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DISCURSO DEL PAPA PABLO VI
A LOS PARTICIPANTES EN LA XVI SESIÓN
DE LA ASAMBLEA GENERAL DE LA FAO*

Viernes 12 de noviembre de 1971

 

Sr. Presidente,
Sr. Delegado General,
Excelentísimos Señores:

La acogida que la FAO Nos dispensó el 16 de noviembre último con ocasión de su XXV aniversario, permanece en nuestra memoria como fuente de gratitud, y con gran satisfacción Nos os lo testimoniamos hoy con motivo de la XVI sesión de vuestra Asamblea General. Nuestro encuentro coincide, además, con el XX aniversario de la Sede Romana de la FAO. En esta circunstancia, junto con Nuestros mejores votos por la fecundidad de vuestros trabajos, Nos queremos rendir homenaje público a aquellos que fueron, desde sus remotos orígenes, los observadores abnegados y eficientes de la Santa Sede ante vuestra Organización. Nos referimos a Nuestro viejo amigo, el inolvidable Comendador Emilio Bonomelli, que tantas veces os acogió en Castelgandolfo; y al querido mons. Luigi Ligutti, de cuya experiencia y competencia, así como de sus virtudes humanas y sacerdotales, todos vosotros habéis sido testigos durante tanto tiempo y que ha iniciado un bien merecido período de reposo después de tantos años de buenos y leales servicios.

Nos hemos leído con gran interés, algunos de los documentos preparatorios a vuestro trabajos, especialmente los relativos al análisis de las principales tendencias y de los hechos más sobresalientes de la situación mundial en relación con la alimentación y la agricultura; al estudio prospectivo sobre el desarrollo agrícola en el mundo dentro del marco de la estrategia internacional programada para la segunda decena del desarrollo; a los progresos en el ámbito de la investigación agrícola; a las orientaciones del programa mundial para la alimentación; al balance y a los imperativos actuales de la reforma agraria; a vuestras relaciones con los grandes organismos internacionales en lo que se refiere a cuestiones de interés común; y, sobre todo, a vuestra participación en la importante conferencia de las Naciones Unidas sobre el medio ambiente, que se celebrará en Estocolmo en junio de 1972 y que abordará cuestiones sumamente graves – algunas angustiantes en extremo – para el futuro de la humanidad.

Al leeros Nos ha impresionado, sobre todo, esa preocupación fundamental que inspira vuestros trabajos, es decir, la toma de conciencia, más viva cada día, de la solidaridad que une a todos los miembros de la gran familia humana, y el propósito, cada vez más firme, de inducir a los pueblos y a los gobernantes a sacar de este hecho todas las conclusiones necesarias a fin de que todos los hombres puedan vivir una vida plenamente humana.

¿Cómo no ha de alegrarse la Iglesia por la orientación de vuestros trabajos tan en consonancia con las exigencias de su mensaje de amor universal, y por lo mismo, cómo no va a considerarla como una de las mejores aspiraciones de los hombres de nuestro tiempo?

Nos mismo así lo hemos afirmado en nuestra Encíclica Populorum progressio: "Los campesinos adquieren también la conciencia de su miseria, no merecida" (n. 9).

La creciente desigualdad en la renta y la diferencia cada vez más sentida del modo de vida hacen que esta constatación sea más acuciante aun en nuestros días.

Las nuevas generaciones de jóvenes pertenecientes al mundo rural viven esta situación en medio de una impaciencia difícil de dominar; prueba de ello es que sus reivindicaciones en orden a un mayor grado de participación en el triple plan del tener, del saber y del poder: "hacer, conocer y tener más, para ser más" (ib., n. 6), son cada vez más apremiantes.

Con todo derecho, pues, absorbe principalmente vuestra atención el problema del "ajustamiento agrícola" tal como lo definís en el punto 7 de vuestro orden del día (Documentación C 71-41, del 25 de agosto de 1971). ¿Quién no comprenderá vuestras razones? Los progresos técnicos más notables y las conquistas tecnológicas más avanzadas de nada servirían si los jóvenes rurales de todo el mundo no llegaran a tomar conciencia de que se trata de un progreso que es también importante y beneficioso para ellos y que llevándolo a la práctica se realizarán a si mismos.

Es necesario que a todos y a cada uno de los habitantes de los medios rurales se les ayude a interesarse por su propio trabajo, se les suministren los medios concretos para poder perfeccionarlo y se les enseñe a comprender la importancia de sus resultados. La importación de técnicas, aun totalmente perfectas, no tendría perspectivas de no ir acompañada por una tal educación iniciada y realizada pacientemente y con tesón por hombres expertos profundamente preocupados por esta auténtica promoción del hombre. Hasta tal punto es esto cierto que "la planificación y el dinero resultan insuficientes si no son el espíritu y el corazón quienes primeramente logran las auténticas victorias" (Discurso a la FAO del 16 de noviembre de 1970, AAS 62, 1970, p. 835, n. 7) .

Lo diremos más claramente: La acción económica y social, por indispensable que sea, resulta insuficiente si no esta sostenida e impulsada por un plan, a la vez psicológico, pedagógico y espiritual.

Nos encontramos ante una serie de transformaciones radicales que están revolucionando la vida del mundo. La civilización rural, a la cual pertenecían en otro tiempo la mayor parte de los hombres y dentro de ella lograban la legítima realización de sí mismos, se encuentra hoy día resquebrajada por diversas partes a causa, la constante expansión de la civilización urbana e industrial, provista de infinidad de objetos que hacen más fácil y agradable la vida de los hombres.

¿No es verdad que muchas veces los jóvenes aislados en medio de sus campos están a punto de perder toda esperanza en su porvenir de hombres? ¿No tienen muchas veces el sentimiento de que, en definitiva, es para la gente de la ciudad para quien trabajan, mientras que ellos no tienen participación real en lo que desde siempre se les ha aparecido vista de lejos como una especie de prodigiosa edad de oro?

La realidad, ciertamente, dista mucho del sueño y la desilusión no tarda en aparecer ante la cruda confrontación. Sin embargo, para quien lo ignora, la fuerza de los mitos es tal que llega incluso a destrozar las mentalidades hasta en sus profundidades más recónditas.

Los jóvenes rurales quieren vivir al mismo nivel que los jóvenes de hoy, es decir, quieren ejercer una profesión bien definida, poseer un estatuto social claramente delimitado, un hogar con un mínimo de confort situado en un ambiente digno de tal nombre, un tiempo de ocio que les permita legítimas satisfacciones, unas condiciones de vida que no tengan que avergonzarse de compartir con su futura esposa, centros escolares que aseguren a sus hijos el acceso al mundo de los adultos en las mismas condiciones y con las mismas probabilidades de éxito que a los niños de la ciudad, un período de vacaciones que les brinde la oportunidad de ensanchar sus horizontes cotidianos; en una palabra, no se trata únicamente de poner fin a la distorsión progresiva de la situación de los rurales dentro del inundo moderno, es necesario insertarlos totalmente en la dinámica del mundo actual. Hay que hacer que las próximas generaciones no experimenten ese desalentador sentimiento de que son como los olvidados, los marginados, excluidos del progreso moderno en lo que éste tiene de más atrayente.

¿Quién sabrá convencerles del valor, del interés, de la necesidad y, al mismo tiempo, de lo profundamente humano y digno de su trabajo en comparación con el trabajo industrial y burocrático?

¿Quién sabrá darles los medios para vivir dignamente y para ser felices dentro de un sistema de vida libremente elegido?

Los tiempos han cambiado mucho y la poesía geórgica y arcadia – "Dichoso el que se aleja del mundanal ruido..." (Horacio, Epodon II, Vitae Rusticae laudes) – ya no logra colmar las esperanzas de los jóvenes del mundo rural. Hoy se trata de ayudarles a levantar una sociedad totalmente nueva proporcionándoles para ello, ciertamente, los medios económicos necesarios – como ya hemos dicho – pero, sobre todo, los culturales, humanos y espirituales.

Sólo a este precio los jóvenes podrán superar la crisis realmente angustiosa que padecen, en la actualidad, las familias rurales, alcanzarán su equilibrio natural y los pueblos volverán a ser centros animados de vida cultural y religiosa.

He aquí una doble tarea, muy digna de suscitar el entusiasmo de los jóvenes y de unirles para realizar un proyecto de vida realmente apasionante.

Es a vosotros a quienes corresponde aportar una respuesta a esta legítima esperanza, atajando de este modo esa peligrosa ola de desaliento que avanza a través de los campos por culpa de tantas esperanzas frustradas.

Hay que ayudar a los hombres, y especialmente a los jóvenes, a procurarse con su trabajo los medios necesarios para vivir y, a través de su compromiso al servicio de una gran causa, las razones de vivir.

Cuando se trata de aumentar los recursos alimenticios mundiales y de proporcionar a los pueblos necesitados junto con los artículos de primerísima necesidad, los medios estrictamente indispensables para su subsistencia, ¿no habrá que suscitar el mismo espíritu generoso que anima las grandes empresas del genio humano? ¿O es que el hombre va a estar más dispuesto a orientar su capacidad inventiva hacia proyectos altamente costosos y de dudosa utilidad, o hacia empresas de destrucción (cfr. ibid., p. 836, n, 9), que a emplear los inmensos recursos de su espíritu y de sus manos para fertilizar la tierra?

Ojalá que vuestra acción generosa y eficiente consiga unir los esfuerzos de todos los hombres de buena voluntad a fin de poder aprovechar tantas tierras vírgenes y tantas energías sin explotar (cfr. ibid., p. 837, n. 10) .

Una tierra fecunda para todos los hombres. Que este ideal, gracias a vuestra acción perseverante, se inserte cada vez más en la realidad del mundo con las dimensiones mismas de una comunidad internacional, cuya instauración pacífica deberá animar el dinamismo de todos los hombres de corazón.

Es deciros el interés con que seguimos vuestros trabajos y las esperanzas que suscitan en nosotros, después de un Sínodo en donde se ha reafirmado la acuciante preocupación de la Iglesia por contribuir a la implantación de una mayor justicia entre los hombres y entre los pueblos.

Vuestra misión es profundamente humana y el ideal que la inspira os honra sobremanera. Vuestra empresa es noble y difícil. Por eso exige mucho ánimo, una generosidad continuamente renovada y una perseverancia sin límites. No os dejéis arrastrar por el desaliento ante la magnitud de la tarea. Que la necesidad urgente de realizarla os sirva al mismo tiempo de poderoso estímulo para aumentar vuestra responsabilidad todavía con más generosidad, y de constante llamada a esa imaginación creadora que sabrá inspiraros las soluciones liberadoras.

En esta hora en que muchos sienten la insidiosa tentación de replegarse dentro de los límites de un nacionalismo egoísta y trasnochado, a vosotros toca abrir nuevas vías en orden a una mayor cooperación internacional, la cual constituya el paso de unas economías dominadas por la búsqueda preponderante de la ganancia hacia una economía al servicio del bien común.

¿Quién no verá que sólo a este precio la explotación racional de los innumerables recursos de la tierra y de los océanos podrá proporcionar a los hombres lo que les falta para poder vivir como hombres?

Esta misión que es la vuestra a escala mundial entra, sin lugar a dudas, en los designios de la Divina Providencia, la cual nos invita a compartir con amor nuestro pan cotidiano y a buscar la manera de que cada hombre pueda procurárselo él mismo con su trabajo diligente.

Por eso con gusto Nos invocamos sobre vuestras tareas la abundancia de las gracias divinas y en prueba de ello Nos os damos nuestra bendición apostólica.


*L'Osservatore Romano, edición en lengua española, n.47p. 1, 2.

 



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