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RADIOMENSAJE DEL SANTO PADRE PABLO VI 
AL IV CONGRESO EUCARÍSTICO NACIONAL DE ECUADOR

Domingo 28 de mayo de 1967

 

¡Bendito y alabado sea el Santísimo Sacramento del altar!

A ti ciudad de Cuenca, la antigua «Santa Ana», confluyen hoy en multitud viajeros de todos los confines de la Nación. A ti, «Ciudad de los cuatro ríos», que te asientas en «la llanura florida y campo de primavera», peregrinan en este día los hijos devotos del Ecuador. Bajo tu cielo espacioso, recortado por corona de altísimas montañas, se han congregado caravanas de romeros. No vienen para buscar en tus torrentes el oro que en otros tiempos arrastraban sus aguas y sus arenas, ni siquiera para admirar y gozar la hermosura con que la mano del Creador ha dibujado tu rostro. Vienen a ti porque has brindado tu generosa hospitalidad al IV Congreso Eucarístico Nacional. Siempre lo has sido, pero ahora más que nunca eres en realidad y mereces el título de «la Ciudad Eucarística del Ecuador».

Fue en Jueves Santo cuando Hurtado de Mendoza firmó el acta de tu nacimiento y te legó como escudo un cáliz de oro sobre el que se posa una estrella dorada de ocho puntas. «Primero Dios y después Vos»: tal era su lema; Cristo en la Eucaristía primero y después Maria Santísima. Palabras son éstas que describen tu hidalguía y que en estos momentos proclaman tu grandeza. Ellas expresan tus ideales y, ayer como hoy, siguen obligando a tus hijos. Gentes tesoneras han sido ellos en la historia y lo continúan siendo pues pueden finalmente inaugurar su Catedral, grandioso monumento de su Ciudad, testimonio vigoroso de fe, alarde de perseverancia y tenacidad. Honor al pueblo piadoso del Azuay y del Cañar; loor y gratitud a todos vosotros y a cuantos con su aporte han hecho posible la erección de una de las más imponentes Catedrales del Nuevo Mundo; parabienes al venerado y querido Señor, Arzobispo, Monseñor Serrano Abad que, a ejemplo de sus predecesores, ha dado a esta empresa entusiasmo, celo y tanto de su vida.

¡Amadísimos Cuencanos e hijos todos del Ecuador!

A vosotros va Nuestro saludo de paz y amor; con cada una de vuestras personas, con los enfermos y los que sufren, con los ancianos y los jóvenes, con los estudiantes y los obreros, con todos sea la gracia del Señor Sacramentado.

Clausuráis ahora vuestro IV Congreso Eucarístico Nacional. Este Congreso, no menos que los anteriores, ha de dejar una huella profunda en los anales religiosos de vuestro pueblo. Pos eso bien quisiéramos que Nuestras breves palabras acertaran a resumir en feliz expresión lo que emociona y hace vibrar el alma de cuantos corporalmente o en espíritu están reunidos en la Asamblea.

Habéis vivido con particular intensidad en estas jornadas el misterio de Cristo, Sacerdote de la gran familia humana y Víctima suprema: en el altar y por el ministerio de los sacerdotes renueva El su oblación en favor de la humanidad rescatada con su sangre en la Cruz. Mas en este «nuestro Pontífice, santo, inocente, inmaculado, apartado de los pecadores y más alto que los cielos» (Hebr. 7, 26), está representado todo el pueblo; su sacrificio incorpora a sí mismo el de la Iglesia entera: «Cristo es no solo sacerdote que se ofrece sino oblación también - enseña San Agustín -. De ello quiso ser sacramento cotidiano el sacrificio de la Iglesia, la cual siendo cuerpo de tal Cabeza, por su medio aprende a ofrecerse a sí misma». (San Ag. De Civitate Dei, X, 20: PL., 41, 298).

La dignidad a que el Sagrado Bautismo eleva al cristiano le lleva a participar en el sacrificio eucarístico cual hijo de la Iglesia y miembro de Cristo, participación que, al ser actualizada cada día, exige una entrega generosa y perfecta. «En la Santísima Eucaristía, en efecto - nos recuerda el segundo Concilio del Vaticano - se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, a saber, Cristo mismo, nuestra pascua y pan vivo, quien por su carne vivificada y vivificante en el Espíritu Santo, da la vida a los hombres los cuales, de este modo, son invitados y conducidos a ofrecer sus personas, sus trabajos y la creación entera en unión con El mismo» (Presb. Ordinis, n. 5): en la Misa se da en modo eminente la recapitulación de todas las cosas en Cristo. La inmolación diaria de Cristo, la inmolación propia sobre el altar y la comunión sacramental constituyen el manantial más fecundo del que fluyen la inspiración y la fuerza para el cumplimiento del deber, el hontanar de gracias que alimentan el amor fraterno y el compromiso de servicio a los demás, que iluminan el panorama de la vida cristiana individual y social.

Los Sacerdotes y Religiosos consideran a la Eucaristía como el eje de oro para su vida consagrada y su ideal de entrega misionera, para su unión constante con Dios, para la siembra de la palabra y su compromiso de santidad. El laico bautizado, testimonio de Cristo, encargado de hacer penetrar las estructuras del mundo con el espíritu cristiano, encuentra allí las luces necesarias para juzgar de los verdaderos valores humanos, para sostener su esfuerzo en favor de la justicia y de la paz, para santificar el amor conyugal y la vida de familia en la que, como fruto espontáneo, brotarán las tan deseadas vocaciones al sacerdocio.

Ojalá el Año Eucarístico, cuyo broche de oro quiere ser este Congreso, deje en vuestras almas un mayor aprecio de la participación consciente en la Santa Misa para vivir en consecuencia el sacerdocio que compete al pueblo de Dios.

De estas solemnidades salga también vuestra fe en este misterio robustecida y aumentada la estima de la presencia real y sustancial de Cristo en la Eucaristía. Felices vuestras ciudades y aldeas felices vosotros y vuestros descendientes si nunca se apaga en vuestros templos la llama trémula que señala el Sagrario; bienaventurados vosotros si sabéis interpretar su mensaje y captar su voz que os dice: ¡Ahí está Cristo!

Estas son las intenciones que en nuestra oración de este día colocamos sobre el altar. Apoyadlas con vuestra plegaria. Ecuador, tierra de santos, cuna de héroes, consciente de su rica herencia espiritual y de la gran tarea que le marca su vocación cristiana, está dispuesto a mantener y fomentar, como el mejor patrimonio, su fe. Sobre vosotros, hijos queridísimos, sobre las familias sacerdotales y religiosas, sobre nuestros Hermanos en el episcopado, sobre las altas Autoridades de la Nación y en particular sobre Nuestro dignísimo Cardenal Legado, descienda en nombre del Señor Sacramentado, amplia y cordial, la Bendición Apostólica.

 



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