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DISCURSO DE SU SANTIDAD PABLO VI
A DOCE NUEVOS EMBAJADORES ANTE LA SANTA SEDE
DURANTE LA PRESENTACIÓN DE SUS CARTAS CREDENCIALES*

Jueves 8 de febrero de 1968

 

Señores Embajadores,
Señor Ministro
:

En el momento en que Vuestras Excelencias acaban de poner en Nuestras manos las Cartas por medio de las cuales las Altas Autoridades de vuestros países respectivos os acreditan ante Nos, al mismo tiempo que la conciencia de un deber por cumplir, es también una necesidad para Nuestra alma desearos a todos la más cordial bienvenida y expresaros los sentimientos que brotan espontáneamente de Nuestro corazón en una circunstancia tan sugestiva.

Hubiésemos deseado, por cierto, recibir a cada uno de vosotros por separado, según lo tradicional. Pero debéis estar seguros de que la forma colectiva, que viene a realzar el esplendor y la solemnidad de este encuentro, no quita nada del carácter personal de los deseos que de todo corazón expresamos para cada una de vuestras personas, para vuestras familias y para los países que venís a representar ante Nos.

Esperamos que encontréis reunidas aquí todas las condiciones que os harán fácil y agradable el ejercicio de vuestro cargo. Y creemos poder aseguraros que Nuestros colaboradores –como Nos mismos– querrán manifestaros siempre la mayor comprensión y daros todo el apoyo necesario para el feliz cumplimiento de esta misión.

Algunos de vosotros encuentran aquí una embajada o una legación que mantiene ya desde hace largo tiempo relaciones corteses con la Santa Sede; Nos tenemos la intención de continuar con ellos las relaciones cordiales que teníamos con sus predecesores. Además, uno de vosotros inaugura hoy relaciones oficiales entre su Gobierno y la Santa Sede; nos complace ver en este momento histórico las primicias de un porvenir rico en promesas.

Vosotros sabéis que la primera razón de ser de estas relaciones diplomáticas es la presencia en el seno de vuestros países de un número más o menos grande de fieles católicos, agrupados en torno de sus pastores y unidos estrechamente a la Sede Apostólica. Necesariamente se plantean cuestiones que atañen a la vida y a las exigencias espirituales de estas comunidades cristianas, ya se trate del ejercicio, del culto o de actividades educativas, sociales y de caridad. Siguiendo las enseñanzas de Cristo, su fundador, la Iglesia no desea para sus hijos más que la libertad de servir a Dios según su fe y la posibilidad de ser a los ojos de su país ciudadanos en pleno.

En relación a esto, no podemos más que felicitarnos por la confianza que nos testimonian vuestros gobiernos asegurando vuestra presencia ante Nos. ¿No es esto, en efecto, el signo y la prueba de una convicción recíproca, la de que todos los problemas pueden ser arreglados en un espíritu de paz, de comprensión, de justicia, a satisfacción de la Iglesia y según el interés de vuestras patrias?

Pero si las dos comunidades, la espiritual y la temporal, tienen su finalidad específica, que sería peligroso confundir, vosotros sabéis también todo el dinamismo que junto con sus compatriotas pueden y quieren aportar los cristianos para la promoción de su país. Y Nos estamos bien atentos a las tareas difíciles que muchos de vuestros gobiernos están llamados a emprender en este dominio. Algunos de vuestros países acaban de llegar a la independencia: nos alegramos con ellos de esta situación, en la que va a poder desplegarse más libremente su propio genio, pero valoramos también la gravedad de las cargas que deben desde ahora asumir por su propia cuenta. Nuestra mirada se extiende también en este momento a otros Países que deben promover y defender su unidad superando peligrosas tensiones internas; es de esperar que sus diversas comunidades étnicas, respetadas en sus derechos fundamentales, puedan aceptar una colaboración armoniosa para el bien común. Al mismo tiempo deseamos el establecimiento de una paz serena en los pueblos que todavía no han establecido relaciones satisfactorias con sus vecinos y viven con el temor de conflictos que siempre pueden resurgir.

Nuestra atención se dirige especialmente a los países que deben afrontar actualmente las dificultades trágicas del hambre, acelerar urgentemente el desarrollo económico que corresponde a una demografía siempre creciente, reformar valientemente sus estructuras sociales y promover al mismo tiempo, en muchos casos, la alfabetización y la cultura necesarias para todo progreso social. Tales son los objetivos inmensos que debe enfrentar la mayor parte de los países del Tercer Mundo para preparar una promoción verdaderamente humana.

¡Cómo quisiéramos ver asociados en esta obra grandiosa, en un espíritu de equidad y de colaboración desinteresada, a todos los pueblos de la tierra! Lo repetimos con fuerza: el verdadero prestigio de un país, su verdadera grandeza, se sitúa actualmente al nivel de esta lucha pacífica contra las condiciones inhumanas, «la miseria inmerecida» («Populorum progressio», pár. 9 y 67), de tantos hermanos nuestros. Y donde la prosperidad material parece ya poner a los ciudadanos al abrigo de las necesidades elementales, surgen otros problemas: un acceso equitativo al bienestar para todas las clases sociales, una transformación incesante de las industrias, el ingreso a estructuras comerciales más amplias, que transforman las condiciones de trabajo. Más todavía, se trata de mantener y de fortificar el alma misma de la civilización contra un deslizamiento peligroso hacia el exceso de bienestar material: los hombres tienen necesidad cada vez más de ver claramente el sentido de su Propia vida y el camino de la humanidad. Si, por último, dirigimos una mirada al conjunto del globo, nos parece que todos esos nobles objetivos no podrán realizarse más que en un clima de paz. Debe buscarse y consolidarse por todos los medios una paz justa y duradera. Nos alegra ver que un número de pueblos cada vez mayor se encamina hacia este ideal de una paz negociada y ya no impuesta por la fuerza. Y alentamos de todo corazón todos los intentos de arreglo pacífico, sean ellos sugeridos por vuestros gobiernos o por las organizaciones internacionales. Pero en estos últimos tiempos, e, necesario decirlo, las amenazas contra la paz, lejos de disminuir, no hacen más que aumentar, mientras que aumentan los dolores causados por la guerra.

Por Nuestra parte, no cesamos de dedicarnos, mediante las actividades de Nuestro ministerio pastoral, a llevar a los responsables a los caminos de la paz. Y nos complace agradeceros la acogida dada a Nuestra Encíclica sobre el desarrollo de los pueblos y a Nuestro Mensaje al África, así como recientemente a Nuestra iniciativa para la jornada Mundial de la Paz.

Nuestras palabras querían exhortar con apremio en primer lugar a Nuestros hijos católicos, pero se dirigían también a todos los hombres de buena voluntad. Movidos por el mismo espíritu evangélico no hemos hesitado, en el marco de Nuestra misión espiritual, en proponer las iniciativas, los «buenos oficios» que podrían ayudar a buscar soluciones justas, aceptables para las partes en disputa. Esto equivale a decir que las preocupaciones de vuestros gobiernos encontrarán siempre en Nos un eco positivo. Os escucharemos con atención, felices por servir, en la medida en que podamos, a Nuestros hermanos los hombres. Porque la preocupación por el desarrollo integral de todo el hombre y de todos los hombres está vinculada al mensaje de Cristo; a un corazón cristiano interesa que todos los hombres alcancen condiciones de vida dignas de los hijos de Dios y que vivan en paz.

Tal es, Excelencias, la disposición con que la Iglesia entiende situarse en las relaciones diplomáticas que vosotros tenéis a bien, de parte de vuestros gobiernos, mantener con Nos. Expresamos los mejores votos para que ellas sean felices y fructuosas. De todo corazón pedimos al Señor que bendiga a vuestras personas, a vuestras familias, a las autoridades de vuestros países y a los pueblos a cuyos dignos representantes saludamos con alegría en vuestras personas.


*ORe (Buenos Aires), n°789, p.1.

 



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