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 DISCURSO DEL PAPA PABLO VI
AL NUEVO EMBAJADOR DE SENEGAL
ANTE LE SANTA SEDE*

Martes 22 de abril de 1969

 

Señor Embajador:

Agradecemos vivamente a Vuestra Excelencia sus nobles palabras. Al recibir de sus propias manos las Cartas que le acreditan ante nosotros como Embajador del Senegal, tenemos el gusto de saludar en vuestra persona al representante distinguido de un país al que tanto amamos, y de expresaros nuestra bienvenida a esta Ciudad que ya conocéis bien por haber desempeñado en ella importantes cargos.

Sois el enviado de una nación que consiguió hace poco su independencia y fue uno de los primeros países africanos que solicitó el establecimiento de relaciones diplomáticas con la Santa Sede. Esta diligencia, que manifiesta la consideración de vuestro ilustre Jefe del Estado y de su gobierno por el puesto y por la misión que la Iglesia Católica ha representado en los destinos de vuestro país, ofreció entonces a la autoridad pontificia la grata oportunidad de saludar con alegría el nacimiento de la nueva y activa nación senegalesa. La Santa Sede estima grandemente su afán de respeto a la dignidad de la persona humana y a sus derechos a desarrollar su vocación como agente responsable de su progreso humano y religioso: condiciones indispensables para una justicia y para una paz universales. Vuestro país, por la madurez adquirida, en un largo proceso de responsabilidades políticas interafricanas y vivamente empeñado en el desarrollo y difusión de la cultura en África, se muestra particularmente sensible a estos elevados ideales. Más que otros, posiblemente, vuestro país demuestra una loable inquietud por ver realizados tales ideales, comprometidos o demasiado olvidados durante tanto tiempo en algunas regiones de África.

También nosotros compartimos el dolor de ver cómo en la tierra africana se prolongan algunos conflictos sangrientos, que siembran el hambre en tantos seres humanos llamados a la alegría de la vida.

Deploramos que, a pesar de tantos esfuerzos, las precarias condiciones de la vida urbana y rural de África impongan a las gentes limitaciones contrarias a su desarrollo y a su dignidad. Sin embargo, lo más preocupante es la situación de la juventud africana, desanimada y desesperada ante la incertidumbre de su futuro profesional.

Pero no cedemos fácilmente al pesimismo. Conocemos los esfuerzos que está realizando su nación, Sr. Embajador, a fin de establecer una cooperación con los países vecinos, que sea ventajosa para todos. Esperamos confiados que las nobles y sabias llamadas que su Jefe de Estado dirige a la conciencia de las naciones más favorecidas, acabarán por abrir el camino hacia una distribución más justa de las riquezas y recursos entre los miembros de la gran familia de las naciones. Este era nuestro apremiante deseo al dirigir al mundo nuestra encíclica Populorum Progressio y nuestro Mensaje al África, que tan favorablemente fueron recibidos en el Senegal.

Otro motivo de esperanza es el respeto que las autoridades del Senegal manifiestan a las comunidades católicas y a sus empresas caritativas y culturales en favor del país.

Estemos seguros de que los católicos estarán siempre dispuestos a trabajar con todas sus fuerzas en el desarrollo de su país, dentro del clima de comprensión, de diálogo y de fe que mantiene en bienhechora, armonía a las diversas familias espirituales del Senegal. La Santa Sede, por su parte, procura ayudar en el plano de su misión espiritual y se considera honrada al tenerle a Vd. como interlocutor inmediato en esta colaboración.

Expresándole los mejores deseos por el feliz desarrollo de su elevada misión, pedimos que descienda sobre Vd., sobre su nación y sobre su familia, la bendición de Dios Todopoderoso.


*L'Osservatore Romano, edición en lengua española, n.17, p.6

 



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