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FESTIVIDAD DE PENTECOSTÉS

HOMILÍA DE SU SANTIDAD PABLO VI

Basílica de San Pedro
Domingo 17 de mayo de 1964

 

Venerados hermanos y queridos hijos:

Para celebrar a una la fiesta de Pentecostés, fuente de todas las demás fiestas cristianas, para evocar en común la venida en plenitud del Espíritu Santo y para ofrecerle a esta Divina Persona un acto de culto (amor para el Amor) lo más honroso y vital, para gustar con la presencia arrolladora del divino e invisible Huésped, con el canto y el silencio unánimes, un momento de genuina plenitud espiritual, para recoger con una mirada, un instante, como en el resplandor de un rayo, el efecto visible, histórico, humano, de la venida del Paráclito al mundo, la Iglesia, es decir, nosotros, la humanidad entera arrastrada por la ola auténtica y eficaz de la redención, la Iglesia viviente y peregrinante, lanzada desde aquel día hasta hoy y en el futuro hacia sus destinos escatológicos, para sentirnos y sabernos envueltos por la corriente de gracia —luz, fuerza, dulzura, profecía y esperanza— que de Cristo emana y arrastra hacia Cristo, carisma sobrenatural y viril virtud, llegando a conseguir en nosotros un inverosímil fenómeno de santidad, y a encontrar en nosotros la sencillez y la audacia de hacernos testimonio de Cristo en la realidad formidable de nuestro siglo, para meditar, orar, disfrutar en común un día, de los muchos de nuestra vida cansina y prosaica, un día lleno y bendito, Nos os hemos invitado a este santísimo rito. Sí, a vosotros especialmente, los más amados de los preferidos, hijos y fieles, puesto que sois alumnos y moradores de nuestros seminarios, de nuestros convictorios y colegios eclesiásticos, alumnos de nuestros institutos de estudios superiores, de educación e instrucción eclesiástica, de los noviciados religiosos y de las casas de formación, vosotros, estudiantes y estudiosos de esta nuestra Roma católica, y por tanto, eterna e inmortal, a vosotros os hemos dirigido nuestra invitación para celebrar todos juntos como “un solo corazón y una sola alma” (Hch 4,32), la santa festividad de Pentecostés; y aunque con gusto vemos presentes en esta basílica, cenáculo de las gentes, a otros muchos hermanos e hijos, peregrinos y viajeros de todas las partes del mundo y a todos de corazón los saludamos, recibimos y bendecimos, a vosotros especialmente, candidatos al sacerdocio de Cristo, o ya investidos, por la ordenación sacramental, de tan gran dignidad y poder, se dirige ahora nuestra palabra, sencilla y breve, reticente, ¡ay de mí!, sobre el punto central del misterio que conmemoramos (requeriría demasiado estudio y poesía), palabra incapaz para expresar dignamente algo de esa luz que desde ese punto se difunde, pero completamente penetrada, hijos carísimos, por un ansia afectuosa de imprimirse en vuestras almas, como vivo y operante recuerdo.

Os queremos hablar un instante de la Iglesia; sí, de ese Cuerpo místico que fue gestado en la historia evangélica y nació vivo del Espíritu Santo, precisamente como hoy, en el Cenáculo de Jerusalén; precisamente allí donde Nos mismo, hace unos meses, nos arrodillamos, temblando de emoción, reclinándonos sobre la cuna de la Iglesia de Dios. Vosotros sabéis todo lo de ella, lo creemos; y por ello, dejándolo a vuestra piadosa meditación, os proponemos ahora lanzar una mirada a su propiedad original, que brilla desde el primer día como nota característica y maravillosa, y que la llamamos catolicidad, es decir, universalidad, es decir, destinación a todas las gentes, apertura a todas las almas, ofrecimiento a todas las lenguas, invitación a todas las civilizaciones, presencia en toda la tierra, existencia en toda la historia.

Nos invita a esta consideración, como siempre en este día feliz, el recuerdo del primer prodigio realizado en virtud de la venida misma de Pentecostés, más aún que por la intención y el poder de aquellos en los que este acontecimiento se produjo; el prodigio de las lenguas. La narración de los Hechos de los Apóstoles es precisa, con una prolija enumeración de pueblos que nos parece intencionalmente ecuménica: “Entre los judíos residentes en Jerusalén había hombres piadosos de todas las naciones que se encuentran bajo el cielo,; y cuando se oyó aquel trueno la multitud se sobrecogió y se llenó de confusión, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Y todos se maravillaban, preguntándose con estupor: ¿es que los que hablan no son acaso galileos?, ¿y cómo es que les oímos hablar cada uno en nuestro idioma nativo? Nosotros, partos, medos, elamitas, de Mesopotamia, de Judea y de Capadocia, del Ponto y del Asia, de Frigia y de Panfilia, de Egipto, de las regiones de Libia, Cirenaica, peregrinos romanos, tanto hebreos como prosélitos, cretenses y árabes...” (Hch 2,5-11). Es decir, representantes del mundo entonces conocido en aquellas tierras. Y con magnífica consonancia con este elenco de pueblos podría ir la lista de las nacionalidades a las que vosotros, oyentes, hoy pertenecéis. El nombre católico continúa su afirmación, su celebración.

El empleo habitual de la palabra hace perder con frecuencia vigor a su significado. Nosotros usamos con extrema facilidad este término “católico”, casi sin advertir la plenitud a la que se refiere, el dinamismo que de él emana, la belleza que proyecta, el compromiso que impone. Con frecuencia en el lenguaje común se convierte en un término que define e intenta circunscribir y limitar a la Iglesia única y verdadera, que es precisamente la católica, para distinguirla de otras fracciones, respetables y dotadas también de inmensos tesoros cristianos, pero todavía separadas de la plenitud católica; y otras veces preferimos el término de cristiano al de católico, casi olvidando que, en el concepto y en la realidad, el segundo contiene a todo el primero, y no siempre viceversa.

Es preciso apreciar y conocer con claridad este nombre católico que manifiesta la trascendencia de ese reino de Dios, que Cristo vino a inaugurar sobre la tierra, y que su Iglesia va instaurando en el mundo y que mientras penetra como fermento, como energía sobrenatural en todas las almas, en todas las culturas que lo reciben, no se apropia nada del reino terreno, y se tiende sobre el plano temporal no para dominarlo, sino para iluminarlo y colocarlo en un panorama de renaciente y universal armonía.

Es preciso escuchar en él el eco nunca extinguido de la vocación amorosa y misteriosa de Dios, que llama a todos, a todos los hombres al encuentro con su misericordia, y que con esta llamada forma el pueblo nuevo, su pueblo, definido precisamente como el pueblo congregado, la “congregatio fidelium”, la Iglesia. Quitar a la Iglesia su calificativo de católica significa alterar su rostro, querido y amado por el Señor, significa ofender la intención inefable de Dios, que quiso hacer de la Iglesia la expresión de su amor sin confines para con la humanidad.

Es preciso comprender la novedad psicológica y moral que este nombre lleva consigo, grabado en el corazón de los hombres, el nombre católico encuentra allí una natural capacidad de expansión, un profundo pero vago instinto de expansión universal: “Homo sum et nil humanum a me alienum puto” (soy hombre y no tengo por extraño a mí nada que sea humano). Pero sobre todo allí encuentra una terrible angustia, una angostura que no le deja entrar; el corazón del hombre es pequeño, egoísta, no tiene sitio más que para él y para pocas personas, las de su familia y las de su linaje; y cuando después de nobles esfuerzos, grandes y fatigosos, se ensancha un poco, consigue abarcar a su patria y a su clase social, pero siempre busca barreras y confines para circunscribirse y refugiarse. Aun para el corazón del hombre moderno supone un gran trabajo superar estos límites interiores, y a la invitación que el progreso civil le dirige de ampliar la capacidad del amor al mundo responde con incertidumbre y con la condición, siempre egoísta, de encontrar en ello un beneficio propio. La utilidad, el prestigio, cuando no la ambición de dominar y de convertir en esclavos a los demás, gobiernan el corazón del hombre. Pero si el nombre católico penetra en él, verdaderamente, se supera todo egoísmo, el clasismo es elevado a una plena solidaridad social, el nacionalismo es compaginado con el bien de la comunidad mundial, se condena el racismo y el totalitarismo es desenmascarado con toda su inhumanidad, el pequeño corazón se ensancha, o mejor, adquiere una desconocida capacidad de dilatación. Son palabras de San Agustín: “Dilatentur spatia caritatis”. Corazón católico quiere decir corazón con dimensiones universales. Corazón que ha vencido al egoísmo, angustia capital que excluye al hombre de la vocación del Amor supremo. Quiere decir corazón magnánimo, corazón ecuménico, capaz de acoger al mundo entero dentro de sí. No por esto será un corazón indiferente a la verdad de las cosas y a la sinceridad de las palabras; no confundirá la debilidad con la bondad, no llamará paz a la vileza y a la apatía. Sino que sabrá palpitar con la maravillosa síntesis de San Pablo: “Veritatem facientes in caritate” (Ef, 4,15).

Hijos carísimos, ¿comprendéis lo que quiere decir ser católicos?, ¿comprendéis a qué pedagogía, a qué esfuerzo de amor este nombre nos somete?, ¿comprendéis cómo nadie mejor que vosotros puede ir al encuentro de las aspiraciones universalistas del mundo moderno, y nadie mejor que vosotros puede ofrecerles el ejemplo y el secreto del sentimiento del amor al hombre por el hombre, porque es hijo de Dios?

Comprendéis también otro aspecto de la formación en el sentido católico, que también lo conocéis muy bien, pero que es hoy digno de ser aquí proclamado. La nota de la catolicidad está ya en acto en la estructura intrínseca de la Iglesia; es un derecho nativo suyo; la Iglesia nace católica, nace reina de la salvación de todos. Está siempre “in fieri”, siempre en el esfuerzo de su concreto e histórico despliegue. Pero en la realidad concreta la catolicidad de la Iglesia es enormemente deficiente. Pueblos innumerables, continentes enteros están todavía fuera de la evangelización cristiana. La catolicidad es insuficiente, se resiente. La mayor parte de la humanidad todavía no ha recibido el mensaje de Pentecostés. El mundo todavía no es católico. ¡Cuántos de vosotros, por no decir todos, experimentáis el agudo dolor que esta condición de nuestro mundo inflinge a un corazón verdaderamente católico! ¿Y no es verdad que uno de los más decisivos estímulos hacia la dirección de vuestra elección de ser apóstoles de Cristo y sacerdotes de su Iglesia ha surgido por este descubrimiento de la necesidad que tiene el mundo de que alguien lo evangelice en el nombre de Cristo? El dinamismo misionero nace de la catolicidad potencial y sin actuar de la Iglesia, nace de la investidura de Pentecostés, dada a la pequeña Iglesia, de ser universal. De la apostolicidad de la Iglesia brota su vocación a la catolicidad. El misionero recibe en sus espaldas el mandato del apóstol, que lo lanza hacia adelante por los senderos que deben hacer católico al mundo.

¿Contempláis ante vuestros pasos los caminos interminables que os conducirán a todas las partes del mundo para llevar el mensaje que la Roma católica os consigna? ¡Que maravilloso espectáculo, qué tremenda aventura, qué perenne Pentecostés!

Os tenemos que decir que la urgencia de responder a este deber de la catolicidad sopla con ímpetu en las velas de la Iglesia. Contemplad el apostolado del clero y de los seglares hoy. Contemplad las misiones. Contemplad el Concilio Ecuménico. Contemplad la solicitud que estimula a la Iglesia a entablar un leal y respetuoso diálogo con todas las almas, con todas las formas de la vida moderna, con todas las expresiones sociales y políticas, que lo quieren aceptar en un plano de absoluta sinceridad y de verdadera humanidad. Contemplad el esfuerzo que la Iglesia pone en acercarse a los hermanos todavía separados de nosotros. Contemplad el esfuerzo que hace la Iglesia por acercarse, aunque con sencillos contactos humanos, a los miembros de otras religiones.

Os daremos una noticia a este propósito, para que tenga voz y calor de Pentecostés; y es ésta: como hace tiempo anunciamos, instituiremos, y precisamente en estos días, aquí en Roma, el “Secretariado para los no Cristianos”, órgano que tendrá funciones muy distintas, pero análoga estructura al de los cristianos separados. Lo encomendaremos al señor cardenal arcipreste de esta basílica, que a su sabiduría y virtud, que lo hacen querido y venerado en la Iglesia romana, suma una rara competencia en etnografía religiosa.

Ningún peregrino, por lejos que esté, religiosa y geográficamente, el país de donde procede, se sentirá ya forastero en Roma, fiel también hoy al programa histórico que la fe católica le conserva de “patria communis”.

De donde fácilmente podremos deducir dos conclusiones de esta nuestra sagrada celebración; dos obvios descubrimientos, que traduciremos en propósitos dignos de memoria y fidelidad; son éstos: no puede haber verdadera catolicidad si no es en correlación con la unidad de la Iglesia, con la unicidad de la Iglesia; segundo, tampoco puede haber catolicidad operante y edificante que no nazca de la interioridad de una vida espiritual alimentada por el silencio, por la oración, por el amor, por la gracia. Pensad y veréis que es así..

Venga, pues, el Espíritu Santo a instruirnos sobre estas verdades, a infundirnos estas virtudes, a darnos el gozo de su vivificante presencia. A esto aspira la santa misa que ahora celebramos, y esto quiere concederos al final nuestra bendición apostólica.



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