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DISCURSO DEL PAPA PABLO VI
AL SR. JEAN-BAPTISTE-FRITZ,
 NUEVO EMBAJADOR DE HAITÍ ANTE LA SANTA SEDE*

Lunes 6 de febrero de 1967

 

Señor Embajador:

Después – y, de algún modo como conclusión – de los acontecimientos religiosos que han jalonado para vuestro país el año 1966,  que Vuestra Excelencia acaba de recordar en términos tan elevados, es un placer para Nos recibiros hoy como Embajador Haití ante la Santa Sede. Hemos conocido anteriormente aquí mismo, antes de Nuestra elevación al cargo supremo, a muchos de vuestros predecesores. Y después, hemos seguido con la preocupación más afectuosa las vicisitudes que han marcado la historia reciente de las relaciones entre la Santa Sede y vuestra patria. Mientras que una página de esta historia acaba de cerrarse con el año pasado, los acontecimientos que la han marcado, y que nuestro encuentro de hoy consagra, abren otra. Y ésta se nos aparece como rica en perspectivas alentadoras para la querida nación cuyo representante oficial ante Nos sois desde ahora.

No volveremos sobre el pasado. Preferimos dirigirnos hacia el porvenir, para aseguraros que la solicitud de la Iglesia para con el pueblo haitiano continuará ejerciéndose y manifestándose en toda ocasión. La confianza que él deposita en la que habéis denominado con una expresión feliz «su Madre y su Consoladora soberana», no será decepcionada. Y si puede darse en las relaciones humanas que una nación se sienta, según habéis, dicho, «aislada e incomprendida», esto no es nunca verdadero con relación a la Iglesia, que está cerca de todos sus hijos y llena de comprensión y de ternura para cada uno de ellos.

Ella lo ha demostrado en lo que concierne a vuestra patria elevando recientemente al cargo sublime del Episcopado, en circunstancias excepcionalmente sugestivas, a cinco de sus hijos. Ella lo probará también en el porvenir, trabajando lo mejor posible para la elevación y el progreso espiritual – y, en la medida en que ella lo pueda, material – de un país que le es especialmente querido. Ella es feliz de poner a disposición de todos sus hijos los tesoros de doctrina, las riquezas de sus sacramentos y de sus múltiples actividades apostólicas.

Como recompensa, cuenta con la adhesión siempre fiel de los haitianos a sus tradiciones católicas, con la pureza de la fe, de los mismos, con su amor a la Iglesia, con su preocupación por mantener relaciones siempre filiales y confiadas con la Sede Apostólica.

Corresponderá a vos, Señor Embajador, mantener y desarrollar estas relaciones. Estad seguro de que os podréis beneficiar siempre en esta tarea con Nuestro apoyo más benévolo y con la mayor comprensión por parte de Nuestros colaboradores.

Al encargaros agradecer al Señor Presidente de la República los sentimientos que él os ha confiado para expresar ante Nos, y al descaros una misión feliz y fecunda ante la Santa Sede, invocamos sobre el pueblo haitiano entero y sobre vos mismo la divina asistencia y os acordamos de corazón Nuestra Bendición Apostólica.


*ORe (Buenos Aires), año XVII, n°741, p.9.

 



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