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DISCURSO DEL PAPA PABLO VI
A LOS PARTICIPANTES EN LA V SESIÓN ORDINARIA DE LA
CONFERENCIA EUROPEA DE LAS ADMINISTRACIONES
DE CORREOS Y TELECOMUNICACIONES
*

Jueves 20 de abril de 1967

 

Señor Presidente, Señor Ministro, y todos vosotros, Señores, que participáis en la V Sesión ordinaria de la Conferencia Europea de las Administraciones de Correos y Telecomunicaciones, ¡bienvenidos a Nuestra casa!

Nos, nos sentimos particularmente felices de recibiros. Ante todo, por estar, respecto a vosotros, en una situación que ocurre muy raramente si la consideramos en relación con Nuestras otras visitas: Nos también pertenecemos, en cierto modo, a vuestra Organización. Vuestros distinguidos intérpretes, en efecto, acaban de recordarNos que la Ciudad del Vaticano es uno de los veinticuatro Estados miembros de vuestra Conferencia. Esto en sí, significa desde ya toda la estima de que ésta goza de parte Nuestra.

Esta estima se fundamenta en varios motivos, de los cuales el primero consiste en una admiración sincera por los brillantes resultados alcanzados, en el curso de estos últimos años, por vuestras Administraciones.

Estimuladas por la aceleración del ritmo de la vida moderna, han realizado, con un espíritu de invención siempre despierto y con un notable sentido de la colaboración, en este dominio técnico, prodigios que benefician, sin ninguna duda, a millones de Europeos. Se puede decir que constituyen, en si mismas, una de las maravillas de la civilización.

Y el público se ha habituado tanto al perfecto funcionamiento de esta gran maquinaria, se ha hecho tan exigente a este respecto, que basta la menor perturbación en sus servicios para provocar el descontento general.

Pero, más aún que las realizaciones prácticas, por maravillosas que sean, lo que merece la estima y la alabanza es el espíritu que os anima: un espíritu de abertura inteligente y generosa a las necesidades de la vida moderna; un espíritu de servicio, para responder a las mayores exigencias de nuestros contemporáneos; una preocupación de trabajar en la edificación progresiva de un mundo más unido y más fraternal.

Vuestros intérpretes han expresado todo esto hace un momento en términos muy elevados, que Nos han conmovido muy particularmente, porque sobre este terreno de los principios superiores del orden moral y espiritual vuestra inspiración coincide con la de la Iglesia. No se trata, por lo tanto, solamente, incluso al precio de maravillosos esfuerzos técnicos, de asegurar un servicio material de transmisión: se trata de acercar a los hombres, de hacer desaparecer las barreras entre los pueblos, de apresurar el advenimiento de una sociedad finalmente pacificada y feliz.

Ahora bien, ésta es una de las preocupaciones permanentes de la Iglesia. Uno podría haber contado con que sus Obispos, reunidos recientemente en Concilio, hubiesen dirigido su atención en primer lugar sobre las graves cuestiones de orden dogmático o disciplinario que ocupan el primer puesto en las preocupaciones de los pastores. En cambio, una de sus primeras preocupaciones ha consistido en tomar conciencia de la potencio, de los nuevos medios de comunicación entre los hombres y de definir, mediante el decreto Inter mirifica, promulgado por Nos el 4 de diciembre de 1963, el pensamiento de la Iglesia sobre los «medios de comunicación social». Es realmente importante el lugar que tienen, en el pensamiento de la Iglesia, las instituciones y las personas que tienen alguna competencia o desarrollan alguna actividad en este dominio.

Ciertamente, vuestro dominio es Europa, y no abarca todo el mundo. Es también cierto que las administraciones postales, dieron un espléndido ejemplo de colaboración internacional propiamente dicho, al fundar, hará pronto un siglo, la Unión Postal Universal. Pero estos principios generales de colaboración se aplican igualmente y en primer lugar sobre una escala más reducida. Nos lo decíamos el otro día, al recibir, aquí mismo a un grupo de publicistas reunidos con el fin de procurar la asociación de los diarios europeos: en el camino arduo de la unidad del mundo hay diversas etapas y una de estas etapas, una de las más importantes, la constituye la unificación de Europa. En la medida en que vosotros contribuís a la realización de esta gran obra, Nos os aseguramos Nuestro más vivo aliento.

En efecto, Nos estimamos que Europa será «vivida», si cabe expresarse así, antes de ser definida. La práctica precederá a los textos. Y de esta práctica, vosotros sois artesanos particularmente calificados. Vosotros no os contentáis con disertar sobre las barreras que deben ser derribadas: las hacéis caer. No os dejáis detener por los obstáculos: los superáis. La consideración de vuestros acuerdos, de vuestras tarifas unificadas y hasta la iniciativa de crear sellos europeos de un mismo tipo para diferentes países: todo esto es Europa en marcha, en los hechos, en las mentalidades y en la opinión pública. ¿Quién no se alegrará de esto?

Y ya que se Nos brinda la ocasión de hablar de los sellos postales, que aparte de su función propia de ser instrumentos de comunicación, constituyen por añadidura la alegría de tantos coleccionistas en el mundo entero, séaNos permitido deciros Nuestra satisfacción al constatar el lugar que se le ha dado en estos últimos tiempos al sello con motivos religiosos, en un buen número de los países que vosotros representáis. Nos somos sensible, y con Nos muchos otros, a este homenaje rendido a los valores superiores que encarna el hecho religioso.

Las elegantes viñetas que reproducen – a menudo con mucho arte y perfección – vidrieras, grandes obras de arte de la pintura, de la escultura y de la arquitectura religiosas, circulan ahora, gracias a vosotros a través de Europa, recordando al hombre distraído de hoy, absorbido por sus tareas inmediatas, el inmenso patrimonio de cultura y de civilización que el cristianismo ha constituido en el curso de los años en todos los países de nuestro continente. Y esto también es una manera de trabajar para el bien de Europa.

Al despedirnos de vosotros, Señores, no nos queda más que reiteraros Nuestro agradecimiento por vuestra visita y los votos que Nos hacemos por la prosperidad creciente de vuestra Conferencia. Nos invocamos sobre ella, sobre sus animadores, sobre vuestras personas, vuestras familias y vuestras patrias, una abundante efusión de las bendiciones divinas de las que quiere ser prenda la que de todo corazón Nos os concedemos.


*ORe (Buenos Aires), año XVII, n°751, p.2.

 



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