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DISCURSO DE SU SANTIDAD PABLO VI
AL EMBAJADOR DE LA REPÚBLICA DE LA INDIA
*

 Lunes 24 de mayo de 1971

 

Señor Embajador:

En esta solemne ocasión en que nos presentáis vuestras Cartas Credenciales como nuevo Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la República de la India, os saludamos cordialmente y os agradecemos las amables palabras que nos habéis dirigido.

Rogamos también que transmitáis a Su Excelencia, el señor Presidente, nuestro agradecimiento por sus buenos deseos, a los que correspondemos orando por su bienestar y por la paz y prosperidad de todo el Pueblo de la India.

La nación que representáis ha entrado en una nueva fase de su historia, en la que todos los esfuerzos deben concentrarse en la edificación de su futuro, no sólo sobre unas bases materiales firmes, sino también sobre fundamentos espirituales igualmente seguros.

En este sentido, nos alegra constatar vuestra afirmación de que en vuestro país todas las religiones se ven animadas a florecer sin ninguna restricción y prejuicio. De hecho, la Constitución de vuestra República reconoce solemnemente el principio de la libertad religiosa y excluye la discriminación por motivos de religión. Como indica el Mensaje a los Gobernantes del Concilio Vaticano II, la Iglesia católica "sólo pide libertad: libertad para creer y predicar su fe, libertad para amar a Dios y servirle, libertad para vivir y llevar a los hombres su mensaje de vida".

Vuestra Excelencia ha sido muy amable al mencionar la contribución que ha hecho el cristianismo a vuestro país, no sólo en la esfera estrictamente religiosa, sino también en el terreno educacional y humanitario. Efectivamente, la Iglesia rinde homenaje y desea colaborar con los que se esfuerzan por promover el desarrollo integral del hombre respetando plenamente la orientación religiosa de la vida hacia su fin último y la libertad y dignidad humanas. Donde exista una especial necesidad, los principios del Evangelio impulsan a los seguidores de Cristo a prestar cualquier ayuda posible.

Otro tema que habéis tocado – y que ha constituido nuestro pensamiento central desde que comenzó nuestro pontificado – es el de la paz. Conseguir y conservar esta bendición depende no sólo de nosotros, sino también de los esfuerzos ajenos. Nos alegra decir que nuestras modestas iniciativas han encontrado un amplio y generoso apoyo en todos los sectores, no sólo por parte de los que ocupan los altos cargos, sino también por parte el pueblo sencillo y humilde. Damos gracias a Dios por ello y le pedimos incesantemente –como hicimos hace unos tíos al visitar el santuario de Nuestra Señora en Bandra – que "suprima los instintos de orgullo, violencia, venganza y despotismo. Que inspire en su lugar pensamientos de paz en todos los hombres, políticos, militares, formadores de la opinión pública, gente sencilla y gobernantes". Este es el objeto de nuestras intensas oraciones y de nuestros más ardientes deseos.


*L'Osservatore Romano, edición en lengua española, n.23 p.11.

 



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