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ENCUENTRO CON LA UNIÓN DE JURISTAS CATÓLICOS ITALIANOS

HOMILÍA DE PABLO VI

III Domingo de Adviento, 15 de diciembre de 1963

 

Celebrar la reunión junto al altar del Señor tiene un significado preciso, además de indicar también una verdadera y propia audiencia. El Papa no puede sumarse a los trabajos que ocupan durante estos días a estos queridos hijos, pero vienen ellos a unirse con él a su oración. Y el Papa cree que estos momentos religiosos transcurridos en común, manejando antiguos y comunes conceptos, e ilustrando el espíritu con los mismos sentimientos en la gran encrucijada de este lugar sagrado y tremendo como ninguno, darán también cabida a los diversos fines, comenzando por el objetivo espiritual que el Congreso de los Juristas Católicos se ha propuesto, y al que, naturalmente, el Padre Santo saluda y felicita, haciendo los mejores votos por su feliz éxito.

Hacemos estos votos no solamente por las sesiones de Roma, sino por toda la actividad de los juristas, tanto en el interior de su unión como en los diversos bufetes a que cada uno está dedicado.

“Enderezar los caminos del Señor”

Por tanto, resumiendo nuestros pensamientos, como solemos hacer, o mejor como debemos hacer, en estos momentos sagrados que estamos celebrando, encontramos, en esta tercera dominica de Adviento, el gran tema de la preparación. Es decir, ponerse en disposición para el encuentro sublime y misterioso, perfecto y fecundo de la Encarnación del Hijo de Dios: el nacimiento de Jesús. La Iglesia nos prepara recordando lo qué el Evangelio nos cuenta de los momentos que preceden a la aparición pública de Cristo, presentándonos al Bautista anunciando al Mesías. Escojamos una palabra, una sola de las que poseemos de este misterioso y formidable personaje. ¿En realidad, qué hacía y decía Juan? Quería preparar los espíritus de sus contemporáneos, procurando poner al rojo las almas en la inminencia de su encuentro con Cristo, que al revelar su presencia y su misión e impartir a la humanidad su enseñanza inefable iba a dar vida a ese hecho grandioso de encontrarse y actuar en medio de los hombres.

Dios que baja del cielo, encarnado, hecho Hombre, da comienzo al diálogo. ¿Están prestos los hombres? ¿Están preparados? ¿Lo saben? ¿Han conseguido las disposiciones interiores necesarias para captar el timbre de su voz, el sentido de sus palabras, la trascendencia del momento?

El anuncio del Precursor reza precisamente así en el evangelio de esta mañana: Dirigite viam Domini. (Es preciso que enderecéis el camino para el encuentro con Dios.) Como diciendo: Tened cuidado no vaya a pasar junto a vosotros sin que os deis cuenta, pues si no preparáis bien vuestras almas y no dirigís hacia El vuestros pasos, es posible que no le encontréis.

El plano general de la vida religiosa.

Es suficiente esta sencilla premisa para sentirnos invitados a considerar el plano general de la vida religiosa y también de la economía evangélica. Se trata de la misericordia que brota de la infinita generosidad del Señor; se trata de su gracia, don inestimable, gratuito, unilateral. Es Dios que se nos da, que baja a nuestro encuentro, que quiere salvarnos y, por tanto, universaliza su plan de bondad y de generosidad: “Toda carne verá la salvación de Dios”.

Cada uno, en virtud de ese infinito amor, estará en disposición de recibir esta venida; sin embargo, a pesar de ofrecerse así, esta venida precisa que, por nuestra parte, poseamos determinadas dotes, requisitos insustituibles, so pena de que si faltan no pueda realizarse el encuentro. Lo religioso —lo tenemos, en su expresión más genuina, completa y urgente ante nuestras almas, en nuestro destino— nos exige que no caigamos en esa insensibilidad dolorosa: Ut videntes non videant, descrita en el Evangelio. Es comprensible la gran desventura de aquellos que mirando no ven nada, y teniendo oídos no escuchan nada. La gracia del Omnipotente puede pasar de lejos, sin detenerse en mí. Como amonestan a este respecto las palabras de San Agustín: “¡Timeo transeuntem Deum!". (¡Temo que Dios esté junto a mí y no me dé cuenta!) ¿Qué debo hacer?

Esta pregunta nos invita a estudiar las analogías existentes entre la economía del Señor, el campo evangélico, sobrenatural y religioso y todos los demás sectores de nuestra experiencia. No hay acontecimiento alguno, especialmente si es elevado, espléndido y difícil, es decir, que dé resultados maravillosos, que no esté precedido por una serie de exigencias y de condiciones. No se puede conseguir una buena fotografía sin preparar de antemano muchos requisitos para alcanzar el efecto deseado; ni tampoco podríamos abrir los ojos y ver, sin que, como afirman los fisiólogos, se den doce o trece condiciones al mismo tiempo que abrimos los párpados, para que la luz permita al individuo ponerse en contacto con las cosas que le rodean.

“Temo a Dios que pasa de largo”

De igual forma sucede en el mundo de lo religioso. Es indispensable tener los ojos abiertos; despierto el oído; el alma dispuesta y pronta a escuchar la voz del Señor. Vemos —para usar también un ejemplo— cómo los instrumentos inventados no hace muchos años registran las ondas del éter. Antes pasaban junto a nosotros sin que nadie se diera cuenta, y aún ahora no pueden ser captadas si fallan estos medios. En este caso la voz es como si no existiese; la imagen discurre por el espacio y no se descubre si una pantalla no está pronto a encuadrarla. Así sucede en el mundo de las almas, en el mundo de Dios. Si el alma no se dispone en condiciones de fijar, de recibir, de ser capaz de captar el flujo de la presencia y de la acción de Dios, podría suceder que estuviera muy cerca de El, mirándole, y no le viera. Estaría como sumergida en un cristianismo vago que no le permitiera sentir cerca a Cristo. “Dominus prope est” dice la epístola de hoy —el Señor está cerca—, y el que tendría que recibirlo y aclamarlo lleno de gozo está insensiblemente inerte.

¿Y luego? Luego llegamos a ese maravilloso capítulo de la vía espiritual que debe ser el nuestro, es decir, de la gente que piensa, que medita, que estudia, reflexiona y se pregunta ¿cuáles son las disposiciones y condiciones que le dan al alma la aptitud de percibir el mensaje divino?

El mensaje divino no se comunica automáticamente, no llega por los caminos de la expresión sensible. Mis ojos no sirven, el mundo externo puede, sí, expresarme un lenguaje superficial, pero de suyo, en su interior, permanece mudo, no transmite la palabra divina.

El alma a la escucha del mensaje divino

¿Qué hacer, pues, para conseguir una verdadera disciplina espiritual, que nos pueda conferir también a nosotros sus riquezas sobrenaturales? En primer lugar, una pregunta: ¿El Señor nos habla en el ruido o en el silencio? Respondemos todos: En el silencio. ¿Entonces por qué no permanecemos en el silencio alguna vez, por qué no nos ponemos a la escucha en cuanto se percibe un leve susurro de la voz de Dios junto a nosotros? También podemos preguntar: ¿Habla al alma agitada o al alma en calma?

Sabemos muy bien que para escucharlo debemos tener también un poco de calma, de tranquilidad; es preciso aislarse un poco de toda excitación y preocupación acuciante, y estar nosotros mismos, nosotros solos, dentro de nosotros. Este es el elemento esencial, ¡dentro de nosotros! Por ello el punto de la cita no está fuera, sino en nuestro interior. Es preciso, pues, crear en nuestro espíritu una celda recogida para que el Huésped divino pueda encontrarse con nosotros.

La vida religiosa no consiste tanto en el aparato ritual, que también es necesario con su elevada función, sino que exige una verdadera y propia interioridad. Yo debo ofrecer a Dios mi corazón —para usar la palabra más sencilla y expresiva—, en él es donde está el punto de la cita; la reunión será dentro de mí. La conciencia nos acosa, ¿es que soy yo capaz de concentrarme dentro de mí? ¿Cuándo estoy conmigo mismo —“vivía consigo mismo”, se dice de San Benito, el hombre de la vida interior que ha instruido generaciones y generaciones en el diálogo con Dios, viviendo consigo mismo—, cuándo, también yo, vivo conmigo mismo? ¿Se puede acaso pretender que Dios descienda a un alma abrumada por no buenos sentimientos, que haya echado en olvido la sentencia del Maestro: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios”?

Se necesita pureza, limpieza, candor, orden moral para que pueda celebrarse la cita con Dios. Esto es esencial. Ante todo, pues, esta rectificación de nuestro ser. Pasando luego de lo negativo a lo positivo, y siempre Dios se nos dará, porque alimentamos un vivo deseo de Dios.

“¡Ven Señor, Jesús!”

¿Deseamos a Dios? ¿Tenemos sed de El? ¿Nuestro corazón exclama: Dónde estás? ¿Cómo te revelas? ¿Háblame, Señor? Este ansia del alma en la búsqueda de Dios se llama oración. ¿Y nosotros oramos? Si no oramos, ¿puede el Señor escuchar a quien no le invoca? Alguna vez se ha dado el caso, pero como algo singularísimo. El Señor hace lo que quiere. Podría herirnos con su luz como en el camino de Damasco a San Pablo, que no sólo no lo buscaba, sino que intentaba oponerse a sus designios, a sus nuevos fieles. Sin embargo, esto no puede pretenderse en la economía ordinaria de la gracia.

Es preciso, en cambio, que el alma esté vigilante, deseosa; que persista en la confianza y se haga digna de recibir, como huésped ansiado, al misterioso Peregrino que va en busca de todos nosotros. Quizá El está ya cerca, acaso en el umbral de nuestra alma, a nosotros nos corresponde actuar con generosidad y exclamar: “Ven, Señor, Jesús”. A veces el hombre tiene miedo de que el Señor se adueñe de su ser; es celoso de su libertad, y se obstina en defenderla ante Aquel que nos la ha dado y concedido precisamente para que todos nos preparásemos a devolvérsela con un acto de amor.

A muchos, por desgracia, les parece difícil este elemento fundamental de la religión. Exige tensión y disciplina, no siempre aceptadas de buen grado, y es esto quizá lo que justifica, o al menos explica, la indiferencia religiosa que encontramos a nuestro alrededor. Predomina, en cambio, la pereza, la incapacidad de realizar actos espirituales preparatorios, y limitarse a mirar solamente al mundo; se deja debilitarse la fe y se atenúa la práctica religiosa. Si el mundo fuera verdaderamente humano, si tuviera la disposición real de orar, desear y fijar su mirada en el cielo, no se vería desilusionado.

El encuentro con Dios es posible en todos los estados de vida

Pero Dios no se deja nunca superar en generosidad. Sus caminos son innumerables y no exclusivos; por todos los senderos podemos encontrar al Divino Caminante que viene hacia nosotros. Lo cual quiere decir que no es preciso ser anacoretas, o hacerse un programa de vida apartada de todo lo profano o de las ocupaciones temporales para encontrarse con Cristo.

Muchos son los caminos del Señor; más aún: los caminos del Señor son todos. Cualquier estado de vida, con tal que sea recto y como tal se mantenga, puede ir al encuentro con Dios. “Enderezad vuestros caminos”. Si sabemos poner en fase religiosa y divina nuestra existencia, toda vida humana, honesta, buena y ordinaria puede ser un sendero, una huella que nos lleve hasta el Señor. De la misma forma que desde todos los puntos de la circunferencia se puede trazar un radio que pase por el centro, de toda la periferia de la vida humana puede partir un camino que puede llevar a Cristo, centro de toda la vida, de los recursos, actividades y experiencias humanas.

¿Y cómo hacer para alcanzar una meta tan luminosa? Mirad, también aquí podemos profundizar en la esencia propia de los juristas y de los profesionales católicos. Puede resumirse en dos puntos. Ante todo, dirigir la vida, tratando de elevarla con la oración, la rectitud, y dedicando algún momento exclusivamente al coloquio con Dios. Esto se hace con los sacramentos y siguiendo el ciclo litúrgico de la Iglesia. Pero hay también otro punto que es característico de todo el Movimiento de los Licenciados Católicos y de los Juristas en particular: que reza. No sólo hay que hacer buena y santificar la profesión, sino que hay que considerarla como santificadora, perfeccionadora en sí misma. No es necesario salir del propio sendero para hacerse bueno. Basta permanecer, afianzarse allí; es suficiente dedicar a las obligaciones específicas la atención y fidelidad que hacen al hombre probo, honesto, justo, ejemplar; lo que comúnmente llamamos —pero hay que darle peso a esta palabra— un hombre bizarro, un “gentleman”.

La adhesión al Evangelio, plenitud de gozo.

Y si se quiere seguir adelante profundizando en la significación de esa probidad, de esa bizarría, se advertirá que tiene una base compleja. Cuando el cristiano ejerce la profesión de abogado, de magistrado, de estudioso, y considera sus cosas con la atención específica y profesional siempre necesaria, al mismo tiempo tiene presentes las razones de principio, las razones de fin en que este sector de su actividad está encuadrado, como si se repitiera a sí mismo: “¿Adónde va la obra que yo estoy realizando? ¿Qué es esto del Derecho, qué es la justicia y adónde tiende?”. Es decir, tengo ante mí los puntos trascendentes, el origen y el fin, y ahora se hacen inmanentes y sirven para iluminar, sostener y ennoblecer también al trabajo profesional, que aparece entonces complejo en sentimientos, pero siempre sencillo en su expresión y en su ejercicio, rico en sobrenaturalismo. De esta manera no se trata ya del rutinario proceder profano, con frecuencia vulgar y banal, sino de una obra selecta, realizada juntamente con el misterioso Huésped que nos ayuda, con la gracia de Dios y con el Espíritu Santo.

Se podría objetar: Pero todo esto es en extremo complicado, se pone al alma en una problemática sin fin; son muchos los pensamientos que entran en juego, y el tiempo es escaso, y quizá no todos tengan aptitud para tan alto programa.

Pues bien, carísimos, tened en cuenta que la vida cristiana es difícil si es llevada con mediocridad, y que es mucho más ardua si es mal llevada, y supone un gran peso si en ella no brilla la perfección que hay que conquistar.

Pero el que se entrega, el que es bueno y piadoso y trata de penetrar realmente en el espíritu de la vocación cristiana, no sólo la encuentra llevadera, sino providencial y fortificante.

Viene también la misa de hoy a reafirmarlo: “Gozaos siempre en el Señor, os lo repito, gozaos”. La vida cristiana se disfruta con esta plenitud, con esta alegría, cuando nuestra adhesión es sincera, cordial, llena de generosidad; cuando cada uno de nosotros se postra humildemente ante Cristo, en actitud de quien espera, de quien está seguro de que el Huésped Divino no faltará a la cita.

Señores y apreciados amigos, todo esto os lo traerá la Navidad, que os la auguro como momento de plenitud y de felicidad.

 


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