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  DISCURSO DE SU SANTIDAD PABLO VI
AL CUERPO DIPLOMÁTICO
ACREDITADO ANTE LA SANTA SEDE*

Sábado 7 de enero 1967

 

Señor Decano,
Excelencias,
Señores
:

El homenaje colectivo del Cuerpo Diplomático, en el umbral de un nuevo año, reviste un carácter de conmovedora solemnidad, al que siempre Nos somos sinceramente sensibles.

Si en la reciente fiesta de Navidad, especiales circunstancias Nos privaron de la alegría de asociaros a la celebración de Nuestra Misa de medianoche, Nos queremos que por lo menos Nuestra primera palabra de hoy os exprese Nuestra gratitud por la gentileza con que habéis tenido a bien renunciar a aquello que vuestro Decano definió, precisamente, como vuestro «privilegio tradicional», en favor de una ciudad perseguida por la desgracia.

Así, en lugar del silencio y de la obscuridad de la noche de Navidad, la gran luz de la Epifanía marca esta vez el encuentro del Papa con los Representantes de las Naciones. ¿Cómo no destacar toda la sugestión que se desprende de esta coincidencia? Los Reyes Magos, que acudieron para venerar al niño del pesebre, ¿no anticipaban, en efecto, el conjunto de los pueblos llamados a la Fe? «Hemos visto su estrella en oriente, dicen estos misteriosos personajes, y vinimos a adorarle» (Mat. 2, 2).

La luz que se alzó sobre el mundo el día del nacimiento del Niño Dios, no resplandece solamente para éste o aquel pueblo privilegiado: como la luz del sol, debe iluminar y transformar a toda la tierra de los hombres. El Evangelio, la «buena nueva» de la salvación es, por su naturaleza misma, un bien universal, destinado a todos, sin excepción.

La Iglesia, que recogió la herencia del Cristo y la misión de difundir su luz en el mundo, tiene conciencia a la vez de la necesidad y de las dificultades de esta empresa. Debe conservar sin alteración, a lo largo de los siglos, el inmutable mensaje del que es depositaria, y al mismo tiempo debe transmitirlo a las generaciones que se suceden, en un mundo que cambia y se transforma constantemente. ¿Y qué decir cuando estos cambios son tan radicales y tan rápidos como los que se están verificando ante nuestros ojos? ¿Cuál será la actitud de la Iglesia frente a este mundo en transformación? Pueden imaginarse muchas hipótesis, que algunos no dejan de presentar al magisterio de la Iglesia como las únicas reglas aceptables de su acción en el mundo de hoy.

Algunos piensan que, frente al mundo moderno, la fidelidad al depósito que recibió impone a la Iglesia una actitud de reserva, o incluso de rechazo. En efecto, ¿la iglesia no tiende acaso totalmente hacia otro mundo, completamente distinto de éste: el mundo del más allá, el Cielo, donde Cristo reina en la gloria, con sus Santos y sus ángeles, el mundo de las almas y de las realidades espirituales? ¿Qué importancia pueden tener para ella los progresos técnicos que constituyen el orgullo del hombre de hoy, los esfuerzos de éste para explorar el cosmos, para utilizar las fuerzas que se esconden en el secreto del átomo, o para modificar las estructuras de la sociedad? Todo esto es lo «temporal», abandonado a las investigaciones y a las disputas de los hijos de los hombres. Si no llega a condenarlo y a maldecirlo, que la Iglesia –por lo menos – se desinterese de ello, que no se comprometa, como se dice hoy; que permanezca en su dominio: lo espiritual, lo «puramente espiritual».

Otros, por el contrario, quisieran que la Iglesia no solamente mirase con buenos ojos al mundo moderno, sino que se empeñase a fondo en el terreno temporal – social, político y económico – y que no vacilase en apoyar, si fuera necesario, a quienes quisieran hacer que la justicia reine en la sociedad, reformándola por medio de la violencia. Consideran que los cristianos de este siglo debieran «actuar como revolucionarios en beneficio del hombre».

La Iglesia no puede hacer suya a ninguna de estas dos actitudes extremas. Ella no puede desinteresarse de lo temporal: pues lo temporal es la actividad de los hombres, y todo lo tocante a la actividad de los hombres concierne a la Iglesia. Una Iglesia desencarnada, separada del mundo, retirada al desierto, ya no sería la Iglesia de Jesucristo, «la Iglesia del Verbo encarnado». Ella, al contrario, se interesa muy de cerca por todo esfuerzo generoso que tienda a hacer avanzar la humanidad, no solamente en su marcha hacia el cielo, sino también en su búsqueda del bienestar, de la justicia, de la paz y de la felicidad en la tierra.

La Iglesia, por otra parte, no puede aprobar a quienes pretenden alcanzar este objetivo tan noble y tan legítimo a través de la subversión violenta del derecho y del orden social. Es cierto que tiene conciencia de que aporta, por medio de su doctrina, una «revolución», si con esto se entiende un cambio de las mentalidades, una profunda modificación de la escala de valores. Tampoco ignora la potente atracción que la idea de «revolución» – entendida en el sentido de un cambio brusco y violento – siempre ejerce sobre ciertos espíritus ávidos de absoluto: solución rápida, enérgica y eficaz – piensan – del problema social; en ella verían, de buena gana, «el único camino que conduce hacia la justicia».

En realidad, la acción revolucionaria engendra habitualmente un verdadero cortejo de injusticias y de sufrimientos, pues la violencia, una vez desencadenada, se controla difícilmente, y se ensaña contra las personas al mismo tiempo que contra las estructuras. Para la Iglesia, pues, no es la solución indicada para remediar los males de la sociedad.

Así, pues, ni indiferencia por la vida concreta de los hombres de hoy, ni compromiso en el camino de la acción revolucionaria. La actitud de la Iglesia frente al mundo moderno, equidistante de estos dos extremos, es la que el Concilio Vaticano II definió ante nosotros, durante los años de reflexión que acabamos de vivir, una actitud que puede resumirse en dos palabras: amor y servicio.

La Iglesia, en virtud del amor, se hace servidora de los hombres. Los ve empeñados en arduas y exaltantes tareas para dominar la materia, para valorizar las riquezas de la creación, para hacer progresar la técnica, para favorecer la promoción de la persona humana el advenimiento de una sociedad más justa y fraternal. Se complace de esto y «reconoce y estima en gran medida – dice textualmente la Constitución pastoral Gaudium et Spes – el dinamismo del tiempo presente» (N° 41). Pero sabe también que es depositaria de principios superiores, capaces de iluminar notablemente la marcha de la humanidad. Tiene conciencia de que posee reglas de conducta y fuentes de energía espiritual que, si se utilizan, pueden garantizar la seguridad, la estabilidad y la paz de la vida de los hombres en sociedad: la Iglesia ofrece a los hombres estos tesoros.

Al actuar así, la Iglesia no persigue ningún interés propio, ninguna finalidad de dominio: sirve a la sociedad, en cuyo seno sus principios actúan como un fermento.

El efecto de este fermento, si se deja que su acción se ejerza libremente, consiste en la penetración progresiva de un espíritu de justicia y de caridad, en el seno de la sociedad. A partir de ese momento, la familia recibe un aumento de estabilidad, la participación de todos los ciudadanos en los cargos y en las responsabilidades de la vida común se vuelve más consciente y orgánica, y el progreso de la moralidad y de la conciencia profesional se acentúa en todos los terrenos.

Así, las estructuras de la sociedad – que un cambio brusco y radical hubiera sacudido brutal y peligrosamente – se van organizando de manera progresiva en la justicia en la libertad.

Además, esta misma influencia del Evangelio hace surgir actividades bienhechoras, en provecho de todos: obras de educación, de asistencia y de cari dad, al servicio de todos y, especialmente, de los más débiles e indefensos: niños y ancianos, pobres y enfermos, emigrantes, desamparados: a todos, los mejores hijos de la Iglesia aportan el secreto de la caridad que los impulsa. No ya la revolución violenta, que arrolla y destruye, sino la verdadera fisonomía del amor, que compadece, alivia, consuela y construye.

Estos principios y esta acción de la Iglesia tienen un efecto benéfico y con esto quisiéramos terminar estas palabras – sobre el grande y dramático problema de la paz en el mundo. En efecto, favorecen una mentalidad de paz, hacen que los espíritus se inclinen a descartar las soluciones violentas y a buscar la negociación y el acuerdo. Y, con esto, la Iglesia considera que aporta una ayuda no desdeñable a la sociedad humana de nuestro tiempo.

Nos no cesamos de trabajar personalmente – como lo sabéis mejor que otros –, según Nuestras posibilidades, por el advenimiento de una paz justa y duradera. Que se Nos permite aprovechar esta ocasión para agradeceros la premura con que acogéis Nuestras iniciativas y el eco que despiertan en vuestros gobernantes.

Quiera Dios, Excelencias y queridos Señores, que los jefes responsables y todos los hombres de buena voluntad se hagan eco, a su vez, de las mismas. Y así, el año que comienza verá progresar esta «marcha hacia la paz», que vuestro Decano acaba de evocar. Este es el voto que Nos formulamos de todo corazón, en este comienzo de un nuevo año, para todos los pueblos del mundo, al par que Nos invocamos sobre vuestras personas, vuestras familias y los países que representáis tan dignamente ante Nos, las abundantes Bendiciones de Dios Todopoderoso.


*ORe (Buenos Aires), año XVII, n°740, p.6.

 



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