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DISCURSO DEL SANTO PADRE PABLO VI
A UN CONGRESO DE ESTUDIOS PARA LA FORMACIÓN PROFESIONAL
PROMOVIDO POR LAS ACLI


Domingo 6 de octubre de 1963

 

Estimados señores,
queridos amigos y queridos hijos todos:

He aquí una audiencia que nos llena el corazón de vivos sentimientos y grandes pensamientos: sentimientos de afecto, de complacencia, de esperanza, principalmente por las personas, los promotores, los participantes en el Congreso Nacional de estudios sobre “La formación profesional en Italia”, por los maestros y alumnos que frecuentan los cursos de formación profesional, promovidos por las ACLI. Las ACLI, esta grande y querida Asociación cristiana de trabajadores italianos, a la que nos sentimos ligados por muchos recuerdos, mucha benevolencia y muchas anhelos; son sentimientos que no pueden en estos breves momentos encontrar expresión adecuada, pero que nos obligan a saludar con paternal cordialidad a toda la inmensa familia de las ACLI, para asegurarles nuestro solícito recuerdo y alentarla en su propósito de enrolar en sus filas a nuestros queridísimos trabajadores, de abrirles el espíritu a la concepción moderna y cristiana de la sociedad y templar sus fuerzas morales y espirituales para una vida buena y fuerte, digna de hombres y de cristianos de nuestro tiempo.

Vivos sentimientos, decimos, a los que se suman grandes pensamientos; y estos versan, principalmente, sobre el tema del Congreso, que quiere tener en esta audiencia su feliz conclusión; el tema, ya enunciado, de la formación profesional. Tampoco podremos desarrollar aquí, como se merecen, los pensamientos que, tema de tanta amplitud e importancia, despierta en nuestro espíritu, no tanto por falta de especial competencia en la materia, como por las relaciones que entraña con toda la vida moderna y con la orientación actual de la educación de las nuevas generaciones. La formación profesional, y, a su servicio, la escuela moderna, está adquiriendo una función que determina y califica la vida actual; empeña la atención de cuantos estudian sus fenómenos más sobresalientes y se esfuerzan por su progresivo desarrollo; esto injertado en el plano de la pedagogía y sicología contemporánea; toca la vida personal, familiar y social; reclama la asistencia de los padres, maestros, empresarios y pastores de almas; merece, en suma, todo interés. Es magnífico, por tanto, vuestro propósito de proponerlo como tema para el Congreso nacional de estudio. No puede menos que complacernos semejante elección; y no podemos silenciar nuestro elogio por haberlo considerado, analizado y objetivado, con exposiciones y discusiones merecedoras de atención y de aplauso. Los trabajos amplios y serios de vuestro Congreso nos permiten entrar al vivo en vuestro tema; no nos resta más que recomendaros, a vosotros y a cuantos alcanza vuestro radio de acción, que perseveréis en el estudio del citado tema, que justamente ha sido definido “problema de permanente actualidad”, y que hagáis cuanto os sea posible para darle diligente y oportuna solución.

Nos limitaremos, por tanto, a algunas breves y sencillas, observaciones. La primera de ellas se refiere a la génesis de la formación profesional: nace en la vida, más aún que en la escuela; en la práctica más que en la teoría; de la iniciativa privada más que de la pública. No es que el Estado no tenga hoy, por lo menos, obligaciones y méritos preponderantes con relación a la formación profesional; pero es fácil y obligado observar que su iniciativa no es la única, y con frecuencia no la principal.

La misma fundación de vuestra entidad promotora de formación profesional demuestra, a una, la vigilante y fecunda actividad de las ACLI, interpretando y sirviendo las exigencias latentes e impulsoras de la vida de los trabajadores; y al mismo tiempo demuestra que la escuela, si quiere ser fenómeno vivo del pueblo, debe ser libre y pluralista, y cuando brota tan providencial y espontánea de la buena voluntad de los fieles ciudadanos, debe encontrar protección en la ordenación civil, ayuda, disciplina, complemento, más que abandono, o freno, o desalentadora desigualdad de trato. Hay, por tanto, que reconocer a las ACLI el gran mérito de tan extensa y prometedora red de escuelas profesionales, fundadas con audacia y amor admirables, regidas con seriedad y tenacidad, no menos recomendables y adaptadas a las exigencias reales y acuciantes. Nos mismos hemos visto de cerca, durante nuestro ministerio pastoral en Milán, experimentos de este género, y hemos advertido con admiración y complacencia la entrega generosa, por un lado, de los promotores y maestros, la correspondencia magnífica, por otro, de los jóvenes —y también de los no siempre jóvenes— alumnos de esas escuelas profesionales, donde el empeño de todos alcanza casi un nivel ascético, el rendimiento un éxito inesperado, la fusión de espíritus una admirable armonía de solidaridad y de fraternidad. Verdaderamente las ACLI, en este esfuerzo, dan prueba de fidelidad a su programa y de capacidad para llevarlo dignamente a la práctica.

Nuestro encomio en materia de formación profesional debe extenderse a otras muchas instituciones dependientes de la autoridad eclesiástica, de todos conocidas y por todos tenidas como dignas de confianza y de apoyo; baste recordar, por ejemplo, las de los Salesianos, para demostrar lo que puede la Iglesia y su genio educador en bien de la población trabajadora y de la juventud que crece en medio de la civilización, de la técnica y de la industria; y baste observar que donde la vida pastoral consigue desarrollarse según la línea de las exigencias de nuestro pueblo, inmediatamente brota el propósito, diríamos instintivo, y que con frecuencia sólo es una tentativa, de fundar una escuela que califique al trabajador en su oficio, y le proporcione el sentido de la dignidad de su tarea, en el amor, no en el rencor o en el odio, para con la sociedad que de esta forma lo educa y lo honra.

Y, finalmente, hemos de destacar cuán sabiamente habláis de “formación”, comprendiendo en esta palabra programática una complejidad de fines, y por ello de métodos, que honra vuestra conciencia humana y cristiana. No encamináis solamente vuestra actividad a “cualificar” al trabajador, es decir, a hacerlo apto para realizar su oficio, porque la máquina moderna, los instrumentos y la complejidad del trabajo moderno exigen, precisamente, que esté dotado de conocimientos especiales y de habilidades específicas; vosotros no os contentáis con preparar técnicos, formar máquinas humanas, capaces de utilizar instrumentos y alcanzar ciertos resultados productivos. Una escuela profesional, que no se preocupase más que de esto, despertaría la duda de si representa verdaderamente un progreso en el gran ciclo de la educación humana. El peligro de la orientación escolar moderna está precisamente en este tecnicismo, que si se limita a sí mismo queda privado de riqueza interior, el cual, en virtud de su desarrollo externo y de sus finalidades contingentes, puede agravar la alienación del alumno actual, del hombre y del ciudadano de mañana, y darle, en definitiva, una fórmula de vida deslucida y desdichada.

Si la escuela profesional, situada al lado y en favor del gran fenómeno del trabajo técnico e industrializado, reivindica justamente la importancia del factor humano en relación con otros factores activos y productivos, vosotros proporcionáis a la escuela misma esa plenitud que tiende no solamente a coordinar al alumno con el instrumento de su trabajo, y hacerlo su complemento inteligente, sí, e indispensable, pero casi mecánico en cierta medida vinculado y subordinado a su instrumento, sino que tiende a hacer también del alumno un hombre, un hombre completo, un hombre juicioso y responsable, un hombre formado no solo en las realidades mecánicas, económicas y sociales, sino también en aquellas otras, morales, espirituales y religiosas; un hombre, en una palabra, cristiano.

Este es el mérito de valor incomparable, al que dirigimos nuestras exhortaciones y esperanzas.

Continuad en vuestro trabajo, que es bueno, que es providencial, que es moderno, que es social y que es cristiano; os alienta y os sigue nuestra bendición apostólica.

 


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