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DISCURSO DE SU SANTIDAD PABLO VI
AL SR. RICHARD NIXON,
PRESIDENTE DE LOS ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA*

Sábado 2 de marzo de 1969

 

Señor Presidente:

Este encuentro, que su cortesía ha hecho posible al final de su fatigoso viaje por Europa, Nos proporciona una gran alegría. Le estamos profundamente agradecidos por ello.

Ya en el pasado Nos tuvimos el honor de recibir su visita. Pero ahora viene hasta Nos con una función muy distinta, con las graves responsabilidades de Presidente de los Estados Unidos de América.

Como a tal Nos le saludamos y manifestamos Nuestro espontáneo y caluroso deseo de que, en el ejercicio de sus funciones, pueda disfrutar la intima satisfacción de dar una aportación eficaz a la cesación total de los sangrientos conflictos actuales que por desgracia aumentan cada día; Nos deseamos también que pueda impedir con mayor eficacia aún el surgir de nuevas guerras, continuando el camino seguro hacia una paz duradera y favoreciendo la auténtica prosperidad mediante un amplio y fecundo acuerdo.

Esta es, Señor Presidente, la misión que su gran país, junto con los demás miembros de la comunidad internacional, está llamado a realizar: una misión de paz, de magnánima colaboración con todos los pueblos, especialmente con los que están en vías de desarrollo, siempre dentro de la estima reciproca, del respeto de los derechos fundamentales de los hombres y de las naciones y dentro de la promoción de los auténticos valores humanos.

Todos los pueblos se sienten estrechamente unidos hoy más que nunca en un destino común, en un gran esfuerzo mundial dirigido a edificar, sobre una base inconmovible, la ciudad terrena en la que todo hombre pueda vivir y trabajar.

Se trata de una tarea difícil y gloriosa al mismo tiempo. Tarea que exige una prudencia singular, porque, a la vez que descubre las grandes necesidades de la humanidad; debe tener en cuenta las inmensas posibilidades que hoy le ofrece sobre todo la ciencia y la técnica, puestas al servicio del hombre.

Esta tarea exige ideas claras, constructivas y generosas, nobles deseos, fuerza moral, una visión certera de la realidad, una decisión firme, valor cuando se trata de elegir y perseverar tenazmente en el camino emprendido.

Esta tarea necesita un apoyo que no puede apreciarse físicamente, pero que es absolutamente indispensable. Porque “si el Señor no edifica la casa, es inútil la fatiga de los constructores » (Sal 126, 1).

La Iglesia Católica –inspirándose en el mensaje evangélico– seguirá contribuyendo desinteresada y eficazmente, con todas sus energías y con su apoyo moral, a la edificación de esta ciudad terrena, en la unidad, la prosperidad, la sabiduría y la concordia.

A fin de que la serena visión de la paz, Señor Presidente, pueda brillar siempre en su mente y en su corazón, inspirando y sosteniendo sus valiosos esfuerzos, Nos renovamos una vez más a Vd. Nuestros mejores deseos y le Nos prometemos Nuestra fervorosa oración, pidiendo para Vd. y para el pueblo de los Estados Unidos de América, al que tanto Nos amamos, las más abundantes bendiciones divinas.


*L'Osservatore Romano, edición en lengua española, n.10 p.1, 2.

 



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