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DISCURSO DEL PAPA PABLO VI
A LOS PARTICIPANTES EN SIMPOSIO INTERNACIONAL DE ENDOCRINOLOGÍA


Lunes 16 de diciembre de 1963

 

Al término de vuestro Symposium internacional sobre las hormonas esteroides habéis querido, señores, visitarnos y nos habéis expresado el deseo de que os dirigiéramos algunas palabras; lo que hacemos muy gustoso.

Nuestra intención no puede ser, ya lo comprendéis, emitir un juicio —cualquiera que sea— sobre las cuestiones de especialización que han constituido el objeto de vuestras jornadas de estudio. Pero el hecho mismo de vuestra presencia aquí nos sugiere algunas reflexiones que quisiéramos ofreceros.

Es el caso que un grupo importante de sabios, elegidos entre los especialistas europeos más cualificados de una rama especial de la endocrinología moderna, manifiestan su voluntad de realizar un gesto aparentemente muy ajeno a los trabajos que le son familiares: piden ver y escuchar al Papa, o lo que es lo mismo, a un hombre cuya competencia se ejerce en un muy diferente campo, el de lo divino, el de lo espiritual, el de la relación del alma con Dios.

Y no se trata de un caso aislado o excepcional. Basta recordar el número considerable de especialistas de las disciplinas científicas más diversas que se reunieron aquí mismo a lo largo de los años de pontificado de nuestro predecesor Pío XII para recibir de sus labios una palabra de orientación e incluso el esclarecimiento de un punto oscuro, la solución de un caso de conciencia planteado por el descubrimiento de alguna nueva técnica.

Lo que aquéllos sentían —y vosotros sentís también— es que la ciencia plantea y resuelve, en su orden, inmensos problemas, pero se detiene ante el umbral sagrado del alma y de la conciencia en sus relaciones con lo divino. El sabio se vuelve entonces con toda naturalidad y confianza hacia los representantes del poder espiritual para pedir la luz que le falta.

Diríamos incluso que no es sólo el sentido de lo que le falta lo que orienta hacia Dios a la verdadera ciencia. Es el movimiento natural de su atracción hacia lo investigable. Porque hay en todo ello una armonía profunda entre la inteligencia humana y Aquel que la ha hecho.

La inteligencia es hija de Dios. Y el verdadero hombre de ciencia es conducido fácilmente hacia aquello que constituye el fondo de la religión: la adoración de Dios, creador y soberano maestro de todas las cosas. Cuanto más profundiza el sabio en el estudio del universo creado, mejor conoce en detalle su asombrosa complejidad y más aumenta su admiración, su culto —podría decirse— por la obra de Dios. Y si es verdad esto para todos, cuánto más para vosotros, señores, que os inclináis sobre los misterios más íntimos del cuerpo humano y de su maravilloso equilibrio.

Un aspecto más de vuestra actividad nos hace sentirnos muy próximos a vosotros. Vuestras investigaciones, tan especializadas, tan minuciosas, ¿no miran, en definitiva, a constituirse en fuente de bien para la Humanidad? ¿Y no es precisamente para trabajar mejor por el bien del hombre por lo que os reunís entre sabios de tantas diferentes naciones? La confrontación y el intercambio de los resultados obtenidos os permite asegurar una marcha más segura y más rápida hacia nuevas conquistas de las que vuestros hermanos los hombres serán dichosos beneficiarios.

Pero la Iglesia, ¿qué busca? ¿Qué desea sino el verdadero bien de los hombres? ¿Y qué le ha enseñado su Fundador sino el amor efectivo al prójimo, consecuencia a la vez del auténtico amor de Dios?

De ahí que os acojamos de todo corazón, estimados señores, y que nos gocemos con vosotros del creciente progreso de vuestros sabios estudios y de los servicios que están llamados a prestar a la Humanidad,

A la vez que acompañamos con nuestros votos el éxito de los trabajos de vuestro Symposium romano, os otorgamos a todos, sin olvidar a vuestras familias y a vuestros seres queridos, la paternal bendición apostólica que habéis venido a pedirnos.

 


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