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SANTA MISA PARA ALGUNOS GRUPOS DE FIELES
Y MIEMBROS DEL MOVIMIENTO DE GRADUADOS CATÓLICOS

HOMILÍA DEL SANTO PADRE PABLO VI

Basílica Vaticana
Viernes 3 de enero de 1964

 

Tenemos que saludar en tono docente a esta asamblea, a la que ya hemos saludado y saludaremos en tono ritual; la acción litúrgica nos permite, más aún, nos aconseja, este cambio del lenguaje propiamente sagrado al discursivo e instructivo; de la oración a la reflexión y al diálogo.

Lo aprovechamos para dar la bienvenida a cada uno de los grupos que componen esta concurrencia. Nuestra primera mención sea, por tanto, para los participantes en el undécimo Congreso Nacional del Centro Turístico Juvenil; nos sentimos muy dichosos de recibiros, queridos jóvenes, y de expresar nuestra complacencia a los promotores de vuestra organización y de vuestras actividades. Conocemos a algunos de ellos desde hace mucho tiempo, y sabemos con qué espíritu han inspirado y acrecentado un turismo juvenil animado por un sentido cristiano, y con qué constancia y dedicación, con qué penetración en las posibilidades pedagógicas, sociales, culturales, morales y recreativas del turismo; en una palabra, sabemos con qué gallardía han trabajado, de tal forma, que aquí, delante del Señor, nos sentimos obligados a elogiar su esfuerzo y alentar una obra tan de acuerdo con las costumbres de nuestro tiempo y tan prometedora en la formación moderna y cristiana de nuestra juventud. La presencia de estos congresistas, el afecto que sentimos por ellos, la importancia de sus programas, la seriedad de sus propósitos, merecerían un discurso particular, y si la falta de tiempo y las características de este lugar no nos permite hacerlo, que les sea suficiente saber cuánto apreciamos este encuentro con ellos, qué sincero es nuestro augurio por el feliz éxito de su Congreso, y que nuestra bendición está llena de afecto por sus personas y por sus buenas actividades.

Debemos también saludar al grupo de las Hermanas Asistentes Técnicas de la Juventud Femenina de Acción Católica, reunidas en Roma para un cursillo de estudios y de modernización; conocemos el fervor, la buena naturaleza de su colaboración, y se lo agradecemos de corazón, al paso que las tenemos particularmente presentes en esta hora de oración y de bendición.

También ha sido admitido a esta sagrada ceremonia un grupo de dirigentes regionales, provinciales y de zona de la Unión Católica Italiana de Profesores de Enseñanza Media con sus consultores eclesiásticos regionales. Conocemos el bien que esta Unión se propone y apreciamos las actividades que desarrolla, las exigencias a que responde, los resultados que ha logrado conseguir; un afectuoso saludo y un caluroso aliento también para estos valerosos defensores del espíritu cristiano en las escuelas.

Lo mismo decimos a los demás fieles y peregrinos que se encuentran en esta sagrada celebración.

Seguidamente saludamos a los graduados católicos italianos, reunidos en Roma para su Congreso anual; esta solemne celebración litúrgica en la víspera de nuestra peregrinación a Tierra Santa la debemos, principalmente, a su amable insistencia y a nuestro deseo de testimoniarles nuestra particular benevolencia.

Sepan, pues, nuestros graduados católicos presentes, y todos aquellos que por ellos están aquí representados, que nos es muy caro este encuentro, aunque ponga en algún aprieto a nuestra modesta persona, en la que ellos quieren, por primera vez, reconocer y honrar el formidable oficio apostólico, al que la Providencia nos ha llamado; sepan que permanece inalterada en nuestro corazón la amistad que nos liga a muchos de ellos y que nos llena el corazón de estima y confianza en su Movimiento; sepan que miramos con esperanza la posición y la actividad que asumen en el campo católico italiano, y que oramos al Señor, en esta santa misa especialmente, por su incremento espiritual, organizativo, cultural y apostólico.

¡Apreciados graduados católicos! Os diremos por qué vuestro Movimiento nos interesa tan vivamente, más allá de razones afectivas, que nacen de tantos recuerdos nuestros de su fundación y de sus vicisitudes; porque vemos en vosotros, hombres cultos, preparados en las mejores escuelas de nuestro país, a hombres que, una vez terminados sus cursos universitarios, no han puesto fin a sus estudios, tanto profesionales como generales, y que han continuado pensando, conociendo los problemas de nuestro tiempo, definiéndolos y resolviéndolos, al menos conceptualmente, a la luz de aquellos principios cristianos, en los cuales, tanto durante los años de la Universidad como en los siguientes, de experiencia plena de la vida, os habéis habituado a reconocer la fuente de la verdadera, de la suma sabiduría; hombres conscientes de la dignidad y de la necesidad de la cultura; hombres jamás cansados de aprender y reflexionar y nunca inseguros de poseer el hilo conductor de las verdades vitales. Y también, hombres laboriosos y prácticos. No es solamente la capacidad especulativa, superviviente, defendida y honrada de los años escolares, la que os define; es también vuestra capacidad operativa, vuestra capacidad en la profesión específica, vuestra capacidad en la actividad que casi todos realizáis y sufrís, a la que estáis obligados y de la que obtenéis el pan para vosotros y vuestras familias, y la posición que ocupáis en la sociedad. Hombres positivos, podríamos decir, insertos en las realidades temporales; hombres verdaderos y modernos, y también añadimos, hombres aguerridos, hombres buenos.

Y por el hecho de que hombres activos como sois vosotros, caracterizados por vuestras respectivas ocupaciones profanas, profesen, a una, nuestra santa religión; oren y traten de orar de forma seria y escogida y no duden, antes deseen, conseguir en las fuentes de la verdad religiosa y de la gracia, su profunda espiritualidad; que sean fieles a la Iglesia de Dios, no de un modo ocasional y formal, sino con un corazón fuerte de hijos, de miembros que saben y que aman; de que no desmientan ante la sociedad su fe católica, antes la practiquen, la ilustren, la defiendan, con sencillez y con carácter, con humildad y poder si fuere preciso, y viviendo la vida de todos, la de los laicos, encuentren en la adhesión a esa misma fe católica un alimento tan insustituible, un consuelo tan imprescindible, que la recomienden a los demás y traten, del modo que les sea posible, de defenderla y difundirla, en sus principios superiores, en sus exigencias más graves, en los ambientes en que la vida los sitúa; en suma, por este hecho tan sencillo de expresar, pero tan complejo en definir, de que hombres como vosotros se digan y sean católicos, Nos sentimos un vivo interés. Este es el porqué de nuestra simpatía y de nuestra estima; porque representáis un fenómeno que la crisis religiosa y moral de nuestra sociedad pone en significativa evidencia; sois graduados y sois católicos; es decir, estáis a un eminente nivel en la graduación social, y no sólo por el honor que de ello os proviene, sino en especial por los deberes que os atañen, y por las responsabilidades a que debéis responder; y lleváis a este nivel vuestra firme y serena adhesión a Cristo y a su Iglesia.

Aquí es el lugar, este es el momento en que esta adhesión os debe comprometer, en el silencio del corazón, a cada uno de vosotros, y se debe manifestar, como pretende hacerlo esta sagrada reunión, en una manifiesta confirmación. Una circunstancia extrínseca, que súbitamente adquiere un significado interior, invita al Movimiento de los graduados católicos a fijar en la conciencia y en los propósitos esta definición; esta circunstancia es el que nos encontremos en la Basílica de San Pedro, que a todas sus sugerencias espirituales suma ahora la de estar empleada como aula del Concilio Ecuménico. Y he aquí por qué la circunstancia externa ofrece un motivo para convalidar el mérito del análisis, hace poco referido, de vuestra definición. Esta definición es un binomio que parece interpretar uno de los problemas característicos del Concilio Ecuménico, el de los seglares en la Iglesia de Dios y el de su actual función apostólica.

Vosotros sabéis que nuestra doctrina reconoce al seglar fiel una participación en el sacerdocio espiritual de Cristo y, por tanto, una capacidad, más aún, una responsabilidad en el ejercicio del apostolado, que ha venido determinándose con conceptos diversos y formas adecuadas a las posibilidades y a la índole de la vida propia del seglar inmerso en las realidades temporales, pero también imponiéndose como una misión propia de la hora presente. Se habla de “consecratio mundi”, y se atribuyen al seglar prerrogativas particulares en el campo de la vida terrena y profana, campo de posible difusión de la luz y de la gracia de Cristo, propio porque él puede actuar sobre el mundo profano desde dentro, como directo participante en su composición y en su experiencia, al paso que el sacerdote, estando apartado de gran parte de la vida profana, no puede influir, por lo general, en ella más que de una forma externa, con su palabra y con su ministerio. Esta observación va adquiriendo cada vez mayor importancia, al paso que descubrimos que el mundo profano es, se puede decir, sencillamente, el mundo que no se preocupa por tener relaciones normales y operantes con la vida religiosa, que no consigue fácilmente hacer sentir su voz saludable en las inmensas zonas de la vida profana misma.

Por ello también se ha hablado del laicado católico como de “puente” entre la Iglesia y la sociedad, que se ha hecho casi insensible, por no decir desconfiada y hostil, a las relaciones de la religión y, sencillamente, del cristianismo y de sus mismos principios básicos. Nuestros seglares católicos están investidos de esta función, que ha llegado a ser extraordinariamente importante, y, en cierto sentido indispensable, hacen de puente. Y no para asegurar a la Iglesia la incidencia, el dominio en el campo de las realidades temporales y en las estructuras de los asuntos de este mundo, sino para impedir que nuestro mundo terreno quede privado del mensaje de la salvación cristiana. No es propiamente un ministerio calificado el confiado a los seglares, sino una actividad que puede configurarse en los modos más diversos, que trata de establecer contactos entre las fuentes de la vida religiosa y la vida profana, Podríamos hablar, en términos aproximados pero expresivos, de contactos entre la Iglesia y la sociedad; entre la comunidad eclesial y la comunidad temporal.

Cuanto más se recomponga y reconcentre la comunidad eclesial en los fieles y en el ejercicio de sus actividades específicas, la comunidad temporal y profana puede gozar mucho menos de los beneficios de la religión cristiana, que a ella estarían destinados. El dualismo puede acentuarse hasta tal punto que haga de la comunidad eclesial, por un lado, un cenáculo cerrado, aislado de la sociedad en la que también se encuentra, y paralizado en su eficacia tanto doctrinal como pedagógica, caritativa y social; y haga, por otro lado, al mundo profano insensible a los problemas religiosos, los mayores problemas de la vida, y por ello expuesto al frecuente peligro de creerse suficiente por sí mismo, con todas las consecuencias dolorosas que esta ilusión, a la postre, lleva consigo. Se necesita el puente. Y el puente sois vosotros. Vosotros, graduados católicos. No vosotros solos, pues todos los demás fieles del laicado católico, organizados o no, realizan esta función de poner la vida religiosa de la Iglesia en contacto con la vida profana de la sociedad temporal.

Vosotros, decimos, en particular, como más aptos para determinar en vosotros mismos “la dualidad psicológica”, exigida por la pertenencia a la sociedad eclesial y a la sociedad temporal. Es preciso tener conciencia de esta doble pertenencia; y al paso que ordinariamente el seglar católico no para mientes en ello, y se adhiere sin dificultad a una y otra, vosotros podéis experimentar mejor en vuestro ánimo, y luego en vuestro comportamiento externo, lo interesante e importante que es la participación simultánea en dos sociedades distintas que en nuestro tiempo tanto han reivindicado, ambas, su recíproca autonomía, y tanto han desarrollado sus modos propios, muy diversos, de pensar y actuar. Ser fieles y ser seglares plantea hoy un problema característico espiritual, de difícil solución, pero de gran fecundidad y de gran mérito. Es, lo pensamos, vuestro problema, que ciertamente habrá de resolverse en una unidad superior, en una síntesis genial y armónica, pero que se plantea ahora con creciente sensibilidad y hasta con cierta perturbación interior, porque todos comprenden que la solución no puede consistir en la supresión de uno de los dos términos en juego; cuando precisamente se da el conflicto, el fiel no puede olvidar que es hombre de este mundo, expresamente para ser miembro y partícipe de la comunión del Cuerpo místico; ni tampoco el hombre de este mundo puede descuidar todo recuerdo y todo empeño por la conciencia cristiana, para ser libre y dedicarse a fondo a las exigencias de su profesión profana. La unidad de psicología, de mentalidad, de conciencia, de conducta, por otra parte, se obtienen, con frecuencia, en nuestros días con ese método infeliz de simplificación de la compleja realidad de la vida; una simplificación, pues, que no es tal, porque suprimir no es resolver. Los problemas subsisten y son un tormento de las conciencias y una inquietud en el vivir social.

Y he aquí, pues, vuestra función. Comienza esclareciendo las ideas en torno a esta doble sociedad: la sociedad “Ecclesia” y la sociedad “civitas”; y formando la mentalidad exacta que una y otra requieren. Podría parecer, a primera vista, que esto determina en la conciencia un dualismo, y casi una contraposición. El examen de la realidad, como por lo demás la experiencia común de todo buen católico que sea un buen ciudadano, demuestra que la contraposición existe solamente para quien la quiere suscitar, no para quien comprende que la dualidad de psicología, a la que nos referíamos, se da con respecto a sociedades no idénticas, pero análogas, es decir, que se mueven en planos diversos, que pueden y deben ser complementarios; y que sólo esa dualidad posee el secreto de la legítima libertad de conciencia y de acción por un lado, y de la posibilidad de infundir en el plano autónomo de lo temporal una dignidad y una riqueza de energías morales, que de por sí no podría conseguir.

De esta forma se desenvuelve vuestra función, después de haber reconocido las dos ciudadanías, eclesial y temporal, a las que tenéis la fortuna de pertenecer, llevando al campo de la profesión vuestro testimonio cristiano, y al campo de la vida católica vuestro testimonio profano. Esta última afirmación puede parecer nueva y atrevida, mientras que la del testimonio cristiano aportado al campo profano, ha tenido no pocas y hermosas ilustraciones, allá donde especialmente se habla de la “madurez” de los seglares católicos y de su misión en el mundo de hoy. Pero, correctamente entendida, también esta afirmación del testimonio de la vida temporal, digamos mejor: de la información sobre la vida temporal, que vosotros habéis de llevar a la esfera eclesial, se sostiene muy bien, en cuanto se descubre lo que es en su raíz, una demanda por parte de la Iglesia a su laicado católico para que la informe sobre lo que él puede decir sobre innumerables problemas de la vida profana, mejor conocidos por los seglares católicos que por el clero. Sí, vosotros podéis ser los indicadores más vigilantes, los informadores más diligentes, los testigos más calificados, los consejeros más prudentes, los abogados más avezados, los colaboradores más generosos en muchas necesidades de nuestro mundo, en muchas posibilidades de bien, en muchas cuestiones de las que vuestra vida profana os da una directa experiencia y una indiscutible competencia. Se puede decir que desde todos los sectores de vuestras profesiones pueden señalarse al magisterio y al ministerio de la Iglesia problemas nuevos, interesantísimos y muy amplios, que no deben ser tratados empíricamente, al modo de los antiguos manuales, sino que es preciso sean considerados a la luz de instrucciones sistemáticas y científicas, que los seglares católicos pueden útilmente suministrar.

Sois el puente, decíamos. Y podríamos continuar recordando que esta función no se limita, en los más generosos, al testimonio externo y a la información interna; es en algunas actividades verdadera y propia colaboración en necesidades prácticas de gran relieve, en el campo escolar, administrativo, legal, social, periodístico, artístico, caritativo... ¡Cuánto espera la Iglesia de vosotros! El año pasado, durante nuestro viaje a África, pudimos visitar algunos pequeños, pero bien organizados, hospitales, dirigidos por médicos y personal sanitario de Italia. Seglares católicos que se han propuesto dedicar algunos arios de su juventud y de su profesión a las Misiones católicas. Superfluo sería decir la utilidad de semejantes prestaciones y la nobleza moral de tal entrega cristiana. Pero no nos parece superfluo recordar que hoy día, en todas partes, hay terreno de misión. Y que el reino de Dios padece aún hoy aquellas condiciones, que hicieron surgir de los labios de Cristo un delicado pero profundo lamento: “La mies es mucha, y los operarios son pocos” (Mt 9,37).

Sobre todo esto reflexiona hoy la Iglesia con vosotros, buenos seglares católicos; con vosotros especialmente graduados católicos; de vosotros y con vosotros habla el Concilio Ecuménico; por la necesidad, sí, que la Iglesia tiene de vosotros, pero más aún por la vocación a la plenitud de la vida cristiana que ella descubre en vuestro espíritu, por la elevación sobrenatural que reconoce al fiel, marcado por el carácter de soldado y de hermano de Cristo, por la madurez de funciones y de responsabilidades, a la que aspiráis en el campo católico y en la que ella os educa e invita, por la confianza, finalmente, que vosotros merecéis y que ella, bendiciéndoos, os concede.

 



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