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 DISCURSO DE SU SANTIDAD PABLO VI
AL SECRETARIO GENERAL
DE LA ORGANIZACIÓN DE LAS NACIONES UNIDAS*

Lunes 28 de abril de 1969

 

Señor Secretario General,
Señores
:

Es para Nos motivo de alegría el recibiros esta mañana en nuestra residencia. Nuestro saludo de bienvenida va sobre todo al Señor U Thant, el infatigable Secretario General de la Organización de las Naciones Unidas, que Nos acogió tan amablemente en Nueva York el 4 de octubre de 1965, quien preside vuestro Comité administrativo de coordinación, y que acaba de dirigirse a Nos en términos exquisitos, para precisar los fines de vuestra reunión en Roma y los motivos de vuestra visita al Papa. Nuestro saludo también a los Jefes responsables de los secretariados de las instituciones especializadas de las Naciones Unidas, a los miembros que componen el Comité. Señores, que estáis al frente de todos estos organismos internacionales que constituyen como la familia de las Naciones Unidas, Nos sabemos cuáles son vuestras competencias y vuestras responsabilidades. Nos es asimismo muy agradable saludar esta mañana, en este encuentro tan importante, a los miembros distinguidos del Cuerpo Diplomático que representa ante la Santa Sede a la gran familia de los pueblos. Para todos, nuestros sentimientos de deferencia y de respeto.

Este feliz encuentro Nos da en primer lugar la oportunidad de repetir Nuestra gran estima por la obra de las Naciones Unidas y de sus comisiones especializadas. Nos permite también afirmar Nuestra esperanza, en la obra que realizáis, y cuyo objeto no es otro que el progreso material y el desarrollo social y moral de los pueblos, que tan dentro de Nuestro corazón llevamos. Y Nos sentimos obligados a agradecer, Señor Secretario General, las nobles palabras que habéis querido expresar en relación con Nuestro empeño en este terreno, particularmente por Nuestra Encíclica Populorum Progressio, y las iniciativas que la han seguido y que la seguirán.

Si poca gente habla de vuestro Comité – porque pocos conocen que exista – su acción sin embargo puede ser determinante en esta gran obra de desarrollo. Porque os pertenece coordinar la acción promovida y los programas ejecutados en los diversos niveles y en los diversos sectores de la actividad internacional. Ahora bien, vosotros lo sabéis; la empresa del desarrollo no puede ser afrontada sino con todas las fuerzas de que dispone la humanidad al servicio de toda la humanidad. Nos lo repetimos sin cesar: « El desarrollo no se reduce al simple crecimiento económico. Para que sea auténtico, debe ser integral, es decir, promover todo hombre y todo el hombre... no es solamente tal o tal hombre, sino que todos los hombres están llamados a este desarrollo pleno » (Populorum Progressio, n. 14 y 17).

Entre estas fuerzas, es indispensable reconocer al espíritu el lugar primero e insustituible que le incumbe. Vos mismo, Señor Thant, habéis subrayado justamente que el desarrollo no podría realizarse sin un cambio radical en la mentalidad de muchos y en la actitud de los pueblos y de sus gobiernos. La Iglesia, por su parte, bien lo sabéis, emplea sus energías para ayudar al hombre a construir mejor y a arreglar su ciudad terrenal. No lo hace ni por deseo de poder ni por buscar prestigio, sino para ser « fiel a la enseñanza y al ejemplo de su divino fundador » con una voluntad de servicio desinteresado (cfr. Populorum Progressioo, n. 12 y 13).

En las palabras de vuestro noble intérprete, Nos hemos recogido cuanto concierne al segundo decenio del desarrollo. Vuestro Comité, reunido en estos días junto a la sede de la F.A.O., se preocupa justamente de prever los programas y de coordinar la actividad de todos a tal efecto. Por lo que nos concierne, quisiéramos decir una palabra, si nos lo permitís, a propósito de este decenio. En apariencia su éxito ha sido poco espectacular. Pero al menos resulta de él una toma de conciencia, en las propias masas, de que el desarrollo es una necesidad absoluta, que él constituye un fenómeno irreversible, que requiere el esfuerzo de todos, desarrollados y subdesarrollados. « Porque – Nos lo reafirmamos – es ahí adonde hay que llegar. La solidaridad mundial, cada día más eficiente debe permitir a todos los pueblos convertirse ellos mismos en artífices de su destino » (Populorum Progressio, n. 65). Una toma de conciencia, cada día mayor, se verifica en tal sentido y un espíritu nuevo debe crearse en la comunidad internacional en torno al concepto de desarrollo integral y comunitario. También Nos diremos gustosamente que la eficacia del segundo decenio debe proyectarse tanto sobre la cantidad como sobre la calidad. Se trata de recursos humanos, de un desarrollo humano, en una palabra, del hombre. En definitiva no hay más verdadera riqueza que el hombre y si él aspira a tener más es para ser más (cfr. Populorum Progressio n. 6).

Al término de este encuentro, Nos sentimos la obligación de repetiros, Señores, cómo estimamos vuestro esfuerzo y cómo la Iglesia se empeña por su parte en ayudar a los hombres con los medios que le son propios a « crecer en humanidad, a valer más, a ser más » (Populorum Progressio, n. 15).

Nos queremos poner de relieve a este respecto la obra de nuestra Comisión pontificia Justicia y Paz –cuyos representantes Nos hemos asociado a este encuentro– , la constitución en su seno de un Comité para la promoción humana, la fundación de SODEFAX con el Consejo ecuménico de las Iglesias y muy recientemente la creación del "Fondo Populorum Progressio" el cual Nos quisiéramos que fuera una fuente de nuevas iniciativas y de generosas realizaciones.

Y ¿cómo no confiaros finalmente Nuestra alegría en vísperas de Nuestra próxima visita, en el mes de junio si Dios quiere, a la Organización del trabajo en Ginebra, con motivo de su quincuagésimo aniversario?

Señores, Nos complacemos en deciros solemnemente en este día que existe una grande y doble esperanza por parte Nuestra en estos momentos de la historia humana. Nos esperamos en primer lugar que los gobiernos de los pueblos más desarrollados, o en condiciones de un relativo bienestar, querrán continuar o querrán decidir generosamente su contribución siempre más efectiva a la causa de los países en vías de desarrollo. Porque hoy en día el mundo está ya cansado de palabras y se espera más y más en los hechos. Nuestra esperanza está puesta también en la juventud ardiente y generosa, entusiasta y desinteresada; ojalá ella haga propio el bello ideal de las Naciones Unidas, « los unos con lo otros, jamás uno sobre el otro, nunca más los unos contra los otros, sino siempre los unos para los otros » (Discurso a la O.N.U., 4 octubre 1965). Y así el mundo adquirirá un nuevo aspecto, será verdaderamente humano y fraternal en la amistad y en la paz.

Estos son Nuestros pensamientos en esta mañana al recibiros y que Nos complacemos en confiaros, implorando sobre vuestras generosas actividades al servicio de los hombres la abundancia de las bendiciones del Todopoderoso, « Padre de todos los hombres » (Populorum Progressio, n. 21).


*L'Osservatore Romano, edición en lengua española, n.18 p.12.

 



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