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CARTA DEL  SANTO PADRE PABLO VI,
FIRMADA POR EL CARDENAL SECRETARIO DE ESTADO,
AL IV CONGRESO NACIONAL FRANCÉS DE ENSEÑANZA RELIGIOSA

 

Monseñor *:

La noticia del IV Congreso nacional de la enseñanza religiosa que se celebrará próximamente en París bajo la presidencia de vuestra excelencia y de su eminencia el cardenal Mauricio Feltin, ha cautivado la atención del Soberano Pontífice. Su Santidad ha acogido con particular interés el tema de vuestras reuniones: “La catequesis para el hombre de hoy”, y me ha encargado de transmitiros sus directrices y sus alientos.

Vuestro congreso parisino anterior insistió, con razón, en el hecho de que la catequesis es “una misión de la Iglesia”, un mandato dado por el magisterio, como ejecución de la orden de Cristo “Id y enseñad a todas las naciones” (Mt 28, 19). Ahora trata de hacer llegar la buena nueva del Evangelio al hombre de hoy. De esta forma, continúan con lógica vuestras reflexiones, os preguntáis los medios concretos para ejercer esta función de la Iglesia, para que esta buena nueva llegue a todos los corazones y penetre las inteligencias de nuestros contemporáneos, tan marcadas por las condiciones actuales de vida, y muchas veces tan ignorantes del mensaje de salvación. Os referís de esta forma a la preocupación que el mismo Sumo Pontífice expresaba en estos términos, en la apertura de la segunda Sesión Conciliar: “Miramos, decía, nuestro tiempo y sus manifestaciones distintas y contradictorias con una gran simpatía y un inmenso deseo de presentar a los hombres de hoy el mensaje de amor, de salvación y de esperanza, que Cristo ha traído al mundo” (AAS, vol. LV, pág. 858). Vuestro esfuerzo se incluye también en la gran empresa de renovación del Concilio Ecuménico, en la luz del “mensaje profético” (ibídem, pág. 844) con que el Papa Juan XXIII, de venerable memoria, había inaugurado en 1962, estas solemnes sesiones.

La palabra de Dios sigue dirigiéndose al hombre de hoy, tal como la Iglesia la propone en su integridad, revelándole su propio misterio y al mismo tiempo descubriéndole el misterio divino. Es preciso, pues, utilizar la lengua, los signos y los modos de pensamiento, de las mentalidades y las culturas, si se quiere ser entendidos por quienes están plenamente impregnados por ellos. Es preciso descubrir también la innegable riqueza de la vida del niño y del adolescente, del adulto y del anciano, del rural y del hombre de la ciudad, del obrero manual y del intelectual, para que en cada uno la palabra de Dios aparezca como una abertura a sus problemas, una respuesta a sus preguntas, una expansión de sus valores, al mismo tiempo que como la satisfacción de sus aspiraciones más profundas, en una palabra, como el sentido de su existencia y la significación de su vida.

Es decir que si la catequesis transmite la doctrina en primer lugar como una enseñanza de nociones, ha de cuidar de presentarla también como una llamada, que cada persona debe poder escuchar y comprender. Porque se persigue la economía de la redención invitando a participar a cada uno a través de los acontecimientos de su vida; y al catequista le corresponde deducir la importancia de esto, insertando allí el mensaje cristiano. La experiencia del amor, la mortificación del sufrimiento, el escándalo de la muerte se convierten de esta forma, a la luz de la palabra divina, en otros tantos llamamientos a descubrir, en la trama de cada vida, la presencia de Dios y sus designios de amor,

Pues la catequesis se dirige al hombre total, y la fe que se esfuerza por despertar en el alma, la fe en “Cristo, del que venimos, por quien vivimos y a quien vamos” (ibíd., pág. 849), y que nos revela la Iglesia, que lo testimonia, que lo proclama, que lo celebra y que lo vive, como tan oportunamente lo recuerda el nuevo Directorio Pastoral catequético de uso en las diócesis de Francia. A través del rostro de la Iglesia hay que descubrir la persona de Cristo a los hombres de hoy, a la vez tan preciados de sí mismos, y tan deseosos de justicia, de libertad y de paz, tan ansiosos de descubrir a los verdaderos hermanos, si saben que todos son hijos de un mismo Padre.

Estos son los graves problemas que se plantean hoy a los sacerdotes, a los religiosos y religiosas, y a los catequistas seglares. ¿Cómo hablar de Dios al hombre de hoy, a lo largo de las etapas sucesivas de su vida? ¿Qué revisión de lenguaje es preciso realizar para que este mensaje no quede reservado a los iniciados, sino que sea inteligible a todos? ¿Qué medios de expresión es preciso emplear para que esos inmensos grupos humanos que ignoran a Cristo —aún en países de rancias cristiandades, como lo revelan las recientes y angustiosas encuestas sobre la práctica religiosa— descubran su rostro? ¿Cómo hacer la mentalidad moderna permeable al Evangelio, hacer desear a su sensibilidad la realidad de la fe, y descubrirle el misterio a su inteligencia, cómo, en una palabra, hacer escuchar la palabra de Dios para que sea asimilada, para que convierta, para que descubra a Dios, y se encamine hacia El?

No hay duda que vuestro Congreso, preocupándose de buscar, para los mensajeros del Evangelio, las condiciones que les permitan transmitir el mensaje del que están impregnados a través de una formación doctrinal auténtica y del que sean testimonio por su vida de bautizados, aportarán un precioso concurso a los esfuerzos de la Iglesia, ansiosa, en esta hora conciliar, de revelar al mundo su verdadero rostro, y de llamar a todos los hombres a que lleguen, a través de ella, a Nuestro Señor Jesucristo, “que es nuestro principio, Cristo que es nuestro camino y nuestro guía, Cristo que es nuestra esperanza y nuestro fin” (ibíd.).

Con estos sentimientos, el Padre Santo pide para vuestros trabajos e investigaciones la abundancia de la luz divina, y concede a todos los congresistas, comenzando por el cardenal arzobispo de París, y vuestra excelencia, su paternal bendición apostólica.

Gustoso de trasmitiros estos preciosos alientos, os suplico suméis mis mejores votos por el éxito de ese Congreso nacional, y os testimonio mis mejores sentimientos en el Señor.

A. G. Card. Cicognani
Secretario de Estado

 

* Luis Fernand, arzobispo de Tours



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