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DISCURSO DEL PAPA PABLO VI
AL EMBAJADOR DE LA REPÚBLICA ÁRABE SIRIA
ANTE LA SANTA SEDE*

Jueves 5 de agosto de 1971

 

Señor Embajador:

Agradecemos a Vuestra Excelencia por la delicada forma con que acaba de ofrecernos sus respetos en calidad de nuevo Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la República Árabe Siria. De todo corazón le deseamos que sea bienvenido y a través de su persona, expresarnos nuestro respetuoso saludo al Presidente de la República, que hoy os acredita ante la Santa Sede, así como nuestra afectuosa estima a todo el pueblo de Siria.

¿No es verdad que la reciente inauguración del "Mémorial Saint-Paul" ha dado expresión, mucho mejor de lo que pueden hacerlo nuestras palabras, a la particular veneración que la Santa Sede siente por la tradición cristiana de vuestro amado país, al mismo tiempo que el profundo interés que tiene por Siria? Pues antes de venir aquí a dar testimonio de su fe, el gran Apóstol Pablo empezó a recibir la luz de Cristo en las puertas de Damasco. Y nosotros esperamos que este modesto centro de estudios y de reflexión, que nosotros mismos hemos querido erigir en aquel lugar se convierta en un santuario espiritual, en un hogar de unidad, en una fuente de caridad. El encuentro significativo para el que dio ocasión la ceremonia de apertura, es ya una razón de esperanza y nosotros estarnos agradecido a las autoridades civiles de vuestro país por la benevolencia que manifestaron en esta ocasión.

Y aquí hay que repetir que nuestros hijos católicos desean de forma inseparable hallar los medios de sostener su propia vida religiosa y participar, junto con todos sus compatriotas, en el bien común de la nación. Usted sabe que en este sentido ellos alimentan una adhesión muy viva a las instituciones escolares fundadas por ellos. La educación que allí se dispensa quiere ser formadora de todo el hombre, iniciándole, al mismo tiempo, en una sólida educación intelectual y técnica hoy necesaria, y en el culto a los valores espirituales indispensables, tan queridos de un pueblo de creyentes, al sentido de la justicia, a una amistad generosa hacia todos los hermanos, a una lealtad activa para con la patria. Nosotros esperamos que esta difícil cuestión hallará pronto un epílogo feliz, en el que cada parte recibirá satisfacción en lo tocante a sus legítimas preocupaciones, para bien de todos.

Hay otro problema fundamental que, sin duda alguna, no deja de preocuparnos a todos. Usted mismo lo ha recordado ampliamente y nosotros no podemos silenciarlo: es el problema de la paz en el Medio Oriente. Esta región se halla afectada por un clima de inseguridad que pesa sobre ella desde hace muchos años, con su cortejo de guerras, de injusticias y de odios, que pagan siempre los pobres.

Vuestra Excelencia sabe con cuánta atención seguimos nosotros todos estos acontecimientos, interesado únicamente en ver establecerse, lo más pronto posible, una paz honrosa y justa. Mientras esperamos, queremos contribuir a prepararle el camino, de acuerdo con nuestra tarea y nuestra misión de paz, y seguiremos haciendo todo lo posible para ofrecer, hoy mismo, ayudas humanas concretas a cuantos viven en la necesidad.

Estos son los principales deseos, señor Embajador, que nos sugiere su presencia en el momento en que usted va a inaugurar aquí su alta misión. ¡Ojalá que los lazos fructíferos que se han ido tejiendo entre la República Árabe Siria y la Santa Sede echen raíces más profundas y se desarrollen, gracias a su actividad, en un clima de confianza y de colaboración recíproca!

Con estos sentimientos, invocamos de todo corazón sobre vuestra persona, sobre el noble pueblo sirio y sobre sus dirigentes, las bendiciones de Dios Todopoderoso.


*L'Osservatore Romano, edición en lengua española, n.33, p.6.

 



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