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DISCURSO DE SU SANTIDAD PABLO VI
AL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA DEL NÍGER*

Sábado 28 de septiembre de1968

 

Señor Presidente:

Nos complacemos en recibiros en esta mañana en Nuestra casa, junto con las altas personalidades que os acompañan durante vuestro viaje por Europa. A todos Nos les damos de corazón la bienvenida al Vaticano. En vuestras personas Nos saludamos a todos los Estados de vuestra Comunidad africana y de Madagascar.

¿Cómo no alegrarnos al saber que todos vosotros estáis empeñados en un esfuerzo común para la búsqueda de un progreso que beneficie a todos los pueblos que representáis? Nos lo hemos dicho en Nuestra Encíclica Populorum progressio, después de haber señalado el peligro del nacionalismo y del racismo: «Nos esperamos que los países cuyo desarrollo está menos avanzado sabrán aprovecharse de su vecindad para organizar entre ellos, en áreas territorialmente extensas, zonas de desarrollo conjunto» (N° 64).

Y Nos añadimos de inmediato que el fin de toda ayuda por parte de los más desarrollados es el de permitir a los demás «descubrir por sí mismos, dentro de la fidelidad a su peculiar modo de ser, los medios para su progreso social y humano. Porque ésa es la meta a la que hay que llegar. La solidaridad mundial, cada día más eficiente, debe permitir a todos los pueblos que lleguen a ser por sí mismos artífices de su destino» (64-65).

Es ésta una convicción tan profunda para Nos, que Nos hemos visto obligados a insistir en ella al dirigirnos más directamente a vosotros en Nuestro Mensaje dirigido al episcopado y a todos los pueblos de África, para la promoción del bien religioso, civil y social de su continente. Nos os lo repetimos hoy: a vosotros le corresponde asumir la responsabilidad del porvenir y, fieles a vuestras ricas tradiciones ancestrales, construirlo según vuestras propias modalidades, en una simbiosis original de los valores vividos por vuestros antepasados y del aporte que los medios modernos pueden poner a vuestra disposición. Uno de estos valores esenciales, vosotros lo sabéis, es el respeto de las personas humanas, en las legítimas y variadas expresiones de sus modos de vida. Así mismo, Nos pedimos una vez más que nadie sea molestado por motivos raciales y que se ponga término «a los desórdenes y a los actos de violencia... que provocan sufrimientos y miseria a las poblaciones inermes, tranquilamente dedicadas al trabajo» (15).

¿Quién podría no oír el grito de angustia de tantos infelices y permanecer insensible ante la miseria de sus hermanos? Nos no podemos callar Nuestra congoja ante esas situaciones horrorosas, y Nos estamos seguros de que todos los hombres de corazón querrán contribuir con su buena voluntad a la búsqueda de los medios que permitan superar tales sufrimientos y que faciliten a todos vivir humanamente.

Pero Nos sabemos que el continente africano y la gran isla de Madagascar están también en marcha hacia un gran progreso económico y humano. Con vosotros, Nos alegramos al conocer vuestros proyectos y vuestras realizaciones. Y Nos sentimos felices al veros ocupar el lugar que os corresponde en el concierto de los pueblos. También nos complacemos en volveros a manifestar al término de este demasiado breve encuentro, todo Nuestro afecto, así como Nuestra esperanza respecto al porvenir, y Nuestra alegría al saber que Nuestros hijos católicos participan gozosamente con sus hermanos en el esfuerzo común.

Y de todo corazón, Señor Presidente y estimados Señores, Nos imploramos la abundancia de los favores de Dios Todopoderoso sobre vuestras personas, vuestras familias y vuestros pueblos.


*ORe (Buenos Aires), año XVIII, n°821, p.5.

 



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