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HOMILÍA DEL SANTO PADRE PABLO VI
DURANTE LA MISA PARA LA UNIÓN INTERNACIONAL DE LA PRENSA CATÓLICA


Capilla Paulina
Domingo 1 de diciembre de 1963

 

Venerables hermanos, queridos hijos,
periodistas católicos reunidos en Roma para las jornadas de estudio de vuestra unión internacional
:

Dichosos de encontraros aquí reunidos al pie del altar y poder considerar de esta forma, en su aspecto más específicamente religioso, la ocasión que se nos ha ofrecido de dialogar con vosotros en este día. Sois periodistas, pero periodistas católicos, ansiosos de ejercer una profesión muy digna de estima con la ha que realza aún más singularmente su grandeza, la luz que procede precisamente del altar, símbolo de la fe que profesáis, de la Iglesia a la que pretendéis servir.

Las exhortaciones y alientos que Nos habéis solicitado tratarán de ayudaros a mirar hacia esa luz. La fórmula nos la proporciona muy a propósito San Lucas en el Evangelio de este primer domingo de Adviento. Cristo —lo acabáis de oír— anuncia y describe a sus discípulos las catástrofes que señalarán los días de la Historia del mundo. Al concluir, añade para levantar sus ánimos: “Cuando esto comience a suceder, alegraos y levantad la cabeza —Levate capita vestra— porque vuestra liberación está próxima” (Lc 21,28).

Levantad la cabeza, mirad a lo alto. He ahí una invitación que, a primera vista, mal se puede aplicar a los periodistas. Vuestra profesión, en efecto, os obliga con frecuencia a mirar las cosas bajo un ángulo terreno y profano, tanto como decir bajar la cabeza para poderla tener al nivel de la escena donde se desarrollan los acontecimientos que tendréis que narrar. Pero ahí precisamente se oculta un peligro insidioso contra el cual es preciso estar prevenido. Este contacto inmediato y continuo con las realidades sensibles absorbe al periodista, le obliga a acumular una gran cantidad de apreciaciones externas y banales en detrimento de su vida interior, con peligro de vaciarse progresivamente si no está sobre aviso. Tienen en ello un peligro de empobrecimiento, de agotamiento de la sustancia viva de su alma. ¿El remedio? Levate capita vestra. Permitir al alma tomar o recuperar el impulso hacia lo espiritual, contemplar la verdad religiosa, asimilarla, nutrirse de ella, para saber adaptase al ritmo de la vida diaria y reservarse largos momentos de interioridad liberadora.

Interioridad, porque lo espiritual solamente se percibe en el interior. Pues cuanto más activa es una vida —la vuestra lo es intensamente, por definición— más necesita del retorno a las fuentes profundas donde el alma rehaga sus fuerzas. Y por otra parte, cuanto más noble sea la actividad a desarrollar, como es la vuestra; cuanto más comprometa la responsabilidad del que a ella se dedica, más se impone esta toma de contacto, por medio de la interioridad, con las cosas de lo alto, donde nuestra conducta tiene su norma de rectitud.

Interioridad liberadora, pues en verdad se trata de una liberación. Las múltiples presiones sociológicas, los compromisos originados por la tupida red de las relaciones profesionales, familiares, sociales reducirían fácilmente al hombre moderno, sin él advertirlo a una especie de esclavitud.

Y si alguna profesión ha de liberarse de esta esclavitud y afirmar su libertad de juicio y de espíritu —garantía de imparcialidad—, ha de ser la vuestra. Para el hombre de letras, para el escritor, el crítico, el cronista, la escritura es la expresión de un pensamiento, y el pensamiento no puede ser prisionero de esquemas impuestos, de opiniones amañadas. Su única norma es la verdad, la verdad que libera, come Cristo nos lo asegura: “Veritas liberabit vos”' (Jn 8,32).

Solamente, se puede decir, el alma habituada a entenderse con frecuencia con la verdad puede conseguir la verdadera libertad interior, la libertad del hombre espiritual, seguro en sus juicios, a salvo —San Pablo nos lo garantiza— de la incertidumbre y del error: “El hombre espiritual juzga todo, y él por nadie es juzgado” (1 Cor 2,1.5).

Elevación espiritual, seguridad en el juicio, libertad interior, ¿en verdad, queridos hijos, queridos amigos, hay en el mundo mejor cosa que desear a los periodistas católicos? Levate capita vestra. Sí, levantad resueltamente la cabeza y la mirada hacia esas regiones serenas del espíritu, de donde nos llegan dones tan preciosos.

Con este esfuerzo de interioridad y elevación espiritual conseguiréis también otra cosa. El periodista, llamado por su estado a extender la luz en torno suyo, ha de aprender a descubrir de dónde viene la verdadera luz para las cosas de este mundo. Viene de lo Alto. El universo sensible no tiene sentido si no se lo relaciona con la palabra de Cristo y con su plan providencial sobre la vida y la historia de la humanidad. Para ello es preciso “mirar de tal forma a lo alto” que se llegue a penetrar, si fuera posible, los designios ocultos en los abismos de la Divinidad.

Ardua tarea, basta enunciarlo para comprenderlo. Tarea necesaria, quizá vosotros lo veréis mejor en la actualidad, a la luz del Concilio, ¿cómo llegar al fondo de los graves problemas religiosos que se discuten si uno mismo no ha meditado y reflexionado largo tiempo sobre las cosas de Dios: “en las cosas de nuestro Padre”? (Cfr. Lc 2,49.) Tarea —es preciso advertirlo— que encierra también sus peligros. ¿Qué cosa más fácil, en este campo, que dar curso libre a la imaginación y vaticinar atribuyendo al Espíritu de Dios las propias ideas?

Pero si en esta resuelta mirada a los misterios divinos llevamos como guía a la Iglesia, guardiana del auténtico genio profético, intérprete autorizado que sabe descifrar el enigma de la vida humana en el tiempo y darnos la clave, entonces nuestro esfuerzo por elevar nuestro pensamiento hasta estas sublimes alturas no será vano. Será, al contrario, fuente de consuelo, de certeza, de sabiduría. Nos conseguirá, a nosotros que tenemos que hablar y escribir, ser aquí abajo, de forma eficaz, el eco del Verbo eterno; nos alcanzará, a nosotros que tenemos que guiar a los demás, la gracia de conducirlos por los caminos de la luz, de la verdad y de la vida. Pues la tarea del periodista, vosotros mismos lo veis, tiene cierta analogía con la del sacerdote. Lo mismo que el sacerdote vosotros estáis al servicio de la verdad; como él, sois para los demás, no para vosotros mismos. Vocación de servicio, con todo lo que lleva consigo de sacrificio, de fecundidad también, de grandeza y de belleza. Los trabajos de vuestras jornadas de Roma os ofrecen la ocasión de experimentarlo una vez más; profundizando, como vosotros lo hacéis, las condiciones psicológicas y sociológicas de una mejor transmisión del mensaje cristiano por medio de la prensa, os disponéis a servir mejor al Señor y a vuestros hermanos.

Hijos queridos: Levate capita vestra. Vivid y trabajad sobre la tierra de los hombres, pero con la mirada fija en el cielo. Observad conscientemente —es vuestro deber— el gran teatro de la humanidad y sus vicisitudes, pero que vuestro espíritu y vuestro corazón se vuelva sin cesar a las cosas eternas y divinas. Este es el fruto, que para vosotros pedimos, de esta misa y de este encuentro. Ojalá podáis decir como San Pablo, en la sinceridad de vuestro corazón: “Nuestra ciudadanía está en los cielos” (Flp 3,20). ¿Ha habido algún hombre más ligado, como se dice hoy, al detalle de las tareas terrenas? ¿Y no se ha dicho que si volviera a la tierra hoy se haría periodista? Pero su mirada penetraba los cielos. Sed sus imitadores. Y permitidnos dejaros, como bouquet espiritual, la vibrante palabra del gran apóstol a sus hijos de Corinto: «Mas teniendo nosotros el mismo espíritu de la fe, según aquello que está escrito: “Creí, y por esto hablé”, también nosotros creemos, y por eso también hablamos (...). Por lo cual no desfallecemos. Antes bien, aunque nuestro hombre exterior se desmorone, empero nuestro hombre interior se renueva día tras día ( ...), pues no ponemos nosotros la mira en las cosas que se ven, sino en las que no se ven, Pues las que se ven son pasajeras; mas las que no se ven, eternas» (2 Cor 4,13, 16,18). Amén.

 


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