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DISCURSO DEL SANTO PADRE PABLO VI
AL MINISTRO DE ASUNTOS EXTERIORES
DE ARGENTINA*

Viernes 11 de abril de 1969

 

Señor Ministro:

Múltiples sentimientos brotan, con idéntica prioridad, de Nuestro ánimo en la presente circunstancia: de bienvenida cordial para Vuestra Excelencia y las personalidades que lo acompañan, de gratitud por la deferente visita que apreciamos en todo su significado, de complacencia por las expresiones que acabamos de escuchar, y de afectuoso recuerdo para la gran Nación Argentina.

Ha querido Vuestra Excelencia subrayar, con referencia devota al Magisterio de la Iglesia y a Nuestra persona, conceptos sobre el desarrollo orgánico y aunado de los pueblos, sobre la auténtica y eficiente democracia en la vida interna nacional y su positiva participación en la comunidad internacional. Que esos altos objetivos se plasmen continuamente en realidades concretas es Nuestro ardiente anhelo por ver en ellos el camino indispensable para la paz, para esa paz que presupone en los corazones virtudes grandes y magnánimas, morales y espirituales, de las que el cristianismo es manantial inagotable.

¿Por qué, todavía hoy, no obstante las trágicas lecciones de la historia, la humanidad vive dividida, las clases sociales no hallan un equilibrio de fraternidad, la convivencia recorre rutas difíciles y sangrientas? ¡Porque los cimientos de la ciudad temporal no se basan en los principios insustituibles del humanismo genuino y, sobre todo, de la sabiduría, justicia y caridad cristianas!

¿Es que los términos, hoy tan invocados, de libertad responsable, de derechos de la persona, de la dignidad de los Pueblos, de armonía respetuosa entre regiones y Países, pueden obtener su plena eficacia operativa, mientras no tengan una lógica referencia al Dios viviente de donde deriva la luz de la conciencia moral y el sentido de la solidaridad fraterna?

Bien sabemos que éstas son las convicciones de Argentina, dichosamente dotada de un precioso patrimonio espiritual así como de recursos naturales; bien sabemos que ella, donde convergen y encuentran hospitalidad constructiva tantos emigrados, está empeñada en un programa de ulterior progreso material, cultural, moral y de colaboración con otras Naciones; son ideales que la Iglesia, dentro de su misión espiritual y de su vocación universal, favorece y a cuyo cumplimiento llama a sus hijos porque, como releva el Concilio Vaticano Segundo, «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón» (Const. Gaudium et spes, n. 1).

¡Señor Ministro! Mientras formulamos votos por el feliz éxito del viaje que lo ha traído a Europa, correspondemos agradecido al saludo que nos ha presentado en nombre del Excelentísimo Señor Presidente de la católica Argentina e invocamos sobre toda ella las más copiosas bendiciones divinas.  


*AAS 61 (1969), p.307-309.

Insegnamenti di Paolo VI, vol. VII, p.199-200.

L'Osservatore Romano 12.4.1969, p.1.

L'Osservatore Romano, edición en lengua española, n.15 p.6.

                                             



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