estable confianza en las relaciones entre los países y las ideologías de unos pueblos con las de los demás.

De nuevo se oscurece el concepto del carácter sagrado de la vida humana y de nuevo se intenta calcular a los hombres en función de su número y de su eventual eficiencia bélica, y no según su dignidad, sus necesidades y su vocación de común fraternidad.

Se advierten síntomas de un nuevo resurgir de divisiones y de enemistades entre los pueblos, entre las diversas razas y entre las culturas diferentes: causa de este espíritu de división son los orgullos nacionalistas, las políticas de prestigio, la carrera de armamentos, los antagonismos sociales y económicos.

Vuelve a producirse el ilusorio concepto de que la paz solamente puede basarse en el terrible poder de armamentos extremadamente homicidas. Por una parte tiene lugar la noble pero lánguida discusión y se realizan esfuerzos encaminados a limitar y abolir los armamentos; pero, por otra parte, la capacidad destructora y el aparato militar es desarrollado y perfeccionado continuamente.

Episodios de guerra se producen como chispas temibles, desgastando la mediatizada capacidad de las organizaciones instituidas para mantener la paz y la seguridad. Dichas organizaciones deberían reformar el método de las libres y honorables negociaciones diplomáticas como medio exclusivo de procedimiento capaz de resolver los conflictos.

Así renace el egoísmo político e ideológico como inspirador de la vida de los pueblos. Se atenta contra la tranquilidad de naciones enteras, organizando desde el exterior de las mismas propagandas subversivas y desórdenes revolucionarios; se abusa incluso de declaraciones pacifistas para favorecer las oposiciones sociales y políticas.

Se ve resurgir el egoísmo, el interés exclusivista, la tensión pasional, el odio entre los pueblos, mientras que disminuye el culto a la lealtad, a la hermandad, a la solidaridad y al amor.

Si la seguridad de los pueblos descansa aun en la hipótesis de un empleo legítimo y colectivo de la fuerza armada, debemos recordar que la seguridad puede descansar aún más vigorosamente en el esfuerzo de comprensión mutua, en la generosidad de una confianza leal, especialmente para los países en vías de desarrollo. En definitiva, descansa sobre el amor. Haremos mención de esta palabra de oro y el elogio de la misma para extender sobre los recuerdos de las terribles guerras pasadas el cándido manto de la paz. Quisiéramos verle extendido sobre los cementerios militares para que se depositen en ellos los restos de quienes cayeron y que esperan aún el gesto de última piedad humana: que sus familiares enlutados puedan visitarles y honrarles y que el trágico sueño de tantas víctimas guarde vivo en las generaciones supervivientes y en las que las siguen el recuerdo y la lección del tremendo drama que nunca debe repetirse.

Quisiéramos verlo enaltecido como bandera de amistad y de esperanza sobre los palacios de las asambleas internacionales, para gloria y consuelo de cuantos trabajan con inteligencia y con rectitud para hermanar a los pueblos.

Quisiéramos que esta palabra se inscriba en letras de oro en el horizonte de la historia presente y futura, como para hacer entender a los hombres que su luz ideal no puede venir más que del sol del Dios vivo: sin la fe en Dios, ¿cómo puede ser la paz sincera libre y segura?

Hombres de buena voluntad: escuchad nuestra humilde voz, la de un hermano y la de un padre, evocando el desdichado recuerdo de dos terribles guerras, no para proyectar sobre el mundo actual inútiles y tenebrosos fantasmas, sino para extender en lo hondo de los corazones de los hombres una invitación a prudentes y responsables reflexiones.

Es Dios mismo quien coloca este mensaje en nuestros labios, que confiadamente lo transmitimos al mundo, con nuestro saludo y nuestra bendición apostólica.



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