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DISCURSO DE SU SANTIDAD PABLO VI
AL EMBAJADOR DE LA REPÚBLICA ÁRABE UNIDA*

Sábado 12 de octubre de 1968

 

Señor Embajador:

Es un placer para Nos recibir en vuestra persona al Representante de un país desde la más remota antigüedad. La historia del antiguo Egipto, en efecto, absorbe con todo derecho la atención llena de interés de los sabios y de los representantes de la civilización mundial, y no es necesario recordar ante Vuestra Excelencia el gran impulso de solidaridad internacional que permitió recientemente salvar los monumentos de Nubia. La Santa Sede como sabéis, consideró un honor y un deber tomar parte en la labor de asegurar la conservación de esos célebres templos faraónicos y encargó al Decano del Sacro Colegio de Cardenales que la representara en las ceremonias que marcaron la feliz conclusión de la grandiosa iniciativa.

Pero hay una parte de la historia de vuestro país que interesa aún más a la Santa Sede; es la que está ligada con las tradiciones cristianas, y que Vuestra Excelencia acaba de evocar de manera tan oportuna. ¿Quién puede ignorar la importancia del monaquismo egipcio en la historia y en la vida de la Iglesia? ¿Y la contribución que – por no citar más que éstos, entre muchos otros – representan los grandes nombres de la Escuela de Alejandría: Clemente, Orígenes, Atanasio, Cirilo, etc., en el desarrollo de su teología y en el enriquecimiento de su espiritualidad?

Si del pasado nos trasladarnos al presente, vernos que la vitalidad del catolicismo de Egipto se afirma de manera diversa, pero no menos sugestiva, en dos direcciones. En primer lugar, en la de la orientación ecuménica, que tiende al acercamiento con las comunidades cristianas no católicas, con la de los Coptos en particular: la acogida que vuestra Capital reservó a las reliquias de San Marcos demostró hace muy poco cuán profundamente sentían ambas partes la participación en un patrimonio común histórico y religioso. Por otro lado, la Iglesia católica representada en vuestro país con toda la variedad de sus ritos, tiene el propósito de no permanecer al margen de la vida nacional árabe-egipcia: no quiere ser ni en la República Árabe Unida ni en ninguna otra parte, una Iglesia importada del extranjero. Universal por esencia, en efecto, está en su casa en todas partes, y desea que sus hijos permanezcan fieles a las buenas tradiciones y a las culturas locales, que den su contribución a la vida nacional y que trabajen, junto con sus hermanos, era favor de la prosperidad espiritual y material de sus respectivas patrias.

Es lo que hacen, por su parte, los católicos y nos complace mucho recibir con vuestras palabras la seguridad de que las Autoridades de la República Árabe Unida aprecian el esfuerzo de las escuelas y de las misiones católicas en materia pedagógica y social. Para Nuestro modo de ver, estas declaraciones de Vuestra Excelencia son importantes, y las recibirnos con gran satisfacción, pues dejan entrever, en efecto excelentes perspectivas para el porvenir de esas instituciones.

A Nuestra vez, creemos poder garantizaros la lealtad de los católicos residentes en la República Árabe Unida. Estamos convencidos, en especial, de que sienten – como todos sus compatriotas – que el drama que constituyen para toda la nación los persistentes choques que perturban actualmente la paz en el Medio Oriente, les concierne directamente. La Santa Sede no está ausente de esas dolorosas vicisitudes. De acuerdo con su vocación, se esforzó por hacer llegar su ayuda allí corno a otras partes, a los más probados por los acontecimientos, prodigando asistencia y socorro a los refugiados, en la medida de sus posibilidades, e interesándose activamente por la suerte de los prisioneros de guerra. Sobre todo, se empeña activamente – y quisiera hacerlo en medida siempre mayor – por favorecer una solución pacifica y honorable del conflicto. Y en esta tarea, cuya dificultad ciertamente no subestima, le resultará sumamente valioso poder contar con la ayuda de una persona tan calificada y representativa como Vuestra Excelencia.

Os damos con la mayor cordialidad la bienvenida en el Vaticano, y hacemos votos por vuestra persona y por el feliz desarrollo, de vuestra misión, sobre la que invocamos de todo corazón la asistencia divina.


*ORe (Buenos Aires), año XVIII, n°823, p.6.

 



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