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ALOCUCIÓN DE SU SANTIDAD PABLO VI
A LA ASAMBLEA DE LA FEDERACIÓN DE INSTITUTOS ESCOLÁSTICOS
DEPENDIENTES DE LA AUTORIDAD ECLESIÁSTICA


Lunes 30 de diciembre de 1963

 

Su palabra, señor cardenal, siempre profunda y experta, y que siempre escuchamos con particular atención, con afectuosa veneración, y vuestra presencia, queridos hijos e hijas, nos procuran una viva satisfacción. Ante todo queremos manifestaros nuestro sentido agradecimiento por haber querido sellar con este grato encuentro, en la casa del Padre Común, la XVII Asamblea General de la Federación de Institutos dependientes de la Autoridad Eclesiástica, en la que habéis participado en los días pasados.

Confirmáis así vuestro filial obsequio al magisterio de la Iglesia, del que reciben singular sostén y gran prestigio vuestras escuelas; expresáis con emotiva evidencia vuestro propósito de perseverar en vuestra nobilísima misión educadora, que tanto contribuye a la apostólica; demostráis vuestra confianza en la asistencia divina a cuantos trabajan con rectitud animosa en la causa de la educación católica, y esperáis de nuestras palabras y de nuestra bendición el consuelo en el esfuerzo, que de sobra sabemos es arduo y delicado, así como necesario y meritorio. Nos sentimos, pues, agradecidos a todos por vuestra presencia.

Vuestras laboriosas jornadas romanas llegan ya a término; estamos seguros que han suscitado en vuestro espíritu un renovado estímulo para el cumplimiento de la misión educativa que se os ha confiado; han encendido una nueva luz y han dado nuevas orientaciones a la actividad, en que gastáis vuestros talentos de inteligencia, de tacto y de método, y, sobre todo, os han infundido un nuevo entusiasmo.

Nuestras palabras de estímulo quieren sumarse a esas fecundas adquisiciones, llevándoos todo el aplauso, alabanza y aliento que merecéis. Nos inspiramos en la silenciosa y eficaz lección que en estos días de santa alegría del tiempo de Navidad se deriva de la Cuna de Belén, que habla con penetrante suavidad a nuestro corazón. Ese Niño que abre las manos para abrazar a toda la Humanidad, a la cual ha venido a salvar, es la Sabiduría del Padre, el Verbo eterno de Dios, “el único poderoso, el Rey de reyes y Señor de los que dominan, que habita en una luz inaccesible” (1 Tm 6, 15-16). El sagrado respeto debido a la infancia, a la niñez, a la adolescencia, que se forma en la vida, está originado precisamente aquí, en el pesebre, donde son ensalzados los valores humanos auténticos y donde son despreciados todos los demás valores fútiles y corrientes; aquí, donde el Hijo de Dios se hizo pequeño y débil para enseñar a amar a los pequeños, a respetarlos, a guiarles cuidadosamente por los senderos del mundo, viendo en ellos la dignidad de su alma inmortal y el reflejo del rostro de Dios.

¡Qué lección también para vosotros, que hacéis de esta vocación la razón de vuestra existencia! Y, decimos, especialmente y en primer lugar para vosotros, que, en efectiva dependencia de la autoridad eclesiástica, sois sus primeros colaboradores en la grande e insustituible tarea de la educación —completa en el aspecto intelectual, moral y religioso— de la juventud. La escuela católica encuentra en la verdadera y sublime concepción de la vida que se da en el Evangelio, su ideal y su fuerza de inspiración, y por ello no descuida ninguno de los elementos que componen la personalidad integral del cristiano. Por esta razón su incomparable humanismo merece carta de ciudadanía en la sociedad, y es sostenida y valorada por su unión, por sus métodos, por su cuerpo docente y también por el aumento de la población escolar. A este respecto no ignoramos vuestros problemas y dificultades, ni desconocemos lo que exigís a la autoridad del Estado sobre la tutela de la escuela libre en condiciones de honrosa dignidad. Estamos a vuestro lado, con el apoyo de la oración y el interés concreto, en cuanto está de nuestra parte; pero el espíritu alentador de vuestra laudable acción en defensa y valoración de las escuelas católicas sea siempre un impulso decisivo que os guíe y sostenga, el amor a Cristo Hijo de Dios, a quien queréis servir, como prolongación de su humanidad frágil e indefensa, en cada uno de vuestros pequeños, teniendo presente en la mente y en el corazón el recuerdo de sus eternas palabras: “Quien acoge a uno de estos pequeños en mi nombre, a Mí me recibe, y el que me recibe, no me recibe a Mí, sino a Aquel que me ha enviado” (Mc 9, 36).

Renovándoos de todo corazón la expresión de nuestra benevolencia y augurándoos toda clase de consuelos en vuestra labor que comienza con el año nuevo, nos gozamos en revalorizar nuestros votos con una particular bendición apostólica, que extendemos a todos cuantos apreciáis en el marco de la familia y de la escuela.



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