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ALOCUCIÓN DEL SANTO PADRE PABLO VI
A LOS NUEVOS SACERDOTES DEL COLEGIO NORTEAMERICANO

Viernes 20 de diciembre de 1963

 

Queridos neosacerdotes, padres y parientes:

Nuestro corazón rebosa de júbilo al contemplar a los recién consagrados sacerdotes de Dios y a sus orgullosos padres y parientes. Amorosamente y con satisfacción damos la bienvenida a los nuevos administradores de los misterios de Dios, para asistirnos a Nos y a nuestros venerables hermanos en nuestro gran ministerio.

El gran Apóstol San Pablo les llamó los ministros del Evangelio, servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Nos queremos que sean fieles. Y éste es nuestro deseo para vosotros, en especial porque habéis sido ordenados aquí en Roma.

Como estudiantes del Colegio norteamericano habéis sido testigos privilegiados del Concilio Vaticano II, donde obispos de todos los rincones de la tierra han dado testimonio de su lealtad a Pedro, la piedra sobre la que Cristo edificó su Iglesia. Estos celosos pastores con quienes colaboraréis han manifestado gran fuerza y fidelidad a la Iglesia; vosotros también debéis ser fuertes y fieles en vuestra voluntad de predicar el Evangelio de Cristo, y si no lo sois, no podréis ser capaces de enseñar esta lealtad a los que serán encomendados a vuestro cuidado pastoral.

Nos sentimos felices con vosotros y rezaremos para que siempre permanezcáis fuertes y leales al Eterno Sumo Sacerdote, cuya misión vais a continuar.

Y ahora quisiéramos dirigir algunas palabras a vosotros, magníficos padres, que hoy habéis visto hecho realidad un sueño.

Sabemos los sacrificios que habéis hecho por vuestros hijos, pero éstos han sido recompensados abundantemente con los consuelos de estos días. Os estamos agradecidos por vuestro buen ejemplo, fortaleza y constantes oraciones que han ayudado a vuestros hijos a subir al altar. Comprendemos el precioso tesoro que tenéis en vuestros hijos intercediendo por vosotros y por todos en el santo altar de Dios. Os felicitamos y os agradecemos vuestro generoso regalo a la Iglesia.

Sed siempre buenos y ejemplares sacerdotes, queridos hijos, y vosotros, amados padres, compartid siempre el efectivo y desinteresado trabajo de vuestros hijos. Y ahora os impartimos a todos vosotros, y a vuestros seres queridos que han permanecido en vuestros hogares, de todo corazón, nuestra paternal bendición apostólica.

 



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