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DISCURSO DE SU SANTIDAD PABLO VI
A LA COMISIÓN PONTIFICIA PARA AMÉRICA LATINA
E AL CONSEJO EPISCOPAL LATINOAMERICANO

Martes 9 de julio de 1963

 

Señor cardenal*:

Todavía en los comienzos de nuestro oficio de supremo pastor de la Iglesia universal, que quiere ser ante todo “amoris officium” (San Agustín, In Joan, 123, 5): “ejercicio de caridad fraterna y presurosa para con todas las ovejas redimidas por la sangre preciosísima de Cristo” (Radiomensaje del 22 de junio de 1963), nos es amable y grato realizar uno de los primeros actos exponiendo unas ideas a la conspicua y selecta porción representada por las poblaciones católicas de la América Latina.

Circunstancias de la audiencia

No podemos pasar en silencio una circunstancia que hace particularmente significativo este encuentro. Por amoroso designio de la Providencia se nos ha reservado el gozo de dar incremento a cuanto tenía en el ánimo nuestro inmediato predecesor, de inmortal memoria. Nos es grato aseguraros desde ahora que el humilde sucesor en la Cátedra de San Pedro ha hecho ya suyas las “afectuosas diligencias” y las “particularísimas preocupaciones”, tan dignamente demostradas por las necesidades de la Iglesia en el continente latinoamericano por el pastor bueno “qui recessit” (que ha fallecido). Con razón él, próximo a su fin, después de haber recibido el Santo Viático, dirigiéndose entonces también a aquel inmenso campo de actividades apostólicas, podía de nuevo repetir: “¡Oh, el gran trabajo de América Latina!”.

Motivo de la audiencia:
quinto aniversario de la Comisión Pontificia

Puede, señor cardenal, fácilmente imaginar con qué sentimientos hemos seguido su breve, pero muy elocuente, reseña de las actividades desarrolladas en el primer quinquenio de vida de la Comisión Pontificia para América Latina. En ellas descubrimos un fervor de obras, un movimiento de colaboración, que desde los últimos cinco años se está desarrollando con perseverancia, con tenacidad, con intensidad creciente y, sobre todo —nos place destacarlo— no sin sacrificio, para sostén de la iglesia en América Latina. Contribuyendo a preservar y conservar la fe, a extenderla y a hacerla viva y operante, se ha realizado un regalo inestimable a toda la catolicidad; y dado que “todo don y todo regalo perfecto procede de los alto, descendiendo del Padre de las luces” (St 1, 17), damos por ello ante todo gracias al Señor.

Pero también deseamos expresaros a vosotros, que habéis sido los artífices de tan hermoso bien, nuestra paternal complacencia y nuestra vivísima gratitud.

Saludo a los presentes:
A la Comisión Pontificia

Saludamos, por tanto, en primer lugar, a los miembros de la Comisión Pontificia para América Latina, tan dignamente presidida por usted, señor cardenal, que ha sido un instrumento de coordinación de las actividades de la Curia Romana y de los Episcopados de muchísimas naciones. Pretendemos valorar este eficaz organismo providencialmente querido por el Sumo Pontífice Pío XII.

Al Celam

Testimoniamos nuestra particular benevolencia al Consejo Episcopal Latinoamericano, cuyo devoto homenaje hemos recibido en las palabras de su presidente. El primero de los organismos de carácter continental, “órgano de contacto y colaboración entre las Conferencias Episcopales de la América Latina”, este Consejo ha realizado notables servicios continuando el estudio de los problemas de común interés, indicando soluciones, dando mayor impulso y eficacia a las iniciativas católicas en el continente, mediante su oportuna coordinación.

A los obispos y al clero de América Latina

De forma especial deseamos expresar nuestra estima a los venerables hermanos en el episcopado de los países de la América Latina, cuyo celo nos es bien conocido, lo mismo que su abnegación y espíritu de sacrificio, cuyas ansias y preocupaciones compartimos, por la suerte de la grey a ellos confiada. Y espontáneamente se asocian al episcopado los párrocos, los sacerdotes, los religiosos y las religiosas que, “incansablemente y silenciosamente —como decíamos—, con frecuencia privados de ayuda en su solicitud, dedican su vida a la extensión del Reino de Dios en la tierra” (Radiomensaje).

A las Comisiones Episcopales

Luego se extiende el horizonte al ver aquí representadas también a Comisiones Episcopales de naciones de Europa y de América, empeñadas todas en una noble pugna de fraternal y cordial ayuda a las diócesis latinoamericanas. Ellas, como vuestra eminencia se ha complacido recordar, son los primeros frutos recogidos por la generosa colaboración y por el efectivo interés que por todas partes ha encontrado la Comisión Pontificia en su intento de aliviar los ingentes problemas de la vida religiosa en Latinoamérica.

Recordamos al Canadá, que ha respondido con prontitud enviando numerosos sacerdotes y religiosos; a los Estados Unidos de América, los cuales, con la generosidad que les caracteriza, han ofrecido personal y ayudas económicas para el incremento de las obras católicas; a España, que, mediante millares de sus sacerdotes, religiosos y religiosas, continúa en el tiempo la obra comenzada desde el descubrimiento, llevando la fe a aquellas nuevas tierras; a Bélgica, que ha aumentado el envío de clero con el Colegio de Lovaina; a Francia y a Italia, que se proponen enviar un mayor número de sacerdotes, y a Alemania, que ha aportado ingentes medios para la financiación de importantísimas iniciativas. Conocemos también los esfuerzos de los episcopados de los demás países, y de ellos, Austria, Suiza, Holanda, que siempre se ha distinguido por su afán misionero, y a Irlanda, que tanta parte ha tenido en la difusión y en la conservación de la fe católica.

A las Comisiones de religiosos y religiosas.

No podemos dejar de dirigir particulares alabanzas a las familias religiosas, masculinas y femeninas, de las cuales vemos aquí reunidas a autorizadas representaciones en los miembros del Consejo de Superiores Mayores y de las Uniones de Superiores Generales y de los Superiores Mayores de Italia. Sabemos que Ordenes, Congregaciones y demás Institutos de perfección participan con ardor e intensidad en la obra que la Santa Sede y la Jerarquía latinoamericana se han propuesto.

A todos deseamos renovar nuestro conmovido y sincero agradecimiento por cuanto habéis realizado hasta ahora.

“Continuad en el trabajo”

Pero a vosotros, que tan bien conocéis la particular gravedad y la delicadeza de los problemas de la Iglesia en América Latina, contando con vuestra comprensión, queremos también deciros: continuad trabajando con el mismo espíritu, más, con aumentado ardor de propósitos, si es posible: que sean siempre extensos, que estimulen hacia nuevas metas, con miras grandes

verdaderamente universales.

… con espíritu de verdadera colaboración

La colaboración a la que os llamamos y a la que os llama la Iglesia, Madre de todos los redimidos, y para la cual ella, por así decirlo, os moviliza, es una empresa santa y meritoria, que se presenta a los horizontes de las almas en las cuales “urge la caridad de Cristo”. El verdadero espíritu de colaboración, “unanimes colaborantes fidei evangelii” (Flp 1, 27), sea profundamente sentido y vivido por cada uno para el desarrollo orgánico y bien ordenado de todas las actividades.

Es indispensable encontrarse a una, como en un punto de unión común, para estudiar, examinar, valorar posibilidades concretas de acción, para esclarecer situaciones y ponerse luego con todo empeño en la ejecución.

Función de la Comisión Pontificia

Este punto de encuentro y de coordinación lo encontraréis, naturalmente, en la Comisión Pontificia para América Latina, la cual, con la experiencia adquirida durante este quinquenio, puede señalar los puntos neurálgicos donde más urgente es la necesidad; ilustrar con serenidad y objetividad de juicio, que disipa el desánimo de que con frecuencia es víctima quien se encuentra por primera vez en ciertos ambientes, en las condiciones generales y particulares de los países; finalmente, seguir, orientar y alentar los experimentos que se pueden intentar en determinados sectores de la actividad pastoral.

Frutos de la colaboración

Esta unión viva y operante en torno a la Sede Apostólica, además de servir de ejemplo a todos los creyentes (1 Ts 1, 7), asegurará el éxito a todas las iniciativas. A esto tiende la colaboración: a evitar dispersión de fuerzas, utilizar del modo más provechoso las en demasía insuficientes energías disponibles, equilibrando la distribución de las fuerzas de modo que la acción llegue a todos los puntos, a las grandes aglomeraciones urbanas lo mismo que a las extensísimas y alejadas zonas rurales, con frecuencia las más abandonadas, pero las más necesitadas.

Urgente necesidad de clero

Por su relación, señor cardenal, hemos sabido las líneas directrices en las cuales se han articulado en estos años las actividades en favor de la Iglesia en América Latina: colaboración en personal, seminarios y formación del clero, instrucción religiosa y acción social. Nos es grato resaltar que ningún gran sector digno de atención ha sido descuidado y que se han puesto empeños del todo particulares en el envío de personal eclesiástico y religioso. Es superfluo recordarlo: éste es el problema más angustioso. Pensar en las principales metrópolis sudamericanas, en torno a las cuales se reúnen millones de seres humanos, que acuden del interior en busca de mejor fortuna, y no poder destinar a su asistencia espiritual más que un número demasiado reducido de sacerdotes —recordamos las más extensas ciudades del Brasil, Río de Janeiro y San Pablo, que visitamos personalmente hace tres años—, es algo que llena el corazón de amargura, de ansias y de vivísimas preocupaciones y que recuerda el dulce lamento del Señor: “La mies es mucha, mas los operarios son pocos” (Lc 10, 2).

… para realizar la misión de la Iglesia

La misión de la Iglesia es esencialmente religiosa, es comunicación de gracia y consiste en prolongar en el mundo la vida de Cristo, en hacer partícipe a la humanidad de sus misterios, la Encarnación y la Redención, Todo esto es obra del ministerio sacerdotal. De aquí la necesidad de intensificar la acción pastoral propiamente dicha, de escoger los medios más aptos para extender el radio de acción, de forma que se llegue a todos los estratos de la sociedad. Cuanto más profunda sea esta acción, tanto más intensos serán los beneficios reflejados, que no dejará de hacer sentir, también en los demás sectores de la actividad humana. Si la misión de la Iglesia no es directamente ni política, ni social, ni económica, nada de extraño será para el sacerdote que haya bien comprendido el valor y la extensión de su ministerio, que es el de empapar todo con el espíritu de Cristo.

... también por medio de la acción social

El “misereor super turbam” del Divino Salvador se convertirá en parte del programa de trabajo del sacerdote, que no permanecerá indiferente, insensible o inactivo ante los hermanos que sufren, sino que, como buen samaritano, sabrá acercarse a ellos y comprender sus problemas. Y de esta forma también la acción social bien entendida encuentra el puesto que le toca entre los deberes del sacerdote: será como una extensión del ministerio sacerdotal propiamente dicho.

Nos alegramos al saber que nuestros venerables hermanos y queridos hijos de América Latina tienen esta sensibilidad pastoral, que les hace trabajar también en los cuerpos para el bien de las almas, siempre con miras al bien supremo del hombre.

Algunos recuerdos

Una palabra, finalmente, para recordar los seminarios, de los cuales depende el futuro de las diócesis, a los cuales numerosas poblaciones y sacerdotes ancianos, físicamente cansados y curvados por el peso de largos años de servicio pastoral, miran con ansiosa esperanza; para recordar la instrucción religiosa, la catequesis, la predicación al pueblo, sobre todo a la juventud, que tendrá mayores responsabilidades en la vida de mañana; para recordar al generoso laicado católico, colaborador en las obras de bien.

Entrevemos la complejidad y las dificultades de esta empresa apostólica; sabemos lo desiguales que son nuestras fuerzas para llevarla a buen término; pero nos parece oír resonar en nuestro oído las palabras prodigiosas de Cristo, invitado en la barca de Simón Pedro, en el momento de la pesca milagrosa: “Entra mar adentro y lanzad las redes” (Lc 5, 4).

Con el ejemplo de nuestros venerados predecesores, confiando en vuestra fiel y múltiple colaboración, y seguros, sobre todo, de la ayuda del Señor, osamos aplicarnos a Nos y a la presente condición de la Iglesia católica en el gran continente latinoamericano las

labras divinas; y apretando con temerosa pero firme mano el timón de la barca, lancémonos al océano de la Historia de hoy y de mañana para la nueva victoria evangélica.

Bendición

Y ahora, para que el gozo de este encuentro sea pleno, sobre cada uno de vosotros, sobre vuestras dispuestas energías, y para confirmación de vuestros propósitos, descienda propiciadora sobre vosotros nuestra paternal bendición apostólica; llegue ella a los dignísimos obispos, a los sacerdotes, a los religiosos y a las religiosas que prestan su trabajo en el continente latinoamericano, a los fieles todos y en particular a aquellos que militan en las organizaciones católicas.


* Confalonieri, presidente de la Comisión

 



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