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CARTA DE SU SANTIDAD PABLO VI
EN EL XXV ANIVERSARIO DE LA ACCIÓN CATÓLICA MEXICANA

 

Al venerable hermano Emilio Abascal Salmerón,
Presidente de la Comisión Episcopal para el Apostolado de los Seglares.

Hemos recibido el devoto homenaje de la Acción Católica Mexicana, cuyos dirigentes y miembros han querido expresarnos los sentimientos de fiel adhesión a la Cátedra de Pedro en que se inspira su labor apostólica y que da cauce a su fervor espiritual.

Bien sabemos con qué ejemplaridad el venerable Episcopado mexicano respondió al llamado de muestro predecesor, de feliz memoria, Pío XI, cuando, el 24 de diciembre de 1929, inició su trabajo concorde y disciplinado, estableciendo sobre bases orgánicas la Acción Católica Mexicana. Esta Asociación, al dictado de la Carta Apostólica Paterna sane sollicitudo, y más tarde bajo el impulso vital de la encíclica Firmissimam constantiam, con su programa y su acción realizó una benéfica presencia de la Iglesia en múltiples sectores de la sociedad, formó y organizó seglares cristianos que han vivido y siguen viviendo íntegramente el Evangelio y saben trabajar generosamente por el bien espiritual de la comunidad: los frutos de renovación y de transformación que en los diversos campos apostólicos han obtenido a lo largo de estos treinta y cinco años constituyen hoy su mejor alabanza.

Nos place, ante todo, recordar en modo particular el saludable influjo que la Acción Católica Mexicana ha ejercido en el sector vocacional, ya contribuyendo a suscitar en la familia una estima profunda de las vocaciones sacerdotales y religiosas, ya fomentando y ayudando en manera muy valiosa el sostenimiento de las mismas, ya, finalmente, dando no pocos de sus más selectos elementos para el servicio de la Iglesia; son numerosos los que, provenientes de sus filas, ocupan hoy con aplauso sedes episcopales u otros puestos de responsabilidad en el ministerio pastoral.

Es de alabar también el dinamismo con que ha trascendido la eficacia de su fermento interior, alcanzando a nutrir y vigorizar en la línea espiritual y apostólica a otras instituciones y movimientos que, con loable esfuerzo de coordinación, trabajan por el reino de Cristo. Su espíritu de iniciativa y su conciencia de la realidad se hacen bien patentes en la formación sistemática y continuada de cientos de periodistas, en la apertura de escuelas para la capacitación de campesinos, en las actividades para la promoción de la educación fundamental y del desarrollo integral del pueblo, en su presencia tan destacada en el campo editorial, en sus activas relaciones con entidades y movimientos de orden internacional,

Y no podemos tampoco silenciar los grandes méritos que esta Asociación tiene contraídos en el campo de la instrucción religiosa; los frutos ubérrimos ya conseguidos esperamos se multipliquen con la inteligente labor de la Comisión Central, en obsecuente armoniosa colaboración con la Comisión Episcopal de Catequesis.

Al celebrar próximamente sus Asambleas simultáneas todas sus Ramas, proponiéndose como tema de reflexión nuestra encíclica Ecclesiam suam, la Acción Católica Mexicana continúa la trayectoria de las reuniones de años precedentes, todas ellas iluminadas por el estudio de las directrices y enseñanzas pontificias.

Los católicos de México, país siempre amante de Cristo, devoto de María Santísima de Guadalupe, conscientes de que el ideal de que nace la Acción Católica es la voluntad decidida de introducir la vida cristiana en el mundo moderno, se proponen examinar la realidad de esta hora a la luz del Concilio y así tomar conciencia de su responsabilidad frente a los problemas del momento presente de la Iglesia, actualizando, cuando se vea la necesidad, estructuras y cuadros, revisando planes de formación para ponerlos más y más al día, fijando metas que den nueva capacidad de atraer a ella almas generosas, espíritus fuertes; dando siempre a su postura la nota que en el apostolado todo lo dignifica y fecunda: la fiel adhesión a la Jerarquía y, en ella, a esta Cátedra Apostólica. De esto especialmente, con particular consuelo lo podemos comprobar ahora, la historia de la Iglesia en México tiene registradas pruebas luminosas antiguas y recientes, ya en el fluir diario de los acontecimientos, ya en momentos que han impuesto el heroísmo y el sacrificio supremo.

En numerosas ocasiones, desde el comienzo de nuestro Pontificado, hemos manifestado nuestro singular afecto a la Acción Católica, alabando su actualidad y su buen servicio a la Iglesia, y no hemos desistido tampoco nunca de exhortar a todos sus socios a poner como base primera de la eficacia de su labor la propia formación espiritual, moral y social.

En efecto, los ejercicios y retiros, los diversos cursos y reuniones de formación espiritual y apostólica mantendrán viva la llama del cielo; proporcionará energías siempre frescas al contacto con las fuente, de la gracia, elemento esencial en toda obra de acercamiento a Dios; ayudarán a rectificar criterios, valorizar virtudes: la caridad, la prudencia, la humildad, la entrega. La fidelidad a los principios tradicionales, que ha sido el secreto de los apóstoles del pasado, con visión nueva de las necesidades del tiempo actual, no impedirá la aplicación a campos que la transformación de la sociedad irá abriendo. La defensa de la institución familiar, reserva de virtudes del pueblo mexicano, se verá favorecida con la asistencia de los movimientos especializados y de las Organizaciones fundamentales. Las campañas en favor de la moralidad pública y el constante trabajo por sanear el ambiente en las publicaciones, programas de diversión, empleo racional y provechoso del tiempo libre, etc., serán consideradas por la Acción Católica como uno de sus deberes primordiales. El conocimiento de la realidad de la vida del pueblo dará como primer fruto el estudio de la doctrina de la Iglesia en materia social y de su implantación en la práctica. La concordia de intentos en inteligente y generosa colaboración con las demás obras de apostolado, salvando las características específicas de cada una, el espíritu de unidad que debe reinar en el interior de cada Organización, no restará ímpetu creador al celo apostólico, sino que ayudará a dar a la acción sentido sobrenatural; a la labor de conjunto, ambiente de caridad.

Que las reuniones próximas marquen, pues, una nueva etapa de florecimiento en la Acción Católica Mexicana para el mayor progreso del reino de Cristo. Así lo deseamos y pedimos al cielo mientras, de todo corazón, te concedemos a ti, venerable hermano, junto con los demás miembros del Episcopado, a los beneméritos asistentes eclesiásticos y a cuantos colaboran en las distintas Ramas y Obras de la misma, la bendición apostólica, la que gustosamente extendemos a toda esa querida y noble nación.

El Vaticano, 10 de diciembre de 1964.

PAULUS PP. VI

 



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