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 DISCURSO DEL SANTO PADRE PABLO VI
A LOS MIEMBROS DEL «ISTITUTO PER LA
RICOSTRUZIONE INDUSTRIALE»*

Jueves 7 de diciembre de 1972

 

Damos nuestra cordial bienvenida a usted, profesor Giuseppe Petrilli, presidente del «Istituto per la Ricostruzione Industriale», y saludamos a este distinguido grupo de personas que usted preside, renovando el encuentro que todos los años se repite desde 1965; tenemos ante nosotros a los 95 técnicos provenientes de diferentes naciones de Europa central y oriental, de África, Asia y América Latina, que han participado en el undécimo curso de perfeccionamiento para los cuadros técnicos de los países en vía de desarrollo que organiza anualmente vuestro Instituto. A ellos se unen este año por primera vez, los 22 dirigentes latinoamericanos, expertos industriales, que están para concluir un curso especial para ellos de la Organización de las Naciones Unidas para el Desarrollo Industrial (UNIDO), y tramitado por el gobierno italiano ante vuestro Instituto. Es una iniciativa que hace honor a quien la planea, la favorece y la pone en práctica, dentro del conjunto de realizaciones que tienden a poner en común entre los pueblos, las experiencias y las conquistas de la técnica y de la utilidad pública.

El cuadro que nos ofrecéis es consolador, porque presenta ante nuestros ojos, no sólo las naciones de las que provenís, que nos son tan caras y hacia las que expresarnos nuestros deseos de prosperidad y de orden; sino también y sobre todo, porque nos confirma una realidad a favor de la que se trabaja desde años en el mundo y que se abre camino progresivamente: la colaboración internacional efectiva en la promoción del progreso humano. Es ésta una aspiración propia de nuestro tiempo, consciente como está de la necesidad de unir esfuerzos para beneficiar a los pueblos de la tierra de un desarrollo constante, sabiamente .programado. A pesar de los obstáculos y paradas, la idea va adelante y profundiza cada vez más sus raíces en la conciencia de los hombres.

Conocéis cómo la Iglesia anima y alienta este intento. Ciertamente, como dice el Concilio, «la misión propia que Cristo confió a su Iglesia no pertenece al orden político, económico o social: el fin que le asignó es de orden religioso. Con todo, de esta misión religiosa emanan un encargo, una luz y unas fuerzas que pueden servir para establecer y consolidar según la ley divina la comunidad humana... La Iglesia reconoce, además, todo lo que hay de bueno en el dinamismo social moderno; máxime su evolución hacia la unidad, el proceso de una sana socialización civil y económica» (Gaudium et spes, 42).

Nosotros mismo no hemos dejado de promover, con todos los medios a nuestra disposición, este proceso de integración de la comunidad internacional, exhortando a la paz y al progreso el cual es hoy el signo y la garantía de la paz. «La Iglesia – hemos escrito en la Carta Apostólica Octogesima adveniens – invita a todos los cristianos a una doble tarea de animación y de innovación con el fin de hacer evolucionar las estructuras para adaptarlas a las verdaderas necesidades actuales (n. 50; AAS 63, 1971, pág. 439; L'Osservatore Romano, Edición semanal en Lengua Española, 16 mayo 1971, pág. 12).

Comprendéis, por tanto, con qué satisfacción y esperanza vemos las iniciativas en las que habéis participado, con las que, atesorando las enseñanzas recibidas, no habéis dejado ni dejaréis de adquirir un complemento precioso para vuestra formación profesional, orientada toda al bien de vuestros connacionales y al incremento del progreso técnico en los campos de mayor actividad de la vida económica y social de vuestros países. A este perfeccionamiento específico, se une también la experiencia humana y espiritual, sencillamente incalculable, que estáis viviendo, tanto en el contacto con las diversas mentalidades y proveniencias, unidas en un único interés por el hombre, como por la inmersión en el clima singular de una ciudad como Roma, que ofrece a quien la entiende, el tesoro inagotable de las riquezas de una civilización secular histórica y religiosa. Y vosotros sois jóvenes, abiertos y deseosos de conocer.

Que todo esto os sea de utilidad; os lo deseamos de corazón a cada uno de vosotros a quienes seguimos con solicitud paternal en las responsabilidades que se os confiarán a la vuelta a vuestro país de origen, en medio de vuestros familiares y connacionales, para los que mandamos un afectuoso recuerdo. Invocamos sobre vosotros, sobre vuestros profesores, y sobre las personalidades aquí presentes la continua asistencia de Dios y la plenitud de sus bendiciones.

Con satisfacción expresamos nuestra estima por las iniciativas que reúnen en Roma a los dirigentes técnicos de varios continentes; os alentamos ele todo corazón, estimados señores, et promover un desarrollo industrial eficiente, plenamente humano, que beneficia a todos vuestros compatriotas. Para esta obra compleja y capital, imploramos sobre vosotros y sobre los vuestros la asistencia divina.

Quisiéramos añadir una palabra de bienvenida en inglés. Felicitamos a todos los que os dan la preparación y la formación técnica que vais a necesitar para un mejor desarrollo de vuestros países. Después de todo, éste es vuestro derecho y vuestra gran oportunidad. Trabajad para que vuestros países mantengan su marcha al ritmo del mundo de hoy y puedan gozar de los frutos de su trabajo y del vuestro. El trabajo técnico, como cualquier otro trabajo, puede resultar a veces aburrido y difícil. Pero pensad que con vuestro trabajo estáis realizando no solamente vuestros propios sueños, sino también parte del plan de Dios en favor riel mundo. Con mayor razón, pues, debéis llevar adelante vuestras tareas con perfección y con amor. En esta unidad de amor os saludamos e invocamos la bendición de Dios sobre vuestro trabajo.

Nos complacemos en dirigir un especial saludo a los participantes de los amadísimos países de lengua española, con el deseo de que este cordial encuentro les sirva de estímulo para seguir perfeccionándose y trabajar generosamente al servicio del progreso en sus respectivas naciones en espíritu de cristiana fraternidad.


*L'Osservatore Romano, edición en lengua española, n°51 p.9.

 



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