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CARTA DE SU SANTIDAD PABLO VI

A CADA UNO DE LOS OBISPOS DE LA IGLESIA CATÓLICA
Y A LOS DEMÁS PADRES DEL CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II
PARA CONVOCAR A LOS PADRES CONCILIARES A LA
CELEBRACIÓN DE LA SEGUNDA SESIÓN DEL CONCILIO

 

 

Venerable y dilectísimo hermano:

Nuestro predecesor Juan XXIII, cuyo piadoso recuerdo permanece siempre vivo en Nos y en toda la familia cristiana, comprendiendo plenamente los signos y exigencias del tiempo actual, con intrépido ardor y ánimo confiado emprendió la obra grandiosa del Concilio Ecuménico Vaticano II. Se puede creer, con fundamento, que para ello fue inspirado por un particular impulso de la divina Providencia, que “suavemente dispone todas las cosas” (Sb 8,1) y con suma sabiduría mira por el bien de la Iglesia, según las necesidades.

Son conocidos el interés y la esperanza que ha despertado entre los hombres este Concilio Ecuménico, de tan vastas proporciones; que ha coronado de gloria inmortal el nombre del Pontífice Juan XXIII, autor de tan gran empresa. Pero por inescrutable designio de Dios fue sorprendido por la muerte, con inmenso dolor de los fieles, y también de los acatólicos, después de haber entregado todas sus energías a esta empresa y haber celebrado la primera fase del mismo Concilio. No hay duda, sin embargo, de que, humildemente sumiso a la voluntad divina, al abandonar el destierro terreno logró la gran abundancia de gracias celestiales para la Iglesia, habiendo ofrecido su vida a Dios por el feliz éxito del Concilio.

Nos, que por arcana disposición divina le hemos sucedido, aceptamos su herencia, en el nombre de Dios y confiando en el esfuerzo y colaboración de los padres conciliares. Deseando, por ello, continuar diligentemente lo que con tanto fervor se emprendió, te convocamos con esta carta, venerable hermano, para proseguir el Concilio Ecuménico Vaticano II, cuyo nuevo período dará comienzo, como ya sabes, el próximo día 29 de septiembre.

La meta de este Concilio, el más numeroso de todos los tiempos, la conoces: como dijo nuestro ilustre predecesor, es necesario que la Iglesia católica aparezca con su perenne vigor, como instrumento de salvación para todos, pues a ella le confió Nuestro Señor Jesucristo el depósito de la fe, para custodiarlo íntegramente y darlo a conocer, por medio de su eficaz actividad, a todos los hombres, de un modo conveniente y adecuado. Este poderoso vigor de la Iglesia, que ilumina, mueve y atrae a las almas, puede adquirir fuerza nueva en el Concilio que se celebra junto a la tumba de San Pedro. Y para que esto suceda habrá que promover las múltiples formas de apostolado, con los medios oportunos, y encauzarlas ordenadamente al único y supremo fin, y habrá que invitar también, con plena confianza, a los seglares a tomar parte en esta obra de salvación. A esto, asimismo, se encamina la solicitud de la Iglesia en favorecer la unidad entre los hombres, en primer lugar entre los que se profesan cristianos: solicitud tan eficazmente expresada por estas palabras del Salvador: “Y habrá un solo rebaño y un solo pastor” (Jn 10,16).

No olvidando las graves responsabilidades que tiene el Concilio, que cada uno de los padres se prepare para las próximas reuniones con intensa oración y ejercitándose en otras obras de piedad. Que también los fieles confiados a tus cuidados sean invitados a hacer otro tanto por medio de tus consejos; en primer lugar, los sacerdotes, los religiosos y religiosas, los enfermos y todos los afligidos, aceptando sus sufrimientos por esta obra; los niños y las niñas, blancas flores particularmente gratas a Dios.

El Espíritu Santo que vivifica el cuerpo de la Iglesia, invocado por ti y por el coro de tus fieles, asista con su presencia los trabajos del Concilio, y que por fin, como vivamente lo pedimos en nuestras oraciones, esté “Cristo en todos” (Col 3,11).

Con esta gran confianza te expresamos, venerable hermano, nuestro afecto; sea prenda y testimonio de él la bendición apostólica que de corazón concedemos a ti y a todos los que son objeto de tus preocupaciones pastorales.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 14 de septiembre de 1963, Fiesta de la Exaltación de la Cruz, primer año de nuestro pontificado.

PABLO PP. IV

 


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