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DISCURSO DEL SANTO PADRE PABLO VI
AL PRIMER EMBAJADOR DE ETIOPÍA ANTE LA SANTA SEDE*

Martes 8 de julio de 1969

 

Señor Embajador:

Le damos las gracias por las nobles palabras con las que acaba de inaugurar su misión de representante diplomático del Emperador de Etiopía ante la Santa Sede.

Su Excelencia es el primer Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de Etiopía, después de la reciente elevación de la Legación al rango de Embajada. Nos agrada poder recibirle revestido de esta función y darle nuestra bienvenida en una ocasión tan propicia que adquiere un significado especialísimo, porque presenta ante nuestros ojos la figura de su digno Soberano y la imagen de su país.

El presente encuentro nos recuerda también a nosotros el encuentro de la tarde del 10 de junio, en Ginebra, cuando tuvimos la ocasión de dialogar con Su Majestad Hailé Selasié I, durante una breve pausa de aquella intensa y para nosotros inolvidable jornada. Pudimos apreciar en él una persona noble y buena, preocupada del bien de su pueblo y del ordenado y pacífico progreso del continente africano. Conocemos los sentimientos humanos y religiosos que guían su espíritu y su acción de hombre de gobierno: una sincera confianza en Dios, sin la ayuda del cual en vano trabajan los que construyen la casa y en vano vigilan sobre la ciudad sus centinelas (cfr. Sal 126, 1), y un deseo concreto de paz. A esta confianza y a este deseo quisimos rendir homenaje con las palabras que le dirigimos. Deseamos manifestarle una vez más nuestra estima «por haber perseguido en toda su obra la dignidad de la naturaleza humana, dando ejemplo de valor personal y espiritual en una vida no exenta de contrariedades» (cf. L'Osservatore Romano, edición en lengua española, n. 24, p. 12).

En aquel encuentro se presentó ante nuestros ojos, como se presenta también en esta feliz circunstancia, la imagen de un país que ha pasado por diversas y animadas vicisitudes históricas y es de antigua tradición cristiana, que se remonta ciertamente a los primeros decenios del siglo IV y tal vez a mucho antes. Como advierten los historiadores, ha sido el cristianismo el que ha dado a Etiopía su peculiaridad histórica, marcando las etapas de un camino milenario; y Etiopía ha permanecido fiel a esa impronta cristiana, la ha vivido y la ha sufrido. El hecho de estar todavía profundamente enraizada en el pasado no impide a esta noble nación orientarse con un esfuerzo tenaz hacia el progreso moderno.

Así, pues, la síntesis que su país nos ofrece hoy es la síntesis de una fidelidad religiosa e histórica unida a un gran deseo de desarrollo y a un loable empeño de establecer relaciones amplias y pacíficas con los pueblos del mundo y especialmente con las naciones de África.

Nos agrada poder manifestar hoy una vez más, por mediación suya, al Emperador y a todo el pueblo etíope que deseamos establecer con ellos contactos de amistad, Tales relaciones, facilitadas por una misteriosa y presaga voluntad de mutuo conocimiento y de comprensión, no son solamente de hoy. A través de los siglos los Negus han enviado a nuestros predecesores diversas legaciones cuya característica principal ha sido siempre el respeto y la cordialidad. Aún quedan en el Vaticano algunos testimonios singulares de ello: en primer lugar, la antigua iglesia de San Esteban, situada detrás de la basílica vaticana, que fue en otro tiempo monasterio – donde vivió la patricia romana Gala, hija del cónsul Sínmaco –, pasó después a un Orden Religiosa; finalmente, en 1481, fue confiada a monjes etíopes por el Papa Sixto IV con ocasión de la venida a Roma de una delegación, de donde deriva su nombre de San Esteban de los Moros o de los Abisinios, y, convertida en convento, se hizo famosa por la presencia y la virtudes de Tespa Sión (cfr. Mauro da Leonessa, S. Stefano Maggiore, en «Mem. Pont. Accad. Roma di Arch », 4, 1934); en segundo lugar, al Pontificio Colegio Etíope para el clero secular, que surgió de aquel antiguo monasterio y se trasladó más tarde al nuevo y airoso edificio situado en los Jardines Vaticanos.

Todo esto nos dice que Etiopía es como una persona de casa en el Vaticano; ha vivido y vive estrechamente unida a la vida de la Iglesia. Por eso, como decíamos antes, la Sede Apostólica se siente especialmente dispuesta a entablar buenas relaciones. A ello la mueven tanto la estrecha parentela que existe entre los católicos de rito etíope y la Iglesia copta etíope, que esperamos que un día alcance la perfecta comunión con nosotros, como por el testimonio que aquella misma Iglesia da de Cristo y de la Santísima Virgen, y por la presencia leal y activa de la Iglesia Católica latina, hoy puesta de relieve de un modo especial debido a la eficaz y apreciada actividad que desarrollan en el campo de la educación y de la cultura las escuelas católicas y la nueva universidad católica de Asmara.

Esperamos que estos contactos puedan ser cada vez más fructuosos para la Iglesia y para Etiopía. Renovamos nuestros mejores deseos para el progreso civil, para el desarrollo social y para la afirmación espiritual de su amada nación. Consideramos un deber invocar sobre el Emperador Hailé Selasié y sobre toda la Etiopía, tan querida para nosotros, la continua efusión de las gracias divinas.


*L'Osservatore Romano, edición en lengua española, n.30 p.2.

 



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